viernes, 27 de julio de 2018

PRESENTACIÓN DEL LIBRO


COLONIZACIÓN ANTIOQUEÑA Y VIDA COTIDIANA



LAS CULPAS DE LA VIRGEN DEL ROSARIO

Por extraño que parezca, voy a empezar este prólogo con las conclusiones de Colonización antioqueña y vida cotidiana. Construcción de la región caldense, el libro cuya lectura quiero recomendar. Su primer párrafo dice así:

El proceso conocido como colonización antioqueña abarcó dos grandes períodos. El primero fue el desplazamiento colectivo de 1770 a 1874, durante el cual se formaron expediciones para establecer colonias, incluyendo la formación de pueblos y el reparto de tierras. El segundo período se caracterizó por la apropiación individual de la tierra a partir de la Ley 61 de 1874, sobre la adjudicación de baldíos nacionales.
Sé que la escueta información contenida en los renglones precedentes puede ser matizada, complementada o rebatida desde diferentes posiciones científicas, desde tradiciones y escuelas que juzgan los hechos con otras perspectivas. Sé que historiadores diferentes a Albeiro Valencia Llano, ajenos a su formación en Moscú, podrían plantear hipótesis distintas sobre un fenómeno social que transformó la Colombia del siglo XIX. Es más: sé que algunos discutirían la importancia de la colonización antioqueña y manifestarían la necesidad de reducirla a sus justas proporciones, a su carácter regional, y sé que hasta podrían tener la razón.

No soy quién para dirimir semejantes debates, ni me interesa. Mi relación con el libro Colonización antioqueña y vida cotidiana comenzó a principios de este milenio, aunque la Universidad de Caldas publicó su primera versión, Vida cotidiana y desarrollo regional en la colonización antioqueña, en 1997. En aquel entonces yo estaba metido en camisa de once varas. Una beca del Ministerio de Cultura me obligaba a escribir una novela centrada en el asesinato de Elías González, el miembro más pendenciero de la Compañía González Salazar. Como se enterarán mejor en este mismo libro, los miembros de esta compañía alegaban posesión sobre buena parte de las tierras de lo que hoy es el departamento de Caldas, supuestamente respaldados por una cédula real concedida al súbdito español José María Aranzazu unos lustros antes de las luchas de independencia, heredada por su hijo Juan de Dios Aranzazu, político destacado, fugaz presidente de la República. Ya eran varios los jueces que habían tratado de resolver el litigio. Los colonos que abrieron caminos, tumbaron selvas, levantaron casas, sembraron campos y fundaron pueblos, se resistían a pagar por unas tierras que consideraban suyas, en buena medida respaldados por las políticas sobre baldíos del gobierno liberal de José Hilario López. El carácter recio de Elías González lo llevó a presionar a sus rivales con medidas de hecho y los colonos respondieron en 1851, asesinándolo a su paso por el puente sobre el río Guacaica, entre Neira y Manizales.

Yo había leído este suceso en otro libro de Albeiro Valencia Llano, Colonización. Fundaciones y conflictos agrarios y con alguna información adicional, había delineado la trama y esbozado los personajes suficientes para convencer al jurado de que podía escribir la novela que prometía. Pero no la podía escribir. Apenas mi imaginación intentó situarse en Salamina, a mediados del siglo XIX, me di cuenta de que salvo algunas costumbres familiares, patrimonio de todos los caldenses, y las pocas historias que escuché mal y con impaciencia de mis abuelos y mis padres, la Colombia del siglo XIX era un misterio para mí, resumido en la manida expresión de “La patria boba”, ilustrativa pero pobre, además de triste. Entonces comencé el largo proceso de consultar libros y revisar artículos de revistas, y con dificultades conseguí escribir una primera versión de la novela prometida, ya toda una tortura para mí. Esa versión fue bien acogida por mi tutor y pudo pasar a dormir en el fondo del cajón más oscuro de mi escritorio. De la investigación me habían quedado fichas con muchos nombres propios, con referencias a fundaciones, gobiernos, leyes y batallas, y un cúmulo infame de panegíricos grandilocuentes y vacíos en homenaje a los prohombres de la raza antioqueña. Escritos en alabanza de los ancestros y con una afición enfermiza por la hipérbole, los adjetivos y las genealogías, rara vez contenían una línea que sirviera para construir una escena, para inspirarme siquiera la elaboración de un simple diálogo o precisar una descripción. Para mí, la cotidianidad del siglo XIX antioqueño se desarrollaba entre los símiles y retruécanos de un discurso pomposo.

Para acercarse a la concepción de una novela histórica, un escritor necesita vislumbrar la vida de sus personajes. Dos arrieros que debaten sobre la expulsión de los jesuitas por parte del gobierno radical, no están gritándose en el limbo, están sentados en una fonda caminera o sobre un tronco caído, en un cruce de caminos que desafía las montañas. Beben algo, aunque sea tapetusa. Sus ropas y su forma de hablar obedecen a su origen, también a sus posibilidades económicas, visibles en la calidad de carrieles y sombreros. Afuera pasa algo con las mulas que han arrastrado por las laderas y la muchacha que los atiende también está vestida de alguna manera, para no pecar contra la verosimilitud y la moral. A la guadua de las vigas y la esterilla de las paredes la deben acompañar algunos otros tipos de madera, para solidificar la estructura de la casa y de la novela. Además de la romántica luz de la luna, tienen que haber formas artificiales de iluminación, aunque sean precarias, temblorosas, y por alguna especie de tubería debe llegar el agua necesaria para apagar los posibles incendios y la sed de los viajeros. Un Corazón de Jesús o una Virgen María cuelgan de un clavo para santificar esa fonda ficticia.

Colonización antioqueña y vida cotidiana. Construcción de la región caldense nos cuenta cómo vivían los antioqueños del siglo XIX en los territorios al sur de Medellín, y lo hace con el detalle suficiente para auxiliar a un novelista. Pero más allá de esa utilidad, nos permite conocer los entresijos de unas existencias que fueron las nuestras, las que cimentaron lo que somos, esas que formaron a nuestras familias y dieron razón a unos apellidos y hacen que todavía una vieja tía anquilosada nos reprenda con la palabra “niguatero”, y que en el pueblo de nuestros orígenes, ese al que solo volvemos cuando no nos queda más remedio, a los huevos fritos del desayuno los acompañe una arepa con manchas de carbón y una taza de chocolate negro o de claro de maíz, y no un café, novedad cuya presencia apenas sobrepasa el centenario en nuestras mesas.

Basándose en testimonios directos, en trozos recogidos de memorias y declaraciones notariales, en documentos que dormían el sueño de los justos en el archivo de alguna parroquia, y en textos poéticos, ensayísticos y narrativos de escritores de todas las condiciones, que supieron registrar sus tiempos con la fiel imaginación de los entomólogos Albeiro Valencia Llano reconstruye un pasado que aún sobrevive en poblaciones trepadas en las montañas, de las que todavía se sale después de consultar el horario de las mulas, pero que para la mayoría de nosotros es lejano rumor de infancia, narración desprevenida, a su vez recuerdo, en las cansadas voces de los ancestros, en el testimonio feliz de la bisabuela ciega que todavía toma agua de rosas para conservar la lozanía de la piel.

Valencia Llano permite que todas estas tradiciones revivan con su sabor local, con la marca de lo propio. Es claro en el texto que comparte este mundo, que no lo mira desde la superioridad académica o intelectual, y que por ello se acepta que lo tienten el humor, las digresiones astutas y la paráfrasis irónica como cuando, por ejemplo, habla de la Patasola: “Nuestros campesinos cuentan que oyen sus quejidos infernales en las noches tempestuosas y oscuras. Su quejido agudo y penetrante se expande en la selva en medio de truenos, rayos y centellas”, nos recuerda que desde entonces existen “las famosísimas píldoras de vida que servían para todo, hasta para las penas del alma”, o consigna, con las muy ponderadas y castas explicaciones que omito, los mandamientos dejados por un pionero colonizador del Quindío, a su hija, en vísperas de su matrimonio: Cree y practica tus deberes religiosos (…), Nunca estés ociosa (…), Cuida de tu pudor (…), Sé ordenada, hacendosa, económica (…), Sé siempre obediente (…), Si al casarte fueras madre, siembra fe en tus hijos (…)”.

Así como puede contar la cotidianidad de la colonización antioqueña en Caldas con gracia y cierta socarronería, Valencia Llano también es capaz de aproximarnos a temas específicos con suficiencia, claridad y concisión, y con la generosidad de quien no ha parado de investigar y por tanto puede reelaborar sus ideas, matizar sus conceptos. 

Esas páginas de más nos regalan las biografías de muchos de los protagonistas de siglo y medio de historia, y sirven para enriquecer el capítulo en el que se ocupa de los empresarios que construyeron el departamento de Caldas desde su empuje y visión económica, y aquel otro, complementario, en el que cuenta el nacimiento y evolución de la cultura del café, que trazan certeramente la ruta económica de la región, las características personales y colectivas que propiciaron una bonanza que enriqueció a pocos y en dimensiones considerables, pero que también proporcionó bienestar a muchos otros a través de la generación de trabajos ligados a la naciente agroindustria. Son también interesantes los apartes en los que se habla de la importancia que llegaron a tener las trilladoras de café y como la electricidad de más que se generaba para alimentarlas, se usó para iluminar el parque Sucre de Manizales, a través de “lámparas de arco de mil bujías”.

Íntimamente vinculados a los conflictos por la posesión de las tierras, estos temas son en muchos sentidos la continuación de la vieja disputa de los descendientes de Aranzazu con los colonos que abrieron el monte, que a su vez se relaciona con el diferendo que durante el siglo XVIII enfrentó a los habitantes de Santiago de Arma, fundada en 1542, con los habitantes de San Nicolás de Rionegro. Interesados en las tierras y los títulos de la centenaria población a orillas del Cauca, vinculada con la provincia de Popayán, los antioqueños interpusieron todos los recursos legales que se les ocurrieron para conseguir el despojo y, para complementar sus acciones jurídicas, hurtaron de la iglesia de Arma una imagen de la Virgen del Rosario, reliquia que había sido donada a la población ribereña por el rey Felipe II (1527-1598). Esta historia, que también narra Valencia Llano, deja claro, a mi entender, que un largo  expediente de luchas entre latifundistas y aparceros, entre la ambición de los poderosos y el trabajo de los desplazados de la fortuna, o como se ha dicho tradicionalmente, entre el hacha y el papel sellado, es una de las culpas de la Virgen del Rosario, junto con otras, derivadas de las devociones sacras y mundanas de sus seguidores, y por lo tanto corresponde a las cortes celestiales, quizá aún hoy, dirimir las diversas verdades históricas y algunos linderos que todavía se discuten y se discutirán en el futuro.

A quienes no estén de acuerdo con mi interpretación, les recomiendo leer con cuidado, y muy seguramente con placer, Colonización antioqueña y vida cotidiana. Construcción de la región caldense, un libro de historia que tiene la sabiduría de ocuparse de los hechos consignados en los registros y legajos, pero que también y con particular gusto, se ocupa de las pequeñas cotidianidades del hombre común, que supo convivir con la montaña y hacer su casa al resguardo de los gritos de la Patasola.

Profesor Octavio Escobar Giraldo
Universidad de Caldas
 


miércoles, 2 de mayo de 2018

PRESENTACIÓN DE LIBRO

LAS CANCIONES CUENTAS COSAS



PALABRAS DEL ACADÉMICO ALBEIRO VALENCIA LLANO

El libro muestra las historias que hay detrás de las canciones. Es una obra de consulta donde están compiladas bellas piezas literarias convertidas en poesía y música. El autor realizó una investigación rica en datos, anécdotas y secretos. En este arrume de canciones del folclor latinoamericano está plasmada el alma de los pueblos, la idiosincrasia, las costumbres, las tradiciones, la identidad, la etnogénesis, el legado cultural heredado de otras generaciones.

El maestro Fernell Ocampo señala cómo brotan los poemas, los momentos de tristeza, de alegría, de amor y desamor. Algunas historias son aportadas por los autores de las letras y otras surgen del imaginario popular. Muchos temas muestran el drama personal, las angustias y tragedias, así como la miseria y las alegrías de la vida cotidiana.

Veamos unos pocos ejemplos: “A quien engañas abuelo”, un bambuco de Arnulfo Briceño quien plasma en esta letra los sufrimientos del pueblo colombiano en la Violencia Política de mediados del siglo pasado, cuando el país estaba polarizado entre liberales y conservadores. “El Águila Negra”, un corrido ranchero de Cuco Sánchez; según la letra se trata de un campesino mexicano que impuso el orden con sus pistolas, colgadas al cinto y se escondía detrás de una máscara negra. “La Cucaracha”, es un canto del pueblo, muy apreciado en la revolución mexicana; su origen es incierto y lo ubican en varias partes, lo cantaban con entusiasmo los villistas y los carransistas. “La Piragua”, es una cumbia de José Barros, quien supo mostrar la región de una manera magistral; en cuanto a Guillermo Cubillos, se trata de un personaje real, natural de Zipaquirá, dueño de una embarcación de 12 metros de larga con techo de palma. Pedro Albundia, es un personaje imaginario que nace por la necesidad de hacer rimar una palabra con cumbia, así:

Doce bogas con la piel color majuaga
Y con ellos el temible Pedro Albundia
En las noches a los remos le arrancaba
Un melódico rugir de hermosa cumbia.

Vasija de barro, un tema con letra de Alberto Valencia y música de Gonzalo Benítez. La canción la inspiró una obra del pintor Oswaldo Guayasamín, titulada El Origen, en el que muestra una vasija de barro y dentro unos esqueletos de niños.

El Pájaro Macuá, es un merengue de José A. Bedoya. Se trata de un pajarito del Amazonas, que vuela a gran altura, es venerado debido a sus poderes y, por lo tanto, es un amuleto para el amor y la buena suerte. Es de copete rojo, cuello y pecho blanco y alas negras. El imaginario popular relata que fue el pájaro macuá el que le quitó las espinas a Cristo y que desde entonces Dios lo bendijo.

Burundanga, de Óscar Muñoz:
Songo le dio a Borondongo,
Borondongo le dio a Bernabé.
Bernabé le pegó a Muchilanga, le echó burundanga
Les hinchan los pies

Dice el maestro Fernell que en la canción el tema es la burundanga; se trata de una droga que controla la voluntad. En las calles se conoce como el aliento del diablo; comienza la canción con el primer personaje que es Songo (el diablo), luego está Borondongo, que es la mente maestra de los delincuentes. Bernabé es el jefe de la banda que vende la droga; Muchilanga es obligada para que drogue a Abambelé (la víctima); a la víctima le dicen somos tus hermanos y dame todo tu dinero; la víctima lo entrega. Al día siguiente se pregunta lo que dice la canción al final, porque Ambambelé no recuerda nada: Abambelé practica el amor defiende a tu hermano, porque entre hermanos se vive mejor. Burundanga.

De la lectura del libro se deduce por qué la música se inserta con tanta fuerza en la vida social y en el tejido cultural y cómo las corrientes musicales se pasean por fincas, veredas, pueblos, ciudades, regiones y países y contribuyen a la identidad nacional. Somos herederos de toda esa tradición cultural de América Latina. 

Por eso Las Canciones Cuentan Cosas, es un gran acierto de Fernell Ocampo Múnera.


PALABRAS DEL ACADÉMICO FABIO VÉLEZ CORREA 


Fernell Ocampo Múnera, el historiador e investigador musical de Viterbo, la población del occidente caldense bañada por las aguas del río Risaralda, vuelve a publicar una de sus obras que tocan con la música popular... Las canciones cuentan cosas. Un libro que, como los anteriores de la misma temática, encierra el fruto de muchas horas de investigación, análisis, confrontación y sistematización de la información recopilada por su Autor a través de los años.

Y todo ello porque Ocampo Múnera, más que el cazador de historias de su pueblo vivencial, compiladas en Viterbo, Monografía y antología poética; Historia de la música en Viterbo, Caldas; Colegio Nazario Restrepo, Viterbo Caldas, 40 años de vida; Viterbo Caldas, Monografía Biótica; y 100 personajes en los cien años de Viterbo 1911/2011, donde analiza la historia y la geografía regional con base en la economía, la actividad social de sus habitantes y las nuevas tendencias investigativas sociológicas sobre el desarrollo de los poblados, es el enamorado de la música del pueblo, no solo como su investigador sino también como su intérprete.

No en vano se ha destacado como fundador y director del Grupo Los Celestes de Viterbo, con el cual recorrió el país y viajó difundiendo la música colombiana, la latinoamericana y los boleros. Con sus guitarras, tiples y voces anduvieron de gira por San Andrés y Estados Unidos y grabaron siete discos de larga duración y cuatro CD. Asimismo, realizaron veinte presentaciones en la televisión nacional e internacional.

A lo anterior se agregan sus obras de reseñas sobre cantantes y compositores: Mi música Argentina; Mi Música Colombiana; Mi Música Latinoamericana; Hablemos de Grandes Valores del Tango y... algo más; y La vida oculta del Caballero Gaucho, que resumen por escrito, la pasión que ha albergado en su interés persistente de escudriñar por los distintos vericuetos, la creación musical y el alma de sus creadores.

Las canciones cuentan cosas, su nuevo título, es la selección cuidadosa de numerosos temas del cancionero popular, donde el investigador se engolosina recordando sus letras y desmenuzando sus orígenes, a través de anécdotas de sus compositores e informaciones de obras especializadas al respecto.

Tangos, boleros, bambucos, pasillos, paseos vallenatos, salsa, milongas, merengues, zambas, joropos, pasajes, porros, mapalés y otros estilos seleccionados, cuentan con la respectiva nota en ‘Y... nace la canción’, el aparte sobre su origen anecdótico, según el interés despertado en el espíritu sensible de Fernell Ocampo.

Y es que el Autor degusta la música con intensidad, no importando la temática... Lo mismo se enternece con la sensibilidad que inspiran los textos románticos, donde el alma enamorada de sus creadores, se refleja en palabras dulces, momentos especiales y recuerdos íntimos; que revive sus experiencias de bohemia y farándula cuando, con Los Celestes, repasaba el pentagrama del bolero, el tango y la milonga en sus veladas artísticas por pueblos y ciudades de Colombia.

Las canciones cuentan cosas, es un libro que invita a ser leído con música de fondo, la de los temas que encierran sus páginas, para sentir el impacto emocional que llevaron a Fernell a recordarlos...

¿Se imaginan, apreciados lectores, escuchar al Trío Matamoros cantando “Lágrimas Negras” y descubrir que cuando se entona el verso “aunque tú me has echado en el abandono, el compositor pinta la escena vivida en casa de doña Luz Sardaño, cuando escuchó a una vecina que lloraba el abandono de su compañero sentimental?

Un ejemplo mínimo del contenido del libro, pero que motiva a leerlo y encontrar la magia de su concepción, porque ninguna canción, así sea la más humilde, es ajena a contar un momento especial, único, inspirador para el artista que lo vivió y se atrevió a escribirlo.

Sólo falta agregar que Fernell Ocampo Múnera logra con esta obra, llevarnos a enfrentar la audición musical desde otra perspectiva, la de entender el qué y el por qué de las letras populares que siempre nos han acompañado en las horas de alegría, de tristeza, de amor, de desamor y de descanso... ¡Qué gran regalo para el espiritual!


 

GRUPO MUSICAL CON FERNELL OCAMPO MÚNERA, AUTOR DEL LIBRO