miércoles, 26 de abril de 2017



NOTAS EN CLAVE DE SOL  PARA LA HISTORIA

DE MANIZALES Y DE CALDAS

Por Javier Sánchez Carmona
Licenciado en Educación

RESUMEN

Sintetizamos aquí parte de la historia del paso de las notas musicales por la zona norte de nuestro Departamento, con la indiscutible influencia de las instituciones religiosas, militares y civiles.

Los colonizadores llegan con sus canciones, en los seminarios y conventos se estudia la música religiosa y, de allí, salen los coristas y músicos de agrupaciones “bandísticas”, quienes más tarde reciben la academia europea. Las instituciones educativas, con los programas de bandas juveniles han luchado por conservar nuestros ritmos populares; con la irrupción de sonsonetes demoníacos ya vamos preparándole entierro de tercera a la música sacra y a los ritmos de nuestros ancestros, ante la mirada impasible de algunos “clérigos ignorantes”.

Palabras Clave: Música popular, Bandas musicales, Caldas, ritmos populares, Carlos Schweineberg, Ramón Cardona, Temístocles Vargas, Nino Bonavolontá, Festival del Pasillo.




 
Banda Juvenil de Neira, dirigida  por el profesor Antonio Preciado. 2º Puesto en el Concurso Nacional de Bandas, 1978.


En 1940, cuando en Alemania soplaban fuertes vientos de batalla y continuaban anunciándose tempestades de pólvora, un alemán más inclinado por la música clásica y religiosa que por la guerra, se vino para Colombia y se radicó en Bogotá; se trata de Carlos Schweineberg, doctor en la ciencia de los tetragramas, pentagramas y claves de do, de fa, de sol y de todas las de uso en la escritura musical. Monseñor Luis Concha Córdoba 1 Obispo de la Diócesis de Manizales, conoció a don Carlos como una autoridad en el más amplio campo musical y, en general, como hombre de vastísima cultura humanística.

Este gran maestro, en su tierra, había prestado su servicio militar. Parece no haber sido muy obediente como soldado y, por su indisciplina militar, fue sancionado; pero más severo fue el castigo de parte de su padre, militar, aviador alemán, quien ya no más le aceptó el tratamiento cariñoso de “papá”; debía llamarlo con el título obtenido por su vida consagrada a la milicia; en adelante ya sería “mi mayor”, y no “papi”.

Para hablar de la música en nuestra tierra, ya nos referimos a la institución religiosa, una de las puertas principales para la entrada del “arte de Euterpe” y, a nuestro parecer, como vamos, con el correr de los años, puerta de salida. El ya mencionado Monseñor Concha, se interesó en don Carlos Schweineberg; lo convenció y lo trajo a Manizales a enseñar la música –figurada y gregoriana– en los Seminarios Mayor y Menor, y en el Colegio de Nuestra Señora, regido por la Arquidiócesis; la presencia de este maestro en nuestra ciudad significó una importante época en la historia de nuestra música; se conoce este periodo como la tercera etapa de nuestra música en Manizales y Caldas; es la era alemana.

La primera, fue la de los campesinos, arrieros y colonizadores llegados de Antioquia; fue la música campesina interpretada como descanso al finalizar la jornada, cuando ya las mulas estaban descargadas y listas para su ocio nocturno; lástima que tantas canciones hubieran finalizado en el “Río Leteo”. La segunda etapa es cuando irrumpe la academia llegada del centro de Colombia, de Bogotá. Hoy incluiremos un cuarto periodo: la nueva academia y la era del “reguetón”.

El maestro Schweineberg fue “maestro de capilla” en nuestra Catedral de Manizales y participó en la instrucción musical de los seminaristas durante muchos años; la música formaba parte importante en el plan de estudios en la carrera eclesiástica, pues, el canto litúrgico regularmente estaba incluido en las celebraciones religiosas.

Pequeño paréntesis para una ligera noción de “maestro de capilla”: se trata de un músico compositor encargado de gestionar, dirigir a los cantores e instrumentistas responsables de la música sacra en las iglesias, o de la música profana en las cortes. En nuestra iglesia, por voluntad del Papa Paulo VI, fue desapareciendo esta figura, así como desaparecieron la tonsura, el ostiario, el lectorado, el exorcistado y el acolitado –órdenes menores– en la carrera sacerdotal. Hoy, cualquiera puede leer la epístola en la misa; cualquiera puede tocar los vasos sagrados; cualquiera puede manejar las llaves de la sacristía o del sitio reservado para el coro de la iglesia.

Abrimos otro paréntesis para manifestar un hecho insólito para esta época (año 2015): Al doctor Luis Enrique García, quien en Manizales, “ad honorem”, le hacía mantenimiento al órgano tubular del Templo de los Agustinos, ya le impiden el paso a este sitio; cuando ya no existe la orden del ostiario, los superiores de esta comunidad llamaron la atención al párroco de este templo por permitir que el señor García manejara la llave del sitio reservado para tan valioso instrumento 2; le cerraron el paso, precisamente cuando iba a solucionar problemas de escapes de aire debido a problemitas entendibles por el uso. Mayor causa de extrañeza, cuando el doctor Luis Enrique jamás ha cobrado un peso por labores de mantenimiento. Por tan inexplicable capricho, esta joya traída a Manizales hace mucho más de un siglo, seguramente quedará a merced de las polillas, ratas y cucarachas, porque, hasta donde entendemos, en Manizales no existe técnico para esta clase de instrumentos y, de haberlo, el trabajo no será “por medallitas”.

Volviendo al curso de la vida del profesor alemán, pronto, con Monseñor Concha, el Padre López Gómez 3 y don Carlos fueron formando aparte un semillero musical: la academia de música sagrada, con la mira de que hubiera en nuestros templos canto gregoriano, canto de la Iglesia y hombres que alabaran al señor en el verdadero sentido de la palabra. Desafortunadamente esa academia dio pocos, pero buenos frutos, entre quienes se destacaron el maestro José Antonio Suárez, y Ramón Cardona.  Una gran enseñanza deseaba dejar el profesor Schweineberg: “ser fieles a la vocación artística y no prostituir el arte sagrado con la música profana”.

Sus amigos recuerdan los momentos de tristeza de este gran personaje: el primero, la noticia de la muerte de su padre, cuando piloteando su avión en una incursión a la Isla de Creta fue derribado.

El otro gran motivo de aflicción, contagiado a muchos de sus amigos y muy especialmente al señor Obispo Concha Córdoba, sucedió cuando, a pesar de estar alejado de su patria natal, sufrió las inclemencias de esa guerra; con otros miembros de la colonia alemana, lo apresaron “por ser alemán”, y buscaron otro pretexto para condenarlo. Llevaría dos años en Manizales, cuando un barco inglés fue hundido por un submarino alemán. Don Carlos fue acusado como espía y de haber informado la ubicación del barco inglés. ¿Sería que el señor Schweineberg, desde la torre de la Catedral de Manizales, alcanzaba a divisar barcos navegando en los océanos? Y fue apresado y llevado a un campo de concentración en Fusagasugá (Cundinamarca). Inútiles fueron los ruegos de Monseñor en la búsqueda de la libertad de don Carlos, pues era mayor la fuerza de los adversarios políticos de la familia Concha.

Después de algunas investigaciones, encontraron al verdadero espía; pero un año en ese campo de concentración dejó una huella de amargura en su alma; suficiente para debilitar su juicio; víctima de choques eléctricos, llegó a encarnar la compunción.

Regresó a Manizales, tierra que hizo suya, y de donde no tuvo porqué haber salido para sitio de concentración. Colombia, a finales de 1941, había roto relaciones con Alemania y con las potencias del Eje (Italia, Japón). En consecuencia quedó prohibida la cultura alemana en nuestra tierra; a don Carlos le quedaba prohibido enseñar la lengua alemana; su tristeza acrecentaba.

Pasado el conflicto, este gran maestro continuó su labor de enseñanza. El Gobierno de Caldas lo solicitó como miembro de la nómina de profesores fundadores del Conservatorio de Música, donde se desempeñó por más de 20 años. También fue profesor de alemán en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas. Se desempeñó como “corista” en las parroquias de Cristo Rey, en la Iglesia de los Padres Agustinos; en municipios del Viejo Caldas y del Valle, los melómanos de la tercera edad aún recuerdan sus conciertos, y conocieron de su obra, merced a los himnos para municipios o para colegios.

Falleció trágicamente, el sábado 26 de junio, 1982; un conductor, en avanzado estado de ebriedad, no controló su vehículo y lo atropelló al frente de La Catedral, cuando este “consentido de Euterpe” se dirigía a cantar la misa de las seis de la mañana.

Vayamos al pretérito anterior.

La doctrina cristiana con sus ministros y colaboradores, llegó a nuestras tierras; fueron creando seminarios y conventos para la preparación de más instructores para robustecer el proceso de la evangelización; para esta tarea, los cantos religiosos constituían una línea importante; en nuestro mundo cristiano, siempre se ha observado la exhortación del Salmo 150: “alabad a Dios al son del arpa, las cuerdas, las flautas, las bocinas o los címbalos”.

Mas, no todos los seminaristas coronaban su carrera; “son muchos los llamados y pocos los escogidos” reza la sentencia, como no todos los monjes perseveraban en sus conventos; al salir a la vida civil, traían la formación de sus instituciones y, por tanto, sus conocimientos de arte fueron una posibilidad de incorporarse a la vida laboral. Muchos continuaron prestando sus servicios en las instituciones religiosas. Así, fueron surgiendo los coristas en las parroquias; seguramente no alcanzaban a ser solfistas a primera vista, pero sí, a pura malicia, aprendieron a deslizar los dedos por el teclado de los viejos armonios traídos de Europa, y lograban, mediante el movimiento alterno de los pies con muy fina motricidad, para el accionar de los fuelles impulsores del aire, causa de la vibración de las lengüetas; y así como se nota la diferencia entre un mecanógrafo y un “chuzógrafo”, se ha entendido la diferencia entre un músico de academia y un músico “de pura malicia labriega o de arriero” pero sí lograban con su instrumento los acordes elementales para el acompañamiento de la liturgia de la misa, los cantos en honor a la Madre de Cristo, o los motetes de alabanza al Santísimo.

Aquí viene a nuestro recuerdo un hijo de Neira (Caldas), egresado del Seminario; hablamos del señor Francisco Cardona Botero, quien en esa institución tuvo la oportunidad de estudiar solfeo y de conocer el teclado del armonio. Dejó de ser seminarista, pero continuó vinculado con los oficios religiosos pues, al regresar a su pueblo, tomó posesión del coro de la parroquia. Algunos de sus amigos recuerdan su alegría cuando, finalizada la década del 40 (siglo pasado), la Parroquia de Neira invirtió la suma de veinticinco mil dólares (25.000) en la adquisición de un órgano tubular; en conclusión, el amigo Pacho se convirtió en el primer organista de Neira. Fue un hombre muy dedicado al estudio de la música, y venía a Manizales a recibir clases en el Conservatorio; aquí fue alumno del gran tenor Conrado Sepúlveda.

A quienes conocen de la historia del municipio de Neira, nunca les ha faltado motivos para recordar a don Francisco; el doctor Hernán Bedoya Serna, otro músico neirano y a quien más adelante vamos a referirnos, recuerda mucho las navidades, cuando con su familia tenía su coro de villancicos y el señor Cardona, al escucharlos, los invitó al coro de su parroquia. Desde entonces, Bedoya Serna tuvo a quien preguntarle mucho sobre las dudas en relación con el solfeo y otras inquietudes musicales. El señor Cardona Botero fue nombrado posteriormente profesor del Instituto Neira; allí formó un grupo musical de flautas dulces; luego, con los viejos instrumentos de la Banda municipal, cedidos por el municipio al Instituto, don Francisco asociado con el amigo doctor Hernán Bedoya, fundaron la primera banda juvenil de esta población. Triste recordar que don Francisco, a temprana edad, en 1988, dejó de existir.

No sólo la institución religiosa; también las instituciones laicas han influido sobremanera en la enseñanza, la práctica y la difusión de la música. Muchas bandas pueblerinas nacieron como fundaciones lideradas por los militares, pero no dejaron de vincularse con las solemnes fiestas religiosas; en las procesiones en honor al santo Patrono parroquial, sacaban la imagen en desfile por las calles del pueblecito y no faltaban las bandas musicales. Muchas de ellas se crearon para la interpretación de los aires marciales que avivaban el ánimo de los soldados en sus combates; la historia de Manizales nos ha contado cómo los ejércitos enfrentados en las guerras del siglo XIX marchaban al compás de las bandas; cuando Tomás Cipriano de Mosquera pisaba nuestros terrenos, iba con su banda de música,  convencido del ánimo de los combatientes alimentado por los sonidos de las notas marciales y las melodías pueblerinas ejecutadas por esta agrupación. El académico Albeiro Valencia Llano, a propósito de este hecho, citando al padre Fabo en su historia, trae a colación una simpática anécdota:

“En una de estas marchas forzadas, se cansaron las bestias de los músicos; el director de la banda se dirigió al General en estos términos:

–General, los músicos no pueden seguir.

–¿Por qué? –interrogó furioso el General.

–Señor, se nos cansaron las bestias.

–Pues, que se desmonten los generales de división y monten los músicos.

Los generales quedaron atónitos, con la despampanante orden. No sabían qué replicar. De pronto, uno de ellos se adelantó, y cuadrándose militarmente, dijo a Mosquera:

–General, ¿cómo es posible que los músicos vayan muy descansados en nuestras bestias y nosotros, generales de división, graduados, con charreteras y todo, vayamos a pie?

–Porque –contestó sonriendo Mosquera– yo puedo hacer un general en un momento, pero un músico no”.4

Mosquera se enfrentaba por estos lares con el ejército de Antioquia, también acompañado por otra banda militar dirigida por un payanés: José Viteri. Cuenta Gallego Gómez 5 que el señor Viteri, después de la contienda, se radicó en Riosucio, en donde formó la primera banda civil registrada en territorio caldense; muchos músicos de esta población y de regiones vecinas recibieron clase de don José y en otras bandas que fueron surgiendo en otros municipios. En el año 1886 figura en Supía una banda parroquial dirigida por el antioqueño José Vicente Miranda, residente desde niño en esta población.

Finalizando el siglo XIX, un músico antioqueño residente en Manizales se entusiasmó para formar una banda con instrumental nuevo conseguido gracias a la ayuda de un familiar suyo. Al iniciarse la Guerra de los Mil Días, esta banda fue reclutada para el servicio del ejército y, desde entonces, el Batallón Ayacucho de Manizales cuenta con su banda de cobres y redoblantes; así fue el origen de la agrupación actual tan conocida en nuestro Departamento.



Banda del Regimiento. Primera banda oficialmente creada en Manizales. (Foto tomada de: Apuntes de música en Caldas).

En Manizales brillaba el astro rey y sonaban las notas en la clave de sol cuando iba transformándose en población mayor.  En 1872, por acuerdo de la Corporación Municipal, se estableció la “Feria Anual”, cuyo objetivo era integrar la comunidad; por supuesto, la Virgen del Carmen era símbolo unificador, por ser la primera Patrona Parroquial. Para estas fiestas, la programación diaria iniciaba con una Misa solemne en las horas de la mañana. Durante el día, se realizaban varias actividades como carreras de caballos, corridas de toros, juegos de azar, fiestas de disfraces y muchas otras diversiones. Por la noche, Salve cantada, rosario, novena, y se clausuraba la jornada con los fuegos artificiales; el estallido de los voladores se confundía con la percusión del grupo musical, pues no podía faltar la animación de la banda en estas actividades. Y para resaltar la presencia de la música en la vida diaria, para estos comentarios incluimos unas líneas de la reseña de un testamento expuesto por el ya citado historiador Valencia Llano 6: “…mando que es mi voluntad se me haga entierro mayor con vigilia y Misa cantada, asistiendo a ella el Diácono, Subdiácono y Acólitos, y que la procesión de la casa a la iglesia sea rezada, sin música en dicha procesión”.

Hace 114 años, de paso por Manizales, el señor Temístocles Vargas, maestro con conocimientos de alta academia en Bogotá, seguramente iba recogiendo datos para estudiar el estado de la música en nuestro país; en uno de sus apuntes registró la existencia de una banda musical en Manizales, para el servicio de la ciudad; según el señor Vargas, era reducida en cuanto a número de ejecutantes y de repertorio, pero personal muy bien seleccionado. Seguramente Manizales le llamó la atención a don Temístocles, pues, cuatro años más tarde, en 1906, aquí decidió radicarse; en esta tierra halló cultivo musical, así fuera de manera artesanal, con instrumentos de esos traídos a lomo de mula por los colonizadores, útiles valiosos para la siembra de las canciones para enamorar a las chapoleras. Quienes ya vamos en pisos altos y rememoramos la niñez, no olvidamos los tiples o guitarras infaltables en las paredes de las peluquerías, carpinterías o zapaterías, de donde ya van desapareciendo igual que los radio-receptores; SAYCO Y ACINPRO tendrán la explicación.

Cronistas varios se han referido a don Temístocles y a otras autoridades que los precedieron; los alumnos de ellos fueron aprovechando los conocimientos para ir a los pueblos a formar agrupaciones bandísticas 7 y, al lado de ellos, muchos aficionados a los instrumentos de cuerda fueron aumentando la malicia musical para enriquecer el folclor nuestro con los bambucos, los pasillos y las guabinas interpretados en las noches durante tantos años al pie de las ventanas en busca de conquistas amorosas.

En relación con don Temístocles, obedezco a un impulso de mi capricho para traer a colación una anécdota como para incluir en la jerga musical:

“Un amigo le pregunta a un ejecutante:

–¿Tú tocas por oído, o tocas por nota? –a lo que respondió el interpelado:

–¡Yo toco por necesidad!”

Y aquí viene nuestro cuento: unos tocan con técnica, otros a oído, otros por necesidad y, lo que parece increíble... alguien tocaba “a ojo”. Precisamente don Temístocles Vargas, tan purista y enemigo de la improvisación, contaba ¡con un sordo! en su agrupación bandística; debía tocar “a ojo”, por imitación; procuro repetir, con palabras más o palabras menos, esta anécdota conocida por los historiadores de Manizales y contada por Rendón García 8:

“El platillero era sordomudo y tocaba por imitación: el platillo tocaba acoplado con el tambor mayor; al sordo le bastaba mirar cuando el tamboritero levantara el mazo para sonar al mismo tiempo los platillos. Entre los integrantes de la agrupación musical había cierto malestar por la remuneración y, para hacerse sentir, principiaron a sembrar la indisciplina contra el director. Uno de estos músicos convenció al encargado del tambor:

–Mañana durante la retreta del parque, cuando estemos en el pasaje más delicado, en el pianísimo, levanta tú el macillo como si fueras a tocar.

Así lo hizo el tamborilero mayor en la retreta: él levantó la mano y el sordomudo se alistó para el platillazo; el tamborilero simuló el golpe, y el sordomudo descargó con entusiasmo.

El maestro Vargas, presa de la furia, bajó del podio, arrebató los platillos al sordomudo y los arrojó lejos, contra las ramas del tupido parque”.

Discípulo de don Temístocles fue el maestro Rafael Moncada (1885-1936), oriundo de Salamina y director de la banda musical de este municipio; luego se vino a Manizales en donde formó parte de la banda dirigida por su maestro, el señor Vargas; más tarde, fue nombrado para dirigir la agrupación banda de músicos de la ciudad de Armenia, y allí se desempeñó desde 1925 hasta el año de su muerte. Sus hijos han descollado en el arte de Euterpe y allí iniciaron la “Escuela Musical del Quindío”.

Por esta época surgió en Manizales una banda conformada por los Hermanos González, hermanos de Francisco (Pacho) González, y tres años después, en 1925 se convirtió en la Banda Departamental.



                                  Juan Crisóstomo Osorio Londoño. Foto de Aranzazualdía.com  

Otro alumno de don Temístocles: De Aranzazu, todos los caldenses hemos escuchado el nombre de Juan Crisóstomo Osorio Londoño (1898-1965). Con seguridad, fue un gran amante del estudio de la música y, con mucho sacrificio dedicó su vida al pentagrama; bueno recordar historia de él conocida: se desplazaba a pie hasta Manizales, para recibir las lecciones de don Temístocles Vargas; sin duda recurrió también al empirismo para sus logros. Fue director de la banda de Aranzazu durante muchas décadas. “Himno de Aranzazu”, “Hojas de papel”, “Ecos del Norte”, “Carita de Ángel”, entre muchas obras, tal vez condenadas al olvido.

No puedo continuar sin pasar a otro pueblo vecino. En Pácora hubo un corista, verdadero personaje; don Cristóbal Gil. Practicaba en una pianola del Club y luego ejecutaba las mismas obras en un acordeón. Cuando llegó a esa población el primer saxofón, principió a sonar y a sonar hasta que se convirtió en maestro de saxofón; no se distinguió en la interpretación de algún instrumento de viento, porque todos los tocaba y todos los enseñaba; me contaba el padre Gustavo Gil, hijo de don Cristóbal: “No sé cuál maestro tendría, porque en la época de mi niñez, lo veía estudiando solo, sin maestro, todos los instrumentos”. Los pacoreños de su época lo recuerdan como director de conjunto de cuerdas, como armador de obras de teatro, director de banda; y no sólo en Pácora; también en Anserma y en Santa Rosa de Cabal, en donde murió en el año 1984. ¿Dónde quedaron bellas composiciones de este maestro, recordadas por los “matracas” de su época? Sus obras parecen perdidas en algún rincón, reino de las polillas. ¿Por qué las partituras y los libros de música de nuestros personajes no han merecido ser incluidos en el patrimonio cultural colombiano?



Banda musical de Pácora. El antepenúltimo de la primera fila es don Cristóbal Gil (director). Atrás del director, está ubicado Hernando Gil, bastante conocido en nuestro medio como melómano. Encabeza la fila de adelante, Mario Gil, también hijo del director.

Antes de continuar con el norte, regresemos con nuestros recuerdos de la capital de Caldas y revisemos una época que podríamos situar entre los periodos primero y segundo. Vamos a guisa de ejemplo, el Instituto Universitario de Caldas. Corría el año 1933 y era el doctor Julio Ángel el rector; este profesional y amante de la academia, resolvió crear la primera estudiantina que tuvo Manizales, con muchachos de los dos primeros grados del Plantel. Bernardo Hernández (Pepe) fue designado como director; era Bernardo en ese tiempo estudiante de cuarto año; este personaje es uno de los hermanos de los famosos Hernández de Aguadas; era un “quinceañero”. Sin duda sus conocimientos musicales no venían del centro del país; pertenecían más a la música de nuestro primer periodo, de la campesina, sobre todo de las veredas de Aguadas, en donde se desconocía el pentagrama y las claves de sol y de fa; es decir, en donde mandaba el empirismo; o... ¿Qué tan alta sería la academia musical de la banda de “Los Carrielones” de Aguadas?

El señor rector, doctor Ángel, seguramente en su paso por la Universidad, estuvo de tiempo completo dedicado a la medicina enrutada más por el área de la oftalmología que por el oído; pero sí, de su estructura intelectual, podríamos colegir su inclinación al pentagrama y, en él, había buen oído; por algo le dio importancia a esta agrupación en el Instituto.




Casa Rafael Pombo. Es un centro de formación en artes plásticas y música. Foto de Darío Augusto Cardona en: La Patria, Manizales, febrero 2016.

El señor rector invirtió cuarenta pesos del presupuesto ($40,00) para adquirir doce instrumentos: Bandolas tiples y guitarras; en el grupo estaban presentes Guillermo Ceballos Espinosa y Óscar (Pipirata), otro de los Hermanos Hernández, el menor de esa dinastía.

La estudiantina del prestigioso Instituto pronto se convirtió en la “barra” de muchachos músicos más consentida del Colegio; nunca dejó de repetirlo don Guillermo Ceballos; era la más colaboradora y la más halagada, serenatera, parrandera y coquetona de todo Manizales. Algunos de los participantes que perseveraron con la interpretación de instrumentos, como el maestro Ceballos, ingresaron en el magisterio y, en la música, encontraron la más grata de todas las actividades, es decir, esa estudiantina cosechó buenos frutos. Bernardo Hernández dedicó su vida a los pentagramas y cuando el Conservatorio de Bellas Artes abrió sus puertas, don Bernardo entró por la más grande y en poco tiempo se convirtió en un intérprete profesional del violín y compartía en los mejores escenarios con los maestros europeos orientadores de nuestra área musical.

A Guillermo Ceballos debemos resumirlo. Lo recordamos cuando escuchamos “El Himno a Caldas”. Hoy reconocemos su labor como cofundador de la “Corporación Rafael Pombo”, en donde muchos niños reciben iniciación musical; nació esta entidad como programa cultural de Belisario Betancur en su periodo presidencial; fue en 1985; fueron varias sedes en el país. En Manizales, Guillermo Ceballos y su señora esposa, doña Ruth Peñalosa se posesionaron de este programa y, poco tiempo después, nuestra Sociedad de Mejoras Públicas respaldó esta corporación y otorgó la sede “Casa Museo de Gilberto Alzate Avendaño” en la calle 50, por el Barrio Versalles. ¡Qué gran obra! 

De otra de las grandes realizaciones de Ceballos Espinosa, hoy es tan solo un recuerdo, causa de verdadero dolor; fue “La Normal Musical de Caldas”. Obtuvo logros, pero la estulticia también ha irrumpido en los ministerios, en Secretarías de Educación y en las Rectorías; sin empacho, acabaron con esa magnífica tarea y… se robaron muchos instrumentos que, gracias a la gestión de don Guillermo, habían sido donados por los alemanes; ni siquiera la administración de esa época dio razón de ellos; nadie pregunta qué ocurrió realmente pues… ¿Quién le pone el cascabel al gato? Y saber que quienes permitieron o propiciaron ese daño a la Normal Musical, en los tres últimos lustros han sido de los altos estratos en el aparato educativo; “Con razón estamos como estamos” serían las palabras del periodista que hace unos quince años comentó un desatino igual: el rector de un importante colegio de esta ciudad envió una comunicación a la Administración Municipal, con el fin de solicitar colaboración para los gastos de transporte de los estudiantes que, con broche de oro, habían cerrado su participación en la ronda de bandas musicales en una población vecina. El Secretario de Educación de esa época, fuera de responderle que no había disponibilidad presupuestal, le sugirió al rector: “Piense en propuestas que tengan injerencia directa con el mejoramiento de la calidad de educación, dotación y mantenimiento de su centro”. ¡Qué estulticia! 9



                      Al piano, Carlos Schweineberg; de pie, Nino Bonavolontá. Foto La Patria.


En 1938, fue fundado el Conservatorio de Música.  Un gran número de músicos entraron en esa gestión y allí prestaron sus servicios y, en 1940, fue anexado a la Escuela de Bellas Artes; funcionaba en la cra. 23 con calle 26. Luego, por la época del año 50 fue trasladada a sede en donde hoy labora; por este tiempo fue creada la Orquesta Sinfónica, con excelentes intérpretes traídos de Europa y dirigidos por el italiano Nino Bonavolontá. El Conservatorio ya estaba dando buenos frutos. Ya algunos estudiantes habían adquirido allí su diploma; el año pasado (2015), logramos encontrar dos personas que podían mostrar sus cartones: Flor Alba Gallego Londoño y José Antonio Suárez Pinzón. Fueron pasando los años y, finalmente, en 1987, surgió la licenciatura en Música.

En esta década del 40, una autoridad musical caldense transitaba por estos contornos: el gran maestro Ramón Cardona, nacido en Manzanares en 1922; en 1949 viajó becado a Argentina para especializarse en música; con vasta cultura artística y gran preparación en el contrapunto y la armonía; también recibió título de “Maestro de Capilla” y trabajó allí durante varios años, regresó a Colombia y, en 1957 se radicó en Manizales. Precisamente en este tiempo, había varios músicos vinculados al Conservatorio que no comulgaban con la presencia de los italianos en esta institución; aprovecharon el regreso de Cardona García y buscaron la forma para que no fueran muy buenas las relaciones con Nino Bonavolontá, director del Conservatorio. Este profesional, entonces, regresó a su país y el maestro Cardona fue nombrado Director del Conservatorio de la Universidad de Caldas y de la Orquesta Sinfónica del Departamento.  Con su bambuco “Nostalgia”, para canto y piano, ganó el primer puesto en el segundo concurso folclórico de Manizales. Muchos son sus arreglos corales; ojalá no vayan a ser olvidados.


                       Ramón Cardona García, musicólogo caldense. Dibujo deMarco Rico

Del fin trágico de Cardona García, toda Colombia conoció la noticia triste. Bandoleros guerrilleros lo asesinaron en la Línea, cuando con su grupo coral venía de una excelente presentación en Ibagué.

De esta época son personajes conocidísimos en el panorama musical, como Marco Tulio Arango, Never Madrid Cardona, Aleyda Robledo de Henao.

Procedente de Medellín, llegó el señor Marco Tulio Arango (1914-1985). Había iniciado estudios musicales en la capital antioqueña y, en 1935, se integró a la Banda Departamental de Caldas, fue corista de la Catedral y profesor de Música en el Conservatorio de esta ciudad. Imposible olvidar algunas de sus composiciones interpretadas por su grupo “Perlas del Ruiz”, como Juana Cuatro, Maldita Sea, Ecos…

Punto aparte, nuestro maestro ya mencionado José Antonio Suárez Pinzón; nació en Gachantivá (Boyacá). En la década del 30 (siglo pasado) la familia Suárez Pinzón debió abandonar su parcelita con la vaquita lechera y las ovejitas, porque la administración liberal no podía tolerar como vecinos a los conservadores.

Llegaron a Santa Rosa de Cabal, cuando nuestro José Antonio apenas tenía 14 años; ya cantaba misas porque su padre, corista en Gachantivá, le había enseñado a poner los dedos sobre el teclado; en el corregimiento de Arabia lo encargaron del coro; no sabía el significado de “Acusativo”, “Dativo” o “ablativo”, pero sí aprendió pronto los cantos en latín, así como los exigía la liturgia de la época. Al darse cuenta de la existencia del Conservatorio de Música en Manizales, se vino y encontró puesto como corista en la Parroquia de San Antonio en donde laboró durante muchísimos años. Pronto fue conocido en el Conservatorio y contó con profesores como Schweineberg, Nino Bonavolontá, Esteban Galdós, quienes fueron sacándolo del grupo de los empíricos. Murió el 30 de octubre de este año y fue inhumado el 1º de noviembre; bonita fecha por ser Día de todos los Santos; Suárez fue un ferviente cristiano, conocedor de la doctrina; su apodo impuesto por los amigos, fue muy acertado: “El Curita”. Muchas veces su saludo era: “Diga sus pecados”.


               Conrado Sepúlveda Gutiérrez, “El Divino” y algunas de sus divinas alumnas.

Otro personaje de la época: Conrado Sepúlveda Gutiérrez; “El Divino”, así lo apodaron sus alumnos del Instituto Manizales, porque en una de sus interpretaciones, una obra de Vieco “Hacia el Calvario” reza un verso: “Tú, para redimir los pecadores, cargaste con la cruz mártir divino” y los muchachos que “muchachos siempre han sido” así lo bautizaron. “Pero cantaba divino”, agregan sus alumnos. Manizaleño de pura cepa; su padre trabajó en la marroquinería, arte heredado por don Conrado; muy bien obraba como guarnicionero. En cuanto a la madre, quien seguramente gozaba de muy buen oído, era maestra rural y, seguramente cantaba las canciones de usanza en su época, porque nuestro maestro Sepúlveda sí sabía canciones; un día se presentó al Conservatorio de Música y allí descubrieron en él una voz privilegiada.

Ya vinculado a esta institución, le ayudaron a gestionar una beca con la Universidad de Caldas, para ir a estudiar a Chile. ¿Contaría con la ayuda de Apolo? Quizá fue Santa Cecilia, buena intercesora por lo alto, en favor de los buenos para la clave de sol, porque, en Chile, aceptaron a don Conrado aunque para llenar los requisitos, no llevó el cartón del bachillerato. En Chile vivió durante ocho años y allí se defendió con el canto, y con su habilidad como marroquinero. Al regresar a Manizales, se vinculó nuevamente al Conservatorio de Música, como profesor de canto durante más de 12 años, hasta agosto de 1973, cuando la muerte lo llevó seguramente a pulir las voces angelicales de los coros celestiales.



Conjunto orquestal “Perla del Ruiz”. Rafael Camargo Spolidore, Graciela Díaz Marín, Manuel Osorio Ocampo, Antonio Gil Ríos, Guillermo Ceballos Espinosa, Ruth Pañalosa de Caballos (al piano), Libia González de Ruiz y Marco Tulio Arango-director.


Cuando hablamos de don Temístocles Vargas, nos faltó agregar su visión de profeta en cuanto al futuro del oído musical de los manizaleños. Hablando de bandas, afirmó: “...se distinguirán entre las mejores del país”. Y así lo repitió: “…esta ciudad, progresista, sabe oír muy bien la música... y una de las pruebas de gran peso para este concepto, es la ejecución de los conciertos dados en los parques por nuestras bandas y los toques que en distintas partes ejecutan las orquestas...” 10 Que nos lo diga el maestro Carlos Arturo Marín Grisales, alumno de muchos de los profesores que han hollado la ruta de la música en Caldas: Gilberto Osorio, José A. Suárez, Marco Tulio Arango, Gabriel Camargo, Héctor Fabio Torres, Libia González de Ruiz, Nelson Monroe... el maestro Carlos Arturo, oriundo de Villamaría, es licenciado en Pedagogía Musical de la Universidad de Caldas. Actualmente es el director de la Banda Municipal.

El concepto de don Temístocles fue repetido muchos lustros más adelante por el eminentísimo Luis Uribe Bueno en una entrevista concedida al autor de estas líneas: “En Caldas existe muy buena disposición para la música; admiro mucho la bella obra que está realizando el doctor Hernán Bedoya con el Programa de Bandas; aquí estamos bregando a organizarlo” 11. Muchos recuerdan a Bedoya Serna, “Caldense del año 2004”. Ese año, en informes proporcionados por nuestro periódico local La Patria, obtuvimos información al respecto para estas líneas. Así leíamos: “450 ex integrantes de las bandas juveniles ya viven y sostienen a sus familias, gracias a las notas y acordes aprendidos en estos programas... Ha dedicado más de 20 años de su meritoria existencia al fomento de esas instituciones en los municipios del departamento...”

Bedoya Serna es un ingeniero agrónomo, graduado de la Universidad de Caldas, y dedicó parte de su vida laboral al sector educativo.



                                                        Hernán Bedoya Serna

Uno de sus frutos fue la Banda del Instituto Neira, que viajó a Francia para participar en el XVIII Festival Internacional de Música Barroca. “Lo más bello fue saber que había varios países como Japón, España, Estados Unidos con bandas estudiantiles de música de vientos y a ellos se sumó la de Neira (Caldas) representando a Colombia”, señaló Bedoya Serna.

Este hombre no contó con formación musical; es un empírico; en su pueblo había recibido respuestas de don Francisco Cardona Botero, como lo mencionamos algunas páginas atrás, en donde apreciamos la banda que debió ser la primera juvenil con que propiamente se inició el “Programa de bandas juveniles del Departamento”. Sí recibió algunas clases de música cuando estudió en el Seminario, pues, al igual que el Latín, eran asignaturas obligadas. Cuando estaba niño, escuchaba a sus hermanos y trabajadores cantar y tocar el tiple, la guitarra y la bandola.

Como jefe de enseñanza secundaria del Departamento, se le metió en la cabeza la idea de que los colegios debían tener una banda de música, pues las bandas tradicionales de los municipios estaban en decadencia. Tenía la posibilidad de redactar decretos y el gobernante los firmaba, en esa época creían en el funcionario. Así se logró la creación de 43 bandas estudiantiles de música; en 1999 ya eran 44 bandas; fue un proceso de 20 años.

Doloroso recordar la existencia de tantos enemigos de la implementación de las bandas. ¿Por qué tantos ciudadanos y tantas entidades educativas han subvalorado estas actividades? ¿Preferirán que los jóvenes estén dedicados a otras actividades relacionadas con yerbas, humo, alcohol u otras substancias nocivas?

Gracias a las bandas porque no han dejado perder del todo nuestros ritmos, nuestras obras clásicas y nuestra música de la montaña.

* * *

Este punto relativo a las bandas musicales da para muchos capítulos en la historia de nuestra música.Fue una iniciativa de muy buenos resultados hasta la fecha. Vale la pena una aclaración: antes las bandas tradicionales de los pueblos estaban conformadas por gente mayor; sin embargo, en ocasiones había niños; en la Banda de “Los Carrielones” en Aguadas seguramente había algunos adolescentes de los Hermanos Hernández. Corriendo unos años adelante, en la década del 50 (siglo pasado), era párroco en esta población el presbítero Reinaldo González Franco; hombre de vastísima cultura; sabía de la utilidad del valioso órgano tubular en la Parroquia de la Inmaculada; y se preocupó, no sólo del mantenimiento, sino también de tener al frente de ese coro una persona enterada del oficio. Sólo mencionamos algunos nombres de los músicos académicos de esa época: don Alfonso Ramírez, quien a la vez dirigía la banda municipal; allí ya había clarinetista preadolescente; era Bernardo Sánchez Carmona, a quien rodeaban algunas señoras curiosas para ponerle el oído al instrumento para estar seguras de que sí era verdad que sonaba.

Después de don Alfonso Ramírez, recordamos al señor Ricardo Sánchez, organista también contratado por el padre Reinaldo; este profesional, excelente organista, también dirigió la banda municipal; luego siguió el señor Cristóbal Tamayo; es un periodo del que conservamos una página para el anecdotario: unas páginas atrás mencionamos el caso del platillero sordomudo, cuando nos referíamos a la huelga de músicos contra el director don Temístocles Vargas. También los músicos de mi pueblo allá por el año 52, el grupo de los clarinetistas dirigidos por el maestro Cristóbal Tamayo, amenazaban con un paro si no les aumentaban a ellos el sueldo, pues, se consideraban de mejor categoría que los demás ejecutantes de los cobres y los de la percusión.

Cuando el director se dio cuenta del plan huelguístico, se fue para el parque de Bolívar a buscar las “barras” de estudiantes que justamente acababan de terminar año lectivo; les propuso aprovechar este tiempo de vacaciones para estudiar el clarinete, con horario demasiado exigente; debían dedicarle por lo menos ocho horas diarias a esta disciplina; y algunos, entre ellos Javier Ocampo López y Raúl Ríos Ríos aceptaron el reto y se convirtieron en clarinetistas. Estos dos personajes alcanzaron a ayudarse económicamente con la interpretación de este instrumento mientras terminaron su bachillerato; por lo menos ganaron para la compra de sus cuadernos y sus libros mientras fueron miembros de la Banda de Música de la Tierra de la Iraca; el primer nombrado fue primer clarinetista de la agrupación durante sus últimos tres años del bachillerato; ya nuestro bachiller se fue a estudiar a Tunja, pero en vacaciones regresaba y se reintegraba a la banda; hoy ya conocido como el doctor Javier Ocampo López, nunca ha abandonado su música; también ha ampliado sus conocimientos en esta rama con su estudio del piano. Nuestro segundo personaje, como sólo le faltaban dos años para terminar su bachillerato, sólo alcanzó a ser miembro de la banda por este periodo; como bachiller, fue a prestar su servicio militar y luego cursó estudios de filosofía y de teología, se ordenó sacerdote y ejerció en varias parroquias de la Arquidiócesis de Manizales. Ejercía como párroco de la Iglesia de Chipre cuando lo sorprendió “la implacable de la guadaña”.
 

Doctor Javier Ocampo López Académico y músico de la banda de Aguadas, dirigida por Cristóbal Ceballos. Foto tomada de internet. 

Otros adolescentes dejaron historia musical como miembros de la agrupación bandística de la Tierra de la Iraca: Rubiel Trujillo Arias y Aldemar Giraldo Arango.

Han sido trompetistas de renombre; el segundo adquirió su doctorado en música; la ciudadanía de Cali lo conoció como el trompetista mayor de las corridas de toros, en la “Plaza de Toros” de Cañaveralejo.

Y sigo preguntándome: ¿Por qué tantos indiferentes ante esta sana actividad?

Anecdótica fue también el origen de una banda juvenil en Aguadas en la época de Marino Gómez en la Rectoría del Colegio Francisco Montoya: por mandamiento de un juez, los instrumentos de la banda municipal fueron embargados por una deuda del Municipio con un director anterior; de pronto, se encendió el bombillito de las buenas ideas de don Alfonso Jaramillo Estrada, quien había pertenecido a la banda municipal muchos años antes: algunos estudiantes del colegio habían principiado a recibir clases para el manejo de los instrumentos y, por supuesto, estaban interesados en continuar esa disciplina; en consecuencia, esos instrumentos debían ser considerados material didáctico “inembargable”. Don Marino siguió la idea de don Alfonso e inmediatamente solicitó los instrumentos, lo que debió acatarse. Así los alumnos pudieron continuar sus tareas musicales bajo la dirección del profesor Jaramillo Estrada –Achirillo– quien por un tiempo había estado por otros lares; en la ciudad de Ibagué había adelantado estudios de música de alta academia. Al regresar a su tierra se hizo cargo de esa primera banda juvenil en el Colegio Francisco Montoya. Los uniformes: el pantalón negro, el mismo para los actos de comunidad y la camiseta para las clases de Educación Física.



                    Banda juvenil del Colegio Francisco Montoya en 1966 Director: Alfonso Jaramillo E.

Más adelante, don Marino obtuvo para el plantel la sede de la banda de músicos a la que se unieron varios de los integrantes de la banda anterior, profesores y empleados. Posteriormente, bajo la extraordinaria batuta del Maestro de maestros, don Bertulfo Sánchez Rivera, en concursos nacionales llegó a ser declarada “fuera de concurso”. En muchas ocasiones conquistó el primer puesto en eventos nacionales.

Las páginas para la historia musical de Aguadas serían incontables, pero aquí no podemos dejar de recordar la primera banda creada con motivo de dos grandes acontecimientos: Inauguración del Templo de La Inmaculada y el Primer Centenario del Natalicio del Libertador: Año 1883. “Los Carrielones”; porque el carriel era de usanza en estos señores de pueblo; además, la mulera, las alpargatas y el sombrero. Por supuesto, estas personas no conocían el pentagrama y carecían de partituras, es decir la música se aprendía a puro oído y a pura malicia campesina.

* * *

Aquí vuelvo a recordar a don Temístocles cuando escribió: “Hay urgente necesidad de desterrar de la música en general, la ejecución improvisada y mentirosa, con que no pocas veces engañamos los oídos de los sordos, cometiéndose con estas infracciones un verdadero crimen de lesa música”.

Muchos no podemos estar de acuerdo con don Temístocles en este punto; así como los ingenieros de alto vuelo rechazan las construcciones en bahareque, los músicos de academia rechazan las composiciones musicales de los albañiles que se han defendido a oído.

Para obtener informes de la música en estos pueblos, en alguna ocasión entrevisté a un buen músico de academia; le pregunté: ¿Cómo principió usted con la música? 
 
– Principié a “zurrunguear” con algunos miembros de la familia y vecinos con pasillitos y otras canciones montañeras; no hicieron más que enseñarme errores y vicios en la ejecución del instrumento.

Dolorosa respuesta para quienes también somos amantes del bahareque. Hemos conocido muchos escritos de “chuzógrafos” y estamos seguros de que los lectores no adivinan la técnica utilizada por el autor: ¿Mecanografía? ¿”Chuzografía”?

Hemos visto o escuchado a muchos técnicos enredados en el acompañamiento del bambuco, como también seguimos admirando el “zurrungeo” de los campesinos cuando de acompañar nuestros ritmos pueblerinos se trata.

Y aquí continuamos con la pregunta: ¿Por qué se ha perdido tanto de nuestro patrimonio musical? 

Ya se había mencionado el cambio de la liturgia en la década del sesenta. Los cantos religiosos no eran con ritmo bailable.  No salen de mi banco de los recuerdos las clases de Liturgia impartidas por el padre Mario Yepes Agredo, en el Seminario Mayor de Manizales; este sacerdote parecía vaticinar la irrupción de los ritmos bailables en el canto del “Señor ten piedad”, el “Sanctus” o el “Señor que quitas los pecados del mundo”. Tampoco se borra de mi memoria cuando por esa misma época, muchas personas de edad madura rabiaban al escuchar una canción de furor en una de las últimas ferias de Cali, la capital del Valle; así dice la canción: “Palo, palo, palo, palo bonito, palo es / eh, eh, eh, palo bonito palo es”. Uno de tantos comentarios se lo escuché a uno de los motoristas de mi pueblo:

– Este mundo está al revés; nosotros rodeados de tantas mujeres tan bonitas, y a los cantantes ya les está dando por cantarle a un palo; bonitas las mujeres, pero… ¿bonito un palo?

La “Nueva Ola” en esta época empieza a desplazar las canciones de nuestros abuelos. No se trata de rechazar lo nuevo, y menos cuando con ritmos de balada surge tanta música bella y tan sentida; es música bienvenida; pero no estuvo bien que nuestras emisoras hubieran contribuido para echar al Río Leteo los ritmos de nuestros ancestros; cuántas canciones quizá cantadas por esos arrieros en las fondas del camino “mientras descansaban y pensaban en sus morenas”.


Volviendo a la música religiosa tan cultivada en esa época de los años sesenta, quienes nos movemos por los pisos altos, sexto séptimo u ochenta y más años, recordamos con nostalgia las masas corales cuando interpretaban bellas polifonías de alabanza a Dios, o a María.

¡Todo va cambiando! Hace algunos días, con un grupo coral fuimos a cantar una ceremonia religiosa. Al terminar, recibimos una razón del sacerdote: “Deben veinte mil pesos”.


–¿Por qué?

–Por haber hecho uso de las instalaciones para la organeta.

En otro templo de Manizales fuimos a buscar una celebración litúrgica con motivo del aniversario más de la muerte de nuestros padres. Nos sorprendió un aviso fijado en una cartelera del templo:

“Si un grupo coral desea cantar en la Misa, debe pagar veinte mil pesos ($20.000).

En otro templo, con motivo de la celebración del cumpleaños de una institución educativa, se pidió celebrar una Misa. Al comentarle al párroco que un grupo coral integrado, casi todo, por educadores muy vinculados a esa institución, se ofrecía voluntariamente para la interpretación de los cantos de usanza en la liturgia, el párroco rechazó dicha participación so pretexto de que allí había corista.

Muy extrañado por estas actitudes, en una charla informal con Monseñor Horacio Gómez Orozco, preguntamos si había alguna disposición o acuerdo en la arquidiócesis para impedir esta actividad o cobrarles a quienes les gusta dar cumplimiento al Salmo 150: “Alabad a Dios con el arpa, las cuerdas, las flautas...”

–“No existe tal disposición; si este hecho ocurre, más bien se debe a ‘ignorancia crasa’ de algunos sacerdotes”–fue la respuesta de Monseñor.

Como vamos, sin lugar a dudas, la música sagrada, la de grandes creadores del rango de Jorge Federico Händel, de Sebastián Bach, de Beethoven, de Mozart, de Palestrina y otros de talla mundial, también va para el río del olvido.

Regresemos a la nueva ola de la década del sesenta, cuando con furor se inició el desplazamiento de la música de nuestros abuelos. No se trata de rechazar lo nuevo, pero tampoco se trata de echar al río del olvido las obras de nuestros ancestros, las canciones de las gentes sencillas, nuestros aires acompañados con el “zurrungueo” campesino.

Entre nuestros recuerdos está la gestación del Festival del Pasillo en Aguadas. Don Marino Gómez acariciaba la idea de crear en Aguadas un concurso o festival de música. Y nos cuenta, en charla informal, el atrás mencionado doctor Javier Ocampo López:

“En efecto, telefónicamente tratamos el asunto Marino y yo; le dije: no olvides, Marino, la existencia del Festival “Mono Núñez”, del Festival del Bambuco, los festivales del Tolima... Mejor limitarlo al ritmo del pasillo; recuerda, Marino, como disfrutaban nuestras gentes con tantos pasillos que interpretábamos en la banda municipal dirigida por don Cristóbal...”

Hoy continúa vivo mi recuerdo de una reunión en casa del matrimonio Marino Gómez Estrada y doña Dilia Estrada; don Marino continuaba alimentando su deseo del festival.

“Cómo me gustaría ver otra vez a nuestros campesinos con sus ruanas antioqueñas y los sombreros aguadeños bailando el pasillo “Esperanza”, o “La Gata Golosa”...

Murió don Marino Gómez, pero no murieron sus ideas ni sus obras; su idea del Festival del Pasillo continuó viva y su esposa, doña Dilia, la sacó adelante: Nació el Festival del Pasillo. ¡Y nació grande!

Pero ya hoy nos formularnos la misma pregunta de Álvaro Gärtner en una de sus habituales columnas: ¿Será que la “Señora María Rosa”, o “Doña Rosario”, así como las cantaban nuestros campesinos tendrán subida al escenario de Cambumbia?

¿Se cumplirá el deseo de Marino Gómez Estrada?

¿Dónde conseguimos en discos compactos las obras ganadoras de esos festivales?

A esos escenarios van los de academia, los muchachos de conservatorio. ¿Pero, nuestra gente de ruana, de alpargata y de sombrero, los que desconocen de tonos con quinta aumentada o disminuida, pero cantan e interpretan con su ánimo aumentado, lograrán cabida en el escenario como era el deseo de Marino Gómez Estrada?

Lloramos por la pérdida del patrimonio público, pero en ese patrimonio no incluimos los bambucos, pasillos o guabinas, y algunos, en cuyos pechos aún palpita corazón de quijotes, trabajan estos ritmos, a sabiendas de que, aún ganen concursos en festivales estilo “Mono Núñez”, las casas disqueras no se ocuparán de esta música, porque sólo el reguetón les da ganancias. Menciono un Quijote: Fabio Alberto Ramírez S., llegó al mundo cuando el blues y el rock and roll robustecían “la nueva ola”. Estimulado por sus hermanos mayores principió como baterista en la música de ese género. No hay duda de que en esta línea principió su camino como maestro del ritmo.

Todos los seres humanos en ocasiones pasamos vergüenzas. Fabio Alberto, en una charla informal contaba:

“Una vez me sentí realmente apenado en una reunión musical más bien farandúlica. Un asistente de otro país, nos pidió la interpretación de alguna canción del interior de nuestro país; interpretamos música costeña, pero el peticionario repitió su solicitud: ‘pido canción del interior, de la zona andina: bambuco, pasillo o guabina’. Debí reconocer mi desinterés por estos ritmos. Como no quería pasar otra vergüenza por el mismo motivo, busqué entre mis chécheres un viejo casete que tiempo atrás me había regalado un tío. Lo escuché con vivo interés, y me enamoré de esas canciones; así, pude darme cuenta del grave pecado cometido por mi descuido en relación con esta música tan bella. Desde ese tiempo empecé a dedicar parte de mi corazón a estos ritmos”.

Esta fue confesión de Fabio Alberto Ramírez y, en realidad de verdad, también puso a trabajar su talento para enriquecer nuestra música. Hoy cuenta con muchas canciones salidas del interior de su alma. Algunas obras son conocidas, pero gracias a su quijotesca labor, pues él mismo las edita en discos compactos para repartir entre sus amigos: “Me voy a olvidar”, “Olor a leña”, “A mis viejos”, “El pelagatos”, “Follajes”, y muchas otras que lo han convertido en personaje en cuadros de honor en los principales escenarios de fina música colombiana.

En la Iglesia aprendimos a cantar muchas canciones para la gloria de Dios. Hoy, gracias a la ignorancia de algunos sacerdotes, también esta música clásica religiosa tiende a desaparecer.

DEO PATRI SIT GLORIA

Referencias



1 Primer Arzobispo de la Arquidiócesis de Manizales, desde 1954 hasta 1959.
2 GARCÍA RESTREPO, Luis Enrique. “El órgano de los Agustinos”. En: Correo Abierto, La Patria, Manizales, 17 de abril, 2015.
3 El Padre Rodrigo López, oriundo de Sonsón (Antioquia), ordenado sacerdote en Manizales; fue párroco más de 30 años en Cristo Rey, y seis años párroco en nuestra Catedral.
4 VALENCIA LLANO, Albeiro. “La Batalla de la Esponsión”. En: La Aldea Encaramada. Historias de Manizales en el siglo XIX. Santafé de Bogotá: Litografía Arco, 1999. Págs. 52-53.
5 GALLEGO GÓMEZ, Humberto. “Apuntes de la Música en Caldas”. En: Caldas Cien Años. Historia y Cultura. Manizales, La Patria, junio 2005 a febrero 2006. pág. 324.
6 VALENCIA LLANO, Albeiro. Op. Cit. P. 123
7 A través de este trabajo utilizaremos frecuentemente el vocablo “bandístico”, no incluido en el Diccionario de la Academia, pero sí en la jerga musical de los caldenses, sobre todo después de iniciado el programa de las bandas juveniles.
8 RENDÓN GARCÍA, Guillermo. Ramón Cardona García –del Romanticismo de campo a la Armonía ciudadana–. Manizales, Universidad de Caldas, 2005.
9 “Política con pimienta”. En: La Patria, 17 de agosto, 2001. Pág. 6a.
10 Vargas Temístocles. En: GAVIRIA TORO, José. Monografía de Manizales, 1849-1924, pág. 90.
11. URIBE BUENO, Luis. Director de la Sección Artística de la Extensión Cultural de la Secretaría de Educación del Departamento de Antioquia. 27 de junio, 1988.