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LOS INDÍGENAS DEL ORIENTE DE CALDAS
Y LA CONQUISTA DE LA TIERRA CALIENTE.


Por María Elvira Escobar Gutiérrez.
Maestría en Antropología


RESUMEN

La conquista del Oriente de Caldas fue una acción de heroísmo y desesperación, aunada a una inmensa crueldad, la cual condujo a la extinción de los indígenas Pantágoras, en menos de un siglo. Indígenas cuyo nombre refleja los vocablos que usaban para expresar su rechazo a la dominación de los conquistadores.

Este artículo intenta revivir sociedades prehispánicas desaparecidas, cuya voz ha muerto. Igualmente, entender las acciones de los españoles, enfrentados a un mundo que no comprendían, corroídos por el deseo de enriquecerse y desafiados por la quimérica mano de obra indígena. La investigación se basa en las crónicas de los conquistadores, en especial la de Fray Pedro de Aguado.

Palabras clave: Departamento de Caldas, Indígenas, Conquista, Fray Pedro de Aguado.


THE CONQUEST OF EASTERN CALDAS

By María Elvira Escobar Gutiérrez

The Conquest of Eastern Caldas was a heroic, cruel, and desperate enterprise that led to the extinction of the Pantágoras, the local indigenous group, in less than a century.  Indigenous people whose name is taken from the terms they used to express their rejection to conquerors’ domination. This article attempts to bring back to life indigenous societies that have disappeared, whose voice has been silenced. Likewise, it seeks to understand the actions of Spaniards who were confronted to a world they did not understand, corroded by their desire to become rich, and defied by a chimerical indigenous wage labor. The research is based on the Conquerors’ chronicles, especially Fray Pedro de Aguado’s.

Key Words:
    

Para Alejandra


Ilustración tomada de América Pintoresca


I. Pantágoras, su nombre provino de las palabras que más decían: patami, patama, patamita, patamera, patanta que es como decir no hay, no sé, no quiero.

Las sociedades indígenas de la vertiente cordillerana del Magdalena Medio, o el oriente de Caldas, fueron genéricamente denominadas por los españoles como Pantágoras, Amaníes o Palenques. A su interior se reconocían territorios más específicos, pueblos o provincias, cuyos pobladores recibieron los gentilicios de coronados, cabellos largos, canapeyes, samanaes, cocoznaes, ortanas y punchinaes localizados entre las cuencas de los ríos Guali, La Miel y Samaná y, en la cuenca media y alta del río La Miel donde moraban los Amaníes (Prodepaz,sf).

“Vivían en una extensión de 4.000 kilómetros cuadrados de tierra, toda cubierta de selvas... cordilleras estrechas y valles profundos por donde se precipitan ríos torrentosos. En donde la vegetación es  gigantesca y tan tupida que difícilmente penetra la luz del sol” (Rafael, 1967; 22). Es en esta amplia zona que se desarrolla la historia de unos indígenas orgullosos, temerosos de los españoles, pero en constantes rebeliones, recalcitrantes, que fueron finalmente vencidos después de menos de un siglo. No sabemos casi nada de su pasado y nada de su devenir, pues probablemente desaparecieron. Según la afirmación de Félix Quintero, Monografía de Pensilvania, (sf., 45), quien no cita las fuentes en que se basa:

“Los supervivientes indígenas emprendieron la fuga por la cima de la cuchilla de Miraflores hasta su término en la confluencia de los ríos Samaná y La Miel; embarcados en éste bajaron al Magdalena, que navegaron hasta la desembocadura del Rionegro, y remontando éste tomaron posesión de nueva patria y hoy están confundidos con los palaguas y carares, habitantes de las selvas aún en nuestros días”. (Montes y Grisales, s.f; p. 26)

La crónica de Fray Pedro de Aguado es la que más datos contiene sobre estos antiguos pobladores, los Patángoras quienes después se convirtieron en Pantágoras y los Amaníes o Palenques. Hace una advertencia honrada al iniciar su crónica sobre los indígenas de la región de la tierra caliente, como era llamada entonces, a diferencia de la del Reino, en la cual reconoce  que:

“La más dificultosa y trabajosa escritura para mí es la que trata de la naturaleza, religión y costumbres de los naturales, así por no poderse haber entera razón de lo que se les pregunta y pretende saber de ellos… suelen, en poca distancia de tierra, ser muy diferentes los indios en lenguaje, costumbres y religión, y así no se puede dar particular noticia de todos, por lo cual será regla y advertencia que lo que de semejantes provincias se tratare se tome la mayor parte de los naturales de ellas…” (Aguado, /1582/ 2007; 255).

A pesar de esta advertencia y por lo cual, a veces, no puede especificarse a cuál grupo se estaba refiriendo, son las noticias que tenemos, y es una descripción escrita con respeto, con realismo, con rigor científico.

Su crónica permite hacerse una imagen de la organización social, política, algunos datos sueltos sobre su sistema de comunicación y algo, tristemente mucho menos, de la económica: No obstante es el único cronista que se interesó por estos indígenas. Brindando una descripción, así sea incompleta de sus costumbres, de su aspecto, de su enorme valor y de sus celebraciones rituales en preparación de su defensa. En suma es una excelente etnografía cuyos datos corresponden al conocimiento teórico que tenemos hoy en día.

La mayor parte de los naturales de esta región son llamados Patángoros, “porque además de ser toda una lengua y habla, usan en ella de muchos vocablos de patán, como patami, patama, patamita, patamera, patanta que es como decir no hay, no sé, no quiero…” (Aguado, /1582/2007: 256). Lo que tomaban los españoles, por la lengua de esos indígenas, era justamente su negativa a las demandas y su rechazo a los conquistadores, una forma de resistencia que no obtuvo la respuesta deseada y que, por el contrario, se constituyó en el nombre con el cual son conocidos hasta hoy en día.

Existían dos grupos de indígenas bien diferenciados, aunque con lengua parecida; estos dos grupos son los Amaníes y los Pantagoros. Los vamos a separar para intentar una caracterización de cada uno. Los primeros, al parecer, estaban más centralizados, y los segundos, divididos en innumerables grupos étnicos, se mantenían en una organización más tradicional, aunque todos comparten la lengua, con ligeras diferencias.

A. Los Amaníes.

Fernández de Piedrahita en la visita de Baltasar Maldonado se expresa así: “Maldonado… halló que entre los Pantágoros y dicha sierra (nevada) se formaba una provincia, que sin extenderse mucho ni estrecharse poco, se hacía respetar de todas las naciones vecinas” (Fernández de Piedrahita, (/1688/ 1973; 501). Estos Pantágoros, son en realidad, los Amaníes, a quienes el mismo Maldonado llamó después los Palenques.

Aunque dentro de ambos, caben innumerables apelativos, se puede decir que los indios Palenques eran los  Amaníes, de adentro y de fuera, llamados así por los enormes palenques defensivos con los cuales lograron derrotar a Baltasar Maldonado y a Álvaro de Mendoza, hacia el año de 1540. Núñez Pedroso, logró llegar hasta el propio territorio de los Palenques, al seguir una ruta hacia los ríos La Miel y Samaná, pero la ferocidad del conquistador produjo como resultado el suicidio de muchos indígenas. Estos mismos indígenas se sometieron a Salinas de Loyola (alrededor de 1570) y pasaron varios años en los cuales vivieron pacíficos, pero luego, cuando se organizaron, atacaron, matando españoles, esclavos e indios que trabajaban en las minas. Allí vuelven a aparecer los palenques construidos y mejorados por estos indígenas, al parecer a las escondidas pues de ellos no se tenía noticia, donde realizaron la ceremonia de grandes borracheras, bailes y cantos para preparar su defensa, pero fueron derrotados, y se retiraron primero a Amani el de afuera y luego a Critascan. En lo referente a los datos geográficos, me acojo a lo que dicen Montes y Grisales (s.f.; 26): “…no podemos hoy, ubicar con precisión una serie de lugares citados por las Crónicas de la Conquista”.

Los Amaníes están mucho menos descritos que los demás indígenas de la región, aunque hay algunos datos interesantes, que prueban su mayor desarrollo, pero hay muy poco sobre su realidad económica. Su inclusión al régimen de los conquistadores fue a parte del trabajo en los ríos y en las minas en un momento dado, entregaron sus hijos a la explotación minera y había pueblos encomendados hasta que se produjo el gran levantamiento. Al parecer la conquista del territorio se realizó evitándolos y/o combatiéndolos.

Sin embargo, sabemos “que es gente más pulida y de más razón y más belicosa y que come carne humana y en la lengua diferencia alguna cosa, y en las costumbres mucho más” (Aguado, /1582/2007; 256-257). O sea, que en la zona amplia de la Tierra Caliente, había variaciones en la lengua, pero eran esencialmente portadores de una lengua comprensible a pesar de las diferencias; en las costumbres “lo eran más”, particularmente en el canibalismo. Con relación a éste, se puede hacer un análisis parecido al que se realizó para los cacicazgos del valle del Cauca Medio, a los cuales se parecen. Es la primera forma como las sociedades tratan a los prisioneros de guerra, pues son aún incapaces de integrar a la población de otros grupos étnicos, lo cual conduce a que los vencidos pierdan su identidad y condición humana al estar por fuera de su comunidad y lejos de su unidad de parentesco, y, a corto o a largo plazo, sean sacrificados, además con su consentimiento (Escobar Gutiérrez, 1986- 1989; 166). “Aquellos que eran del mismo clan, eran de la misma clase, seres humanos. Los forasteros, los no parientes eran miembros de una clase diferente, esto es, animales. Este criterio de parentesco estableció las fronteras del canibalismo… Dado que los parientes nunca mataban o comían a otros parientes, esto era equivalente a un tabú total sobre canibalismo” (Reed, 1980; 41-42).

Para los vencedores, el comérselos es sobre todo la forma de apropiarse de su valor y de ofender al enemigo, porque aún no son capaces de integrarlos como mano de obra, como esclavos. Mientras el desarrollo de las fuerzas productivas no permite la existencia de excedentes apreciables, no resulta rentable el trabajo esclavo de los prisioneros de guerra. Así, en todas partes, “el esclavismo es precedido por la eliminación física” (Escobar Gutiérrez, 2012; 21). Son incapaces de integrarlos porque su sentido de identidad se basa en el parentesco, no en el territorio y tampoco acceden a ponerlos a trabajar porque el desarrollo de las fuerzas productivas no es suficiente. El resto de los indígenas de la zona, los Pantágoras por el contrario, mataban a sus vecinos para ofender a sus parientes, los hacían tocar por todos los miembros de su comunidad, hasta los más pequeños, como demostración de valor, pero no se los comían.

“Son grandes trabajadores y bebedores y comedores de carne humana, la cual cuando les sobra y tienen en abundancia la tuestan y muelen y en polvo la guardan. Es gente cruel y carnicera; hacense cruel guerra unos a otros; no consienten ni quieren tener vivo en su pueblo a ninguna persona de otro lugar y que se haya tomado en guerra, que luego los matan a todos, aunque sean pequeñas criaturas” (Aguado, /1582/2007; 270 y 271).

El dato que es interesante, es que los españoles acusaban de canibalismo a los indios de otras regiones, con poca o mucha razón, como medio de justificar su esclavitud, pero en esta crónica se deja claramente explícito el que los Pantágoras no lo son, mientras los Amaníes, sí. Es éste, otro dato que nos da luces sobre su mayor avance y, a la vez, sobre sus limitaciones en el desarrollo de las fuerzas productivas, frente a la utilidad de los prisioneros de guerra, en lo cual son parecidos a los cacicazgos del Cauca Medio. Nos muestra la incapacidad para mantener una población, o unos individuos, a los cuales hay que sostener por parte de los miembros de la comunidad vencedora; porque el desarrollo del trabajo no llega ni para reemplazar el trabajo de los miembros de la comunidad. Por eso mismo, en las guerras no hay conquista puesto que la única unidad posible (a parte de una alianza temporal que sí es factible) se basa sobre todo en los lazos de parentesco, en la comunidad cultural, lingüística  (Escobar Gutiérrez, 1986-1989; 165).

Las poblaciones de Amanies, “así los de adentro que estaban más apartados, como los de fuera”, es gente que difiere en las costumbres y manera de vivir de los Patángoros. En primer lugar, “tienen sus pueblos trazados en concierto, las casas juntas y las calles por orden y compás, y pueblos formados aunque no muy grandes sino lugares de ochenta o noventa casas” (Aguado, /1582/ 2007; 270), lo cual es una característica diferencial, pues los  Patangoras vivían en cuatro o cinco casas aisladas, como las que encontró en su recorrido, Salinas de Loyola. El hecho que denuncia el alguacil Gonzalo Velásquez de Porras, contra  Núñez de Pedroso, así lo describe: “Y oyendo los indios a los cristianos dentro del pueblo, éntranse todos en sus casas. Visto esto el capitán Pedroso mandó quemar siete u ocho casas en los cuales quemó sesenta y dos indios e indias y criaturas” (Friede, 1975, Tomo II, Documento 45; 96-97). Muestra un poblado con varias casas, probablemente comunales, por el alto número de quemados, una población nucleada, lo cual nos prueba su mayor desarrollo frente al resto de comarcanos, su posible avance hacia el cacicazgo: una sociedad jerarquizada que no conoce las clases sociales ni el Estado.

“Hay entre ellos señores a quien respetan y temen y obedecen, los cuales son electos en cada pueblo por los moradores o vecinos de él, los cuales, las más veces eligen en este cargo el indio más emparentado y grave y valiente que hay en aquella república. El cual los manda como señor y ellos obedecen como súbditos…” (Aguado, /1582/ 2007: 270). En primer lugar, el hecho de la elección, y en segundo lugar, su sumisión al elegido, indican su mayor desarrollo. Son sociedades de consenso, con una mayor densidad demográfica y un poblamiento nucleado. Los caciques no están individualizados, son los representantes de la comunidad, de sus riquezas, de su valor colectivo, son un emblema de identidad (Escobar Gutiérrez, 2012; 18), configurando así, formas de poder que no implican una dominación de clase, sino que su ejercicio va encaminado al  bienestar de la comunidad (Vasco Uribe, 2003; 96-97).

No sabemos nada de su actividad como orfebres, si era que la tenían, aunque Rafael (1976; 29) dice que Pedroso entró para ver “si podían ranchear algún oro” y “los soldados se dieron a buscar oro entre los cuerpos muertos y ceniza de los bohíos, y hubieron de ellos como cinco o seis libras de oro fino” (Aguado, /1582/ 1956, t 1; 368). Alzate (2001: 26) reporta algunos elementos encontrados recientemente, que incluyen objetos de orfebrería y herramientas para fabricar los adornos, pero ésta, que era la actividad más buscada por los españoles, no tiene ninguna relevancia en la crónica; ni nada de su actividad económica, salvo la general que pone Aguado para los Pantágoras. Respecto de la actividad de intercambio, sabemos que: “Ningún género de contratación tienen los unos con los otros, ni aún comunicación. Su principal virtud era saltearse y robarse” (Aguado, /1582/2007; 220). Es evidente, que no tienen intercambio con los demás Pantágoros, pero desconocemos si lo tenían con otros cacicazgos, por la vía de penetración que existía al oeste, hacia los Picaras, Armas y Pozos.


Para la guerra, el contrario del intercambio: “Usan de unos crecidos arcos y flechas largas, que son menos perjudiciales que las pequeñas, porque con su grandeza vence venir y tuercen la vía, y así no hacen de maravilla tiro derecho” (Aguado, /1582/ 2007; 220). Y los palenques defensivos que construyeran en sitios agrestes y cuya descripción es impresionante, por el enorme trabajo comunitario que implica, por la población que contenían y por todas las provisiones que en su interior había. Así lo escribe Fernández de Piedrahita:

“… tenían para su defensa cercados todos sus pueblos de entrada cubiertas o palizadas tan fuertes, que para ganarles la provincia era preciso invadirlos de uno en uno, y para cada uno se necesitaba de asedio muy dilatado, por la destreza con que sabían aprovecharse de aquellas fortificaciones, por cuya causa la llamó Maldonado la provincia de los Palenques” (Fernández de Piedrahita, /1688/ 1973; 501).

El sistema de defensa de la población, que aparece en Ingriná, es que tenían un palenque   “con una cerca algo alta” y sus casas “fortificadas con unas gruesas puertas de golpe de unos tablones muy gruesos, puestas de tal suerte… que tocando en cierto palo… hacía caer la puerta que era como ratonera de golpe y quedaba cerrada, de suerte que por la parte de afuera nunca más se podía abrir” (Aguado, /1582/1956, T 1; 366). No conocemos la forma de la construcción de las casas, “se habla de bohíos y casas” (Aguado, /1582/1956, T 1; 364), Valencia Llano (2010; 18) dice que las casas se construían en guadua y los techos se cubrían con hojas de bijao, y por lo tanto es difícil imaginarse este sistema sorprendente de defensa. 

Es curioso pues en las crónicas no aparece nadie, capaz de enfrentarse a los Amaníes, por lo cual surge la duda del por qué éstos se vieran obligados a proteger así sus poblados y a tener dos grandes Palenques defensivos; aunque Aguado (/1582/1956; 362) dice que la gente de esta provincia está recogida en los palenques “por respeto a las enemistades y crueles guerras que los unos tienen con los otros… aunque fuesen vecinos muy cercanos, sino que cada cual acometía cuando la ocasión le daba lugar a su vecino…”.

Se va a tomar la descripción de la última gran revuelta de los Amanies, cuya fecha es incierta, porque en ésta se aclaran algunos elementos que permiten una visión de su desarrollo, la realización de grandes obras colectivas de uso y valor comunitario, las cuales habían pasado desapercibidas, a pesar de ser muy grandes, hecho que hace dudar de la presencia de los conquistadores en su territorio y son un testimonio de su capacidad de trabajar organizadamente.  Los indígenas habían hecho dos palenques muy fuertes para su defensa, el primero el más fuerte, estaba bien preparado y el lugar en que se hallaba era una cuchilla.

“…Los dos frentes, que cada una tenía sería de anchor de cien pies, tenían cada dos rengleras o paredes ciertos palos llamados guaduas, apartada la una pared de la otra, entre los cuales habían echado gran cantidad de otros maderos y paja seca y tierra y piedras de moler y fajina o rama, de suerte que tenían hecha una bien recia trinchera, acompañada de gran cantidad de troneras o flechaderos. Subía esta trinchera, de esta suerte fortalecida, poco más de un estado, y los maderos de la primera pared subían casi tres estados… tenían por la parte de adentro un foso o cava de siete pies de hondo, toda llena de agua, que para que estuviese más fuerte, habían los indios hecho y traído el agua para toda ella a cuestas y fuerza de brazos” (Aguado, /1582/ 2007: 244-245).

El otro palenque, donde la otra parte de esta gente estaba recogida, que aunque no era tan fuerte como éste, pero estaba en otro sitio igual de áspero. De toda la región de la Tierra Caliente eran los únicos capaces de ejecutar estos grandes sitios defensivos, que exigían una fuerte coordinación para su construcción y mantenimiento. “Tenianle asimismo los indios bien proveído de municiones y vituallas… siempre por el camino fueron topando calaveras y huesos de muertos, que los indios después de haber comido la carne, los ponían aposta para que las viesen y recibiesen temor” (Aguado, /1582/ 2007: 245). Esta es una característica de los cacicazgos del Cauca Medio, el “exhibir trofeos, símbolo de valentía y desestimuladores de ataques” (Escobar Gutiérrez, 1986-1989; 161) y se infiere que Aguado se refiere a los Amaníes dado que eran los únicos caníbales de la región y, por lo tanto, los huesos dejados para inspirar temor, tenían que ser de ellos.

Los españoles estaban temerosos de que

“… en la hora que se retiraran habían de dar los indios sobre ellos,… y demás de esto estaban en la mira de todos los demás naturales, para si los indios de Amani saliesen con victoria, rebelarse todos y dar en los españoles y en el pueblo de españoles… y aun ciertos indios amigos que consigo llevaban los españoles de la provincia de Samaná (está escrito Camana)  para proveimiento de las cosas necesarias, se habían ya desvergonzado a no servirles como de antes, y cuando les mandaban algo respondían que lo fuesen a mandar a los indios de Amaní” (Aguado, /1582/ 2007: 249).

Es decir, que de la victoria de los Amaníes dependían los demás que estaban sometidos y acompañaban a los españoles, aunque no participaran de la rebelión directamente; si, estaban de acuerdo y así lo manifestaban.

… “De dentro del palenque estaba ya después de anochecido un indio puesto sobre un teatro que aposta había mandado hacer de madera con ciertos reparos para que con los arcabuces no le pudiesen hacer daño; y con una voz algo feroz se estuvo toda la noche hablando y diciendo bravosidades y desgarros contra los españoles… que no pensasen ser más afortunados que otro capitán que en tiempos pasados, con muchos más españoles les había querido asaltar el palenque…”, (aquí se refería al capitán Maldonado) y dirigiéndose a los indios de Samaná que iban con los españoles, “les decía que quien los había engañado a venir en aquella compañía que venían, pues de ello les iba a resultar gran daño y castigo” (Aguado, /1582/ 2007: 249-250).

Esta última arenga transcrita por Aguado, muestra a un indígena probablemente un jefe religioso o un cacique con una capacidad de oratoria notable, bien protegido para poder por largas horas, realizar su discurso y también su enojo con los indígenas que acompañaban a los españoles como cargueros, a los cuales, incluidas sus familias, amenaza con una muerte cierta e incluso con la esclavitud, lo cual era evidentemente incumplible.

Ante la derrota, realizan una retirada muy ordenada, prendiendo fuego a lo que quedaba para dificultar la persecución, con los hombres en la retaguardia; y aunque se puede considerar exagerado el cálculo de cuantos estuvieron recogidos, es evidente que son más que una comunidad. “Juzgose por la mucha gente que vieron salir de este palenque e ir por diversos caminos, y por la mucha casería que en él había, que estuvieron recogidas en él más de cuatro mil personas” (Aguado, /1582/ 2007: 250-251).

Rufas, el enviado español para vengar la matanza de los españoles, esclavos e indígenas, cerca de Vitoria, descompuso el palenque, y toda la gente que allí había se retiró con su capitán don Alonso. Este jefe había sido traído desde Ibagué, por los españoles; el apelativo de “don” se refiere probablemente a su condición de cacique, porque esa era la manera de reconocerles su posición, diferenciándolos, al darles un tratamiento especial que otorgaba beneficios y a la vez, organizar la explotación de sus “súbditos”; en cuanto al nombre de “Alonso” se desconoce su razón de ser, pero posiblemente correspondía a su relación con los conquistadores, quienes le habían dado nombre cristiano.

Se retiraron a un lugar algo apartado, “donde se hacían grandes borracheras para determinarse en lo que debían hacer, porque el principal y naturales de aquel pueblo no estaban en seguir la rebelión de don Alonso y sus secuaces”. Estas reuniones eran una costumbre generalizada, “es de saber que, a lo menos en el distrito de este Nuevo Reino, cuando algunos indios quieren rebelarse o hacer alguna alteración u otra cosa señalada, primero han de hacer grandes juntas y concursos de gentes en partes señaladas, donde residen los más principales, y allí se entretienen algunos días y noches, los cuales despenden en bailar y cantar y beber hasta embriagarse”. En estos cantan y representan los trabajos que en servir a los españoles tienen, la libertad que antes tenían, la opresión en que se ven, las muertes de sus padres, hermanos y parientes, el despojarles de hijos e hijas para las minas y el verse despojados de sus santuarios y el no tener la  libertad para practicar su religión, por todo lo cual deben aplacar a sus dioses, echando a los españoles o matándolos (Aguado, /1582/2007:252). Ante esta descripción de las reuniones para la toma de decisión de los Amaníes, a quienes la antropóloga Herrera Ángel, llama Pantágoras, que es el término más general de los indígenas de la región, hace la siguiente explicación:

“Fue posiblemente por el importante papel que ocupaban estas celebraciones de la organización comunitaria que se las vituperó a tal punto, que lo sobresaliente de ellas, por el mismo nombre que se les dio, borrachera, o sea la embriaguez… se aprecia en este caso que la celebración podía operar como un espacio para la toma de decisiones de la comunidad, en las que los cantos eran utilizados por los dirigentes y por otros miembros para formular su posición, frente a los hechos y plantear posibles soluciones…. En otras oportunidades lo que sobresale en la celebración es la narración de los hechos del presente y del pasado…la historia de la comunidad con todas las implicaciones que la percepción del pasado tiene sobre la acción en el presente (Herrera Ángel, 2002).

Todo el proceso de retaliación por el anterior ataque de los Amaníes, produjo que “los indios que no habían tenido paz ni amistad entre sí se convirtieran en aliados, azuzados por su creencia de que los españoles comían carne humana y por esto los buscaban, lo cual los hizo más obstinados en su rebelión” (Aguado, /1582/ 2007; 222) y esta alianza llega al punto que los Amaníes, estaban dirigidos por un extranjero y trataron de convencer a un cacique, posiblemente de otro grupo, de la justicia de su causa, durante la gran rebelión sin lograrlo, y después que se retiraron, el cacique se presentó a los españoles, garantizándoles su fidelidad (Aguado, /1582/ 2007; 253). Es decir, se rompió la regla tradicional que no permitía que los “extranjeros” siquiera viviesen conjuntamente con los Amaníes. La conquista permitió que se unieran y aliaran grupos totalmente extraños hasta entonces, pues la pertenencia al grupo estaba determinada por el eje del parentesco (no por el territorio lo cual es lo común en los Estados). Esta alianza es posible de manera temporal y con un fin preciso pues no puede haber lealtad ni confianza absolutas por fuera de las fronteras de parentesco.

Entrevemos su organización política, con caciques representantes de la comunidad, por ejemplo, con uno que se dedica a proferir amenazas desde lo alto del palenque, el cual ha sido construido haciendo gala de un derroche de trabajo comunitario; con la necesidad de hacer una “borrachera” para organizarse y convencer al que no está de acuerdo en continuar con la rebelión. Valencia Llano (2010; 100) considera que los indígenas de esta comarca no evolucionaron hasta llegar al cacicazgo, pero, también que habían estado muy influenciados por los vecinos que tenían del lado occidental de la cordillera, pozos, paucuras, armas y picaras, “razón por la cual habían copiado de éstos la institución del cacicazgo” (Valencia Llano, 2005; 241) y pensamos que estaban muy cerca de esta organización supracomunal, sin tener los suficientes datos económicos para probarlo.

Posteriormente Aguado describe los matrimonios, pero ésta es la última referencia que de ellos se hace específicamente, todo lo cual nos deja en la duda de su desarrollo agrícola, metalúrgico, de intercambio y de la capacidad de superar el nivel comunitario, uniendo a varias comunidades.

“Los casamientos se hacían por la vía de trueco, como entre los patángoros, excepto que después de concertado un casamiento para efectuarse y venirse a juntar los dos, ha de pasar un término y espacio de cuatro meses”…” y pasados los cuatro meses si los dos están satisfechos… se efectúa y celebra el casamiento en una casa que para ese efecto tienen diputada y hecha… excepto que en el sujetarse las mujeres y hacerlas vivir casta y limpiamente usan de todo rigor” (Aguado, /1582/ 2007; 271).

No se describe el sistema de parentesco, ni sus características como se hará para el resto de los Pantágoros. Es una unión más desarrollada, en la cual, en primer lugar es similar al matrimonio de prueba, “mientras se hace evidente el entendimiento de la pareja” (Gutiérrez de Pineda, 1963; 21) y en segundo, ya más cercano a la familia sindiásmica, donde se ejercen mayores controles al comportamiento de la mujer pero que les significa también una profunda estimación como mujeres, como madres (Engels, 1974; 45 y 50)

B) Los Pantágoras.

En cambio, Aguado es más prolijo en su descripción de los indígenas Patangoras, lo cual realiza con una gran precisión.

No tiene noticia de que entre los Pantágoras hubiera, tampoco, santuarios; aunque tienen mohanes, que son las personas que tienen una dignidad religiosa “para tratar con el demonio”, los cuales, a la vez sirven de médicos. Esta descripción de los shamanes que son a la vez sacerdotes y médicos encargados de tratar con la naturaleza, cuyo método de cura es lavar con agua tibia, ponerles la mano encima y soplar a los enfermos; lo mismo que soplar para hacer llover, es sumamente precisa (Aguado, /1582/ 2007: 259).

No hay entre ellos caciques ni capitanes, por lo tanto son distintos a los Amaníes. Solo le tienen veneración a los mayores, a aquellos que merecen respeto por su edad, su valor y a este “tal respetan con veneración de señor, pero no para que tenga jurisdicción ni señorío domiciliario sobre ellos, excepto que cuando ha de haber guerras, al tal veneran como a capitán”. (Aguado, /1582/ 2007: 257). Esta es la diferencia más marcada con los Amaníes, la inexistencia de jefes, de caciques, que son los encargados de representar a la comunidad; entre los Pantágoras es simplemente un jefe, un “capitán” principalmente en épocas de guerra. 

Respetaban el principio del parentesco, el gran aglutinante de la época, que en su caso era matrilineal, la descendencia sólo se concebía por el lado de la madre y antes de la entrada de los españoles no consentían “que entre ellos viviesen ni estuviesen gentes de otras poblazones, aunque no fuesen muy apartadas” y “si en los caminos se topaban gentes de dos pueblos, se procuraban matar los unos a los otros”, tanto a los hombres como a las mujeres, y luego llevaban a todos sus hijos pequeños y con un palillo los hacían tocar las heridas del muerto. Hecho esto: “se hacían todos los que se hallaban las coronas como frailes por señal de valentía” (Aguado, /1582/ 2007: 59). Cuando el capitán Salinas de Loyola encontró los primeros poblados indígenas, le sorprendió el que tenían el pelo largo y “cuando han hecho una acción de valentía, se abren una corona como de fraile, para ser reconocidos”, y los llamó inicialmente indios Coronados, posteriormente verificaron que tenían una lengua muy parecida, por lo cual a todos se les llamó Pantágoras, utilizando las palabras más escuchadas de ellos: no sé, no tengo y no quiero.  La gran diferencia con los Amaníes, que hasta conservaban la carne molida de sus enemigos, cuando tenían demasiada, para después comerla, estos Pantágoras simplemente los matan y llevan a sus parientes a conocer su prueba de valentía en la batalla, después de lo cual se cortan el cabello en una forma especial.

“La causa de tener estos indios entre sí tantas discordias y guerras civiles era la falta de justicia y de no tener señores que los conservasen en ella, y así si unos a otros se hurtaban algo se lo habían de pagar con otro hurto mayor,  si se mataban, en muertes, y si se hacían injurias, tal por tal, y así donde quiera que se topasen, como he dicho procuraban vengarse y las más veces pagaban justos por pecadores…” (Aguado, /1582/ 2007: 259).

Era esta gente muy belicosa y guerrera y “de tan obstinados ánimos en el guerrear que al principio se creyó de ellos que jamás se domellarían y abajarían a recibir sobre sí el yugo de la servidumbre ni que dejarían de poner en gran riesgo y aprieto a los que en su tierra entrasen, por ser toda muy poblada y áspera y acompañada de muy espesas y altas montañas, de suerte que les acontecía estar junto a la poblazón de los indios y no verlos ni entenderlos” (Aguado, /1582/ 2007: 220) ..

“No comen carne humana, pero en todos otros géneros de mantenimientos de los españoles no son nada escrupulosos, que cuando les dan y los españoles acostumbran a comer, comen, lo cual en mucho tiempo no hacen otras naciones”. Asegura que “en su alimentación no acostumbran echar sal, porque no la tenían”, pero después especifica que usaban “un agua salobre que bebían y suplía esa falta”, lo cual es efectivamente la manera de conseguir sal. “Su principal mantenimiento es el maíz más no hacen de él pan, sino es cuando la mazorca esta granada hacen un género de panotas, que en algunas partes llaman hayazas, comida de cierto desgusto y malsana. Demás del maíz usan de yuca, auyamas y otras legumbres de poca sustancia… su vino o chicha… hecha de yuca y de maíz… No tenían ningún género de caza que comer sino eran ratones… con cuero y tripas lo ponen al fuego… (Aguado, /1582/ 2007: 258).

“Los principales regocijos que entre estos bárbaros hay es juntarse las parentelas a bailar y cantar en cierto lugar o casa diputado para este efecto. A quien los españoles llaman casas de borrachera, y al regocijo llaman borrachera… para tratar negocios de guerra como para celebrar casamientos y otras cosas señaladas que hacen” (Aguado, /1582/ 2007: 259). Es decir, no se trata de montoneras indiferenciadas, sino que existe quien establezca la manera de realizar las distintas actividades, este poder se ejerce, entonces, en beneficio de la colectividad (Vasco Uribe, 2003: 97). Eran realmente, grandes reuniones que implicaban un tiempo de preparación y organización, pues la necesidad de tener comida, así fuera probablemente para los pequeños, y para los demás tomar chicha; las invitaciones a los de otras comunidades y en el caso de la lucha contra los españoles, también de grupos distintos. Servía para convencer, para organizar, para recordar tiempos pasados relacionados con la situación específica y planificar el futuro, es decir constituían un verdadero trabajo (Vasco Uribe, 2003: 32 y 169). Al parecer, tanto los Pantágoras como los Amaníes utilizaban estas fiestas rituales, para éstos últimos eran además festividades de ataque o de defensa.

“Entre las otras brutalidades notables que estos bárbaros tienen, es el carecer de cuenta, que ni saben contar por días ni por lunas, que son los meses, ni por los años, ni ningún número que pase de diez y éste cuentan con los dedos con harto trabajo, y en llegando a diez luego dicen mucho o muchos…Esta ignorancia debe causar la poca contratación que unos con otros tienen, que ni por la vía de ferias o mercados ni por otro interés ninguno no saben vender nada los unos a los otros” (Aguado, /1582/ 2007; 275)

En esta parte, Aguado hace un análisis muy acertado de la situación indígena antes del contacto, pues relaciona la necesidad de contar con el intercambio, la única fuerza capaz de conducirlos a este conocimiento.

Continúa Aguado con la descripción de los Pantágoras, “Es gente de buena disposición y bien agestados, las mujeres de muy mejores gestos que los hombres. Tienen las cabezas chatas o anchas por delante, desde la frente para arriba, que al tiempo de su nacimiento e infancia les hacen cierta opresión con que las paran de aquesta suerte” (Aguado, /1582/ 2007: 257). Así lo registra Duque Gómez, coincidiendo plenamente con la excelente descripción de Aguado: “Los rostros de los indios eran anchos y alargados, como consecuencia de la deformación del cráneo que ellos practicaban, aplicando tabletas en la frente y en el occipital de los recién nacidos, y más tarde ligaduras. En esta forma los huesos se achataban y la cabeza crecía en altura” (Duque Gómez, 1963:31). La deformación craneana era una costumbre muy generalizada en toda América, se encuentra en muchos de los sitios arqueológicos y es descrita por un sin número de cronistas y corroborado por los arqueólogos.

Aguado se preocupó hasta por describir su aspecto, los vestidos especialmente de las mujeres, sus afeites y peinado. “Andan todos desnudos, sin traer ninguna cosa sobre sus cuerpos; solamente los que aciertan alguna fea herida se la cubren con alguna piel de animal. La natura traen siempre cubierta con una mano o atada a un tocado, que a manera de cortina traen por la cintura, porque tienen por cosa deshonesta que les ande siempre colgando”. La mujeres “son bien agestadas y de medianos cuerpos; traen el cabello muy largo y precianse de curarlo mucho”, considera que “andan desnudas” aunque utilizan una manta, llamada pampanilla que sujetan con un hilo grueso en la cintura. “Las que son doncellas aunque sean de crecida edad, hasta que las casan, no traen estas pampanillas sino unos delantales de rapacejos, hechos de cabuya o de algodón, que les llegan por debajo de la pantorrilla, y con aquello andan hasta ser casadas…” (Aguado, /1582/ 2007: 257)

Como dice Rafael “Vivían desnudos pues no cultivaban el algodón, ni lo tejían”. (1967; 22), y parece justo, aunque nos queda la duda con esta última frase, pues al menos tenían este algodón para los delantales de las mujeres solteras y probablemente venido de lejos.

Aguado se preocupó no sólo por el aspecto externo, sino hasta por la menstruación de las mujeres y la diferencia en la forma de vestirse y peinarse, como solteras y como casadas.  “Precianse estas mujeres de tener en el rostro buena tez, y para conservarla beben cierta cáscara de árbol que parece canela, por parecerse a ella, porque con la virtud de esta cáscara detienen su regla mujeril cinco o seis meses…”, es decir, además, utilizado como sistema de control de la natalidad. “Traen estas naturales el cabello de la oreja anda suelto, y de allí para atrás recogido y entrenzado con ciertos bejucos en dos partes, las cuales rodean la cabeza, que les da buen aire y gracia” (Aguado, /1582/ 2007: 257).

“Esta gente patangora poblada en lugares altos, por familias y parentelas que de parte de las mujeres proceden…” (Aguado, /1582/ 2007: 257). Es decir, en pequeñas agrupaciones de casas, “organizados por grupos originarios de los parientes matrilineales, una división característica de la gens” (Engels, 1974) con lo cual las comunidades establecen su parentesco y conocen como casarse: “ningún parentesco tienen ni han los hijos ni hijas con los parientes del padre ni la mujer con los del marido” (Aguado, /1582/ 2007: 261) pues son matrilineales.

Entre estos bárbaros, el adulterio ni otro delito ninguno es castigado con el rigor que el quebrantar el parentesco que por parte de madre tienen unos con otros… (Aguado, /1582/ 2007: 262). Entre los Pantágoras hallamos muy claro el concepto de parentesco uterino. Los apelativos de padre, hijo y hermano, hermana, no son simples títulos honoríficos sino que, por el contrario, traen consigo serios deberes recíprocos perfectamente definidos y cuyo conjunto forma una parte esencial del régimen social de estos pueblos (Engels, 1974: 223).

Al ser matrilineales, la descendencia es por línea materna exclusivamente, y virilocales, o sea que la residencia es en la localidad del marido. Gutiérrez de Pineda explica este sistema, muy común entre los indígenas americanos, de la siguiente forma: “Si el Ego es mujer, al llegar al matrimonio, tendrá que emigrar a tierra de su marido mientras dura su vida marital... Pero los hijos habidos en ella no serán ciudadanos de su tierra, sino en la de las mujeres, madres, que los han concebido” (Gutiérrez de Pineda, 1963: 22). Esta cita es exacta salvo por lo del lugar donde nacían, porque entre los Pantágoras, las mujeres regresaban a su sitio de origen para dar a luz, es decir los bebés nacían en el lugar al cual pertenecían. “De todas las ocasiones en que una mujer que vive en la comunidad del marido podía volver a casa de sus propios parientes, es cuando daba a luz un hijo, lo cual coincidía con el principio de que cada niño debía nacer entre sus propios parientes maternos” (Reed, 1980; 236).

Entendiendo esto, se comprende aún más, lo ritual que tiene el dar de comer al marido, la ofrenda máxima, cuando la mujer se encuentra donde su madre. “Y durante el tiempo que la mujer de cualquier indio está en casa de su madre no ha de tener en aquella casa ayuntamiento carnal con ella, y cuando lo quisiere hacer ha de llegar cerca del bohío de su suegra, y dar ciertos silbos con que es conocido y entendido, luego sale la mujer a él y le lleva de comer, y allí tienen sus impúdicos actos” (Aguado, /1582/ 2007, 262).

Aguado estaba muy interesado por sus costumbres, aunque intenta explicar la poliginia, realmente, nos informa de toda una gama de comportamientos que corresponden al sistema de familia matrilineal que comprende desde el levirato, el matrimonio con el hermano del muerto, hasta el sororato, la unión con la hermana de la muerta y el comportamiento en el caso de desavenencia y sus consecuencias.

“Es, pues la orden que ninguno que no tuviere hermana se casará fácilmente, porque el que se quiere casar ha de rescatar o comprar su mujer por una hermana suya, y si dos hermanas tuviere dos mujeres comprará, y si más, más, porque tantas cuantas hermanas como tuviere para trocar, tantas mujeres habrá por ellas, y si las mujeres son hermanas, aunque sean muchas, con todas tiene acceso… si ha habido dos mozas doncellas para casarse con ellas, y el uno esta aficionado a la que el otro tiene y le habla sobre ello, a la hora las truecan y las cambian, y toma cada uno la que el otro tenía por mujer” (Aguado, /1582/ 2007: 260)

“Y si las hermanas tienen más de un hermano, el mayor de todos reparte las hermanas entre los otros sus hermanos, para que con ellas haya mujeres; y si un indio es solo y tiene más hermanas que ha menester mujeres, provee y da de aquellas sus hermanas a otros parientes suyos de parte de su madre, para que con ellas haya mujeres” (Aguado, /1582/ 2007: 261) Estos últimos párrafos explican la forma de matrimonio, la poliginia sororal, el matrimonio con varias hermanas, que era dominante en ese grupo, y el que las mujeres tengan relación marital con sus cuñados sin que a ello les inhiba ningún concepto; pero en cambio observarán sumo cuidado de guardar los principios de invalidación e incesto con cualquiera que “sea deudo por parte de madre, que con este tal, aunque el parentesco sea muy lejano, no se adjuntarán con él, por temor de gran pena y castigo” (Aguado, /1582/ 2007;  262).

Los Pantágoras practicaban el sororato y el levirato, que es el casarse con el hermano o hermana, o el pariente más cercano, en caso de muerte de uno de los cónyuges, para que no se devuelva la mujer de su hermano, “porque en muriendo cualquiera de ellos, las mujeres se vuelven cada una al pueblo do es natural, o a casa de sus parientes; y si muere cualquiera de las mujeres, la que queda viva, si no tiene su marido otra hermana que dar al viudo, se vuelve a casa de su madre o parientes.. a quien tienen tanta sujeción las mujeres que aunque estén muy contentas con sus maridos y cargadas de hijos, si su hermano u otro pariente, por defecto de hermanas, le dice que deje el marido y vaya a su casa, luego le obedece, sin que ose hacer otra cosa, ni su marido pueda se lo quiere estorbar, y lleva consigo a sus hijos; y luego la hermana del marido de esta mujer se vuelve a casa de su hermano” (Aguado, /1582/ 2007: 261).

El respaldo del parentesco matrilineal para el individuo es total, (Gutiérrez de Pineda, 1963: 41), pero también las obligaciones que éste conlleva, como la obediencia en el desplazamiento, cuando el hermano lo solicita o al enviudar, lo cual produce todo un desbarajuste en las relaciones de toda una constelación emparentada por matrimonio. Lo cual implica que el matrimonio, o la relación de pareja, esté siempre dependiente de lo que suceda en el conjunto social; el matrimonio no está pensado como una relación duradera sino por el tiempo de entrelazamiento de varios parientes. Es tan variable para el hombre como para la mujer. Cuando se estudian aspectos relativos al divorcio, se ven claros los problemas de la residencia móvil pues al residir todas juntas las hermanas, cuando el matrimonio se ha realizado por trueque de mujeres, a instancias del hermano de la esposa, o esposas de un hombre dado, ella o ellas regresan a su tierra, dando por terminada la unión. Y lo hacen acompañadas de sus hijos. Y las mujeres de este hermano, trocadas por las primeras, también parten para la tierra del suyo con sus descendientes. (Gutiérrez de Pineda, 1963:23) La misma libertad tiene el marido para echar de sí la mujer cada que quisiere, y enviar por su hermana a casa de su cuñado; y todas las veces que estos truecos se deshacen llevan las mujeres todos los hijos que han parido consigo, sin que los padres hagan ningún sentimiento ni se lo estorben (Aguado, /1582/ 2007: 261).

“Las mujeres son muy libres y aún desordenadas, como he dicho, en sus actos impúdicos, los cuales aunque sepan los maridos no les han de castigar por ellos, porque luego se van en casa de sus hermanos si les hacen algún sinsabor o disgusto, y así les son los maridos muy sujetos y obedientes contra toda razón, y así son ellas tan inhumanas que en la hora que el marido cae enfermo, mayormente si la enfermedad tiene insignias de ser larga, toma esta tal mujer a todos sus hijos consigo y vase en casa de su hermano, y la hermana del enfermo, que está casada con el hermano de su mujer, se vuelve a casa de su hermano…” (Aguado, /1582/ 2007: 262). 

Como relación especial, las de pareja, son muy laxas, “muy libres y aún desordenadas”, tanto para el hombre como para la mujer, no conllevando obligaciones mutuas, como la de acompañarse en la enfermedad, o la de cultivar el terreno que se considera del padre o marido, su obligación es con la del hermano y su grupo materno.

Cogen maíz dos veces por año, siendo la de agosto la mejor. “En las labores los varones son los que labran las tierras, y algunas veces les ayudan las mujeres, las cuales suelen tener la obligación en otras partes de sembrar y coger las labranzas del marido, pero en esta tierra no lo hacen sino voluntariamente, y solas las labranzas de los hermanos se benefician” (Aguado, /1582/ 2007: 259) Es decir, el parentesco en este grupo determina las faenas de producción, las mujeres siguiendo el sistema matrilineal se agrupan alrededor de sus hermanos con los cuales colaboran, dejando de lado a su marido que no es su pariente (Gutiérrez de Pineda, 1963: 134). “Los tiempos de las sementeras miden, trazan y conocen en esta manera: presumen estos bárbaros que las estrellas a quienes llamamos Cabrillas, son hermanas de los Astillejos a quien ellos tienen por hermanas, y que estas estrellas hacen labranzas y cavan y siembran y se siguen por ellas…” (Aguado, /1582/ 2007: 274-275). En el parentesco matrilineal, todas las cosas pertenecen a las mujeres, por ello es que consideran a las estrellas que determinaban las siembras, lo más importante de la actividad agrícola, como hermanas.

“…mientras dura el casamiento, la suegra no ha de mirar el rostro del yerno ni el yerno a la suegra, y si se encuentran en algún camino, vuélvense los rostros en contrario uno del otro, y en algunos pueblos tienen hecho trochas y caminos por donde los yernos puedan ir seguros de encontrar con las suegras” pues “el adulterio ni otro delito ninguno es castigado con el rigor que quebrantar el parentesco” (Aguado, /1582/ 2007: 262). Este es el clásico principio de invalidación, que crea una conducta particular entre parientes afines, en este caso yerno-suegra cuando entre ellos son prohibidas las relaciones vitales (Gutiérrez de Pineda, 1963: 35). Es el comportamiento social adecuado, pues el hombre viene de un primitivo grupo de enemigos, y la antigua desconfianza no está plenamente erradicada, lo cual se convierte en la regla de las suegras prohibidas (Reed, 1980; 214).

Teniendo en cuenta lo anterior, respecto a la importancia del parentesco uterino, la vivienda virilocal con posibilidad de retorno para la mujer, voluntario o no, como cuando la unión de su cuñado se deshacía, podemos entender lo grave que fue cuando Zuluaga Gómez describe lo que puede considerarse un instructivo para violar las disposiciones reales, en el momento en que los dueños de las minas, que principiaban a explotarse en Mariquita, necesitaban mano de obra. “Oficiales reales de Mariquita propusieron para que pudieran laborar las minas de aquellas comarcas, que de cada pueblo de indios se saque un matrimonio de indios con sus hijos y se adscriban a un pueblo minero, desarraigándolos de su naturaleza y en y vendiéndoles sus heredades y bienes no transportables, dando órdenes al Corregidor para que no los dejen volver a sus pueblos de origen…” (Zuluaga Gómez, 2006; 443). Lo cual además de desarraigarlos de sus pueblos, rompía con su tradicional sistema de parentesco y adscripción a una comunidad de origen distinta de la que habitaban las mujeres, cortándoles la libertad de decidir si se mantenían o no unidos.

“Y porque dije que les hacían señas con silbos, es cierto y averiguado que con cierta manera de silbar con el hueco que de entrambas manos juntas hacen, hablan todo el lenguaje, de tal suerte que se entienden y oyen de mucha distancia de caminos apartados, con más facilidad que con la voz natural” (Aguado, /1582/ 2007: 262). En esta relación Aguado se refiere a las visitas que hacía el marido a la casa de su suegra, cuando la mujer se encontraba allí, pero también explica que es una forma de comunicación corriente entre ellos. Triana y Antorveza en su libro Las lenguas Indígenas en la Historia Social del Nuevo Reino de Granada (1987) recoge un compendio de testimonios históricos y relata que los indios Pantágoras empleaban un sistema de silbos con el cual podían expresarlo como con el lenguaje hablado, y entenderse con mucha distancia de camino (citado por Patiño Roselli, 2007).

Este lenguaje del silbido se encuentra en muchas partes del mundo, generalmente entre comunidades que viven en terrenos montañosos, donde los humanos separados por grandes distancias no se oyen cuando hablan o gritan; el silbido se usa y produce el mismo efecto que el lenguaje hablado, se basa siempre en él; no reemplaza sino que acompaña y se usa en situaciones diferentes, como en la necesidad de visitar a la esposa que está alojada en casa de su madre y ellos no poder ni mirar a la suegra o cuando las distancias son muy grandes (UCL, El lenguaje del silbido). Aguado se enteró del sistema por el caso de los yernos y que luego corroboró, era utilizado para las grandes distancias, en caminos apartados, por toda la comunidad.

Con esta descripción terminan las informaciones que tenemos sobre los indígenas del oriente de Caldas, que fueron definitivamente exterminados en los pocos años, menos de un siglo, que duraron los intentos por establecerse en la región. Fray Pedro de Aguado salió después de haber visitado los otros conventos de Reino, y determinó en Cartagena en 1575 embarcarse y pasar a España, para imprimir su libro, donde murió en 1590 (Simón, /1625/ 1981; 359).

Naciones enteras desaparecieron; otras perdieron allí sus reliquias, sus tesoros artísticos, sus lenguas, sus religiones, incluso sus fisionomías; numerosos pueblos mezclaron en ese tapiz sus culturas; indómitos guerreros americanos defendieron su mundo y su gente con extremos de valor y abnegación… (William Ospina, 1998; 21).
             
II.  “No se preocuparon por crear y garantizar las condiciones para la reproducción social de la población indígena ni de la misma comunidad de españoles” (Prodepaz, sf)

Una empresa tan descomunal como la Conquista de América había requerido demasiado heroísmo, y si no abundó en nobleza, en lucidez ni en sutileza, al menos se sobró en valor, en temeridad… Empujados por la necesidad y llevando cada uno a cuestas un pasado personal a menudo miserable, no conformaban ejércitos; eran pequeñas expediciones demenciales y casi suicidas enfrentadas a un mundo ignorado y (habría que vivirlo para saber que se siente) cercadas de muchedumbres indescifrables (Ospina, 1998; 68-69).

Este análisis de William Ospina corresponde exactamente a la colonización de la “Tierra Caliente a diferencia de la del Reino propiamente” (Simón, /1625/ 1981; 304) que es precisamente la de la región del Oriente de Caldas, desde Fresno, Victoria, la Dorada, Samaná, Marquetalia, Pensilvania, Manzanares y Marulanda (Ramírez Sendoya en Alzate, 2001; 17), desde la cordillera hasta el río Magdalena, influenciada por los ríos Samaná, Gualí, Guarinó, La Miel y Magdalena, (Valencia Llano, 2013; 92) es decir un área que abarcaba el oriente del departamento Caldas, el norte del Tolima e inclusive parte del oriente de Antioquia. 

Fue una empresa de valor, heroísmo y desesperación, fundaban ciudades, que luego trasladaban; una, la que más perduró, duró 30 años, después de haber sido cambiada de sitio varias veces. Se acababan o era necesario cambiarlas de sitio, porque la escasez de oro proveniente de los métodos rudimentarios que utilizaban las hacía poco rentables o los incapacitaba para explotarlas, todo lo cual aunado al sometimiento brutal, a las enfermedades de los indígenas y de los esclavos, las extinguía. No fueron capaces de garantizar la reproducción social, ni la propia, ni la de los indígenas, ni la de los esclavos.

Las andanzas de los españoles son las que nos traen los primeros y últimos datos sobre los grupos sociales que habitaron esta amplia región y nos muestran hasta qué punto fue una hazaña el intentar acomodarse en esta zona. Las relaciones interétnicas fueron marcadas por un despliegue de violencia y de sometimiento, al conjunto de la población indígena se le negó la supervivencia, como cargueros y mineros, o simplemente fueron tratados como enemigos y exterminados.  

Fray Pedro de Aguado (/1582/ 2007: 219; 221; 224; 239) relata que por estas tierras habían andado los hombres de Hernán Pérez de Quesada en su viaje hasta Cartago, pero que, desde entonces estaban abandonadas. Álvaro de Mendoza, Baltasar Maldonado y Francisco Núñez Pedroso caracterizados por la crueldad y el temple, que les exigieron la naturaleza guerrera de las tribus y la brusquedad de las selvas, (Ocampo Cardona, 2012; 77) fueron los primeros en internarse en esta agreste montaña en el siglo XVI.

 Álvaro de Mendoza, Teniente del Mariscal Jorge Robledo fue enviado en 1540, en comisión especial para buscar el territorio de “Arvi”, del cual le habían hablado los aborígenes, que se suponía estar más allá, en el meollo mismo de la cordillera central, quizás en el páramo de Herveo. Mendoza chocó contra los inquebrantables muros humanos de los valientes Pantágoras y tuvo que regresar con el ánimo decaído por la derrota hacia el territorio Picara (Ocampo Cardona, 2012; 77).

Luego, Baltasar Maldonado, (hacia 1540) quien logró penetrar hasta su tierra y fue derrotado por los indígenas Amaníes las tres veces que intentó someterlos (Ospina, 207), después de lo cual se devolvió a Santa Fe, pues se enfrentó con su gran palenque defensivo, en el cual perecieron 22 españoles, cifra elevadísima para los españoles de entonces. (Henao, 1943).

Aunque Maldonado “reconociese la fuerza de los Palenques, la poca sustancia de la provincia y el valor de sus naturales, llevado de aquella costumbre de salir siempre victorioso, trabó guerra con ellos, pretendiendo allanarlos por las armas,.. llegó a trance que embestido (a tiempo que asaltaba uno de aquellos pueblos) de una fiera tempestad de lanzas, que de otros salieron para el intento, le mataron veintidós hombres en la guazabara…casi derrotados… dieron vuelta a Santafé…” (Fernández de Piedrahita, /1688/ 1973; 501). Fue seguramente, la primera derrota propinada por los indígenas a las armas españolas, lo cual vino a inmortalizar a los ejércitos Pantágoras, (en realidad está  refiriéndose a los Amaníes) con el nombre de Palenques, sinónimo de invencibles (Ocampo Cardona, 2012; 77).

El capitán Francisco Núñez de Pedroso, el mismo que llegó huyendo del Perú y pasó por Cartago con el pasaporte dado por Belalcázar, recibió autorización de Díaz de Armendáriz de fundar un poblado en la margen izquierda del río Magdalena y cerca de las minas descubiertas por el capitán Vanegas. El 28 de agosto de 1551, funda a Mariquita en los terrenos del cacique Marquetá, dos años más tarde la trasladó a su sitio actual, posteriormente fue uno de los exploradores del río Guarinó, (Vélez Ocampo, 2005) y como remata William Ospina (2007): “Después de arduos combates, Núñez Pedroso fundó, cerca del río y al pie de la cordillera la ciudad de San Sebastián de Mariquita”.

A diferencia de Baltasar Maldonado y Álvaro de Mendoza, Núñez Pedroso si logró vencer y someter con crueldad a los indígenas, Después de fundar a Mariquita, dirigió él mismo una expedición hacia el norte, incursionando por la margen derecha de Magdalena, y siguiendo una ruta hacia La Miel y el Samaná, logró llegar hasta el propio territorio de los Palenques. Juan Friede (1976) da cuenta de una serie de testimonios que permiten apreciar su incorregible carácter sanguinario, por lo cual muchos naturales prefirieron ahorcarse ellos mismos o lanzarse a un abismo, antes que caer en las torturantes garras españolas. (Ocampo Cardona, 2012; 78).

Ingriná fue el primer palenque que encontró Pedroso, después de un combate en el que obtuvo la victoria y los indígenas sacaron a sus mujeres e hijos por la parte de atrás. Después del combate, algunos españoles se ocultaron para tender una celada al regreso de los indígenas, y un lugarteniente, Juan Rodríguez Tonelero “empaló en el propio lugar algunos indios y a otros cortaba las manos, y atándoselas al pescuezo, los enviaba a que llevasen la nueva de su crueldad a las otras gentes que se habían vuelto huyendo” (Aguado, /1582/ 1956, T 1; 363-364).

Cerca al pueblo de Guacota, al anochecer vieron los españoles salir del pueblo un grupo de indios que había salido a recoger agua salobre en un lugar cercano, que dieron un bárbaro alarido y volvieron al caserío y anunció la presencia del enemigo. Al llegar allí se trenzó en feroz combate con los aborígenes, resultando muerto de un flechazo en la cabeza el español Pedro Mahates al intentar con un grupo de diez hombres derribar una de las fortalezas construidas por los indios. Para vengar esta muerte, Núñez de Pedroso ordenó a los suyos atacar las fortificaciones, prendiéndoles fuego… Pero se encontró con que los indios preferían morir dentro de sus fortalezas antes que rendirse. Algunos, inclusive, decidieron ahorcarse en las cumbreras y varas de los bohíos. Perecieron más de cuatrocientas personas (Aguado, /1582/ 1956; 367-368).

En la denuncia que interpone el alguacil Gonzalo Velásquez de Porras, ante su Majestad,  el 28 de noviembre de 1553, describe los malos tratamientos que hizo el capitán Pedroso en la jornada entre los dos ríos.

“Lo que hizo el dicho capitán en los Palenques, en un pueblo que se llama Sarasar [¿]. Entró una mañana en él de guerra y con toda la gente. Y oyendo los indios a los cristianos dentro en el pueblo, éntranse todos en sus casas. Visto esto el capitán Pedroso mandó quemar siete u ocho casas en las cuales quemó sesenta y dos indios e indias y criaturas. Visto esto los demás indios, le vinieron los indios que estaban en sus casas con sus mujeres e hijos, rogándole que no les hiciese mal, pues ellos no hacían la guerra, que serían en cantidad de doscientos cincuenta. Los cuales repartió entre los soldados y negros y tomó para sí, de manera que los sacó de su natural y los llevó a la jornada consigo donde murieron la mayor parte de ellos.” (Friede, 1975, Tomo II, Documento No. 145; 96 y 97).

Núñez de Pedroso continuó su camino hacia el Sinú,  partió vía Samaná y pasó por un valle que llamó de Corpus Christie, más allá del río Nare (Alzate, 2001; 18-19) y se encontró con el Capitán Cepeda que estaba mucho mejor armado y con más gente y por un tiempo concertaron seguir juntos, pero, finalmente éste lo despojó de sus soldados (Aguado, /1582/ 1956; 383).

En estas citas es notorio que, tanto Baltasar Maldonado como Francisco Núñez Pedroso,  se enfrentaron a los Palenques, los cuales eran construidos por los Amaníes, los únicos con el desarrollo necesario para construir y defender los sitios llamados así, aunque de la misma lengua de los Pantágoras, constituían unos grupos aparte y con un mayor desarrollo político, como lo prueba el número de casas del pueblo en el cual cometió Núñez de Pedroso, las atrocidades, anteriormente mencionadas.

Hasta 1557 no se volvió a estas tierras, pero las rebeliones de Tocaima, Mariquita e Ibagué hicieron que los pobladores nombraran a Asencio de Salinas Loyola, vecino de Tocaima, como capitán, para pacificar la tierra, y cuando lo logró, los pobladores de Mariquita le exigieron “con bárbara ingratitud y más atrevimiento del que era razón” (Aguado, /1582/ 2007; 219) que se saliera de sus términos, con los aproximadamente setenta hombres destrozados y mal vestidos, que fue  el estado en que se hallaba la gente que le quedó de la pacificación. Aguado dice que fue Asencio de Salinas Loyola, el comisionado, por lo cual lo vamos a seguir con este nombre; pero vamos a citar a Fernández de Piedrahita, quien escribe un siglo después, en el XVII, y asegura que: “nombraron por Cabo al sargento Mayor Hernando de Salinas… recogida su gente, en cuyo número se contaban… Diego Asencio de Salinas…” (Fernández de Piedrahita, /1688/1973; p. 695-696).  Así queda en la duda, quien fundó Vitoria y recorrió los territorios de los Pantágoras y de los Amaníes, aunque Aguado pudo haberlo vivido y sería por lo tanto más fiable su información. Además existe una Real Cédula dirigida a la Real Audiencia en la cual se ordena que en la población que ha hecho el capitán Ascencio de Salinas se guarde la provisión sobre nuevos descubrimientos… 7 de agosto de 1559 (Friede, 1975, Tomo III, Documento No.497, pp. 352-353). Lo cual confirmaría la información de Aguado.

“Salió, entonces, Salinas de Loyola del valle del Gualí y fueron para el valle de Bocaneme, tierra tan áspera como aquella de dónde venían. Allí intentó que los soldados españoles le trajeran los indios que fueran cogiendo, para atraerlos a la amistad antigua” (Aguado, /1582/ 2007; 219). Esa amistad, no sabemos bien cual era, pues los anteriores conquistadores  o habían salido derrotados o se habían limitado a pasar por el territorio, en algunos casos, como Pedroso haciendo barbaridades. Aguado, hace una defensa desapasionada de Salinas, cuando en la tierra de los Bocanemes donde estaba intentando “volver a la amistad antigua” se alborotaron los perros y mastines y se comieron a los indios principales acusados de rebelión, que estaban esperando ser oídos “conforme a derecho”, sin que pudieran estorbárselo los soldados (Aguado, /1582/ 2007:220). Esta fue una de las primeras noticias que de este conquistador tenemos, después de haber salido a pacificar las tierras vecinas y sin embargo, fue un hombre que, al parecer, intentó ganarse a los indios sin mayor violencia. 

Siguió adelante el capitán Salinas y encontró un pueblo de indios, vecino, que había sido abandonado, como lo serían muchos a medida que él avanzaba, “el cual estaba bien proveído de comida, para sustento de los hambrientos españoles; quienes no veían ni habían visto otra prosperidad como aquella seca montería, ratones, micos y monas, aves y pescados menudos, todo muy seco y sin sustancia ni humor…” pero que les apaciguaba el hambre. El avance estaba lleno de privaciones, el hambre los atenazaba, consideraban un banquete la exigua comida abandonada, y tenían que tomar medidas heroicas, como el cortarse la barba, para impedir que se las atraparan, con curiosidad, los indígenas. “Aquí, procedieron varios españoles a cortarse la barba a la marquesota, para impedir que los indios los cogieran de ellas… El pueblo se llamó, entonces, los Marquesotes” (Aguado, /1582/ 2007: 221). Es posible, que este término haya derivado en los Marquetones, usada hoy en día, “la denominación que se le ha dado a los primitivos pobladores de Mariquita, Victoria, Marquetalia y Samaná… el nombre de ‘Marquetones’ fue un término venido a boca de los primeros conquistadores españoles… y quienes se inspiraron para dar esta denominación a las tribus,…por el nombre de su cacique” (Ocampo Cardona, 1991).

Desde la época del capitán Pedroso, se había hallado abundancia de maíz, y sus hombres se pusieron a hacer miel con sus cañas, por lo cual fue bautizado el río de la Miel. Salinas decide atravesarlo, pero teniendo en cuenta la furia, las riberas ásperas y fragorosas, la dificultad en general que el río ofrecía, subió hasta su nacimiento para así facilitarse el paso. Encontraron dos pueblos de indios, con mantenimientos varios, que no habían sido quemados, porque no creyeron sus habitantes que los españoles subirían hasta allí. Los llamaron San Pedro, por haber llegado en su día, y de las Hormigas, porque había “muchas y muy caribes”. Estaban los españoles buscando un vado del río, cuando los indígenas desde el otro lado les comenzaron a lanzar flechas, hiriendo a tres de los soldados de Salinas  (Aguado, /1582/ 2007: 224).

Todas las otras poblaciones, que hallaba Salinas en su camino, estaban arruinadas y quemadas. Hasta que halló en lo alto de una loma cinco o seis casas abandonadas que estaban en pie, y le pareció que aun cuando era montuoso, quedaba alto para poder  fundar en él, una ciudad. Así en 1557 fundó la ciudad de Vitoria, en tierras de los Palenques, “desde donde se ve el río grande de la Magdalena, la provincia de los canapeyes y otras muchas tierras” (Aguado, /1582/ 2007:221 y 226). (Fray Pedro Simón (/1625/1981: 425) dice que la fundación fue en 1558).

La primera ciudad erigida fue, entonces, Vitoria, así la describe Juan Rodríguez Freile: “Pobló la ciudad de Victoria año de 1558, rica de minas de oro. Tenía su asiento entre las dos quebradas, que ambas parecían doradas. Cerca de esta ciudad están los Palenques con sus ricas minas. Fue fama, que tuvo esta ciudad nueve mil indios los cuales se mataron todos ahorcándose por no trabajar, y también comiendo hierbas venenosas, por lo que se vino a despoblar esta ciudad…” (Rodríguez Freile, /1636/1984; p. 276).

La descripción de Aguado muestra una tierra difícil, por decir lo menos, para vivir; que sin embargo fue escogida para la fundación:

“Toda la cual es tierra montuosa y cubierta de grandes montañas, y muy doblada, tanto, que en la ciudad de los Remedios (fundada posteriormente) casi no se podían al principio meter caballos y ganado para el sustento del pueblo. Toda ella es tierra muy cálida y muy húmeda. No hay en ella más campos rasos de los que los indios antiguamente abrieron y talaron de las montañas para edificar sus pueblos y hacer sus labranzas. Es tierra de muchas aguas y grandes ríos peligrosísimos por causa de su gran corriente y velocidad que la aspereza de la tierra les causa, y así van tan despeñados que muy pocos de ellos se vadean; pásanse por unos puentes de bejucos, que es cierta manera de sogas o mimbres que la tierra montuosa cría, los cuales son muy frágiles y de mucho riesgo” (Aguado, /1582/ 2007: 256).

 Estas descripciones muestran hasta qué punto era una zona difícil de acomodarse, por las malas relaciones con los indígenas y por las características del terreno.

En 1574 o 75, López de Velasco describe la ciudad de la Victoria… “tendrá treinta vecinos poco más, y un teniente de gobernador, dos alcaldes ordinarios y un alguacil mayor. Poblola el capitán Asensio de Salinas Loyola año de 65 ó 66, por allanar aquella tierra y por algunas minas de oro que hay en ella; está en tierra caliente, húmeda y montosa por estar metida entre una montaña espesa y tierra doblada y en que hay muy pocos naturales, de los cuales no se tiene relación alguna hasta agora; este pueblo tiene un descargadero en el río Grande, para las mercaderías que llevan a España, que se llama el Puerto Viejo” (López de Velasco, /1574 o 75/ 2004; 136-137). Esta cita permite confirmar que no tenían relación con los Amaníes, los primitivos habitantes de esta zona.

Los indígenas, mientras tanto, obstinados en su rebelión, utilizaban tácticas de defensa muy variadas: su principal arma ofensiva eran el arco, la flecha y la macana; pero, además fortalecían sus caminos con gran cantidad de puyas envenenadas, con solimán molido, lo cual produjo que los españoles aprendieran a curar a algunos de los heridos. “En los caminos ponían estacas muy agudas y delgadas, las puntas hacia arriba, y luego cubrían el hoyo; hacían trampas, las cuales eran de maderos muy gruesos subidos algunos estados, y atados con tal orden que en la boca que pasaba por debajo de ellos, ya casi a la salida, estaba un bejuco o un cordel atravesado en el camino, el cual al ser tocado por los pies, se desarmaba la trampa y caían los maderos” (Aguado, /1582/ 2007: 220, 229 y 230).

Salinas empleó todos los medios a su alcance para alcanzar un entendimiento con sus contrincantes, hasta que decidió enviar a los soldados de noche a atrapar indios, para conversar con ellos e intentar la paz. Las relaciones interétnicas se manifiestan muy distantes, pues se juntaron más de cuatro mil indios con las armas en la mano, enviaron a cien de ellos a reconocer el pueblo y ver que podían hacer, quedándose muy sorprendidos con los perros, los caballos y el color de la piel, la barba y los vestidos de los españoles.

Poco más adelante de Samaná (Camana) había unas poblaciones de indígenas de la misma lengua, llamadas Octana y Cocozna, que quedaron pacificadas. Luego, estaban los Amaníes, que después de la visita de Salinas se sometieron sin derramamiento de sangre. Pasaron algunos años, y los naturales vivían pacíficos, sacando el oro, junto con esclavos y otros indios de un sitio cercano. Los indígenas Amanies que eran más desarrollados, con mayor capacidad de resistencia y donde la rebelión se incubaba, sorpresivamente atacaron y los mataron cruelmente a todos, españoles, indígenas y esclavos (Aguado, /1582/ 2007; 240-241 y 242). 

Se supo en la ciudad de Vitoria la noticia. Se exigió una respuesta rápida, pero las justicias temieron por el castigo que les podrían dar y exigieron que se diese aviso a la Audiencia Real pues ya estaban sobre aviso de las crueldades de los españoles en esas expediciones de pacificación. Los pobladores de Vitoria siguieron reclamando, los alcaldes y “aun creo el cabildo” cedieron y nombraron por caudillo y juez a Lorenzo Rufas, y le dieron igualmente cuarenta compañeros acostumbrados a la guerra con los indios. Los indígenas habían hecho dos palenques muy fuertes para su defensa, uno de éstos era antiguo pues allí había estado el capitán Baltasar Maldonado (hacia 1540) y fue derrotado después de varios días de combate. Esto había dado origen a la asignación del nombre de Palenques a los Amaníes de la región. Los indios lo habían reparado y fortificado. Y habían hecho otro, en un sitio muy áspero. Los españoles les prendieron fuego, después de varios días de combate, y los propios indios también quemaron las casas que había adentro para darse tiempo de retroceder. Pero, de allí, también los echaron y luego, se retiraron a Critascán, (Aguado, /1582/ 2007: 251-252 y 255), y los españoles terminaron victoriosos.

Entretanto, envió Salinas a un caudillo llamado Francisco de Ospina a buscar indios, a los cuales encontraron con armas en la mano, arcos y flechas con hierba y macanas. Hubo un enfrentamiento, por lo cual lo llamaron de la Guázabara y luego los indios prendieron fuego a sus casas y sementeras “pareciéndoles  que no hallando los españoles las casas en pie ni las comidas a mano, les sería forzoso tornarse luego y salir de su provincia” (Aguado, /1582/ 2007: 222).

Francisco de Ospina era de los cuarenta vecinos de Vitoria a quienes no les había tocado encomienda o la habían vendido, por lo cual tenía un gran interés en hallar un sitio para otra fundación y había salido en “demanda de unas provincias de indios de quien se tuvo noticia”, la halló a doce leguas de distancia, indios Pantágoras de los mismos que ya habían conocido y, aunque el poblado estaba abandonado e incendiad, allí pobló la ciudad de Remedios, el 15 de diciembre de 1560, la volvieron a poblar, el 27 de abril de 1561, donde sólo duró un año y cuatro meses. Pero como había sido fundada sin “orden ni de su capitán, ni de la Real Audiencia”, ésta envió dos comisionados, el capitán Rodrigo Pardo y luego el capitán Lope de Salcedo, quienes habiendo oído a Ospina dieron por buena la fundación, pero la volvieron a cambiar de sitio porque la mayoría de indios estaban alejados, y por lo tanto era “difícil servirse de ellos y adoctrinarlos”, fueron al llamado valle de San Blas, el 16 de septiembre de 1562, donde permaneció por veinte y seis años y siete meses (Simón, /1625/ 1981: 426-427).

Esta ciudad de Remedios, durante el tiempo que duró, si tuvo, finalmente, buena suerte… tenía buen clima, buenas aguas y tierras para el maíz y muchos indios que la servían. Tenía iglesia, ermitas, hospital y cofradías… Acudieron mercaderes que les llevaban lo necesario a cambio del oro que sacaban, pero luego éste faltó y a la vez “gran cantidad de indígenas murieron, por una epidemia de viruela. Obligoles, lo anterior, a volver a cambiar de sitio, a mudarla 20 leguas más al norte, como lo hicieron a las sabanas de San Bartolomé en 1589”; aprovechando que tenían las minas cerca y podían criar ganado… pero, empezaron a morirse los vecinos y los indios, porque no había mercaderes, tenían muy tasada la comida, además de lo insalubre del sitio. Todo lo cual, hizo que Baltasar de Burgos Antolines y Diego de Ospina, (hijo de Francisco de Ospina el fundador) que oyeron de quebradas y ríos con “buena abundancia de oro”, se fueron buscándola, y la encontraron a 18 leguas, en el sitio que llaman Las Quebradas, uno de los más ricos suelos que han descubierto “los hombres en el mundo”. El corregidor de Mariquita, Alonso de Andújar, en 1594, hizo que se mudara y se llamara La Quebrada de allí en adelante; era un sitio donde los indios en las madres de los arroyos sacaban, en la arena, el oro a puñadas. (Simón, /1625/ 1981: 428-429). “La construyeron fácilmente, cortaron los árboles para edificar 60 casas y tiendas, cubiertas de hojas de palma sin clavazón, porque de esto sirven los bejucos”,… “con que queda absuelta toda duda que alguno podía tener en la facilidad con que se mudó esta ciudad tantas veces”. (Simón, /1625/ 1981: 430) y también, de qué clase de ciudades se está hablando…

Avanzaban, saqueaban, utilizaban indígenas y esclavos para el trabajo agrícola y la sacada del oro y una vez que éstos desaparecían por la explotación, por las enfermedades, seguían adelante en busca de otra zona para establecerse, dejando atrás la desolación. Cambió de sitio y de nombre, se llamó Las Quebradas, el cual en dos años vino a ser el pueblo más rico de su tamaño, pero luego, también decayó:

“Pero, al fin, como riquezas de ellas que por muchas que se tienen pocas quedan y siempre la mano corta y tasada, se le echó de ver a pocos años que agotándose esto con la priesa que le dieron y saliendo de ella misma algunas enfermedades con que vino aquel gran número de esclavos a quedar en menos de quinientos. Y habiendo sido los gastos de sus amos excesivos y sin consideración, ha llegado todo en estos tiempos a ser de harto poco, por la gran baja que en todo ha habido, y no ha sido menor en los indios. Pues de aquel gran número que dijimos que había, hoy han quedado poco más de doscientos cincuenta. (Simón, /1625/1981: 431)

Y “hubieran conseguido su crecimiento aplicándose a conservar los pocos indios que hallaron, para seguir con templanza la labor de los minerales.  Pero como el ansia de enriquecer de golpe se aumentaba cada día más, apuráronlos tanto, que con su disminución y otros acaecimientos ha descaceido mucho la población, aunque ya mudada de sitio más cercano a Victoria, que apenas conserva algunas cuadrillas de negros” (Fernández de Piedrahita, 1973; p. 764). No habían garantizado la reproducción social, ni para indígenas ni para esclavos, en su afán de enriquecerse rápidamente, lo que lograban era su decaimiento a mediano o corto plazo.

Así les ocurrió en la ciudad de Victoria que quedaba a 12 leguas de la de Mariquita, Valencia Llano (2010; 130 y 146) citando a Francisco Guillén Chaparro (1583/2010) en referencia a Victoria, dice que tuvo 700 tributarios y una población total de 2891 personas, que “se descubrieron muchas y labraron muchas vetas de oro muy ricas” pero que “por haberse consumido y acabado los naturales de la provincia de los Palenques en sus guerras y enfermedades” se han dejado de seguir y así no han podido sustentarse los españoles que había en esa comarca. Era una “tierra lastrada en oro y que hervía de gente” pero habiéndose acabado la gente a los pocos años, cuando faltó la sacada del oro, los vecinos determinaron mudarse a otro sitio, y después a la boca del río Guarinó, “por donde entra en el rio Magdalena”, plantándose en ambas márgenes, donde estuvieron poco tiempo, “porque las incomodidades les forzaron a reducirla a Mariquita”. En estas “transmigraciones” también se mudó un convento que se había fundado en Victoria y permanece hoy en la de Mariquita. (Simón, /1625/ 1981: 304).    

La fundación de Santa Agueda de Gualí, realizada por Jiménez de Quesada, probablemente en el año 1574, tampoco pudo sobrevivir. “No se ha encontrado vestigio alguno, esta ciudad fue importante centro minero por cerca de 30 años y que fue destruida por los indios comarcanos, pero se cree que estuvo cerca de Fresno” (Henao, 1943). 

En 1613 Simón vio como el oro permitió que veinte españoles que constituían la nata del pueblo, inicialmente llamado de los Remedios, tuvieran más de 2.000 esclavos, que contribuían con la explotación del oro. Pero, al fin a los pocos años se agotaron las minas y las enfermedades atacaron a indios y a esclavos… (Simón, /1625/1981: 431)  por lo cual decidieron trasladarse también a Mariquita. Concluye el cronista, que había en estas provincias más de 30.00 indios “que se han venido a resolver en cosa de dos mil quinientos, poco más o menos, por las razones que dijimos de los de Ibagué, que todos han corrido igual fortuna, repartidos en treinta encomenderos que algunos ya sólo conservan ese título por haberse acabado totalmente sus indios” (Simón, /1625/ 1981: 304). No se hace el cálculo de esclavos que también eran numerosos, en un momento dado hubo 2.000; ni de las pérdidas de españoles, quienes por las enfermedades, por el clima y por las luchas con los indígenas, también perecieron. “Los españoles hicieron lentos avances en la zona de Mariquita, pues tropezaron con indios hostiles, falta de mano de obra suficiente, y un escaso conocimiento de las técnicas de refinación de la plata en la veta” (West, 1972; 43) Así terminaron los intentos de conquistar y colonizar esta zona de la tierra caliente, dejando atrás la ruina y la desolación.


CONCLUSIÓN

Así fue como desaparecieron poblaciones indígenas aledañas recordadas con los nombres de Octaná, Cocozná, Hontaón, Mercado, Juan de la Peña, Amani, Critascán, Juan del Llano, Sarara, Ingrimá, Guaconá y Punchiná, todos localizados en los territorios ocupados hoy por Samaná, Norcasia, Marquetalia, Victoria, Manzanares y La Dorada, en el actual Caldas, y Remedios y otras poblaciones del sureste antioqueño (Ocampo Cardona, 2012, p. 79).

La conquista de la Tierra Caliente fue una empresa de valentía y de barbarie. En la que los españoles intentaron por todos los medios instalarse y enriquecerse, sin lograrlo, pues fue todo a corto plazo. Por el clima, por las selvas pavorosas a las cuales se enfrentaban, por las enfermedades que cogían; además y sobre todo, por la resistencia y la lucha de unas pequeñas comunidades, que junto con la ofensiva lanzada por los Amaníes, puso en peligro su conquista. Pero la derrota final fue porque “no se preocuparon por crear y garantizar las condiciones para la reproducción social de la población indígena y de la misma comunidad de españoles…” (Prodepaz, sf)

Es poco lo que se conoce sobre los grupos que la habitaban y que se enfrentaron con los términos de su lengua, por los cuales fueron después conocidos: “Patami, patama, patamita, patamera, patanta (no sé, no hay, no quiero)”; hasta con todas las armas que tenían a su alcance, en una resistencia, que implicaba el abandono de sus pueblos, la quema de sus productos de sobrevivencia, el poner trampas envenenadas en los caminos, el uso de las flechas y puyas, el dejar el camino sembrado de calaveras, los suicidios colectivos, hasta llegar a los Palenques de los Amaníes, verdaderos fuertes defensivos. Pero su resistencia fue en vano, finalmente fueron dominados y sometidos a una explotación tan violenta, aunada a la aparición de enfermedades, que finalmente y antes de completar siquiera un siglo de conquista desaparecieron.  Los esclavos corrieron con la misma suerte, y la minería artesanal que se realizaba sólo contribuyó a volver rápidamente los sitios en un árido recuerdo, lo cual los obligó a regresar a Mariquita y dejar abandonada la zona. “Toda esta tierra esta lastrada de oro y plata; pero por la falta de gente no se extraen con más abundancia estos metales que hacen bailar al hombre y al perro”. (Rodríguez Freile, /1636/1984; p. 278).

Quedan como recuerdo, de estos grupos algunas urnas funerarias, elementos de orfebrería, cerámicas de uso decorativo, recipientes domésticos, volantes para hilar, rodillos, hachas de piedra y estampaderas… y a orillas del río Samaná, cerca al corregimiento de Arboleda se encuentra una piedra que tiene casi cuatro metros de altura, y en ella talladas distintas figuras (Alzate, 2001; 26).

Sus atrocidades están a la vista, pero no se les hace justicia a los aventureros españoles  si se los ve como meros monstruos de abominación, como no les han hecho justicia a los pueblos americanos los justificadores de oficio de la Conquista, al desconocer con torpeza las civilizaciones nativas, al negar la vasta desventura del genocidio y al no esforzarse por entender a unos pueblos cuyo cielo ya irrecuperable se desplomó en pedazos. (Ospina, 1998; 68-69)



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Por Fabio Vélez Correa INTRODUCCIÓN. Cuando se estudian los documentos que existen de los tiempos iniciales de Risaralda, el municipio caldense enclavado sobre el Macizo de los Mellizos, una estribación de la cordillera Occidental, se encuentra que no hay ninguno que defina exactamente el día y el año preciso en que fue fundada la población. En otras palabras, no hay un Acta de Fundación, ni se encuentran datos de algún Juez Poblador que hubiera firmado las actas de entrega de los primeros lotes para la naciente población. Sólo hay anécdotas, comentarios de los viejos pobladores y fechas imprecisas que corren el riesgo de distorsionarse con el paso de los años. Pero como debe señalarse alguna fecha para la historia oficial, hace treinta años cuando iniciamos los trabajos de investigación en los archivos del municipio, desorganizados y empacados en papeles empolvados, en vista de que no se pudo constatar un documento preciso, tuvimos que recurrir a los datos d

GENERACIONES, MOVIMIENTOS Y GRUPOS LITERARIOS EN CALDAS

AUTOR : Fabio Vélez Correa Licenciado en Filosofía y Letras Tomado de: Revista Impronta. Año 11, volumen 3, No. 11 ISSN 1794-0559 Páginas 155-200 Manizales, 2013  RESUMEN El departamento de Caldas, después de cien años de existencia, ha demostrado ante la faz del país intelectual, que no sólo es un departamento creador de riqueza agropecuaria y que brilla por su industria cafetera, sino que también posee numerosos creadores del intelecto: poetas, cuentistas, novelistas y ensayistas. Estos escritores han realizado una obra seria, acorde con los tiempos y con intenciones artísticas profundas. Su difusión empieza a ser creciente en los círculos intelectuales, no sólo de la comarca sino también del país. Muchos de ellos ya tienen un renombre nacional, siendo publicados por editoriales de circulación hispanoamericana, lo cual refleja su valor. Todo ello aparece en este estudio, simplificado por la circunstancia de ser un artículo de revista. Palabras: Escritores caldenses,