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Artículos de la revista Impronta



EL TERRITORIO CALDENSE HACE 200 AÑOS.
LOS SECTORES SOCIALES EN LA INDEPENDENCIA

Por: Albeiro Valencia Llano



Agoniza la Colonia e irrumpen nuevos actores

La región se caracteriza por su diversidad ecológica, por la variedad de climas y recursos hídricos, por la riqueza en flora y fauna, por la fertilidad de los suelos y por los minerales del subsuelo. Por esta razón fue habitada durante varios milenios por comunidades con diferentes culturas. Hace 200 años habían desaparecido las principales “naciones” indígenas, agobiadas por el choque cultural, pero sobrevivieron algunas comunidades, contaminadas por la relación con los europeos e influenciadas por la colonización antioqueña y por otras corrientes.

El territorio era rico en minas de oro y plata, por esta razón las fundaciones coloniales estaban dirigidas a garantizar la explotación de dichos recursos: Anserma, suministraba alimentos, mano de obra y, por su ubicación geográfica, ayudaba a administrar el distrito minero. Marmato, o el cerro de oro, era considerado el corazón del distrito minero; no pudo evolucionar como pueblo porque las instalaciones para el beneficio del mineral quitaban espacio a las casas de habitación. Los dueños de minas, y administradores vivían en El Llano, San Juan, Vega de Supía, o en Quiebralomo. Los esclavos tenían sus viviendas, especialmente, en El Guamal y en La Vega de Supía. Quiebralomo, el pueblo español o de blancos, era centro administrativo.

La Vega de Supía evolucionó más armónicamente por el número de criollos ricos y españoles y por la abundante presencia de libres (mazamorreros, peones, artesanos). La situación general de la región se dibuja mejor en el censo de 1793[1]:

Pueblos coloniales

Pueblos

Sacerdotes

Blancos

Indios



Libres

Esclavos

Total















 Vega de Supía

1

60

217



925

588

1.791

 Quiebralomo

1

22




768

57

848

 Ansermaviejo

1


56



330

27

414


















Pueblos de indios

Pueblos

Sacerdotes

Blancos

Indios



Libres

Esclavos

Total















Guática

 —


348





348

Tachiguía



82





82

Quinchía



194





194

Montaña

1


640





641

San Lorenzo    



182





182

Cañamomo



66





66


La Vega era el núcleo urbano más  grande pero tenía un problema: la dispersión de sus habitantes por toda la vega del río Supía y en medio del pueblo de indios de San Lesmes de Supía. Sobre este aspecto el alcalde ordinario D. Josef Esteban de Castro informa (octubre 26 de 1793) que

La feligresía de este curato consta de 1.790 almas advirtiéndose con el mayor dolor que no pueden comunicarse entre sí sino es pasando a caballo de una a otra casa por la dispersión en que éstas se hallan, de lo que se sigue la falta de conocimiento de lo que es sociedad y lo que es peor muchas dificultades para que se congreguen a los comunes actos de religión y aún para que en los extremos de la vida puedan ser socorridos con los Santos Sacramentos... siendo como es lo más sencillo que todos los vecinos se reúnan y pueblen en un paraje determinado[2].

Sobre este informe, y por mandato del gobernador de Popayán para que se formase población, concentrando a los habitantes del curato de la Vega de Supía, el alcalde ordinario seleccionó como sitio para la población, el de Benítez, contiguo al de Sevilla y ocupado por los indios de Supía, los cuales según el alcalde sólo tenían una población de 194 adultos y de ellos 33 tributarios. Agregaba que hacía cerca de dos siglos se había formado el pueblo de indios y desde entonces la mayor parte de los vecinos de Supía han vivido en el terreno

Que dichos indios hoy denominan suyo el cual comprende más de seis u ocho leguas en circunferencia y por eso me pareció arreglado proponer que dichos indios y el vecindario de blancos y libres viviesen como están indivisos en sus casas de campo y estancias en el citado terreno y que en la población viviesen en orden los mismos indios en casas, pasando los que se hallan a la parte de abajo de la iglesia, a la parte de arriba donde se halla el mayor número de casas de indios y que éstos no reciben el más leve perjuicio y al vecindario le queda un terreno suficiente para dar principio a la población[3].

Se trataba de trasladar la población blanca y los libres de Supía la Vieja o Sevilla a una región perteneciente a los indios y habitada por éstos, con el nombre de San Lesmes de Supía (fundada por Lesmes de Espinosa y Saravia en 1627), y era el deseo del alcalde y de algunos vecinos principales que se trasladaran los indios a Tachiguía (pueblo de indios, bastante retirado) "para que vivan arreglados a la religión cristiana y paguen tributos con que cesaría el perjuicio a la Real Hacienda"[4]. Con base en lo anterior el alcalde, por decreto del 26 de octubre de 1793, ordena

A todos los vecinos cabezas de familias, libres, sin excepción de ninguno hacer sus casas en el llano de Benítez bajo la delineación y orden que se formará para que todos y los que no puedan por sí, por uno de sus criados ocurrirán en día 28 del corriente, con sus hachas, machetes, u otros instrumentos cortantes a limpiar dicho sitio... para proceder con solidez en el fomento de la población de libres de este territorio[5].

Para auscultar el ánimo de los indios de San Lesmes de Supía el alcalde citó a los “indios mandones y aquellos más racionales" y acudió su propio alcalde Bernardo Fátima quien dijo que los linderos de su pueblo son "desde el alto de Guática a dar a la quebrada de San Juan y desde el alto del Gallo hasta el cerro de Mudarra y desde donde nace la quebrada del Obispo todo lo que son aguas vertientes del río Supía". Al preguntársele en que ocupan el llano que hay entre los dos cerros dijo que "en nada porque no tienen cabezas de ganado y que lo han dejado enmontar porque han estado ocupados sacando madera para hacer algunas obras de adorno para la iglesia y en esto han gastado cuatro años". El alcalde le interrogó acerca de si al pasar su pueblo al terreno donde se está formando el de los libres se les aleja de su tierra, dijo que no "porque no intermedia más que el río"[6].

A pesar de estas gestiones del alcalde de Supía no hubo prisa entre los habitantes por fundar el pueblo, ante lo cual procedió, el 7 de diciembre del mismo año, a promulgar un decreto según el cual los habitantes libres debían, construir la casa en el término de ocho días, bajo multa "a las familias blancas, de dos pesos de oro, a los que no lo sean, de dos pesos de plata, que se aplicarán para ayudar a construir la santa iglesia y al que se declarase por pobre ocho días de prisión, pues no se halla motivo para que obra que puede construirse en una hora deje de hacerse en ocho días. Sólo estarán exceptos por ahora los indios de este pueblo sobre cuya traslación se darán a un tiempo las debidas providencias"[7]. Aunque estas amenazas eran fuertes no se inmutaron los vecinos, y sólo a partir de 1804 estuvieron interesados en levantar el pueblo, en el sitio que hoy ocupa la ciudad de Supía.

Desde finales del siglo XVIII se presenta en los tres pueblos de libres Vega de Supía, Quiebralomo y Ansermaviejo, el fenómeno de penetración de mineros, hacendados, mazamorreros y colonos, a raíz del empuje de la colonización antioqueña, lo que despertó en los tres pueblos un fuerte deseo por las tierras pertenecientes a los ocho pueblos de indios de la región: San Lesmes de Supía, San Lorenzo, Cañamomo, Guática, Tachiguía, Quinchía, Montaña y Tabuya.

Este fenómeno lo evidenció con mucha claridad D. José Antonio de Velasco, cura en propiedad de Ansermaviejo y doctrinero de sus cuatro pueblos agregados –Quinchía, Guática, Tachiguía y Tabuya–, quien planteaba que los pueblos de San Lesmes de Supía, San Lorenzo y Cañamomo debían ser trasladados y agregados a Ansermaviejo, pues

En el día se venderán muy bien las tierras que aquellos poseen y de que tienen necesidad los sujetos que en esos territorios comienzan a entablar sus minerales, y con ese producto que es efectivo, cubren sino en todo, gran parte de sus rezagos (tributos) ...Al extender la vista por lo dilatado de sus tierras capaces de sostener hasta 12.000 vecinos, manteniendo cada individuo separadamente y sin confusión sus labranzas, al observar lo ameno y fértil de sus campos, puedo afirmar que bien regentados estos pueblos serían desde luego el general depósito de toda la comarca[8].

Para ambientar mejor esta propuesta, D. José María de Buenaventura, corregidor de naturales de los ocho pueblos y administrador de Reales Rentas de la Vega de Supía certifica que

Los dichos indios de los ocho pueblos que hoy se hallan sujetos a esta Real Caja, son deudores de rezagos de tributos desde el año de 1800 hasta el de 1804, en la cantidad de cinco mil treinta y cinco pesos. Es notorio que los pueblos de Guática y Tachiguía tienen superabundantes tierras en las cuales pueden mantenerse mil a dos mil indios; los tributarios que hay en San Lorenzo según mis últimas listas de 1804, son 19; en Supía, 31; en Cañamomo, 5 y en Tabuya, 13. A todos es constante que los vecindarios de la Vega y Quiebralomo necesitan terrenos pues el primero se halla situado la mayor parte del en tierras de los indios del pueblo de Supía y el resto en terrenos que corresponden a la iglesia del mismo pueblo de Supía y sitio de Sevilla y el segundo se halla sumamente estrecho en el poco terreno que como propio posee[9].

Siguiendo estas orientaciones se procedió, por parte del alcalde de Quiebralomo, D. Tomás Valencia (12 de abril de 1805), a hacer las respectivas averiguaciones en las comunidades indígenas acerca de la fusión de pueblos, y presenta el siguiente informe:

Resulta que los indios de Supía, según su propio alcalde están dispuestos a trasladarse a donde se les destine. Los de Cañamomo del mismo modo han electo a Quinchía para sus habitaciones y los de San Lorenzo no han vuelto hasta hoy con la respuesta. Los de Quinchía están adictos a recibir a los que quieran ir a agregarse a excepción de los de Supía por su casta zamba y por sus pésimos procederes. También los de la agregación de Tabuya están prontos a recibir a los que quieran ir pero ninguno con la franqueza de los famosos Tachiguíes quienes expusieron que sus tierras eran abundantes y muy fecundas para cuantos quisieran ir.

Los de Guática apenas hablé cuando demostraron su insolencia y altanería y no contentos con negarse a recibir a ninguno, me pasaron un papel (con quejas). Éstos cada día se hallan más insubordinados por falta de castigo a sus repetidas criminalidades por lo que se les ha seguido causa, siendo su cabeza de motines el indio Raimundo Pava a quien por sus atentados se mandó quitar el mando de gobernador pues se mantiene sin pagar impuestos... Los indios de Supía son dueños de todo el terreno de la Vega y su pueblo son media docena de casas infelices de cerco de cañas, sus techos de paja y convirtiéndose en madriguera de cuantas iniquidades puedan imaginarse. La continua embriaguez que resulta no sólo del estanquillo que hay allí sino del mucho caldo de caña y aguardiente que sacan los indios atrae la gente viciada y perdidos de que abunda la Vega.

Trasladar a los de San Lorenzo y agregación de Cañamomo que corresponden al curato de Quiebralomo y con las tierras que quedan habrá suficientes para el vecindario de la Vega que pasan de dos mil almas y también para el vecindario de Quiebralomo que están muy estrechos… También sería muy justo a los Montañas y Quinchías cercenarles algo para Quiebralomo pues no parece regular que unos pocos indios posean terrenos tan vastos y unos vecindarios del número referido que en el día se aumentan con porción de forasteros que ocurren a los trabajos de las minas, no las tengan por falta de potreros para ganados; en estas inmediaciones se carece de carne y las que llegan vienen apestadas porque dilatan en el camino, 15, 20 y más días por cuyos motivos llegan las reses en estado de que sólo la necesidad puede precisar a comer de ellas. Con la traslación que se intenta quedan remediados estos daños por tener los Supías y Lorenzos (de San Lorenzo) las únicas tierras aparentes para todo, ocupadas sólo con una u otra sementera de caña para sus embriagueces, dejando el resto para que el monte las esterilice...

Los de la agregación de Tabuya que no tienen iglesia y están en tierra de los
ansermeños y los de Guática que confiesan, aunque falso, se hallan estrechos deben agregárseles a los Tachiguíes… De este modo quedan reducidos los ocho pueblos a tres.

Quiebralomo necesita con tanta precisión como la Vega de población porque los muchos desórdenes que se notan dimanan de la dispersión de las casas, que las más se hallan en el monte de donde no suelen salir en el espacio de años. El terreno de Río Sucio por su plan, aguas, leña y temperamento, es el único que hay donde puede poblarse pero éste hace más de 80 años (según dicen los ancianos) que lo litigan con los Montañas. En este sitio tienen los indios por sólo mantener la propiedad, una u otra casimba de cría de cerdos con lo que están echando a perder aquel terreno, consumiendo los pastos y montándolo de escoba y abrojos...[10].

Este detallado informe fue enviado al gobernador de Popayán, D. Diego Antonio Nieto, con el fin de obtener la aprobación en cuanto a la desarticulación de los resguardos indígenas. Llama la atención en esta relación, el argumento esgrimido sobre que los indios buenamente desean dejar sus tierras ancestrales para dejárselas a los blancos, libres y colonos, pues la realidad es otra bien distinta. Los indígenas de San Lesmes de Supía, tan pronto se enteraron que sus tierras estaban en proceso de repartición por los pueblos de la Vega y Quiebralomo, enviaron al señor fiscal, protector de naturales, la siguiente comunicación:

Diego Bateros y Fernando Cruz, indios del pueblo de San Lesmes de Supía, por nosotros y a nombre de los demás naturales del citado pueblo ante V.S. parecemos y decimos que habiendo llegado a nuestra noticia el que el alcalde de la ciudad de Anserma D. Pablo José de Castro, D. Joaquín Leal y otros vecinos blancos de aquel feligresado, coligados y unidos a nuestro corregidor D. José María Buenaventura, tratan de quitarnos nuestros resguardos, de extinguir el pueblo y trasladarnos al de Tachiguía sobre lo que promueven expediente en el superior gobierno (decimos que) en aquella doctrina hay el considerable número de 227 indios según que así lo certifica nuestro cura vicario doctor D. Joaquín de Velarde. Esta certificación evidencia de la falsedad con que nuestros contrarios han asegurado ser menor el número de indios.


Ellos en todo proceden con malicia y falsedad... Nosotros no embarazamos a persona alguna que se aproveche de nuestro resguardo. Los blancos a quienes damos en arrendamiento disfrutar de ellos y lo que recibimos de arrendamiento nos sirve para pagar en parte los tributos. Además en aquel sitio hay muchas tierras realengas en donde pueden trabajar los vecinos blancos haciendo sus rocerías y poniendo platanares de donde resulta más utilidad al público y al rey.
Los vecinos blancos lo que quieren es aprovecharse de nuestras tierras privándonos de la legítima y antigua posesión que en ella tenemos... [11].

Del anterior texto se deduce que era costumbre entre los blancos tomar tierra, en arriendo, de los resguardos, cuyo producto servía a los indios para pagar sus tributos, y que aunque había tierras realengas preferían las de las parcialidades por estar mejor ubicadas, cerca de los poblados de La Vega, Quiebralomo y de las vías de comunicación; por lo tanto habían sufrido un alto proceso de valorización. Además, se perfila con mucha claridad el fenómeno que va a hacer carrera durante un largo período del siglo y es el papel de la colonización en la descomposición de las comunidades indígenas.

En febrero de 1805 acuden las autoridades indígenas de algunas comunidades y dan su parecer sobre el empeño de fraccionar sus resguardos. Alfonso Blandón, alcalde de San Lorenzo dijo que para responder sobre el traslado "era necesario ver al señor vicario del pueblo de Supía D. Joaquín Velarde a ver si permitía el que sus ovejas se despoblasen de donde estaban" y su regidor anota que no desea mudar el pueblo porque "donde se hallan poblados están bien, pues tienen donde trabajar"[12].

Del mismo modo se vienen pronunciando los indígenas de otras comunidades, los que resuelven acudir ante D. Joaquín de Velarde, cura doctrinero de San Lesmes de Supía y Vicario y Juez eclesiástico de la Vega, opuesto a los mencionados traslados, anotando que se desea mudar las comunidades para

Hacerse dueños de las tierras de sus resguardos. Los indios de esta doctrina no impiden a personas alguna que se aproveche de las de su resguardo como es público y notorio, y aún cuando no lo permitieran hay en este partido muchas tierras realengas en donde con mayor utilidad que aquí, pueden ellos poner sus rocerías y platanares, pues aquellas son más fértiles y más abundantes de frutas que éstas. La dehesa de este llano en que cabe considerable número de ganados de cría y de ceba y ha rendido varios pesos de arrendamiento para el pago de los tributos, es el principal objeto para proponerse la reunión de estos indios con la mira de que se priven del beneficio, que de su legítima y antigua posesión les resulta y ceda la utilidad en favor de otros individuos[13].

Este tipo de presiones impidió el pretendido traslado de pueblos para rematar las tierras de los resguardos sobrantes, pero no frenó el proceso de descomposición de las comunidades indígenas por presiones de colonos empresarios (dueños de minas, hacendados y comerciantes), quienes profundizaron la táctica de alquilar tierras de las comunidades para producir artículos de subsistencia, formar hatos y sacar madera para las necesidades de la minería, que se impulsaba de nuevo desde principios del siglo XIX.

De otro lado este período está plagado de enfrentamientos armados entre indígenas y colonos, el más patético fue el suscitado, desde el siglo XVIII, entre la población blanca que habitaba Quiebralomo y se extendía hasta el área donde posteriormente se iba a fundar Riosucio, y los indígenas del resguardo de La Montaña, quienes eran los poseedores del terreno invadido.

Otro caso de largo enfrentamiento se presentó, desde principios del siglo XIX, entre los indígenas de la parcialidad de Cañamomo y Lomaprieta y los habitantes blancos de Quiebralomo y Bajo Sevilla, poblaciones ubicadas dentro de la parcialidad; además de los numerosos colonos que se estaban asentando a lo largo y ancho de la vega del río Supía, quienes ubicados en la parte oriental de la vega del río, implementaban diversos métodos para penetrar los terrenos comprendidos dentro de los límites de la parcialidad.

Estos años de enfrentamientos sociales están acompañados de una buena producción de oro, lo que se deduce del siguiente cuadro correspondiente a los quintos[14], por el oro extraído de los cerros de Marmato, según los libros de la Real Caja de Quiebralomo[15]:

Años

Castellanos[16]

1796

227

1797

513

1798

609

1799

429

1800

515

1801

224

1802

665

1803

493

1804

1.001

1805

516


Aunque estos datos de recaudación de quintos corresponden a las minas de Marmato, las de Supía estaban aumentando su producción a juzgar por las siguientes cifras, durante el quinquenio 1805-1809[17]:

-        Oro colorado del llano de Supía:  108.043 pesos fuertes.
-        Oro de Marmato:                            163.979 pesos.

Los otros yacimientos de la región se continúan explotando y se abren nuevas minas desde principios del siglo XIX. Sobre las de Quiebralomo decía el barón de Humboldt que "son en extremo ricas", y D. Ángel Díaz, metalurgista español, enviado por el virrey como juez comisionado para arreglar lo concerniente a las minas de Supía, y quien vivió aquí varios años como director de las de Sachafruto y Echandía, planteaba (1808) que:

Aquel territorio, es capaz de hacer feliz a todo el virreinato, pero en el desorden en que está es hasta muy perjudicial a la provincia. La abundancia de vetas de plata es efectiva y la riqueza que generalmente se encuentra en ellas parece ser superior al común de las de Lima y Nueva España; pero no obstante la dicha riqueza y la facilidad con que sin el menor costo las encuentra cualquiera, empezando a trabajar con utilidad desde la superficie de la tierra, noté que todos los mineros se hallaban en la última pobreza, los más de ellos empeñados[18].

La Vega de Supía en vísperas de la independencia
Relaciones comerciales

El desarrollo del comercio estuvo estrechamente ligado a la actividad minera, pues las minas debían ser abastecidas en forma permanente de esclavos, harina, sal, hierro, acero y telas; por lo tanto las comunidades mineras dependían del comercio con otras regiones para su propio desarrollo.

El mercado "cautivo" de las regiones mineras atraía grandes grupos de comerciantes que se movían por largos y pésimos caminos con sus recuas de mulas, desarrollando la producción de artículos especializados en diversas regiones de la Nueva Granada. A este respecto escribía un funcionario oficial (1578) que "si las minas dejaran de trabajar, cesarían por completo los negocios y comercios del dicho Nuevo Reino (de Granada), ya que su actividad económica principal es la manufactura de textiles y la producción de alimentos, todo lo cual se vende en las regiones de minería"[19].

El mercado más importante creado por los distritos mineros fue el de carne, pues las cuadrillas incluían normalmente en su dieta carne de res fresca y salada, en especial la carne cruda salada y seca en tasajo.

Si bien la región de la Vega de Supía, Anserma y Cartago abastecía de carne en pie y en tasajo los distritos mineros de la región, también se importaba ganado de los pastos del Cauca, Buga y Cali; sobre este aspecto Robert C. West plantea que desde mediados del siglo XVI la principal región ganadera de la provincia de Popayán estuvo constituida por los pastos de la parte plana del Cauca y las colinas adyacentes, donde libres de predadores naturales, "el ganado vacuno, los caballos y las mulas se multiplicaron en el pasto natural del valle, mientras que las suculentas raíces que crecían en los suelos inundados adyacentes al Cauca y los corozos de palma y las bellotas de caba de las vecinas laderas, ofrecían un buen medio para la cría de cerdos"[20].

El método empleado para abastecer de carne a las zonas mineras era por medio de un contrato llamado "remate de carne", concedido al ganadero que ofreciera los precios más bajos. Por ejemplo, en 1756, el hacendado Antonio López remató las carnicerías de la Vega de Supía, comprometiéndose a dar la arroba de carne a cuatro tomines y la condición de venderle a los indios del pueblo de Supía a un tomín menos, pues eran dueños de los potreros de ceba[21].

Los otros artículos de amplio comercio, llamados alimentos de lujo, eran la harina de trigo y los bizcochos traídos de Popayán, lo mismo que la panela y el azúcar que provenían de los trapiches de Cartago. De Mariquita se traía sen y de Popayán vinos, cominos, alucema y acero[22].

Los comerciantes se encargaban, además, de transportar oro en polvo a las fundiciones; como éste era un medio no oficial de cambio y los mineros compraban sus provisiones y esclavos a través de oro en polvo, los comerciantes se convertían en los prestamistas y banqueros de la época, y cada vez ligaban más sus intereses con los mineros, hasta que se transformaban en dueños de minas y esclavos[23].

Así, Agustín de Castro, uno de los mineros y hacendados más ricos de la región de la Vega de Supía, con mucha frecuencia enviaba sus mulas y esclavos arrieros por mercancías a Mariquita[24]; además, era sólido productor de sal pues poseía en Pirsa, salinas con cinco fondos y esclavos que trabajaban permanentemente en ellas[25].

Toda la región de la Vega era rica en minas de sal, lo que atraía a comerciantes de distintas regiones. Otro fuerte productor de sal en la región era Fernando Benítez de la Serna, quien había adquirido (1734) en venta pública "las salinas que llaman de Pirsa en el sitio de la Vega... con los montes, tierras y abrevaderos" y las venía explotando normalmente con su sobrino, el Capitán Adrián Benítez[26].

El transporte se realizaba utilizando indios cargueros, indios y esclavos arrieros y balsas por el río Cauca. Éstas estaban construidas de guadua y transportaban "en una plataforma techada colocada en el centro, maíz, otros productos alimenticios e incluso pasajeros y se dejaban flotar desde Cali hasta las vecindades de Cartago y desde Arma hasta Antioquia"[27].

Por la región pasaba uno de los caminos más importantes de la Nueva Granada, el que venía de Quito, Popayán, Valle del Cauca, Cartago, desde donde iba a Ibagué a través del paso del Quindío, cruzaba la llanura del Magdalena y seguía hasta Bogotá. De Cartago se desprendía del "Camino Real" una ruta que iba al norte, a Anserma, y "para evitar el estrecho cañón del Medio Cauca ascendía el Batolito antioqueño, en dirección a Medellín y Santa Fe de Antioquia"[28].

Varias vías transversales cruzaban la cordillera occidental desde la hoya del Cauca hasta los ricos campos mineros del Chocó y las llanuras costeras del Pacífico, y sirvieron para abastecer las minas con telas traídas de Quito y alimentos y esclavos que venían de Popayán. Una ruta llevaba a Nóvita, por un afluente del Alto Tamaná, y otra llamada "el Camino del Chamí" unía a Anserma con Tadó, en el alto San Juan[29].

Esta era la situación de la región cuando agonizaba la Colonia.

Los gritos de independencia y la agitación política en los pueblos coloniales

Los notables del Cantón de Supía conocían la crisis de la monarquía española que se había desatado, desde 1808, por problemas entre la familia real. Napoleón invadió a España, aprovechando el desprestigio de Carlos IV y su incapacidad para gobernar, hizo abdicar a Fernando VII y sentó en el trono a su hermano José Bonaparte. Como consecuencia se inició el movimiento revolucionario alimentado por el nacionalismo y el sentimiento religioso.

El vacío de poder en España repercutió en las colonias hispanoamericanas donde se formaron numerosas juntas, algunas partidarias de Fernando VII y otras de la independencia total. De este modo se gestaron los movimientos libertarios que se iniciaron con el levantamiento de Quito, en agosto de 1809.

En este caldeado ambiente el Cabildo de Cali desconoció la autoridad de la Junta Suprema de Regencia, el 3 de julio de 1810, y debido a las contradicciones que tenía con el gobernador de Popayán, Miguel Tacón, inició una campaña ideológica con las ciudades amigas para organizar su propia junta.

Cuando se produjo el famoso Grito de Independencia, el 20 de julio de 1810 en Santa Fe, el Cabildo de Cali reconoció a la Junta Suprema con esta enfática motivación:

En todos tiempos, es conveniente la unión y confraternidad entre los cuerpos políticos, y muchos más en los presentes, en que se trata de cimentar un nuevo gobierno benéfico, sabio, y capaz de hacer florecer estas provincias que habían yacido sumergidas por la opresión en la ignorancia y la barbarie. Por eso, este ilustre Cabildo se anticipa a manifestar sus ideas, no por la ridícula vanidad de creer que las adopten los ilustres cuerpos municipales, sino porque instruidos de sus pensamientos, le comuniquen los suyos con la misma generosidad y con el interesante designio de ver si pueden uniformarse sus operaciones[30].

Copia de esta acta se entregó a las demás ciudades confederadas y fue comisionado don Joaquín de Cayzedo y Cuero para visitar los demás cabildos, con la siguiente instrucción:

Las peligrosas circunstancias del día y el alejarnos de toda mira individual que no tenga por único objeto el bien de la patria, y la organización de un nuevo gobierno sabio, prudente y moderado, exigen que de día en día estrechen más y más los cuerpos municipales y los vínculos de unión y fraternidad. Si nos dividimos, si son encontradas nuestras ideas, si nuestras deliberaciones no se dirigen únicamente al bien general, nosotros mismos nos destruiremos y no podremos levantar el magnífico edificio que trazamos. Con este motivo acordó este ilustre Ayuntamiento diputar al señor teniente de Gobernador doctor Joaquín de Cayzedo y Cuero, con todas las facultades necesarias y bajo las correspondientes instrucciones para que personalmente exponga a ese muy ilustre cuerpo los puntos de su comisión se examinen y resuelvan con la imparcialidad, desinterés y unión fraternal que tanto importa para la feliz expedición de grandes asuntos.

Sírvase V.S. atender las insinuaciones de este cuerpo por medio de su diputado, que no lleva otro objeto que el bien de la patria, y el establecimiento de un gobierno que haga felices estas provincias, conservando en ellas la pureza de nuestra religión santa y los derechos del desgraciado Fernando VII…

Dios guarde a V.S. muchos años. Sala Capitular de Cali. Diciembre 10 de 1810[31].

La intensa actividad de Cayzedo y Cuero logró despertar el entusiasmo por doquier; mientras tanto el Cabildo de Cali resolvió organizar tropas y preparar un ejército, cuando se enteró de la actitud hostil del gobernador de Popayán, el español Miguel Tacón, quien amenazaba desde el sur.

El 22 de octubre de 1810 el Cabildo de Cali, con representantes de Caloto, Buga, Cartago, Anserma y Toro, aprobó pedir a la Junta Suprema de Santa Fe la “formación de una nueva provincia, dividiendo la integridad de la actual, cuyo territorio sea el de las seis ciudades que se han declarado por este pensamiento y que están conformes en todas las ideas, y en el sistema de gobierno que se han propuesto”[32]. De este modo, y a partir de las Ciudades Confederadas, se estaba planteando lo que sería el futuro departamento del Valle del Cauca.

Ante la inminente posibilidad de ser atacados por el gobernador de Popayán, el Cabildo de Cali pidió a la Junta de Santa Fe un auxilio de 100 soldados, 200 fusiles y la munición necesaria, más un oficial para instruir la tropa. Mientras tanto el Cabildo de Cali y las Ciudades Amigas procedieron a organizar la base de lo que sería el ejército. La Junta Suprema de Santa Fe atendió la solicitud de Cali y el 15 de noviembre salió el destacamento militar dirigido por el coronel Antonio Baraya; a finales de diciembre llegó la tropa a Cali.

El 1 de febrero de 1811 se instaló en Cali “la Junta Suprema de Gobierno de las seis ciudades amigas del Valle del Cauca y en la misma fecha se expidió el acta constitutiva en forma de Confederación, con el objeto de consultar a su defensa y seguridad territorial”[33]. Los representantes de los cabildos aprobaron, el 1 de febrero de 1811

Formalizar un cuerpo, que con el título de Junta Provisional de Gobierno de las Ciudades Amigas del Valle del Cauca concentrase en un punto la autoridad, y pudiese obrar legalmente en todos los pueblos, con la energía y seguridad que demandan las circunstancias…[34]

De este modo se declaró la guerra entre las Ciudades Amigas, o Ciudades Confederadas, y el gobernador de Popayán.

Aunque todo este movimiento político e ideológico era seguido por los sectores dirigentes de Supía, Quiebralomo, Ansermaviejo y Arma, sólo desde agosto de 1810 se “alteró el orden público” por las alarmantes noticias sobre los Gritos de Independencia. Los rumores e informes llegaron a Rionegro a mediados de agosto y rápidamente retumbaron en la población de Arma y, desde aquí, por el Paso de Bufú, se divulgaron en Supía y pueblos vecinos; también llegaron noticias por la ruta de Cartago-Supía.

Como consecuencia se reunieron los miembros de la élite en cada población: los dueños de minas, comerciantes y hacendados. La conmoción los sacó de la monotonía y siguieron, con mucha atención, el movimiento que se estaba gestando en las Ciudades Confederadas del Valle del Cauca: Cali, Caloto, Buga, Toro, Cartago y Anserma Nuevo.

Aquí hay que tener en cuenta que Ansermaviejo y todo el distrito minero hacían parte de la provincia de Popayán y que las relaciones comerciales eran muy estrechas, especialmente con Cartago; y por donde se mueve el comercio circulan las noticias.

El ambiente independentista

Como era de esperarse los sectores dirigentes de la región minera (Marmato, Supía, Quiebralomo y Ansermaviejo) “estaban obligados” a involucrarse en el proceso de independencia que se estaba gestando en la gobernación de Popayán. Sobre este asunto el siguiente documento arroja claridad al respecto:

En la ciudad de Santa Ana de Anserma a 13 de enero de 1811, ante mi Vicente Judas Tadeo de la Penilla, Alcalde ordinario de Primer Voto… con los testigos actuantes pareció el señor don José Félix Piñeiro, Síndico Procurar General, como representante de los legítimos derechos de esta República, y a quien doy fe que conozco: otorga, queda y confiere todo su poder cuan amplio y bastante cuanto por derecho se requiere, y sea necesario, para valer en juicio y fuera, al señor Doctor JPHF María de Cuero y Cayzedo, vecino de la ciudad de Cali, y Diputado nombrado por este ilustre Cabildo, y noble vecindario para que a nombre del poderdante, como que representa la verdadera República, pueda presentarse en la Junta Provincial que ha de instalar en la ilustre ciudad de Cali, con anuencia de los señores Diputados que han de representar las demás ciudades deste Valle, para la formación de la respetable Junta en cuyo tribunal tendrá por principal objeto la conservación y el fervor de Nuestra Sagrada Religión, Rey y Patria…[35]

El documento recoge el fidelismo a la monarquía y al Rey, pero también las gestiones hechas por el Cabildo de Cali buscando el apoyo de las Ciudades Amigas, o Confederadas. En ese  momento el principal embajador del cabildo era Don Joaquín de Cayzedo y Cuero. Luego, cuando se produjo la Declaración de las Ciudades Confederas del Valle del Cauca (1 de febrero de 1811), toda la región minera (Marmato, Vega de Supía, Quiebralomo y Ansermaviejo) quedó involucrada en la declaración de independencia de dichas ciudades.

Cuando se estudian documentos de este período es complicado hacer la diferencia clara entre las dos Ansermas, porque ambas utilizan el nombre completo de Santa Ana de los Caballeros o Anserma. Pero de acuerdo con el historiador Alfonso Zawadsky sólo en 1816 “hemos leído por vez primera la denominación Ansermanuevo”. Agrega que “todos los documentos relativos a la confederación se firman siempre en la sala capitular de Anserma y en muchos papeles siempre se hace la remembranza del antiguo nombre, Santa Ana de los Caballeros de Anserma”[36]

El acta de juramento de fidelidad de Anserma a la confederación, tiene fecha del 3 de marzo de 1811 y el siguiente encabezado: “En la muy noble y leal ciudad de Señora Santa Ana de los Caballeros de Anserma”. Está firmada por Vicente Judas Tadeo González de la Penilla, José Antonio Canabal, José Félix Piñeyro, doctor José Joaquín González de la Penilla, José Antonio Luján y por 20 ciudadanos más[37]. El lugar corresponde a Ansermanuevo en el Valle del Cauca.

Desde Quiebralomo se dirigieron a la Junta de Cali (12 de marzo de 1811), el alcalde partidario Miguel Lozano y el recaudador real de rentas, Manuel José Lozano, quienes le reconocen  “que procura libertarnos de las opresiones que nos amenazan”[38].

Y para demostrar que la zona minera dependía de Ansermanuevo hay una comunicación del cabildo de Cali (21 de marzo de 1811) donde se anota que “se recibieron de la real caja de Quiebralomo, de esta  jurisdicción, dos mil trescientos veintisiete patacones de oro colorado de Marmato y plata en piña”[39].

Posteriormente, el 5 de junio de 1811, lo capitulares de Santa Ana de los Caballeros de Anserma ante don Vicente Judas Tadeo González, alcalde de esta ciudad, otorgaron poder al doctor Antonio Camacho, vecino de Cali y residente en Popayán para que los representara en la Junta de las seis Ciudades Confederadas[40].

Mientras tanto Antioquia estableció su primera junta de gobierno en septiembre de 1810 y el 27 de junio de 1811 la Junta aprobó la Constitución provisional que tiene la virtud de haber señalado que por la abdicación de Fernando VII, los pueblos “y entre ellos el de Antioquia”, habían reasumido la soberanía[41]. Todos estos hechos eran conocidos en Arma y en la recién fundada colonia de Aguadas y dicha información la transmitían los colonos en su incansable marcha hacia el sur.

La situación se agravó en 1813 por los avances de Juan Sámano quien entró victorioso a Popayán en el mes de julio, ocupó casi sin resistencia la ciudad y luego avanzó hacia Cali y Buga. Se esperaba la reconquista y para enfrentarla se nombró, como dictador de Antioquia, a Juan del Corral. Éste envió, al Valle del Cauca, una expedición militar dirigida por José María Gutiérrez de Caviedes, “El Fogoso”, al mando de 200 hombres, con el propósito de ayudar a los patriotas.

Gutiérrez era no sólo militar, sino experimentado político, y había participado en la proclamación de la Independencia de Mompox, en 1810. Cuando llegó a la Vega de Supía se reunió con lo más granado de los sectores dirigentes y los motivó para proclamar su independencia.

Acta de la Independencia de Supía

En la Parroquia de la Vega de Supía a veinte y ocho de noviembre de mil ochocientos trece, convocados y reunidos en la casa del Señor Cura y Vicario de ella los Señores Alcaldes y Vecinos, oída  la exposición del Señor comandante en jefe de la expedición auxiliar del Sur que por parte de la República les hizo sobre los objetos de ésta e intenciones generosas de aquel Supremo Gobierno, invitándolos a que se incorporen con los demás pueblos en esta República durante la orfandad en que han quedado por la usurpación del enemigo que ha penetrado en la capital y principales Departamentos de la Provincia de Popayán; respondieron todos acordemente que se incorporaban en aquella república y reconocían aquel Gobierno, y al Señor comandante de la expedición como Jefe Político, y para simplificar este acto espontáneo y libre diputaban a los ciudadanos Francisco Gervacio de Lemos, Administrador de correos, y a Pedro José García, Notario Eclesiástico, para que a su nombre prestasen el juramento de fidelidad y obediencia a la mencionada república de Antioquia, y firmasen este acuerdo como en efecto lo hicieron ante dicho Señor comandante de la expedición, firmando al efecto por ante el ayudante de ella como secretario.- José María Gutiérrez. – Francisco Gervacio de Lemos.- Pedro José García.- Liborio Mejía Secretario[42].

Del acta anterior llama la atención el juramento de fidelidad y obediencia a Antioquia, pues desde el siglo XVIII numerosos empresarios de la Vega de Supía buscaron la tutela de la provincia de Antioquia. Así, en marzo de 1759, los vecinos de la Vega solicitaron al Virrey Joseph de Solís la agregación del territorio y del vecindario al gobierno de Antioquia. La justificación la presentó Agustín Blanco, Procurador de la Real Audiencia, quien anotó lo siguiente:

El sitio de la Vega de Supía está a una distancia de Popayán de 12 y 15 días de caminos ásperos y abundancia de ríos y malos pasos que imposibilitan el común tráfico, aún a los chasquis y peones que lo trafican[43].

La respuesta se produce en Santa Fe el 29 de octubre de 1759, agregando la Vega de Supía al gobierno y provincia de Antioquia, y se exige para ello un teniente de gobernador y alcalde mayor de minas. Además “se fijan los linderos de la jurisdicción hasta la ciudad de Arma por un lado, órganos y caminos de Velásquez, y por el otro hasta la de Anserma la Vieja y bocas del Sopinga donde entra al Cauca y toda la jurisdicción de Arma con el sitio de la Vega”. (El documento lo firma José Solís Folch de Cardona, el 3 de noviembre de 1759). Es encargado del deslinde el empresario minero Simón Pablo Moreno de la Cruz quien, además, toma posesión de los territorios segregados de Popayán.

Pero algunos años más tarde la región se agregó, de nuevo, a la provincia de Popayán. A pesar de lo anterior muchos empresarios (comerciantes y mineros) de la Vega de Supía continuaron vinculados a la población de Arma y se hicieron presentes en la colonización y fundación de Aguadas, a principios del siglo XIX. Sin embargo la Vega de Supía estrechará relaciones con el Cauca, a partir del nuevo clima creado por las guerras de independencia.

Otro hecho a destacar es la firma de Francisco Gervacio de Lemos, Administrador de correos, en el acta de independencia de Supía. Este personaje era el propietario de las minas más importantes del distrito y de gran cantidad de esclavos, fortuna que había heredado de su tía Ana Josefa Moreno de la Cruz. Era muy tacaño; enviaba el oro a la Casa de Moneda de Popayán, pero “solamente una parte del oro, pues consideraba prudente disimular su riqueza, en una época en que el gobierno levantaba fuertes impuestos a los ricos”[44].

Cuando se firmó el acta de independencia de Supía ya había fervor independentista, porque el clima lo habían creado las Ciudades Confederadas. De todos modos el ambiente favoreció el surgimiento de grupos de “chisperos” que agitaron la posibilidad de la independencia, en las diferentes poblaciones. La ubicación geográfica estimulaba la agitación de las ideas porque la región era paso obligado de comerciantes y de los ejércitos que se movían entre Antioquia y Popayán.

Las localidades mineras de la región se caracterizaban por la presencia de esclavos afrodescendientes en Marmato y Supía, donde había poderosos dueños de minas y de haciendas. En los demás pueblos hacía presencia una abundante población en los resguardos indígenas, así como numerosos grupos de mestizos vinculados, como trabajadores independientes, a minas y haciendas.

Los habitantes de la Vega de Supía y Riosucio se fueron alineando en dos grupos políticos y culturales: patriotas y realistas. El primer grupo recibió la influencia del sacerdote José Bonifacio Bonafont, quien llegó del Socorro, desterrado por su militancia a favor de la independencia. Los realistas, una pequeña población de blancos dueños de minas, residentes en el antiguo Real de Minas de Quiebralomo, recibían el alimento ideológico del sacerdote José Ramón Bueno. Casi todos los habitantes de Quiebralomo participaron decididamente en la lucha por la independencia. Su alcalde, Miguel Lozano, adhirió a la Junta de Cali en marzo de 1811, y contribuyó con dinero. Un año después se envió el primer contingente de soldados a la ciudad de Popayán.

Independencia y colonización

Francisco José de Caldas, obedeciendo una orientación del presidente de Antioquia, Juan del Corral (1814), fortificó los pasos de Bufú, La Cana y Velásquez sobre el río Cauca, para proteger los límites de Antioquia y Cauca, ante una posible invasión del ejércitos español. Sobre las fortificaciones escribió José Manuel Restrepo, cuando estaba huyendo de la reconquista española, que

Tales fortificaciones costaron a la provincia de Antioquia 10 o 12.000 pesos. Ellas se creían intomables, pero aunque yo no lo entiendo, me parecieron miserables. Son dominadas completamente por un cerrito que hay al lado de la Vega, de donde con artillería podrían destruir a los defensores del otro lado. Cuando yo las vi estaba podrida la fajina de que se componía[45].



Tales fortificaciones costaron a la provincia de Antioquia 10 o 12.000 pesos. Ellas se creían intomables, pero aunque yo no lo entiendo, me parecieron miserables. Son dominadas completamente por un cerrito que hay al lado de la Vega, de donde con artillería podrían destruir a los defensores del otro lado. Cuando yo las vi estaba podrida la fajina de que se componía[46].

La reconquista llegó con rapidez. En febrero de 1816 el joven oficial español Francisco Warleta, salió de Mompox hacia Antioquia con un ejército de 500 hombres; en su fugaz campaña aplastó toda resistencia. Triunfó en Remedios, siguió hacia Cancán (Ceja Alta) donde derrotó al capitán Andrés Linares, quien tenía un destacamento de 800 hombres. El 5 de abril entró triunfante a Medellín, que había sido abandonada por autoridades y dirigentes prestantes.

Los patriotas esperaban una invasión a sangre y fuego con las consiguientes medidas represivas, pero no hubo régimen del terror. Muy pocos patriotas se escondieron o huyeron; la provincia permaneció tranquila durante los tres años de ocupación[47].

Cuando se inició la reconquista se desencadenó una masiva penetración de colonos que se fueron filtrando por Abejorral y Sonsón, con dirección a Arma, Aguadas, Arma Nuevo (Pácora) y hacia la futura Salamina. Parece que la situación política y el caos que se presentó en la región fueron aprovechados por varios grupos sociales: campesinos sin tierra de Antioquia y de esta parte de la provincia de Popayán, se convirtieron en colonos y marcharon hacia el sur de Antioquia; otros simplemente invadieron las tierras de los resguardos indígenas.

Pero hay otro fenómeno de suma importancia que hace referencia a la sublevación de los esclavos. El tema lo recoge Alfonso Zawadzky, con algún entusiasmo:

Hemos tenido abierto, durante largas horas, un documento muy interesante de agosto de 1811, firmado por los mismos del juramento de fidelidad. En ese viejo papel se habla de la rebelión de los negros. Y de cada jurisdicción de Anserma se les envían informaciones acerca de lo que en verdad ha sucedido. Desde Quiebralomo, dice Manuel José Lozano, que impuso del contenido de la comunicación de la Junta a todos los mineros de este territorio para su debido y puntual cumplimiento.

Desde el cerro mineral de Loaiza comunica lo mismo Bernardo Álvarez Ramírez.

En igual sentido comunica don Nicolás Colina y Jiménez desde el Cerro Mineral de Marmato.

El comisionado hizo saber las providencias de la Junta de Gobierno en el sitio de Mochilón, a doña Ana María de Castro, dueña de cuadrillas de negros esclavos del Mineral de Marmato, según reza el documento.

Y a continuación, en el mismo pliego, aparecen los signatarios de las notificaciones hechas en el Real de Minas del Guamal y en el Real de Quiebralomo[48].

Es una lástima que Alfonso Zawadsky no haya precisado sobre la “rebelión de los negros”, su alcance y consecuencias, pues de acuerdo con el texto quedó involucrada toda la zona minera. Se conocen datos de esclavos que huían hacia la región de Cerrito y cabecera del río Otún[49].

Para tener una idea del estado de esta región de frontera en el período de la reconquista española puede servir la narración de José Manuel Restrepo en su huída de Antioquia hacia Popayán en abril de 1816

El miércoles 2 partimos por la mañana ya con más tranquilidad, pues no había riesgo de enemigos. Pasamos las célebres minas de Marmato, que se hallan situadas en un cerro elevado, y a las tres arribamos a la Vega de Supía. El juez de allí nos dio una casa de las mejores aunque bien mala, pues aquel es un lugar miserable en que todo es caro y nada se encuentra… A las 4:30 llegamos al pueblo miserable de Quinchía, en donde por lo menos hallamos una buena casa en que dormir… Mas en ninguna parte se hallaba que comer y sólo había hambre y miseria, debido principalmente a la langosta que en el año quince desoló toda la vegetación… Ansermaviejo es un pequeño lugar de paja, puesto sobre una eminencia a poca distancia del Cauca,  que se halla al oriente… Nos alojamos en la casa del cura que estaba sola[50].

La situación en la zona de frontera era bastante complicada, porque los españoles se movían por todos lados y controlaban puntos estratégicos. Por ejemplo en Arma permanecía un grupo de 25 soldados dirigidos por el capitán F. Melián, natural de Venezuela. Desde este punto ejercía vigilancia sobre los pasos que había en el río Cauca. Y cuando se movían las columnas de patriotas hacia la provincia de Popayán debían hacer una difícil travesía

Encontramos a varios oficiales y soldados que seguían de la Vega para Popayán. Iban en la mayor miseria, y nos contaron que habían tenido que mantenerse con palmas y otros vegetales en la montaña de Caramanta. Por Santa Bárbara pasaron el Cauca y tomaron aquel camino, temiendo que ya los hubieran cortado los españoles en Bufú[51].

El camino de Sonsón a Mariquita

Esta vía conectaba con Honda y el río Magdalena, desembotellaba a Antioquia por el valle de Sonsón, e impulsaba la colonización y el comercio en esta inmensa región. El ejército español le dio un impulso porque necesitaba facilitar la invasión del territorio y controlar el río Magdalena.

En 1816 Francisco Warleta tomó numerosos patriotas como prisioneros y los obligó a trabajar en dicho camino. Cuando José Manuel Restrepo pasó por allí encontró a 150 peones trabajando bajo la dirección de Manuel Antonio Jaramillo y Salvador de Isaza, prestantes vecinos de la recién fundada colonia de Aguadas. Al regresar José Manuel Restrepo a Medellín, después de su fallida fuga a Popayán, recibió la orden de don Pascual de Enrile, jefe del estado mayor del ejército, para dirigir los trabajos en dicho camino. Sobre el tema escribió Restrepo

El 22 de agosto partí para aquel destino un poco tranquilizado, creyendo que los generales españoles se habrían hecho el cargo de castigarme manteniéndome en aquel desierto. Yo conseguí con más de mil hombres romper el camino en 21 de septiembre, en que se unió con el de Honda y Mariquita[52]

El camino estaba metido en la selva y atravesaba una región difícil; por esta razón numerosos trabajadores, enganchados para abrir la trocha, lograron escapar y desde aquí se enrutaban hacia el sur de Aguadas.

Estos acontecimientos lanzaron nuevas corrientes de colonos, quienes se internaban en las espesas y difíciles selvas abriendo parcelas. Todos se orientaban por el “camino de indios” para colonizar entre Aguadas y Sabanalarga (Salamina). Esta era la mejor ruta para escapar del ejército invasor.

Mientras tanto en la Vega de Supía crecía la incertidumbre ante un posible ataque del ejército español, desde Popayán. Y las autoridades se fueron preparando para una invasión. El 3 de enero de 1816 los pueblos de la jurisdicción de Anserma, por medio de sus representantes Vicente Luxán y Agustín Ortiz, por Ansermanuevo; José Joaquín Canabal, por la parroquia de la Vega; José Antonio Luxán, por la de Quiebralomo; Judas Tadeo González de La Penilla, por la de la Montaña y Manuel Ortiz, por Ansermaviejo, dieron poder a Fray José Joaquín Escobar, de la ciudad de Cali y al doctor Manuel José de Escobar, vecino de la misma ciudad, nombrados por el departamento para el Colegio Constitucional de la Provincia, para que los represente en todos los asuntos que deban tratarse, “especialmente el que agita sobre el reglamento constitucional y provisorio para el gobierno económico e interior de la Provincia de Popayán”[53].

Pero el impacto de la conquista no llegó de Popayán sino de Antioquia, debido a las operaciones realizadas por los españoles, en esta región, desde finales de 1815. Las acciones de Francisco Warleta, desde 1816, y el control que ejerció en Antioquia, entre los ríos Cauca y Magdalena afectó las poblaciones de El Retiro, La Ceja, Abejorral, Sonsón, Arma y Aguadas y, como consecuencia, produjo el desplazamiento acelerado de familias pobres hacia el sur de Aguadas.

En este momento las poblaciones caucanas de la Vega de Supía, Quiebralomo y Ansermaviejo, empezaron a padecer días de profundo pánico por la llegada de Warleta a Supía (abril de 1816), en su excursión hacia Cartago.

En el período 1816-1820 los patriotas organizaron varias guerrillas y se internaron en los escabrosos montes de la región. Fueron famosas la que dirigió José Hilario Mora y la de Custodio Gutiérrez, ambos operaban en la inmensa zona de la Vega de Supía. Este último venció la guerrilla realista comandada por el patiano Simón Muñoz, quien buscó esconderse en Anserma, mientras se dirigía al refugio seguro del Chocó. Además, Custodio atacó las tropas realistas que habían penetrado la región, al mando de Hermenegildo Mendiguren y lo venció en Riosucio[54].

Todavía en octubre de 1819 hacían presencia los españoles; sobre este tema escribió José Manuel Restrepo que “En la Vega existen 60 fusileros del Rey que vinieron derrotados del Valle del Cauca y que lo cogeremos muy pronto”. Y un mes después escribió “una partida enemiga que estaba en Riosucio, cerca de Supía, habría sido batida a la fecha”[55].

Con mucha satisfacción el capitán Custodio Gutiérrez informó al vicepresidente Francisco de Paula Santander (5 de diciembre de 1819) sobre la liberación de los pueblos de Riosucio y de la Vega de Supía, “dejando arregladas las postas y correos y completamente abierta la comunicación de este valle para con Antioquia”[56]. Pero la independencia definitiva hubo de esperar hasta 1920, pues todavía, en marzo de ese año, merodeaban grupos de soldados españoles en la región. José Manuel Restrepo manifestaba su preocupación a su amigo Francisco Montoya

Parece que hay en Riosucio, inmediato a Supía, 200 hombres enemigos; puede ser la vanguardia de una expedición contra la Provincia, pero no nos da cuidado. Hay guarnición en Bufú y tú conoces esta parte de la provincia que está llena de puntos militares[57].

Durante los años de la reconquista española numerosas familias pobres de la Vega de Supía, Quiebralomo, Ansermaviejo, Riosucio y Montaña, aprovecharon el caos y el desorden administrativo para situarse como colonizadores en los pueblos de indios de San Lorenzo, Cañamomo, Guática, Tachiguía y Quinchía. Otros habitantes “blancos y libres”, cruzaron el río Cauca y se dirigieron a las montañas de Aguadas, Armanuevo (Pácora) y Salamina, para establecerse como colonos[58].

Después de la independencia la región minera fue invadida por numerosas compañías inglesas, que llegaron como consecuencia de la política de empréstitos solicitados a banqueros ingleses. Las principales empresas fueron la casa Herring, Graham and Powels y la firma Goldsmidt and Co. De este modo se financió la Legión Británica; además de armas, buques y víveres[59].

Con base en esta política de empréstitos numerosas compañías inglesas invadieron el oriente y occidente de Colombia en busca de minas. Así llegaron a la región minera de Marmato-Supía y Riosucio: la casa Goldsmidt tomó en arrendamiento (1825) minas de plata y oro en Marmato y Supía; la Western Andes Mining Company Ltd. adquirió las continuaciones de Echandía y Loaiza en Marmato; The Colombian Mining & Exploration Company Ltd., ejerció un cerrado monopolio de 20 años sobre las exploraciones nacionales de Marmato y sobre la antigua provincia de Riosucio[60]. Otros banqueros, Powells Illing Worth y Co. enviaron al ingeniero Eduardo Walker a comprar minas en la región de Supía, y en efecto adquirió las mejores en Marmato, Supía y Quiebralomo.

Conclusiones

El proceso de independencia en la zona de frontera entre Antioquia y Cauca involucró a todo los grupos sociales. La élite criolla siguió con mucho cuidado los gritos de Independencia que se estaban dando en las otras provincias y logró vincularse al movimiento de las ciudades confederadas del Valle del Cauca. Además se preocupó por involucrar a otros grupos sociales, como a la población libre y a los indígenas.

Por su parte las comunidades supieron aprovechar el caos en su propio beneficio. Los campesinos pobres (antioqueños y caucanos) se convirtieron en colonos y avanzaron hacia las tierras del sur para organizar parcelas, y fundar colonias, pero también invadieron resguardos indígenas.

Numerosos esclavos escaparon de sus amos y de la región y se escondieron en la “tierra de nadie” (Chocó, Sopinga y Cañaveral del Carmen). Los indígenas fueron utilizados como guías y como cargueros, por las tropas españolas y patriotas. Pero casi todos los pueblos de indios conservaron neutralidad durante el proceso de independencia.

Con la llegada del capital inglés a la zona minera de Marmato, Supía y Riosucio, se fueron demoliendo las viejas relaciones de producción y, como consecuencia, la región se integró más a las provincias de Antioquia, Cauca y Tolima. El país todavía estaba desarticulado.


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EL LEGADO ECOLÓGICO DEL LIBERTADOR

Por Isaías Tobasura Acuña *




“Si la naturaleza se opone, lucharemos  contra  ella y haremos que nos obedezca".
(Simón Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios)

A casi doscientos años de la gesta libertadora y con motivo del Bicentenario de la Independencia, surgen muchos interrogantes sobre el significado de los hechos históricos y de los personajes que intervinieron en tales procesos. En el caso de los problemas ambientales, como el cambio climático, la erosión de los suelos, la perdida de la biodiversidad, la escasez y contaminación de las aguas y los desastres naturales, algunos investigadores han señalado que en el ideario de Bolívar hubo un “pensamiento ecológico”, que debería considerarse en estos tiempos. Otros, en cambio, le critican su soberbia antropocentrista al referirse de manera arrogante a los asuntos de la naturaleza como sucedió en el terremoto que devastó Caracas en 1812.

¿Qué podría decirnos el Libertador sobre la crisis ambiental que experimenta el planeta en la actualidad? En el caso concreto del calentamiento global, nos podría decir tanto como lo que nos diría en relación con la revaluación del peso. Nada. No obstante, es importante valorar en su justa dimensión y considerando el contexto de la época, su legado en materia ambiental. De ninguna manera se tratará aquí de sacralizar su pensamiento ecologista, ni de reducir su ideario político, social y ambiental al Socialismo del Siglo XXI. En consecuencia, y dado que esta controversia puede ser ilustrativa acerca de las posturas ecologistas y antiecologistas, que suelen emerger en tiempos de crisis, me permito terciar en este debate.

Contexto histórico

La independencia de Venezuela se inicia en Caracas, el 19 de Abril de 1810, cuando un grupo de criollos caraqueños aprovechó que en España mandaba José Napoleón1, un francés, para convocar una reunión del cabildo y proclamar un gobierno propio hasta que Fernando VII que había sido de puesto volviera al trono. El Capitán General, Vicente Emparan, no estuvo de acuerdo, y cuando desde la ventana del ayuntamiento le preguntó al pueblo que se había reunido en la Plaza Mayor (hoy plaza de Bolívar) si quería que él siguiera mandando, el presbítero José Cortés de Madariaga, le hizo señas a la multitud para que contestara: "NO". Y eso fue lo que ocurrió. Emparan dijo, entonces, que él tampoco quería el mando, renunció y se fue a España con sus colaboradores. Con dicho acto se había iniciado la independencia de Venezuela, que se protocolizaría el 5 de Julio de 1811, cuando los miembros de la Sociedad Patriótica, declararon la independencia de esa República.

Pero los anhelos independentistas no duraron mucho tiempo. Los realistas volvieron a la lucha para recuperar el dominio de sus colonias. Así que el año 1812 era un año funesto para los republicanos caraqueños. Se multiplicaban los focos contrarrevolucionarios y crecía el descontento sin que hubiese enérgica decisión para sofocarlos y responder a los reclamos populares. Y, entonces, sobrevino lo peor. El 26 de marzo, día de Jueves Santo, a las cuatro de la tarde, cuando la gente se apiñaba en los templos para participar en las celebraciones litúrgicas, la tierra empieza a bramar, tiembla después y se derrumban las iglesias de La Pastora, Altagracia, San Mauricio, La Merced, Santo Domingo y La Trinidad, sepultando a cientos de personas. Cuatro mil mueren entre los escombros y otros diez mil en Caracas.

Bolívar llega desolado a la plaza San Jacinto. En mangas de camisa, porque había estado durmiendo la siesta. “En el acto –cuenta– me puse a la obra de salvar víctimas, encaramándome sobre los escombros y gateando a los sitios de donde salían los quejidos o voces de auxilio”.  Y  continúa: “me encontraba en esta tarea, cuando di de manos a boca con el furibundo españolizarte José Domingo Díaz, el que no hace más que verme y echarme a comentar con sus acostumbrada sorna: ¿Qué tal, Bolívar? Parece que la naturaleza se pone del lado de los españoles. –A lo cual respondí iracundo– Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca…”

José Domingo Díaz (1961), en sus Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, cuenta que ese día Bolívar, fogoso líder, trepaba en mangas de camisa por sobre las ruinas. Que con sumo terror y desesperación, que se dibujaba en su semblante, aparta a uno de los frailes predicadores, que intentaba amotinar el pueblo, con un vehemente discurso en el que explicó que aquel lamentable fenómeno sísmico era un simple un suceso natural ajeno a las ideas religiosas y políticas. Y terminó su intervención con estas impías y extravagantes palabras: “Si la naturaleza se opone a nuestros designios, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.

Los temblores se repitieron el sábado de gloria, y el 24 de abril, día en que el año anterior se había interrumpido una solemnidad eclesiástica con el primer acto revolucionario. ¡Qué más pensarían los curas que querían presentar esos fenómenos naturales como la voz del cielo, que condenaba el movimiento de independencia! En virtud de que el 19 de abril, día en que se dio el grito de Independencia, había caído un Jueves Santo, se aprovecharon del miedo de las gentes y de su credulidad y predicaron que Dios estaba contra la República. Incluso, entre los amigos de Bolívar hubo quienes, atormentados, pedían perdón por sus culpas a Dios y al Rey.

Respecto a la frase del Libertador se han dicho muchas cosas. Incluso, algunos sostienen que la frase ha sido tergiversada. Al parecer el Libertador dijo: "Aunque la naturaleza se oponga, lucharemos contra ellos (españoles-realistas) y haremos que nos obedezcan". El argumento que se ha esgrimido para afirmar lo anterior es que los verdaderos enemigos de la causa libertadora eran los realistas, y no la naturaleza, que era solo un obstáculo transitorio a vencer. No obstante, y dado el contexto en que fue pronunciada, parece más verosímil la otra versión. En una situación de apremio e impotencia, la reacción primaria de una persona desesperada, tratando de ayudar a sus congéneres que gritaban bajo los escombros, ante los españolistas que vociferaban: “es castigo del cielo por sublevarse en contra del monarca Fernando VII", lo que parece más coherente con las circunstancias es que Simón Bolívar, los increpara lanzándoles la sentenciosa frase: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos, que nos obedezca"

Hasta hoy muchos siguen pensando que Bolívar, en un acto de soberbia, pronunció una blasfemia contra Dios, y que después se encerró arrepentido a implorar perdón por lo que dejó escapar en un momento difícil. Otros, en cambió creen que no hay nada indebido en la frase pronunciada y que por el contrario, Bolívar se muestra obediente a Dios, ya que el mandato divino quedó expresado en la Biblia en el libro de Génesis capítulo 1 versículo 28, que dice: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla; ejerced potestad sobre los peces del mar, las aves de los cielos y todas las bestias que se mueven sobre la tierra”.

Según la biblia, Dios pone al hombre como centro del universo, amo y señor de la creación, a partir de lo cual lo autoriza y le da vía libre para que explote la tierra y lo que en ella se encuentra: las plantas, los animales, el agua, los suelos, los minerales. Según esta visión Jesucristo había ratificado esta sentencia bíblica cuando sus discípulos que navegaban en una barca, asustados por una tormenta, le imploraban ayuda, haciendo que Jesús reprendiera las aguas y los vientos para que se calmaran. Desde la óptica cristiana, someter la naturaleza para ponerla al servicio del hombre es un mandato de la Sagrada Escritura, y Bolívar lo que expresó en ese momento no era nada diferente a la aplicación de dicho principio: Si los elementos de la naturaleza se ponen a nuestra empresa libertadora, lucharemos contra ellos… Es decir, si los terremotos, el frío, el hambre, la lluvia, las enfermedades y todos los demás obstáculos que puedan ofrecernos los elementos naturales, se interponen en nuestro camino, lucharemos contra ellos hasta sobreponernos.

Y por supuesto, la naturaleza alberga no solo elementos para la vida, sino elementos que albergan peligro, producen enfermedades y generan dificultades y obstáculos para el desarrollo y el bienestar humanos. De hecho, el ejército libertador en su campaña tuvo que sortear tremendas dificultades, como lo fue el paso de la cordillera de los Andes en el Páramo de Pisba donde murieron de hipotermia y hambre muchos soldados. Y, hoy, pese a los avances de la ciencia y la tecnología, la dinámica de naturaleza sigue causando problemas muchas veces de carácter catastrófico para la sociedad. Las sequías, los crudos inviernos, las tormentas tropicales, los monzones, los tsunamis, los terremotos, las erupciones volcánicas siguen y seguirán presentes en la dinámica de la sociedad.  

Paso del Páramo de Pisba. Oleo de Francisco A. Cano

Desde la óptica científica, en un evento como el ocurrido en Caracas no hay ninguna cólera divina que cambie la dinámica de la tierra, y menos aún, que esté asociada al castigo del cielo por la desobediencia a la autoridad del rey. Nada de eso: las placas tectónicas se movieron y la tierra liberó energía suficiente para destruir lo construido por los humanos. No obstante, sacada de contexto, la frase desesperada de Bolívar al ver a su pueblo destruido, les ha permitido a algunos tacharlo de arrogante y considerar su pensamiento como antiecologista. No hay tal. Ese hecho no es suficiente para valorar su ideario en asuntos relacionados con el medio ambiente y los recursos naturales. Como tampoco se puede concluir que algunas iniciativas del Libertador materializados en varios decretos y normas, pueden llevar a concluir que estamos ante un Libertador Ambientalista. La razón deriva del hecho de que hay tantos ambientalismos como ambientalistas; y en esos matices se puede ubicar el legado ecologista del Libertador. De hecho, no es lo mismo el ambientalismo de Greenpeace, que lucha contra los cazadores de ballenas, que el ambientalismo de los indígenas y campesinos de los países andinos, que defienden la soberanía alimentaria y el derecho a la tierra. Mientras los primeros defienden la vida como valor supremo, los otros la equidad social y el bienestar humano.

El legado ecologista del Libertador

Aunque muchos de los decretos y normas promulgadas por el Libertador se orientaron a la conservación de la flora y la fauna, su legado ambiental podría ubicarse en el ámbito de la justicia ambiental y la equidad social, es decir, de la Ecología Política. Lo anterior se sustenta en que este pensamiento se encuentra, además, en muchos otros decretos y normas como son los relacionados con el fomento de la agricultura y la cría de ganados (vacunos y vicuñas), la legislación sobre la minería (Dirección de minería, Propiedad de las minas abandonadas y fomento de su laboreo) la protección de los indígenas y la distribución de la tierra2. Veamos:

En el año 1825, en Chuquisaca (Bolivia), Bolívar promulga unos decretos referidos a la conservación de los recursos naturales que habían sido afectados por el imperialismo español neocolonial, las quemas, la degradación de los suelos; asimismo, por la explotación de la fauna para obtención de pieles, la afectación de los recursos hídricos y la minería. El Libertador con dichos decretos no estaba pensando en la conservación de la fauna y la flora per se ni tampoco en la conservación de la vida; él, ante todo, estaba cuestionando la explotación y el saqueo imperialista de los recursos naturales por la corona española y, por supuesto, por actividades productivas que los estaban deteriorando.

Decreto que prevé la conservación de las aguas, su uso racional y la conservación de los bosques, así como la reforestación.

Simón Bolívar
Considerando

1.         Que una gran parte del territorio de la República carece de ellos (Bosques) y se determinen los lugares por donde puedan conducirse agua a los terrenos que estén privados de ellas.
2.         Que la esterilidad del suelo se opone al aumento de la población y priva entre tanto a la generación presente de muchas comodidades.
3.         Que por falta de combustible no pueden hacerse o se hacen inexactamente o con imperfección la extracción de metales y la confección de muchos productos minerales que por ahora hacen casi la sola riqueza del suelo: oída la diputación permanente;

Decreto:

Artículo 1: Que se visiten las vertientes de los ríos, se observe los cursos de ellos y se determine los lugares donde pueda conducirse aguas a las tierras que estén privadas de ellas.

Artículo 2: que en todos los puntos en que el terreno prometa hacer prosperar una especie de planta mayor cualquiera, se emprenda una plantación reglada a costa del Estado, hasta el número de un millón de árboles, prefiriendo los lugares donde haya más necesidad de ellos.

Artículo 3: Que el Director General de Agricultura proponga al gobierno las ordenanzas que juzgue conveniente a la creación, prosperidad y destino de los bosques en el territorio de la República.

Artículo 4: El Secretario General Interino queda encargado de la ejecución de este decreto.

Imprimase, publíquese y circúlese.

Dado en el palacio de gobierno, en Chuquisaca, a 19 de diciembre de 1825.

El segundo decreto, circunscrito al territorio altoperuano, que estaba deforestado y desertificado por la sequía y la falta de riego, afectando a la población en su nivel de vida y su crecimiento demográfico, dispuso: visitar las cuencas de los ríos y observar el curso de ellos, con el fin de determinar los lugares por donde puedan conducirse aguas hacia los terrenos que estén privados de ella; y en terrenos aptos para las plantaciones vegetales, establecer bosques reglados por el Estado, hasta de un millón de árboles, prefiriendo los lugares donde haya más necesidad de ellos. Los decretos anteriores, fueron incluidos en el Decreto de Guayaquil el 31 de julio de 1829. El decreto establecía medidas de protección y aprovechamiento de la riqueza forestal de la nación. Para ello, ordenaba la delimitación de los terrenos baldíos y proponía medidas de control para la explotación de los recursos forestales públicos y privados.

En este decreto, el Libertador se interesó por evaluar y mitigar los estragos que el colonialismo imperial español había producido en el medio ambiente americano, inquietud que se expresa en su visión sobre la preservación de los suelos dado que había una creciente erosión de los mismos, causada por una irracional explotación agrícola y deforestación de los bosques, a niveles alarmantes especialmente en áreas mineras, en cabeceras de nacientes de agua y riberas de ríos.

Y en vista de que las causas de la deforestación en la Gran Colombia eran principalmente debidas a la demanda de madera para la construcción de galerías y de leña para la alimentación de los hornos de fundición, construcción de tejas y las cocinas domésticas de la población minera, además, por el requerimiento de maderas para construcción de casas, edificios, iglesias o Catedrales y palacios coloniales. Que las actividades anteriores estaban  afectado significativamente el medio natural, sin que se aplicara ninguna medida que resarciera el daño, promulgó el siguiente Decreto.

Decreto por el cual el Libertador establece normas para el aprovechamiento racional y la debida conservación de la riqueza forestal en la Gran Colombia.

Considerando:

1) Que los bosques de Colombia, así los que son propiedad pública como los que son de propiedades privada, encierran unas grandes riquezas tanto en madera propia para toda especie de construcción, como en tintes , quinas y otros, sustancias útiles para la medicina y para las artes.

2) Que por todas partes hay un gran exceso de extracción de madera, tintes, quinas y demás sustancias, especialmente en los bosques pertenecientes al estado, causándole graves perjuicios.

3) Que para evitarlos, es necesario dictar reglas que protejan eficazmente las propiedades públicas y las privadas contra cualesquiera violaciones. Vistos los informes dirigidos al gobierno sobre la materia; y oído al dictamen del Consejo de Estado.

Decreto:

Artículo 1: Los gobernadores de las provincias harán designaciones en cada cantón, por medio de los jueces políticos o personas de su confianza, las tierras baldías pertenecientes a la República, expresando por escrito su demarcación, sus producciones peculiares, como de maderas preciosas, plantas medicinales, y otras sustancias útiles, mandando archivar un tanto de estas noticias, y remitiendo otras a la prefectura.

Artículo 2: Inmediatamente harán publicar en cada cantón, que ninguno pueda sacar de los bosques baldíos, o del Estado, maderas preciosas o de construcción de buques para el comercio, sin que preceda licencia por escrito del Gobernador de la provincia respectiva.

Artículo 3: Estas licencias nunca se darán gratuitamente, sino que se exigirá por ellas un derecho, que graduarán los gobernadores a juicio de peritos, formando al efecto un reglamento que someterán a la aprobación del prefecto.

Artículo 4: Cualquiera que extraiga de los bosques del Estado, quinas, maderas preciosas, y de construcción sin la debida licencia, o que traspase los límites que se le hayan fijado, incurrirá en la multa de veinticinco hasta cien pesos, aplicados a los fondos públicos; además pagará, a justa tasación de peritos, los objetos que haya extraído o deteriorado.

Artículo 5: Los prefectos de los departamentos marítimos cuidarán muy particularmente de que se conserven las maderas de los bosques del estado, principalmente todas aquellas que puedan servir para la marina nacional, y que no se extraigan sino las precisas, o las que se vendan con ventajas de las rentas públicas.

Artículo 6: los gobiernos de las provincias prescribirán reglas sencillas y acomodadas a las circunstancias locales, para que la extracción de maderas, quinas o palos de tintes, se hagan con orden, a fin de que se mejore su calidad, y puedan sacarse mayores ventajas en el comercio.

Artículo 7: donde quiera que haya quinas y otras sustancias útiles para la medicina, se establecerá una junta inspectora, a la que se asignará por el prefecto respectivo el territorio que tenga a bien: dicha junta se compondrá al menos por tres personas, y se cuidará que una de ellas sea médico, donde fuere posible. Los miembros de la junta serán nombrados por el prefecto, a propuesta del respectivo Gobernador, y permanecerán en sus destinos durante su buena conducta.

Artículo 8: Cualquiera que pretenda sacar quinas, y otras sustancias útiles para la medicina, de bosques pertenecientes al Estado, o a particulares, será inspeccionado en sus operaciones  por uno o dos comisionados que nombrará la junta inspectora; cuyas dietas, o jornales satisfará el empresario, o empresarios. La junta y los comisionados cuidarán:

1.    Que no se traspasen los límites que se hayan fijado en la licencia hacer los cortes de quinas, y para extraer otras sustancias útiles para la medicina. 
2.    Que la extracción y demás preparaciones se hagan conforme a las reglas que indicarán las facultades de medicina de Caracas, Bogotá y Quito, en una instrucción sencilla que deben formar, la que tendrá por objeto impedir la destrucción de las plantas que producen dichas sustancias; como también que a ellas se les dé todo el beneficio necesario en sus preparaciones, envases, etc., para que tengan en el comercio mayor precio y estimación.

Artículo 9: (…)

Artículo 10: Las facultades de medicina de Caracas, Bogotá y Quito, lo mismo que los prefectos de los departamentos dirigirán al gobierno los informes correspondientes, proponiendo los medios de mejorar la extracción, preparación y comercio de las quinas, y de las demás sustancias útiles para la medicina,  o para las artes, que contengan los bosques de Colombia, haciendo todas las indicaciones necesarias, para el aumento de este ramo importante de la riqueza pública.

El Ministro, Secretario de Estado en el Despacho del Interior,  queda encargado de la ejecución de este Decreto.

Dado en Guayaquil a 31 de julio de 1829.

Por S.E. El Libertador Presidente de la República, Simón Bolívar.

El Secretario General, José D. Espinar.

En el Decreto anterior, se establecen prescripciones orientadas a la explotación racional de los bosques y sus principales productos: madera, tintes, sustancias útiles para la medicina y las artes. La norma intenta establecer derechos de propiedad sobre las áreas de bosques del Estado y de los particulares. Fija límites a la explotación, establece la licencia como requisito para la extracción y crea multas para los infractores. En el fondo, da las pautas para un uso y explotación sostenible del bosque, es decir, sin que sobrepase la tasa máxima de reposición natural. Adicionalmente, y quizá sea lo más destacable de este decreto, el reconocimiento que se le otorga al conocimiento científico y profesional al incluir en las juntas inspectoras encargadas de cuidar de la explotación de la quina, un médico y, también, incluir a las Facultades de Medicina junto con los Prefectos para definir  los medios para mejorar la extracción, preparación y comercio de las quinas, y de las demás sustancias útiles para la medicina, de manera de mejorar dicha industria como patrimonio público (Artículos 7, 8 y 10).

Pero la contribución del Libertador no se agota en los decretos y normas que dictó para organizar el aprovechamiento, manejo, uso y conservación de los recursos naturales renovables y no renovables. El libertador, además, legisló en aspectos relacionados con la distribución de la tierra3, la defensa de los derechos de los indígenas y la mejora de la agricultura. Dichas normas se resumen en:

Decreto que ordena realizar un censo agrícola de Bolivia para conocer la situación en que se hallaba la agricultura a fin de poder desarrollar una política adecuada al mejoramiento de esa actividad.

Simón Bolívar
Considerando:

Que el conocimiento del estado actual de la agricultura en el territorio de la república, es el dato sobre que el gobierno debe fundar sus providencias para el establecimiento o mejoras de la industria rural,

Decreto:

Artículo 1: Que el director general de agricultura asociándose al número de personas que crea necesario explore el país y dé al gobierno noticias: 1) del número de establecimientos rurales que halla en actividad.2)de la especie de cultivo que se haga en ellas; de la naturaleza del terreno en que estén; 4) del número de individuos empleados en los trabajos, y de su condición; 5) de la situación de los terrenos cultivados con respecto a las vías de comunicación y transporte.

Dado en el palacio de gobierno de Chuquisaca, a 17 de diciembre de 1825.

Decreto en que ordena la creación de Juntas Provinciales de Agricultura y Comercio para Fomentar el Desarrollo Económico, promulgado el 21 de mayo de 1820.

Simón Bolívar,
Libertador Presidente, etc., etc.
Considerando:

Que la agricultura, el comercio y la industria son el origen de la abundancia y la prosperidad nacional y el verdadero y más inagotable manantial de la riqueza del Estado, y no habiendo corporaciones que las promuevan, animen y fomenten, permanecerán siempre en el estado de languidez e inacción en que la barbaridad de los antiguos tiranos mantenían, he venido en decretar y

Decreto:

Artículo 1. Habrá en cada capital de provincia una junta provincial de comercio y agricultura compuesta de un presidente, seis cónsules y un procurador consular.

Artículo 2. El Gobernador político de la provincia será el presidente de la junta, los demás miembros serán elegidos a pluralidad de votos por el cuerpo de hacendados y comerciantes de la provincia dentro de ellos mismos.

3 Tercero (…) Artículo 18.

Publíquese y comuníquese a quienes corresponda.

Dado en el Rosario a 21 de mayo de 1820.

Simón Bolívar.

Además del propósito expresado en el considerando de promover, animar y estimular la agricultura, el comercio y la industria, por ser el origen y las fuentes de riqueza de la nación, de este decreto se debe destacar  la constitución democrática de dichas juntas (Artículo 2).

También debe resaltarse del objeto y funciones de la junta (artículo 8), los incisos 4:

“Promover la agricultura en todos sus ramos y procurar el aumento y mejoras de las crías de ganado caballar, vacuno y lanar; presentar al pueblo proyectos de mejoras y reformas, extendiendo de todos modos hasta hacer vulgar el conocimiento de los principios científicos de estas artes y facilitando la adquisición de libros y manuscritos que ilustren al pueblo en esta parte, animando a los propietarios y ricos hacendados a que emprendan el cultivo del añil, cacao, café, algodón y grana, del olivo y de la vid detallándoles los terrenos que ofrezcan más ventajas para cada una de estas plantas; y premiando a los que se aventajaren en cualquier género de cultivo. 5. Animar y dar acción al comercio interior y por medios semejantes a los anteriores, reparando o abriendo caminos cómodos y breves por sí mismos o por contratas, facilitando el tráfico con el establecimiento de mercados… 6. Fomentar la industria proponiendo y concediendo premios a los que se inventen, perfeccionen o introduzcan cualquier arte o género industrial útil (…) a los que faciliten la navegación de los ríos y hagan menos dispendiosos, fáciles y cómodos los transportes por tierra.   

En este decreto se dan las pautas para impulsar el desarrollo agrario de una nación. Se trata de estimular la producción a partir de la planificación de acuerdo con la vocación de los suelos, la difusión de los avances científicos y tecnológicos a los productores, la construcción de infraestructura, la  creación de estímulos para incentivar la creatividad y fortalecer el mercado interno. La pregunta que nos deberíamos hacer hoy, a casi, dos siglos de haber sido concebidas y promulgadas estas ideas, por qué los países bolivarianos, y particularmente Colombia, siguen sin encontrar los mecanismos para generar un desarrollo agrario que les permita salir de la dependencia y el atraso en este renglón tan fundamental para el bienestar de la sociedad.

Pero la reglamentación sobre la actividad agraria no se agota con este decreto. Hay más. Veamos. 

Resolución sobre la Exportación de Ganado

Simón Bolívar,
Libertador Presidente, &., &.
Considerando:

Que nuestra agricultura no puede reponerse del atraso en que se halla porque la escasez de ganados que dejo la guerra, se ha aumentado con la extracción de los que quedaban; y que no solo se carece de los medios de llevar los frutos al mercado, sino aún de los de labrar la tierra, asimismo que es forzoso aumentar los que son necesarios a nuestra propia defensa,

Decreto:

Artículo 1. A ninguno será permitido desde la fecha, exportar caballos, yeguas, mulas ni asnos, cualquiera que sea el permiso con que lo intente o la causa que alegue, y aún cuando ya haya satisfecho los derechos de extracción.

Artículos: 2… 5.

Dado en el Cuartel General Libertador, en Coro, a 20 de diciembre de 1826.

Por el Libertador Presidente.
El Secretario de Estado y General de S.E.  J. R. Revenga.

Este decreto permite ver la claridad del Libertador en relación con la prioridad que se daba a la satisfacción de la demanda interna frente a la exportación, caso contrario a lo que ocurre en la actualidad, donde se privilegia la venta al exterior. El caso concreto es el de la carne bovina, que se prefiere exportarla aunque la mayoría de los colombianos no puedan acceder a ella por los altos costos. 

Sobre la fauna o más propiamente sobre la cría y explotación de ganados, se destacan tres decretos adicionales: uno a favor del aumento de las vicuñas en el Perú, otro donde se establece la Contribución del Estado para reducir a Rebaño las vicuñas del Perú y, por último, el Decreto sobre Ganados, que establecía las normas para la conservación y para dirimir y evitar los pleitos o conflictos entre los ganaderos generados por la propiedad de los animales.

Estos decretos en el fondo buscan fomentar la cría y producción de vicuñas, creando estímulos para domesticar la vicuña y así poder convertir ese importante recurso en un nuevo ramo de la industria del Perú. Más que una norma de conservación de la fauna, es un incentivo económico de un peso que se da a los individuos que domestiquen una vicuña. Este mecanismo puede verse como un antecedente de los subsidios que se dan a los productores agrarios, que buscan fomentar o apoyar la producción agraria.

El decreto sobre el ganado es un antecedente de los censos agropecuarios, base para la toma de decisiones en relación con la explotación de la producción bovina. Para la época es un avance importante, que da una idea de la visión gerencial que tenía el Libertador. Como se puede ver en las normas anteriores, la concepción que se deriva de estos decretos es que la fauna, la flora, las minas, los suelos, son recursos útiles para la economía de las nacientes naciones y riqueza que debe ser aprovechada de manera racional para el bienestar de la sociedad.

Decreto que dispone la distribución de tierra a los indígenas

Simón Bolívar
Libertador presidente de la República de Colombia, Libertador de la del Perú
y Encargado del
Supremo Mando de ella, etc., etc.

Considerando:

Que se ponga en ejecución lo mandado en los artículos que se ha verificados la repartición de las tierras con la proporción debida;

Que la mayor parte de indígenas han carecidos del goce y posesiones de ellas;

Que mucha parte de dichas tierras, aplicables a los llamados indios, se hallan usurpados con varios pretextos por los caciques y recaudadores;

Que el uso precario que se le concedió en el gobierno español ha sido sumamente perjudicial a los procesos de la agricultura y a la prosperidad del el estado;

Que la Constitución de la República no conoce autoridad de los caciques sino de los intendentes de provincias y gobernadores de sus respectivos distritos;

Decreto:

Que se ponga en ejecución lo mandado en los artículos 3, 4 y 5, del decreto dado en Trujillo a 8 de abril de 1824 sobre repartición de tierra en la comunidad.

No se comprende en artículo 2, los caciques de sangre en posesión y lo que acrediten su legítimo derecho, a quienes se declara la prioridad absoluta de las tierras que en repartimiento les hayan sido asignadas.

Los caciques que no tenga ninguna posesión de tierra propia recibirán por su mujer y cada uno de sus hijos la medida de 5 topos de tierra o una igual a esta en los lugares donde no se conocía la medida de topos.

Cada indígena, de cualquiera sexo o edad que sea recibirá un topo de tierra en los lugares pingües y regados.

En los lugares privados de riego y estériles, recibirán 2 topos.

9. Que la propiedad absoluta, declarada a los denominados indios en el artículo 2, del citado decreto, se entiende con la limitación de no poderlos enajenar hasta el año 50 y jamás a favor de manos muertas, so pena de nulidad.

Dado en Cuzco 22 de Julio de 1825.

Simón Bolívar,
Libertador, Presidente, etc., etc.

Considerando:

Deseando corregir los abusos introducidos en Cundinamarca en la mayor parte de los Pueblos Indígenas, Así contra sus personas como contra sus resguardos y aun contra sus libertades, y considerados que esta parte de la población merece la más paternales atenciones del gobierno por haber sido la más vejada, oprimida y degradada durante el despotismo español por presencia de lo dispuesto por las leyes canónicas y civiles, he venido en decretar y

Decreto:

Artículo 1: Se devolverá a los indígenas, como propietarios legítimos, todas las tierras que formaban los resguardos según sus títulos, cualquiera que sea el que aleguen para poseerlas los actuales tenedores.

Artículo 2: Las fundaciones que ejercen sobre los dichos resguardos, no teniendo aprobación de la autoridad a quien corresponde o ha correspondido concederla quedara sin efecto ni valor aunque hayan subsistido por tiempos inmemoriales.

Artículo 3: Integrados los resguardos en los que se les haya usurpado, los jueces políticos repartirán a cada familia tanta extensión de tierra cuanto cómodamente pueda cultivar cada una, teniendo presente el número de personas que consiste la familia y la extensión total de los resguardos.

Artículo 4: Si repartidos los resguardos a la familia, como se les ha dicho, que aran tierras sobrantes, los arrendaran por remate los mismos jueces políticos a los que más dieren y afianzaren mejor, prefiriéndose siempre por el canto a los actuales poseedores.

Artículo 5: La familia, o los miembros de ellas no podrán arrendar la parte que le toque sin conocimiento de juez político para evitar los daños y fraudes que les causaren.

Artículo 6: Los productos de los terrenos que se arrienden conforme el artículo 4, se destinaran parte para el pago de tributos y para el pago de los sueldos de maestros de las escuelas que se establecerán en cada pueblo. Cada maestro gozará anualmente de un sueldo de 120 pesos si alcanzara y excediera de esta cantidad los arrendamientos; si fuere menor será todo para el maestro.

Dado en el cuartel general del Rosario de Cúcuta, a 20 de Mayo de 1820.


A modo de conclusión

Los decretos y normas promulgadas por el Libertador, incluyeron medidas de conservación y buen uso de las aguas, creación de juntas provinciales para fomentar la agricultura, el comercio y la industria, resolución sobre exportación de ganados, resolución para la protección de las vicuñas en el Perú, normas para declarar propiedad del Estado las minas y reglamentación para su explotación, Decretos para defender y preservar los pueblos indígenas y normas sobre repartición de tierras de la comunidad. Estas últimas disposiciones, se pueden considerar como los antecedentes de la reforma agraria del siglo XX en varios países de América Latina. En esencia, buscaban entregar  a cada individuo, de cualquier sexo o edad, una fanegada de tierra en lugares pingues y regados y dos en lugares estériles. Incluso, el decreto establecía la extinción del dominio, a quienes al cabo de un año de la adjudicación no hubiesen emprendido el trabajo, es decir, la mantuviesen ociosa.

Los decretos y resoluciones mencionados sintetizan el legado ambientalista del Libertador.  Bolívar no es un conservacionista, ni un ambientalista biocentrista, tampoco un antiecologista, como han dicho algunos. Su legado ecologista se puede situar en un ambientalismo antropocentrista débil. No sobrepone la especie humana sobre las otras especies, pero establece normas que permiten conservar los recursos naturales y el medio ambiente, con el fin de satisfacer necesidades de los humanos. Además y, quizá, sea más acertado ubicar su pensamiento y su ideario político, social y ambiental en una corriente más amplia de la Ecología Política, que cuestiona el intercambio ecológico desigual, entre las metrópolis y los países del sur, los ricos y los pobres, las multinacionales y los productores locales. Un ambientalismo de la equidad y la justicia, donde impere la armonía entre los seres humanos y de estos con otros seres de la naturaleza y el planeta: ese es, a mi juicio, el legado ecológico del Libertador.





Bibliografía

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SALCEDO-BASTARDO, J. L. (1982). Bolívar: un continente y un destino. Cali. Comité Ejecutivo del Bicentenario de Simón Bolívar


[1] Archivo General de la Nación (A.G.N.). Poblaciones del Cauca, tomo II, Folio 13, 166.
[2] A.G.N., tomo I, f. 941.
[3] Ibid., f. 971.
[4] Ibid., f. 969.
[5] Ibid., f. 942.
[6] Ibid., f.943
[7] Ibid., f. 951.
[8] Ibid., f. 1011
[9] Ibid., f. 1015.
[10] Ibid., f. 1019-1022.
[11] Ibid., f. 992.
[12] Ibid., f. 977.
[13] Ibid., f. 985.
[14] Quinto Real: derecho real a una quinta parte del producido de las minas de oro, plata, cobre, hierro, estaño, piedras preciosas, como también sobre los tesoros apropiados en operaciones de guerra o por rescates. Las aplicaciones del quinto real no siempre fueron uniformes, pues en las minas cuyo laboreo era difícil, o de poco rendimiento, se reducía a 1/8, 1/9, 1/10, o 1/12.
[15] A.G.N. Minas del Cauca, tomo IV, f. 404V.
[16] El castellano se dividía en 8 tomines y cada tomín en 12 granos
[17] Boussingault, Juan Bautista. Memorias. Archivo Historial No. 14. Manizales, 1919, p. 77.
[18] Restrepo, Vicente. Estudio sobre las minas de oro y plata en Colombia. Medellín, FAES, 1979, p. 74.
[19] West, Robert C. La minería de aluvión en Colombia durante el período colonial. Universidad Nacional, Bogotá, 1972,  p. 99.
[20] Ibid., p. 100.
[21] Archivo Notarial de Toro (A.N.T.). Protocolos de Anserma 1760-1765, tomo 1, f. 109.
[22] Ibid., Protocolos de Anserma 1669-1769, f. 184.
[23] West, Robert C. Op., cit., p. 110.
[24] A.N.T. Libro Capitular de Anserma 1754, f. 103.
[25] Ibid., Protocolos de Anserma 1754, f. 103.
[26] Ibid., Protocolos de 1728-1735. f. 143
[27] West, Robert C. Op. Cit., p. 112.
[28] Ibid., p. 116.
[29] Ibid., p. 117.
[30] Citado por Camacho Perea, Miguel, Contribución del Valle del Cauca a la epopeya de la Independencia. En: Santiago de Cali. 450 años de historia. Alcaldía de Cali, Cali, 1981, p. 44 y 46.
[31] Ibid., p. 46.
[32] Ibid., p. 47.
[33] García Vásquez, Demetrio. Revaluaciones Históricas para la ciudad de Santiago de Cali. Tomo III, Cali, 1960, p. 19.
[34] Valencia Llano, Alonso; Zuluaga, Francisco. Historia Regional del Valle del Cauca. Universidad del Valle, Santiago de Cali, 1992, p. 129.
[35] Piedrahíta Diógenes. Los Cabildos de las Ciudades de Nuestra Señora de la Consolación de Toro y Santa Ana de los Caballeros de Anserma. Imprenta Departamental, Cali, 1962, p. 165-166
[36] Zawadsky C., Alfonso. Santa Ana de los Caballeros o Anserma. En: Boletín Histórico del Valle. Órgano del Centro Vallecaucano de Historia y Antigüedades. Cali, 1938, p. 234.
[37] Ibid.
[38] Ibid.
[39] Ibid.
[40] Piedrahíta, Diógenes. Op. Cit., p. 166..
[41] Sierra García, Jaime. Independencia. En: Historia de Antioquia. Director: Melo, Jorge Orlando. Medellín, 1988, p. 93
[42] Archivo Historial. Centro de Estudios Históricos de Manizales, No. 18 y 19, 1920, Manizales, p. 241.
[43] Archivo Histórico de Antioquia. Época Colonia, tomo 375, documento 70029.
[44] Boussingault, J.B. Memorias. Tomo IV, Banco de La República, Bogotá, 1985, p. 36.
[45] Restrepo, José Manuel. Diario de un emigrante patriota. En: Viajeros colombianos por Colombia. Fondo Cultural cafetero, Bogotá, 1977, p. 149.
[46] Restrepo, José Manuel. Diario de un emigrante patriota. En: Viajeros colombianos por Colombia. Fondo Cultural cafetero, Bogotá, 1977, p. 149.
[47] Sierra García, Jaime. Op. Cit., p. 95
[48] Zawadsky, Alfonso. Op. Cit., p. 235.
[49] A.N.T. Protocolos de Anserma, libros 1805-1819.
[50] Restrepo, José Manuel. Op. Cit., p. 147 y siguientes.
[51] Ibid., p. 148.
[52] Ibid., p. 151.
[53] Piedrahíta, Diógenes. Op.cit., p.168.
[54] Restrepo, José Manuel. Historia de la Revolución de la República de Colombia, tomo V. Imprenta Nacional, Bogotá, 1945, p. 159.
[55] Restrepo, José Manuel. Archivo Historial, vol. 1, 1919, Manizales, p. 457.
[56] González Escobar, Luis Fernando. Ocupación, poblamiento y territorialidades en la Vega de Supía, 1810-1950. Ministerio de Cultura, Bogotá, 2002,  p. 42.
[57] Restrepo, José Manuel. Archivo Historial. Vol. 1, 1919, p. 462.
[58] Archivo del Resguardo Indígena de Cañamomo y Lomaprieta. Apuntes de Gabriel Campeón, Gobernador en 1977.
[59] Barriga Villalba, Antonio María. El empréstito de Zea y el préstamo de Erick Bullmann de 1822. Banco de La República, Bogotá, 1919.
[60] García, Antonio. Geografía económica de Caldas. Banco de La República, Bogotá, 1978, p. 123.
* Profesor de la Universidad de Caldas.
1 Fue nombrado Rey de España el 6 de junio de 1808, por el Emperador Napoleón Bonaparte.
2 Cf. Carlos Ruíz Páez. El pensamiento Ecológico de Bolívar. Academia Boyacense de Historia. Alcaldía Mayor de Chiquinquirá, Tunja, 1994. 
3 Cf. J. L. Salcedo-Bastardo. Bolívar: un continente y un destino. Cali. Comité ejecutivo del Bicentenario de Simón Bolívar. 1982. El autor sintetiza esta contribución en el capítulo denominado “Justicia Agraria”.

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