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LIBRO: ECOS DEL AYER

El 23 de julio se presentó el libro Ecos del Ayer: la Colina del Viento en Anécdotas, de los académicos Germán Ocampo Correa y Fabio Vélez Correa.



PALABRAS DE LA SECRETARIA DE CULTURA, ELIZABETH LÓPEZ RÍOS





Paul Gauguin, el impresionista mágico de los colores intensos de impacto genial, pintó una inquietud, un sentimiento y tres interrogantes, en un lienzo de eternidad, en medio del ambiente de una Polinesia cálida y enervante... y tituló su obra "¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos?” y en este momento, se me ocurre una loca irreverencia o una interpretación oportuna, cuando expreso que esa pintura es el génesis de una manera distinta de contar la historia: porque la expresa con el colorido de un paisaje inmortal y con la sencillez de los elementos humildes con los que se empieza a construir el futuro del hombre.

A manera de exordio cito a este apasionante artista francés en su extraordinaria obra, porque desde la Colina del Viento, destacados obreros de la cultura plástica y literaria, pintan y responden los interrogantes de la vida, también con los humildes elementos para contar el nacimiento de La Historia. En el municipio de Risaralda, la familia Vélez Correa llenó de filosofía, literatura y color, este ambiente geográfico y el comportamiento de sus gentes. Y destaco con admiración y orgullo a Roberto y a Fabio, los filósofos y escritores de clásica y exquisita factura; a Jorge el artista plástico, formidable escultor, émulo de Rodrigo Arenas Betancur y quien comparte con el maestro antioqueño la glorias de un talento que le nació en el paisaje arrullador e intenso y que, desde la colina acariciada por el viento del arte y de las letras, ha sido la cátedra de inspiración a su obra de expresión singular.

Cuando las remembranzas pulsan las cuerdas del sentimiento, empezamos a decir la historia de los pueblos. Una pequeña historia, una cadena de sucesos que salen de la cajita mágica del recuerdo y que narramos con la calificación de Anécdotas. Cuando la historia se dice como un pequeño cuento en los que aparecen personajes que por su manera de actuar se nos han vuelto actores inolvidables y más si esos comportamientos se han matizado de un delicioso humor, llamamos a esa historia Anécdota. O sea que la anécdota es el principio  de la Historia.

Con Ecos del Ayer se confirma esta apreciación: los escritores, Risaralditas o Risaraldenses, no sé como quieran llamarlos los puristas del idioma y los apreciados académicos, Germán Ocampo Correa y Fabio Vélez Correa han querido entregarnos este álbum de recuerdos de su Risaralda de amor y de canto. Apreciamos su maravilloso contenido por su  valor literario y de testimonio de un acontecer de agradables estancias. La obra constituye un documento para ser leído con la devoción que impone un anecdotario feliz. Germán Ocampo Correa ha sido un permanente escritor de deleites ancestrales: poeta y cuentista, incursiona con gran suceso en las artes dramáticas, con obras de reconocida aceptación.


Fabio Vélez Correa, agrega a su seriedad como escritor, excelentes cualidades que lo hacen admirable ante el concierto de los iluminados por musas enamoradas de su Inspiración y de un original encanto para decir las cosas que lo destacan como una figura de las letras caldenses. Director de la Revista Impronta, guardián fiel de la fortaleza en la que habitan los académicos de la historia de Caldas, agradable contertulio, apasionado por su ciudad y su paisaje, en él, el viento que sopla desde la colina que sostiene su ciudad, tiene estampa de eternidad. Pero sobre todas las cosas, Fabio es una grandeza humana construida con los esquivos materiales de la sinceridad contenidos en la transparencia de su alma. Sabe ser amigo y es suficiente para entender que en Fabio Vélez Correa existe un hombre superior que nació el día en que se estaba inventando la nobleza.


PRESENTACIÓN DEL PRESIDENTE DE LA ACADEMIA CALDENSE DE HISTORIA, JORGE ELIÉCER ZAPATA BONILLA


Germán Ocampo Correa y Fabio Vélez Correa, dos educadores y académicos, se han tomado el trabajo, dispendioso por cierto, de recoger en un volumen el anecdotario del municipio de Risaralda, que sin ser tan viejo como fundación, si presenta por la diversidad de procedencia de sus pobladores una rica gama de expresiones que vueltas libro enriquecen la literatura regional tan ayuna de humor, y ayudan a comprender las asperezas de la vida cotidiana solo atenuada por los chispazos de la gente que sabe como dice el refranero “hacer de tripas corazón”.

El libro titulado “Ecos del Ayer. La Colina del Viento en Anécdotas” recoge las frases ingeniosas que permiten salir de apuros con un apunte bien dicho, las salidas en falso, las imprudencias de quienes ejercen poder y mando, las frases de los sacerdotes cuando no son acudidos por el Espíritu Santo, las copas que rebosan los celos de pareja, los inris que quedan en las actas de los cabildos municipales por las intervenciones geniales de sus integrantes, los desafortunados avisos publicitarios de negocios de tercera, las peroratas de los estadistas de vereda en busca de la presidencia de la Junta de Acción Comunal, los desafueros de los maestros y las picardías de los estudiantes, en fin, el  libro de 204 páginas de texto, es una sola carcajada que logra el relax del lector que quiere regresar a la página anterior para recomenzar el gozo.

Por la obra, recogida su literatura durante muchos años, entrevistando viejos y rehaciendo amistades para reconstruir recuerdos, cruzan los alcaldes y los concejales, los curas y los maestros, los tenderos y los deportistas, las señoras casadas y las solteras que también pueden ser señoras, los muchachos de ayer que son los viejos de hoy, los vivos, los bobos, las bonitas y las feas, los fortachones y los enclencles, es decir, pasa todo San Joaquín y la desaparecida Santa Ana sin excluir a San José y sin dejar de mencionar a San Gerardo. Da miedo entonces caer en las plumas de Germán y de Fabio, porque si bien es cierto, la integridad física sale ilesa, si es mucho lo que se lo gozan a uno.

Pero el libro es eso, humor. Se hizo para recoger los momentos gratos de la inteligencia local con aportes considerables, rica información, ponderadas aventuras y respetados actores. Las pocas palabras gruesas que aparecen en la obra, dan fuerza a la narración y nos muestran la verdad y la incidencia de los hechos. Médicos, abogados, sacerdotes, educadores, alcaldes, concejales, negociantes y hombres del común corren por las páginas en un ejercicio democrático que demuestra que el humor no es patrimonio de una profesión o de una raza. El humor es patrimonio de la humanidad, y esta es una de las diferencias del ser humano con los animales, pues nosotros gozamos con las liviandades y las pesadezas, con lo afectado y con lo simple, es decir, nosotros somos una especie gocetas.

Yo tuve la fortuna de tener una abuela materna triscona. Murió de 104 años, ciega y un poco sorda pero de un humor envidiable. Comentaba en tono bajo que burlarse de la gente y conversar de lo que a uno le gusta era lo más placentero del mundo. Mantenía un rico refranero y una serie de anécdotas y cuentos seguramente apropiados, pero que narraba con delicia. Era burletera de tiempo completo y respondía con espontaneidad. Cuando los nietos le preguntábamos como era el abuelo, que había muerto hacía 50 años dejándole 8 hijos, decía sin titubeos: “el marido mío era alto, rubio y de ojos azules como el Corazón de Jesús”, nos parecía entonces que se había casado con Jesucristo. Y una vez en un paseo que hizo la familia a un pueblo de Antioquia de donde era oriunda, una paisana suya le preguntó: Doloritas, cuénteme, ¿Supía es muy bueno? y ella con su acento paisa le respondió: “Eh ave María mija. Imagínese que allá pasaba las vacaciones de medio año el Niño Jesús”. Y para concluir su filosofía del goce sostenía que era mucho mejor reír que llorar.

Una obra como “Ecos del Ayer. La Colina del Viento en Anécdotas” de Germán Ocampo y Fabio Vélez dora la píldora de la amargura que se vivió en Risaralda durante muchos años, cuando la violencia partidista desfiguró la sonrisa de la gente del común y creó motes de terror y miedo para definir la amable aldea de Ovidio Rincón, pero a la vez, señala cómo el tiempo cierra las heridas y las cicatrices desaparecen, pues de ese viejo humor del lejano ayer, ha renacido un humor nuevo, fortalecido por la dignidad de quienes han construido con tesón la imagen fresca y sana de la que goza hoy el municipio de Risaralda.

Debe ser imposible que exista un pueblo que no ría o sonría siquiera, pues todos conocemos nuestras falencias y adivinamos las de los demás y estamos alertas de los deslices para criticar, comentar o reír, y esta última actitud es la más sana. Desestresa, vuelve llana la conversación, elimina barreras y crea el descanso que reanima.

La historia está llena de notas de humor. Las hay en la literatura griega y en la latina. Las tiene la biblia, por ejemplo con las salidas del apóstol Pedro o con las exageraciones del Antiguo Testamento. Las vidas de los reyes de España están coronadas de deslices y la historia patria nuestra no tiene época ni capítulo sin salidas de humor. Los apodos que sufrieron Bolívar y Santander indican cómo se los gozaban sus parciales y sus opositores y la historia moderna de Colombia, la que nos ha tocado vivir a nosotros no se recoge en su parte humorística en una enciclopedia. El humor, la anécdota, la salida ingeniosa, el chispazo, el retruécano gracioso, la exageración maliciosa o la comparación nada piadosa, liberan de las tensiones, borran las barreras, hermanan situaciones y permiten que nos diferenciemos de las bestias, pues nosotros con el vehículo magistral de la palabra le damos a la vida el oasis delicioso del humor que puede ser ordinario o fino, pero que de todas maneras es liberador.

Quiero por último referirme a los autores. Los conozco desde siempre, como decía mi abuela, desde las épocas de las bárbaras naciones, y siempre han apuntado con diplomática seriedad al gozo de la burla que entretiene pero no hiere. Intelectuales ambos desde la adolescencia, gestores de empresas culturales que hoy le dan definición a Risaralda y engrandecen a Caldas, pacientes como Job para esperar resultados, y abstemios. Cambian el placer de unos buenos tragos por el placer de unas sonoras carcajadas por lograrse las incongruencias de sus amigos “ventiados” o por los traspiés que nos hacen cometer imprudencias en las casas de generosos amigos que nos vuelven a invitar a pesar de los chascos sufridos la última vez.

Germán ha heredado de su padre Alfonso Ocampo el gozo de la burla, el entrenamiento que produce la salida de tono de un amigo o un paisano, y Fabio que tuvo la más cercana amistad con su hermano Roberto, el reconocido escritor, retuvo los apuntes con los que gozábamos en las tertulias dominicales hablando de los cuadernícolas y los jiafas. Roberto reía desmenuzando las nimiedades de quienes se asomaban a la profesión de escritor armados sólo de inocencia. Este libro que nos llena de devociones por la vida menuda de Risaralda, la de Caldas, nos repite la alegría de haber sido amigos siempre de Germán y de Fabio.


PALABRAS DE GERMÁN OCAMPO CORREA



Cuando hace algunos meses Fabio Vélez Correa me propuso la idea de escribir un libro sobre anécdotas de los personajes de nuestro pueblo, y de manera conjunta, sentí una gran alegría. Primero, por sentirme muy honrado con su iniciativa. Segundo, porque aquella proposición se constituía para mí en un inmenso reto literario, porque como es obvio y me consta, que desde hace varios años Fabio viene trabajando denodadamente en todo cuanto tiene que ver con la historia fulgurante de nuestra aldea y precisamente, el anecdotario, no se queda atrás, porque ha venido coleccionando pacientemente, muchas historias divertidas de distintos personajes y situaciones a lo largo del devenir del acontecer del municipio.

Por mi parte, yo he coleccionado algunas, más por diversión, que por otra cosa, porque se constituyen en reflejos existenciales que retratan el ingenio de muchos habitantes. Comprendida así, la anécdota es un chispazo de vida que rompe, casi siempre, la aridez de la monotonía cotidiana. Hay que tomarse el tiempo, por ejemplo, para sentarse distraídamente en el Bar Central o en el negocio de "Teté", donde los felices contertulios dan rienda suelta a su imaginación, cuando en  medio del ocio juegan cartas distraídamente y de esa misma forma "disimuladamente" van brotando las anécdotas resanadas algunas, exageradas otras, sobre los aconteceres y personajes que hacen esa otra historia: la del gracejo, el chiste oportuno, la frase improvisada que mueve a la hilaridad de los improvisados contertulios.

Dicen los viejos y hay que creerles, qué tal que no, si ya somos ellos, que lo único rescatable de la existencia, casi al final del viaje, es el barullo de la risa por un recuerdo que aún brilla en nuestra mente por lo cómico del suceso. Somos tan trascendentales, a veces, y tan mesuradamente sociales, que una gota de humor, vertida en el instante preciso, se convierte en un oasis, en medio del desierto general, en el que se ha tornado nuestro mundo. Y lo digo con pleno conocimiento de causa, porque los personajes dicharacheros, esos que se acompañaban siempre del replique ingenioso, han ido desapareciendo y los pocos que aún nos quedan, se mueren silenciosamente en un mundo de orfandad, en un tumulto de incomprensión, porque ya no tienen los palcos atestados de público improvisado a los que ellos se dirigían; ya no tienen otros similares, que coincidan con el sarcasmo, con el ingenio al comparar una situación con otra, para señalar un hecho, o un simple chisme, al que pueden sacarle jugoso partido.

Por eso creo, que este libro es también un homenaje a su ingenio; un reconocimiento a su duendesca capacidad de reírse de sí mismos  a través de sus chanzas... por eso la idea de mi amigo Fabio Vélez, me entusiasmó tanto que adicionalmente, ya le había hecho un prólogo, al muy egoísta, que pensaba publicarlo solo sin llevarme en el barco de su aventura. Pero me dio la oportunidad de incluirle las mías y fue así como nos enfrascamos en un duelo literario de risas permanentes, cuando compartíamos las anécdotas y nos dimos cuenta que coincidimos en muchas y desconocíamos otras, entonces, las fusionamos y las complementamos. Fue un ejercicio lúdico y el más divertido que he realizado al escribir un libro, además que uno de esta magnitud, rompe los esquemas de lo tradicional y manda al formalismo de paseo.

Me emociona que este libro aparezca justo en un momento de quiebra social, porque las nuevas generaciones, no aprecian este tipo de humor. Es tan "snob" su sentido de lo cómico que ha llegado a convertirse en "perverso", porque la gran mayoría prefieren los "locos videos", esos de caídas torpes, de saltos y totazos con pérdida de sentido incluido; animales grotescos asumiendo comportamientos contrarios a su naturaleza... lo que es inmensamente  "divertido" ahora, lo único que muestra es ese lado oscuro de la crueldad y la maldad que llevamos en el interior y en nuestro tiempo, aflora sin ningún recato o vergüenza en las redes sociales y en la televisión.

Las anécdotas, por el contrario, se alejan del doble sentido y del chiste burdo, aunque algunas lo parezcan, pero no lo son, señalan situaciones vividas con ingenio, así sean las más comunes e intrascendentes, como las de mi padre Alfonso Ocampo Berrío, todo un monumento al humor, aún en las situaciones más tensas, como aquella, cuando su segunda esposa, Magnolia, se acercó muy alarmada para decirle:– !Alfonso, Alfonso¡... me huele a corto, algo se quema. Mi padre inspiró para percibir el olor y contestó: – A mi me huele es a largo.

En las cosas simples de la vida habitan las grandes y es el humor, el último refugio de los seres humanos, cuando en la "edad de los nuncas", expresión que utilizaban los aztecas para referirse a la vejez, cuando los viejos comenzaban a murmurarse y a conversar consigo mismos porque ya no eran escuchados por los otros. Es en esa edad justo, cuando el recuerdo de las cosas grandes cobra sentido y vienen envueltas entre la niebla del tiempo, amarraditas con una cuerda de buen humor... una anécdota de ayer, que nos refresca y nos saca del sopor de esa realidad, tan a menudo, amarga.

INTERVENCIÓN DE FABIO VÉLEZ CORREA




En la vida del hombre se presentan situaciones humorísticas y serias que, aparentemente, no representan mayor cosa en su desenvolvimiento existencial, pero que sin embargo, se convierten a la larga en una radiografía clara y explícita de su real valía como ser humano.

Son situaciones tan sencillas y descomplicadas, que apenas si nos dejan en los labios la dulzura de una sonrisa y en el alma, una ligera huella de compresión y fraternidad humana.

Hemos pretendido con Ecos del Ayer. La Colina del Viento en Anécdotas, rescatar de los recuerdos y de las conversaciones diarias esos apuntes sueltos, que si bien no reflejan al genio, se presentan como la singular visión de la vida de un puñado de seres que quizá no hayan hecho historia especial, pero que no obstante, repercuten con eco sonoro al través de sus anécdotas.

Debemos anotar que en ningún momento ha sido nuestra intención, ridiculizar o satirizar determinadas situaciones vivenciales, consignadas en algunas anécdotas; al contrario, las estamos realzando y situando en un plano superior, porque hemos considerado siempre que todos –sin excepción–, tenemos bajo nuestra careta de seriedad y complicación, a un bufón que ríe y goza de la vida, por encima de los convencionalismos y falsas imposturas sociales.

Con Ecos del Ayer. La Colina del Viento en Anécdotas queremos estrechar, en fuerte abrazo, a nuestras gentes, brindándoles el cariño y afecto que siempre han brotado de nuestras almas, como raudal incontenible de fraternidad.


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