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La majestad de la palabra en la obra de Otto Morales Benítez[1]
Por Carlos Arboleda González[2]

Noticia preliminar
Cuando miramos y escudriñamos los atributos que la naturaleza colocó en la humanidad de Otto Morales Benítez quedamos perplejos y asombrados por reunir, él, múltiples dones y talentos. Es imposible encasillarlo en sólo una rama del conocimiento pues es un humanista integral: domina el derecho, la economía, la sociología, el periodismo, la historia, la lingüística; conoce de minería y de las faenas agrícolas y ganaderas, con las que experimentó angustias y alegrías.  Su carrera política siempre fue en ascenso, de manera vertiginosa. En su época, para el ejercicio político, se requería más inteligencia y más dones espirituales que materiales. No llegó al cenit de la Presidencia de la República, algo que nunca nos perdonaremos los colombianos, porque la clase política del país, a finales del siglo pasado, tenía más preocupaciones económicas que cívicas.

Ha sido un orador eximio en la plaza pública, donde conjuga con maestría la modulación, la inflexión de las frases, el tono de su voz, el contenido ideológico, la anécdota y los ademanes que motivan un impacto estremecedor entre quienes lo escuchan. De igual manera, conoce como el que más, en recinto cerrado, el arte de hablar, tanto en el foro, en la academia, como en el círculo íntimo de sus amigos. Tiene, también, a flor de piel, un fino sentido del humor que se agiganta con su sonora y conocida carcajada. Es el maestro de la anécdota, narrada con gracia y delicadeza, pues jamás, en sus historias, ofende a sus protagonistas.

Y si nos detenemos en su vida intelectual, podemos afirmar que es uno de los pensadores más importantes y originales del continente. Después de Germán Arciniegas es el colombiano que mayores aportes ha hecho a la suerte común de los indoamericanos, especialmente en el tema del mestizaje, en el que no sólo es original sino que lo ha convertido en una cantera de teorías  visionarias, oportunas y novedosas.

Nadie, nadie, podrá negar la importancia tan significativa que él le ha dado al mestizaje, lo que a su vez le da identidad. En este tema es la primera autoridad de América y será, a mi modo de ver, la contribución intelectual de mayor contenido que quedará de su voluminosa y prodigiosa obra. Pocas personas, en el mundo, pueden decir que han escrito más de 100 libros, la mayoría de grueso volumen,  como lo ha hecho Morales Benítez, sobre ejes fundamentales de la vida política, sociológica, intelectual, jurídica, periodística, artística, cultural, histórica de Colombia y América Latina. Ni tampoco habrá quien concite más admiración y entusiasmo que él. Por eso vuelvo a mi aserto inicial: en la repartición de los dones y de los privilegios humanos, morales e intelectuales Otto Morales Benítez fue un afortunado, como afortunados somos sus amigos pues él, en un acto de generosidad, ha compartido con nosotros estas cualidades que exornan su atractiva personalidad.  

Primera Noticia: Riosucio o el orgullo de ser provinciano

Gabriela Mistral, esa gran escritora y poeta chilena, Premio Nobel de Literatura en 1945, alguna vez escribió: “¿Avergonzarme, entonces, de ser una provinciana? Honra es y me honro de serlo: yo, querendona de mis cerros; yo, hija de mi comarca: provinciana para vivir y morir”[3]. Palabras que encajan, a la perfección, en la personalidad de Otto Morales Benítez. ¡Qué gran lección de humildad, de identidad, de sentido de pertenencia, nos da este escritor, cuando, con énfasis y euforia, declara el amor por su tierra, Riosucio, su “matria” chica, por sus gentes, su destino, por el carnaval!

Varios volúmenes llenan páginas y páginas de los reportajes que ha concedido. Aquí, en este género, sobresale, también, el humanista y el portento de su palabra. Estas entrevistas, que recorren su periplo vital, desde los inicios políticos e intelectuales hasta su quehacer en los días actuales, dejan ver, con gran claridad, el equilibrio del lenguaje, tanto en la hoja que escribe del algún ensayo que esté preparando, como en la hoja que transcribe el periodista que lo indaga. Es decir, casi que pudiéramos expresar que Otto Morales escribe como habla o, más bien, habla como escribe.

En muchas de las preguntas que les ha respondido a sus amigos, y que han sido publicadas en diferentes medios periodísticos, ha abordado el tema de su infancia y la felicidad embriagadora que siente por Riosucio. En Interrogantes sobre la identidad cultural colombiana. Diálogo con Otto Morales Benítez, de Augusto Escobar Mesa, al hablar de los años primeros de su vida escolar, le respondió: “En no pocas ocasiones he recordado la época de colegio porque en el pasé algunos de los años más esenciales de mi vida, los mejores de mis sueños. Recuerdo que sus muros eran pobres, las aulas menesterosas, sin espacios para movernos en las horas de descanso. Desconocíamos los campos de deporte, no había lugares de esparcimiento para nuestro ímpetu juvenil. Los servicios mínimos de aseo apenas sí se presentían y el moho invadía rincones y algunos trechos de los corredores y paredes. Los asientos eran rudimentarios y muy primitiva su elaboración. Las escalas para ascender al único piso utilizable, traqueaban con nuestros pasos. Sus tablas se arqueaban y daban quejidos que denunciaban la proximidad de su derrumbamiento. Todo era parco, sencillo y casi indigente. No teníamos biblioteca para consultar ni en el colegio ni en nuestro pueblo. No poseíamos laboratorios ni enciclopedias con eruditos datos”[4]. ¿Qué futuro le esperaba, entonces, a un niño formado en este franciscano ambiente? Aparentemente ninguno alentador. Por fortuna, en esas calendas, el oficio del maestro, del profesor, era desempeñado por hombres respetables, cultos, soñadores, con un sentido altruista de su profesión: “Los profesores de mi colegio eran gentes de una vocación honda, entrañable, que amaban su oficio pedagógico. Tenían una conducta social que les daba respetabilidad (…) Varios eran dialogantes: gustaban de los problemas de sus alumnos, les prestaban sus adjetivos para que en ellos, al caminar sobre la existencia desafiante, se apoyasen como un barandal de palabras (…) Se necesita fe en el porvenir de la patria para ser un educador, para constituirse en maestro en el sentido más hondo de la palabra”[5]

Segunda Noticia: el escritor y político precoz

En los albores de la vida de OMB la poesía aún tenía su sitial de honor en las instituciones educativas e intelectuales. Ella permeaba el alma de gran parte de la población colombiana. No olvidemos que varios de los presidentes de la Regeneración Conservadora, antes que estadistas, eran gramáticos y poetas: Miguel Antonio Caro (1894-1898), José Manuel  Marroquín (1900-1904), Marco Fidel Suárez (1918-1921). Por lo tanto, a finales de la década de 1920, el ambiente poético era connatural en muchos colombianos, especialmente en quienes tenían inquietudes literarias. Por eso Morales Benítez al recordar su infancia estudiantil en Riosucio, exclama: “Varios de mis profesores del colegio eran poetas y oradores. Sus versos los aprendimos a recitar con emocionada frecuencia. Ellos iluminaron el ambiente de poesía, de música fraternal en las palabras, tanto al declamar como al hablar acerca de esas cosas que soñábamos”[6]. Y la ensoñación de la poesía, de las palabras, de la oratoria, del buen conversador, empezó a germinar en un campo fértil y vigoroso que permitió, al poco tiempo, empezar a dar sus frutos. Recordemos, por ejemplo, que a los 13 años, fundó un centro cultural que llamó “Guardia Roja”, donde se discutían temas literarios y políticos. A comienzos de los años treinta se iniciaba la República Liberal, después de la hegemonía conservadora de más de 50 años. Y empezaba, por esas calendas, a estremecerse la conciencia nacional y a renovarse las estructuras democráticas, sociales y educativas de Colombia. Y la fama de orador del estudiante Morales Benítez empezó a trascender. Por eso, a la misma edad de los 13 años, pronunció su primer discurso político, en una manifestación liberal en Riosucio, y publicó, de igual manera, en un periódico regional, su primer escrito. “Esos dos combates, no los he terminado”[7], afirma. Estas actitudes intelectuales a tan temprana edad explican, en gran medida, el rutilante camino político e intelectual de Otto Morales, lleno de frutos y alegrías.  

Tercera Noticia: Don Olimpo, su padre, un visionario

Don Olimpo Morales, su padre, tuvo un papel determinante en su formación. Él, por dificultades económicas, no pudo avanzar en sus estudios, pero sí tuvo una inteligencia vivaz y un talento natural para los negocios. Siendo casi un niño fue “zurronero”, en las minas de Marmato. Más tarde, con sus ahorros, se convirtió en comerciante de panela. Luego fue comprador de café y pieles,  para exportarlas hacia los Estados Unidos y Hamburgo. “Levantó empresas en la comarca, importó el primer automóvil, trajo la luz eléctrica, diseñó y construyó el primer acueducto en tubería galvanizada que se conoció en la región, instaló los más modernos servicios higiénicos, fue un precursor de los servicios sociales con la gente que trabajó en sus empeños, introdujo desconocidas semillas para su vocación de ganadero, etc. Fue un pionero en muchos asuntos”[8]. Como era el personaje del pueblo, el comerciante más destacado, la colonia de extranjeros, ingleses, alemanes, suecos, franceses, noruegos, belgas, concurrían a sus oficinas y allí, el imberbe hijo, curioso por conocer los caminos de la inteligencia y del mundo, como una esponja, absorbía de estas gratas tertulias, conocimientos e inquietudes: “Se sentaban a conversar y eran diálogos largos, muy explícitos sobre diversas materias. Ese trato enriqueció mi manera de entender el universo. Me amplió el mundo en los más diversos aspectos”[9]. Pero también visitaban, a la oficina de don Olimpo, campesinos, arrieros, políticos de la capital. Con toda esta amalgama de personajes y de experiencias, se fue formando, de manera privilegiada, el joven estudiante. Además, aprendió de su padre el amor por la conversación, pero aquella que “sabía escuchar con paciencia interesada”[10]

De los arrieros, quienes eran los que transportaban el café y las pieles, le quedan gratos recuerdos. Morales Benítez los denomina como portadores de nuevas noticias, con historias y crónicas de tierras lejanas. “Así fuimos haciendo el aprendizaje vital. Ellos, son los personajes centrales de mi niñez e irrumpen constantemente. Cuántos duros y primitivos vocablos pueblan mis evocaciones, pero cómo me enriquecieron con el relato de sus hazañas. Ellos eran el correo, y llegaban con los mensajes de amor, de negocios, de fiestas públicas. Eran los comunicadores naturales de las noticias que las conocían sin límite, tanto las locales como las de otros pueblos. Contaban cómo estaban los caminos y cómo se comportaban en las complacencias lujuriosas las mozas de las fondas. Aprendimos mucho acerca de los lances del galanteo”[11].

Pero no se conformó sólo con recibir de segunda mano estas experiencias. Su padre, muchas veces, en altas horas de la noche, despertaba a sus pequeños hijos para que lo acompañaran en la faenas de recorrer, bajo lluvia y frío, los peligros peñascos cordilleranos. De ahí que sienta, casi que con arrobamiento, una gran predilección por las mulas y los caballos. ¡Qué gran legado le dejó su padre! Por eso, uno de sus hijos lleva el sonoro e inolvidable nombre de Olimpo y una paradisíaca finca ganadera, que tuvo por tantos años en el norte caldense, en Filadelfia, se llamó “Don Olimpo”, nombre que se repitió, por tercera vez, cuando se tuvo la necesidad de bautizar un puente sobre el majestuoso rio Cauca que, gracias a las influencias de Otto Morales, se construyó para agilizar las comunicaciones entre el norte y el occidente de Caldas.

Cuarta Noticia: Doña Luisa, una madre cultivada

Otra de las personas que influyó, de una manera positiva, en la formación intelectual, en el aprendizaje del idioma, en valor del sentido poético de las palabras, en la importancia de leer libros de novela y poesía, fue doñañ Luisa, su venerable madre. Ella, oriunda de Medellín, era una persona culta, pues pertenecía a una familia de escritores y abogados, de los que heredó la disciplina por la lectura. Como también vivió en Fredonia, conoció, a temprana edad, al pensador Rafael Uribe Uribe, quien tenía una finca en este municipio y era continuo visitante del núcleo familiar de la madre de los Morales Benítez. Ella, gracias al conocimiento y a la admiración que tuvo por Uribe Uribe, les transmitió, igualmente, tales sentimientos a sus hijos. Por eso Otto Morales, luego, se encargaría de rescatar la obra y los aportes, en diferentes campos de la vida nacional, de Rafael Uribe Uribe. De igual manera, Doña Luisa era familiar del gran poeta antioqueño Porfirio Barba-Jacob. Otto Morales reconoce, líricamente, el papel que jugó, en su formación literaria, su madre: “Me parece ver a mi madre en una silla alta, de madera, con un espaldar empinado, y con unos brazos anchos, en los cuales se posaban sus manos, con las características de dedos largos y hermosos, con mucha riqueza de expresión, que ha caracterizado a sus parientes. Con unos ojos melancólicos, la tradicional mirada de las mujeres antioqueñas; con su pelo negro, hondamente negro, que le caía hacia atrás, en un manojo que discretamente se desprendía de una bella y delicada hebilla, que nos acercó, por primera vez, al nombre de la italiana y embrujadora Florencia, pues esa era su procedencia. Desde este sitio, con sus suaves delicadezas, nos leía novelas de amor. Y nos repetía versos que había aprendido en su casa solariega. Su belleza, en esas ocasiones, resplandecía aún más. Era cuando sentíamos el mundo iluminado”[12]. ¡Qué mejor maestra, en la vida de un niño ansioso de conocimientos, que aprenderlos de su bella madre! Doña Luisa, entonces, completó con la parte espiritual, las otras enseñanzas que su padre, Don Olimpo, le había facilitado.

Quinta Noticia: “El Carnaval de Riosucio”, la fuerza telúrica

Riosucio es uno de los pocos pueblos que no fue creado como fruto de la colonización antioqueña. Estos territorios fueron dominados por los “Ansermas” hasta la llegada de los españoles, entre ellos Sebastián de Belalcázar, hacia comienzos del siglo XVI.  Fray Pedro Simón, Cronista de Indias, dejó, en sus memorias, testimonio de la existencia de “diablos bailadores”, obviamente como una referencia a las danzas y disfraces de los indígenas. Por lo tanto, el origen del diablo, como figura clave del carnaval, se remonta a muchos años antes de la Colonia y su tradición se siguió alimentando, año tras año, especialmente con el mestizaje del europeo, del africano y del indígena. Se sienten los riosuceños tan orgullosos de su pueblo, que mucha gente ajenas a él,  por desconocimiento o por equivocación, han querido bautizar estas antiquísimas fiestas con el nombre de “Carnaval del diablo”. Pero no, para ellos primero que todo es Riosucio lo que les da identidad; no el nombre de un personaje mítico, aunque, obviamente, por el diablo sienten una predilección dionisíaca. Por eso el título que tienen estas fiestas populares es “El Carnaval de Riosucio”.

Estos carnavales tienen como  características fundamentales el papel protagónico de la música, la danza y la poesía, todas atravesadas por la alegría y el éxtasis que se funden con la figura del diablo, que no es católico ni tiene ninguna connotación religiosa. El diablo es el que hace presencia para despertar la alegría, el canto, el entusiasmo colectivo, la danza, la protesta social y el amor. “No es vengativo, ni cobra después los excesos del hombre y la mujer; su manto de generosidad nos cubre a todos; nuestro Diablo es poderoso, por la fuerza elemental que tiene; lo que hace en incitar a que la comunidad se reúna en fraternidad, para que una gran cantidad de voces comunitarias digan las mismas palabras de amor al júbilo, a la vida y a los sueños”[13], afirma, categóricamente, Otto Morales y las referencias que hace de “Los Carnavales de Riosucio” y de la figura del Diablo, con mayúscula, siempre las escribe así, es recurrente en su obra, especialmente cuando se refiere a Riosucio, a su infancia o lo que ha significado para él la cultura popular. En otra entrevista es más elogioso: “Esta fiesta la preside y gobierna el Diablo del Carnaval; allí todos lo amamos, lo cantamos y lo exaltamos; es omnipotente, poderoso, lleno de profunda picardía humana; él entra al pueblo e invita a que todo el mundo: baile, cante, tome licores; que los hombres y las mujeres hagan uso de los dones de sus cuerpos; que cada cual pueda levantar, en esos días, una palabra de júbilo; el diablo advierte que no es vindicativo como el diablo católico, que no pedirá cuentas a nadie, que no peleará contra las creencias de las gentes que participan en el derroche colectivo: no exigirá fidelidades. Su divisa es que temporalmente cada quien escoja la ruta de su dicha. Después, abandona el pueblo sumido en el manejo de las autoridades civiles y del diablo católico”[14]. Son, en resumidas cuentas, unas fiestas donde se exalta la música, el baile, el licor, la alegría, el amor, pero también la poesía a través de las coplas, normalmente satíricas, de las comparsas.

Sexta Noticia: Popayán, la culta

Riosucio, hasta la conformación del Departamento de Caldas, en 1905, perteneció al Estado Soberano del Cauca, cuyos linderos se extendían, por todo el suroccidente, desde el Ecuador hasta Marmato en límites con Antioquia, su eterno rival. Cuando eso el país estaba dividido en nueve Estados Soberanos. Popayán, entonces, ejerció una notable influencia en los pueblos del Occidente de Caldas, incluso en Manizales. La escuela grecolatina, conformada entre 1920 a 1950 por un puñado de destacados políticos y grandes oradores de la capital de Caldas, fue formada en las aulas universitarias de Popayán. De allí heredaron el amor por el lenguaje, por el adjetivo, por la belleza de la forma y, también, por lo foráneo, ya no por lo hispánico, como reacción, sino por la cultura francesa, italiana y alemana, básicamente.
Riosucio, hacia 1930, no tenía un colegio con todos los cursos de bachillerato. Entonces el estudiante Otto, luego de terminar su tercero de bachillerato, por decisión paterna, debió trasladarse a Popayán, por la única carretera que pasaba por Riosucio y se conectaba con Cartago y de allí, por tren, en un viaje mágico, como él lo describe. Al llegar a Popayán se deslumbró por la ciudad de paredes blancas, sus mujeres, los personajes históricos. “Llena de placas conmemorativas; por aquí pasó Bolívar; en este lugar se detuvo Julio Arboleda; se evoca el nacimiento del héroe José Hilario López; el del caudillo popular José María Obando; el del científico Carlos Albán; o el de tantos creadores (…) De suerte que uno llegaba a Popayán y se encontraba confundido con la grandeza nacional; era como establecer que la historia sí la habíamos amasado nosotros; que era la historia nuestra; no eran héroes o figuras que nos habían impuesto, que nos habían importado. Allí estaba el recuerdo de la gente que había amalgamado la nacionalidad, que la había encauzado”[15].

La conmoción que le produjo el cambio de un modesto colegio de provincia y llegar a una universidad, donde, al final de una gran escalera de piedra tallada, “estaban registrados los veintiún Presidentes de la república que habían nacido en la ciudad ilustre o se habían formado intelectualmente en sus aulas”[16], fue muy grande. Y él, con sus inquietudes intelectuales y políticas, supo aprovechar esta feliz oportunidad. Empezó a visitar la biblioteca de la Universidad, a participar en la vida política de Popayán, a hacerse amigo de los dirigentes liberales. No perdió el tiempo. Lo repartía entre el estudio, las conferencias que dictaban, de manera continua, en el Paraninfo de la Universidad y la Casa Liberal. Como las aulas eran un centro de ideas y él tenía vocación política, ayudó a organizar las masas obreras y campesinas, les dictó sus primeras clases de historia y batalló en la defensa de las ideas del gobierno liberal. “Vivíamos leyendo mensajes presidenciales, memorias de los ministros, explicaciones ideológicas de los grandes oradores y expositores de la colectividad. Nos sabíamos de memoria los debates del congreso. Éramos – y así lo sentíamos – parte integral de quienes ayudaban a conformar el destino de los colombianos. Se nos levantaba el orgullo nacional y liberal porque eran tiempos en que en el Liberalismo existía una vocación pedagógica”[17]. Hoy día Popayán sigue siendo una de sus mayores admiraciones y donde tiene un gran número de amigos y seguidores de su obra.

Séptima noticia: Un liberal en una universidad confesional: La Pontificia Bolivariana

Al terminar su bachillerato debe abandonar a Popayán pues, por haber organizado una manifestación contra Hitler, tuvo problemas con un profesor afecto a los postulados nazistas. De tránsito en Medellín -iba para Bogotá, donde había decidido estudiar derecho-, por curiosidad fue a la Pontificia Bolivariana a entrevistarse con monseñor Manuel José Sierra, rector de una universidad confesional y católica. Le contó de sus veleidades por el partido liberal y de sus preocupaciones por el destino de la patria, además de sus inclinaciones intelectuales. Quedó el rector tan gratamente impresionado que ofreció matricularlo y para mayor perplejidad del novel estudiante, ordenó su matrícula en la facultad de derecho, sin tener que pagar un centavo. 

En Medellín continuaron latentes sus sueños políticos. Se vinculó al Directorio Liberal y le tocó, gracias a su pequeña fama de buen orador, pronunciar un discurso en un homenaje a Rafael Uribe Uribe. Cuando al lunes siguiente regresó a los claustros universitarios ya era vox populi que el señor rector estaba molesto con las tesis que había lanzado en su discurso. Por la tarde, cuando recibía clase de Procedimiento Civil, fue llamado a la rectoría. Sus amigos estaban convencidos que no volvería al salón pues, con toda seguridad, iba a ser expulsado. “Fui donde monseñor; me preguntó cómo me había ido en el discurso; me dijo: lo importante no es que lo hayan aplaudido solamente, porque le conté que tuve muchos aplausos; dijo, no, eso no es lo trascendental, lo esencial, es si dijo lo que quería decir; no tiene importancia que lo aplaudan a uno, sino si se ha logrado decir la totalidad del pensamiento. Respondí: bueno, creo que alcancé a decir lo que quería; luego me dijo, para hablar, y para hablar bien, se necesita acercarse a dos fuentes que son las únicas que le renuevan el idioma a uno, que le dan un acopio de adjetivos, que le permiten una serie de sinónimos infinitos, que son: la novela y la poesía. Además, el hecho de leer mucha novela y mucha poesía, le permite al orador tener una gran imaginación; le renuevan los horizontes de cualquier tema por árido que sea, por violento, por amargo, por difícil. El hecho de venir de la novela y de la poesía, te dan un caudal tan grande de materiales idiomáticos para manejar cualquier problema, que se le puede presentar diversísimas facetas. Y al final, Sierra que era muy severo, después de la acusación de mi discurso, se levantó y me dijo: ojalá tuviéramos más oradores en la Universidad Pontificia Bolivariana. Pero le voy a dar un consejo: fue la advertencia, fue la admonición, fue la enseñanza, fue la pedagogía: no se le olvide que uno no puede ser heterodoxo ni en política ni en religión; que le vaya bien”[18]. Y aunque él venía de la novela y de la poesía, iniciado por su madre, doña Luisa, ahora tenía y comprendía con claridad cuán importantes irían a ser en su vida estas dos herramientas, como político y como intelectual, como orador y como conversador y de qué manera influirían en el género que ha utilizado: el ensayo. Cuando uno recorre los estantes de su biblioteca familiar, entre la multitud de libros que posee, existen muchos de poesía y de novela, tanto nacionales como extranjeros. Además, en estos dos temas vive muy actualizado, anda a la caza de los últimos escritores de éxito y de proyección. No les teme a los contemporáneos, porque tiene una mentalidad progresiva dispuesta a alimentarla.

Octava Noticia: Dirección del suplemento literario Generación de El Colombiano

En Medellín, el destino le tenía reservada otra inesperada sorpresa que afianzaría su categoría mental, lo proyectaría, le granjearía amistad con los intelectuales más sobresalientes y le daría una gran respetabilidad en el país. El doctor Fernando Gómez Martínez, director y dueño de El Colombiano, era su profesor de Derecho Constitucional. Un día llamó a Otto Morales Benítez, reconocido activista liberal, y a su compañero de clase Miguel Arbeláez Sarmiento, conservador. Y así, a la edad de 19 años, en 1939, se embarcó en una de las más desafiantes empresas intelectuales que le ha tocado sortear. Y salió adelante, con muchas faenas victoriosas. En la capital, en Bogotá, ya circulaba “Sábado”, publicación semanal que aglutinaba lo más granado del país pues, por razones obvias, la capital albergaba a los más conspicuos escritores, políticos y pensadores; sin embargo Generación, sin complejo de inferioridad, con una mentalidad abierta, acogiendo en sus páginas a escritores de todos los matices políticos -lo importante era que escribieran bien- y de todas las escuelas literarias y de la multitud de “ismos” que surgían, nacionales y extranjeros, se convirtió en un medio de descubrimiento y posicionamiento de la cultura nacional en todas sus expresiones. “Este Suplemento Generación, lo que hizo fue convocar a la gente para decirle: hay un país que se llama Colombia y debemos ubicarlo en las letras, en la pintura, en la escultura, en la política, en las formas de amar y soñar. Hay un continente, Indoamérica, que tenemos que descubrirlo nosotros: somos una cultura diferente; necesitamos pelear contra el eurocentrismo; librarnos del hispanismo; levantar una gran beligerancia contra las fuerzas internacionales que no nos dejan participar con nuestra propia voz. Destaquemos su mensaje, dejémoslo irrumpir para que estimule otras fuerzas desconocidas. Con esas consignas nació Generación y eso fue lo que encarnó culturalmente”[19]. Entre los dos directores le dieron equilibrio político al suplemento y marcaron historia porque en sus páginas quedó registrada la vida política y cultural de Colombia y el mundo, y una gran multitud de nombres, que luego brillarían con luz propia en los diferentes campos del devenir del país, dejaron su impronta en él.

Novena Noticia: surge el político, con paso firme y visionario

Recibió su título de abogado en 1944 y regresó al núcleo familiar, ahora instalado en Manizales. La capital de Caldas, en ese entonces, no tenía muchos profesionales. Su padre, don Olimpo, ya era un reconocido jefe liberal. Por tal razón, al joven abogado le fue ofrecida la Secretaría de Gobierno de Manizales. Por modestia y pena con otros abogados y profesionales de mayor tradición que ya tenía la ciudad; por querer enrolarse, como soldado, en las toldas del liberalismo; para tener la posibilidad de desempeñar su profesión de manera independiente y, además, por  seguir los sabios consejos de su padre que, en alguna ocasión,  le había dicho: “No se le olvide que al hombre le dan tres enfermedades mortales: el juego, la minería y la empleomanía”[20], es que Morales Benítez, por medio de una carta, declinó tan honroso nombramiento.

Sin embargo, a los 15 días, estando en la finca de su padre, “El Jardín”, en Filadelfia, Caldas, le llegó la noticia que había sido nombrado, por el Directorio Liberal de Caldas, “Jefe de Debate”, de las próximas elecciones. No dudó en aceptar tal designación porque le permitía no sólo recorrer los 42 municipios del Viejo Caldas, conocer sus angustias y fortalezas,  sino tener una relación cercana y afectiva con los líderes regionales de su partido. “La primera providencia que tomé fue recorrer el departamento e identificar a sus dirigentes. Fueron diez días en los cuales dormía en el carro para llegar a buscar a la gente en el municipio siguiente. Al final, era amigo de las gentes más diversas. Una de mis amplias alegrías de esos días era que muchas de ellas me recibían con una frase que me llenaba de orgullo y que hoy vuelve a inflamarme el corazón de satisfacciones. Me decían: Si usted es hijo de don Olimpo, tiene que ser un buen liberal y honorable. El ha sido un combatiente ejemplar del Partido. Era mi carta de presentación para mi vida política”[21]. Así, de manera directa, con entrega, sin pereza, con vocación de servicio, con simpatía y lucidez mental, empezó su formación en el duro ejercicio de la política. Pero su talento y sus fortalezas morales y mentales, aunado a su gran fervor por las tesis del Partido Liberal, lo catapultaron, muy joven, hacia los cargos de elección popular: Diputado, Representante a la Cámara, Senador y, luego, a dos ministerios: Trabajo y Agricultura. A la edad de 25 años nació, en el firmamento político de Caldas, una nueva estrella que copó, con su protagonismo, las páginas más gloriosas de la región y dejó, ante el país, muy en alto el nombre de sus ancestros y del Viejo Caldas. Ha sido el caldense que más cercano ha estado de la Presidencia de la República. 

Décima Noticia: El orador eximio

La palabra siempre ha sido la fiel compañera del político. Si no se tiene un dominio de ella y no conocemos el amplio universo de expresiones, de acepciones, es difícil convencer al electorado. Especialmente en el tiempo de Otto Morales Benítez, el político tenía que tener talento para la oratoria, sobre todo en la plaza pública. El sentido de la palabra como arma, debe entenderse como el de la prudencia que, a la vez, protege y advierte y no sólo en el sentido contemporáneo, que ha levantado esta Babel desde la tierra de nuestra ignorancia hasta el cielo de las pretensiones inocuas. La gracia de la elocuencia es similar al don de las manos que pueden abrazar y maldecir. En la antigüedad era tenido por ciudadano aquél que ejercía, con sabiduría, la elocuencia. Mariano Gómez nos recuerda al respecto las célebres definiciones de Cicerón: “Es elocuente quien dice con agudeza las cosas humildes; con galanura y esplendidez las de más alta categoría; y en estilo templado las cosas medianas”[22].

La elocuencia, la oratoria, el arte de hablar en las tribunas, en los foros y en las plazas nunca dejó de maravillar a los espectadores que más bien acatan la vibración de la voz y de los ademanes que los mensajes. Pero el hecho es que existe un triángulo indisoluble entre el hablar, el pensar y el escribir, porque aun la improvisación debe surgir del recto pensamiento y si posee la fortuna del discernimiento, la palabra se convierte en letra de fuego, en veredicto, en decreto. El máximo logro del sabio consiste en adquirir el equilibrio entre el saber, el poder, el querer y el callar. Y ante la decadencia del mismo pensamiento, el verbo seguirá refugiándose siempre en el silencio. La historia de ahora ha cambiado las condiciones de relación entre el ser humano inteligente y su público, pero nunca ha logrado alterar el designio de la misma para hacer claridad sobre los asuntos del vivir, que es la principal inquietud del ciudadano. 

Morales Benítez tuvo la fortuna, desde muy joven, de coquetearle a la palabra y de perderle el miedo de ofrecérsela al oyente. Recordemos que su primer discurso político lo dio en Riosucio a la edad de 13 años. Por lo tanto, cuando se dedicó de lleno a la vida pública llegó con conocimiento de causa y con la preparación necesaria para realizar el mágico equilibrio entre la voz, los ademanes y los gestos. Y había, por razones obvias, aceptado el consejo de Monseñor Sierra, su rector en la Universidad Bolivariana, de leer mucha poesía y mucha novela. Su prueba de oro la tuvo cuando recorrió los caminos del Viejo Caldas, primero para reorganizar, como Secretario General de Directorio Liberal, las huestes municipales y luego para pedir el voto de sus amigos quienes lograron llevarlo a la Asamblea de Caldas y al parlamento colombiano.

Sobre su formación para la oratoria él afirmó. “Hay que recordar que no había pieza oratoria, ni editorial ni discusión política en el que no aflorara la cita literaria, el verso, el pasaje o el ejemplo de las grandes obras de la literatura universal, sobre todo de los clásicos españoles y europeos. La literatura iba de la mano del discurso político como su soporte humanístico. Así que el interés por la literatura nos llevó a la política y ésta nos motivaba a ser buenos lectores para fundar el pensamiento y la reflexión. Nuestros escritores colombianos, en ese instante histórico, estaban doblados de políticos. El gran escenario para que los vieran y admiraran estaba en el Parlamento, y para lucirse en éste se necesitaban muchas condiciones: inteligencia, identidad con la patria, conocimientos muy variados, autenticidad en los razonamientos, jerarquía en los enunciados, claridad en la argumentación”[23].     

Decima primera noticia: El conversador sin igual  

Si bien el dominio de la palabra sirve para su lucimiento en varios escenarios, ella puede apreciarse y valorarse con mayor cuidado en la conversación, porque es más intimista y seduce y encanta a nuestro interlocutor de una manera más directa. El buen conversador, también, es aquél que sabe guardar silencio, para que la otra persona se luzca o deje entrever sus inquietudes. Otto Morales Benítez posee la magia y el encanto de ser un maestro en el arte de conversar. Él ha dicho, con gracia, que las cosas que más le gustan en la vida son la política y el arte de enamorar y afirma que “ambas se hacen con la lengua”. Cuando alguna vez el profesor Augusto Escobar Mesa le preguntó que con cuál de sus tres virtudes se quedaría, haciendo alusión a su carcajada homérica, a su don para la escritura y a su habilidad y la riqueza para conversar, Morales Benítez, sin dudarlo, le respondió: “La de conversar. Igual al misterio de relacionarse con la gente, no hay nada tan sugerente. Con la palabra usted maneja el amor, los negocios, la política. ¿Qué más puede esperar?”[24].

Él, como lo afirmara en una entrevista que le hizo Édgar Bastidas Urresty, se ha “formado intelectualmente en el diálogo humano”[25]. Tuvo la inmensa fortuna de haber aprendido sus primeras letras en la escuela oficial de su pueblo Riosucio, con niños de todas las clases sociales, circunstancia que le facilitó no manejar el complejo de superioridad ante los demás. Por consiguiente, durante su larga vida ha mantenido un diálogo de tú a tú con quienes le entablan conversación. Por eso, en un reportaje, de los muchos que le ha concedido al periodista Bernardo Hoyos, al hablarle de su costumbre de caminar permanente por la carrera 7ª. de Bogotá, afirmó: “lo que recojo es el murmullo de una gente que me quiere, que me respeta, que, con gran confianza, se arriman a preguntarme las cosas más extrañan; seres a quienes no he visto antes, muy humildes, quienes me paran y me consultan cosas; esto me da mucha alegría, me identifica con el pueblo, me da la oportunidad del diálogo. Soy, Bernardo, básicamente, lo que llaman en los pueblos un comadrero, persona que se detiene en las esquinas a comentar lo que pasa en el mundo”[26].

El poder de la palabra “otoniana” puede apreciarse en toda su dimensión en la gran cantidad de entrevistas que se le han hecho. El Instituto Caro y Cuervo publicó, en el año 2003, un libro de cerca de 1.000 páginas con ellas; allí apreciamos y disfrutamos la magia de sus palabras pues, sin lugar a dudas, en ellas refleja, en toda su dimensión, el portento de su inteligencia, erudición y gracia.

En parte, este don de la palabra abierta, de la conversación desprevenida, del contertulio agradable, sin dobleces ante el poderoso, ni mezquindades ante el menesteroso, es lo que lo ha hecho tan conocido y popular en el concierto nacional. Cuando realizó su campaña para la candidatura presidencial de manera espontánea se extendió, por todo el país, sin distingos de color político, una organizaron que empezó a denominarse “Amigos de Otto”, sin el apellido. Era tan inmensa su popularidad, su nivel de reconocimiento y aceptación, que todas las personas sabían quién era ese Otto. 

Décima segunda noticia: El ensayista prolífico y doctrinario

Su género para dejar la impronta de su creación literaria, de su vocación irredenta de escritor, de su encantamiento con la palabra, de sus desvelos creativos, ha sido el ensayo. Ya dijimos que la poesía y la novela le sirvieron para embellecer su lenguaje, darle vuelo a su imaginación, sintetizar una idea, comunicar un mensaje claro y expresivo y lograr la reacción emocional de quienes lo leen o escuchan. Nunca cometió versos, ni tampoco incursionó en el mundo de la novela. Ha sido el ensayo, el centauro de los géneros como lo llamó Alfonso Reyes, el que le ha servido para dejar testimonio de sus aventuras intelectuales, porque además ha sido el género al que han recurrido los pensadores del continente gracias a su ductilidad, la que les ha permitido revelar la compleja, variada y rica cantera de la cultura americana y porque es un género que va más con nuestra idiosincrasia y temperamento, de ahí que Germán Arciniegas dijera que “Nuestra América es un ensayo”. A través de él Morales Benítez señala rutas, expone argumentos, orienta caminos, vislumbra soluciones a los problemas ciudadanos, revela tesoros del arte y de la cultura, ratifica tesis sobre el destino del hombre indoamericano, deslinda diferencias con otras mentalidades, apoya jóvenes talentos, hace crítica literaria, histórica y sociológica, sienta precedentes sobre su visión de la política nacional. Él justifica, de manera inobjetable, la importancia que el ensayo ha tenido en Indoamérica: “Desde los primeros libros que aparecen en nuestra área, con acento nuestro, que son los relatos de los Conquistadores, estos principian a descubrir nuestra propia naturaleza y el relato lleva al ensayo; tienen magia esas páginas”[27].

Luego vendrían las memorias de los grandes viajeros que visitaron el continente como el sabio alemán Alexander von Humboldt (1769-1859) y el sabio francés Jean Baptiste Boussingault (1802–1887), entre otros, quienes dejaron sus testimonios en forma de ensayo. Al iniciarse el proceso de la emancipación de España, los precursores recurrieron al ensayo para analizar la realidad nuestra y plantear, a través de diferentes tesis políticas, la justificación de la lucha de la independencia de España. Luego los padres de la República, como Antonio Nariño (1765-1824), Simón Bolívar (1783-1830) y Francisco de Paula Santander (1792-1840) se apoyaron en el ensayo para señalar derroteros para la guerra de nuestra emancipación de España y para la construcción de nuestra vida democrática. Por eso Morales Benítez sostuvo: “De suerte que hay una tradición; no es que el ensayo haya nacido o aparecido extrañamente en Indoamérica. Al contrario, hay una continuidad, una línea profunda, que va a esa diversidad de materia”[28]. Pero fue más explícito: “El ensayo es muy joven. Aún se presentan discusiones acerca de en qué época apareció, y cómo se manifestó; hay una definición que dice que el ensayo es una síntesis entre el libro que trata de agotar la materia y el artículo, que apenas enumera muchas suertes mentales, que resume una teoría, un pensamiento, un planteamiento sobre un interrogante político, económico, social, literario, artístico, etc., porque aquél no tiene límites; el género más diversificado avanza y toca cualquier problema con razonamiento profundo; además, lo formula con gran riqueza de expresión”[29]. Lo que más destaca del ensayo es que exige rigor, pues no nos permite improvisar, hay que verificar datos, fechas, nombres; y tiene otra característica: “No se logra sólo a través de la inspiración o de la bohemia: Es otra de las cosas que le enseñan a uno. La regla es el trabajo, la devoción, la severidad con que se cumple la tarea”[30]. Agrega: “No puede trabajarse el ensayo si no se tiene, además, una cultura. Por ello, muchos lo eluden, porque demanda una formación, exige precisión, conocimientos; para escribirlo, hay que concebirlo rigurosamente; no se puede improvisar; hay que dedicarse, trabajar, comprobar; su texto no surge espontáneamente, si no hay análisis. Quizás lo que se escriba sea un intento o aproximación”[31].

A través del ensayo, también se han expresado los grandes pensadores y orientadores de la cultura indoamericana, pues gracias a él podemos descubrir las claves de la creación musical, poética, artística, novelística que muchas veces sus creadores apenas insinúan. Morales Benítez ha escogido al ensayo como el género más efectivo para dejarnos, en más de 100 libros, sus conquistas,  aportes y desvelos intelectuales. Y como ensayista alcanza el vuelo literario de Alfonso Reyes, Germán Arciniegas, José Martí, Octavio Paz, José Carlos Mariátegui, Arturo Uslar Pietri, los hermanos Henríquez Ureña, Víctor Raúl Haya de la Torre, Darcy Ribero y Eduardo Galeano, entre muchos otros pensadores indoamericanos.

Es posible que el ensayo, como género, no contenga la belleza de una obra de arte, ni produzca los estremecimientos espirituales de un verso, ni desencadene las alegrías visuales del realismo mágico, ni nos llegue al alma con un bolero, un tango o una ranchera. Pero gracias al ensayo hemos recuperado el hilo histórico y el aporte cultural de una América que trataron de encubrirla y de unas culturas arrasadas con la biblia en una mano y la espada en la otra. Por eso Juan Gonzalo Rose (1928-1983), poeta peruano, no se equivocó cuando le pedía, simple y llanamente, a nuestros dioses tutelares menos belleza y más sabiduría:

Machu Picchu, dos veces
me senté en tu ladera
para mirar mi vida.
Y no por contemplarte,
porque necesitamos
menos belleza, Padre,
y más sabiduría

Décima Tercera Noticia: El intelectual de alto vuelo

Otto Morales Benítez ha sido un lector voraz. Desde su infancia, especialmente en el hogar materno, estuvo en contacto directo con los libros. El reto que se impuso al haber aceptado el cargo de director del suplemento Generación de El Colombiano fue no quedar inferior a la responsabilidad que adquirió con su propietario. Además, el cargo demandaba estar actualizado con las novedades literarias y culturales, con las vanguardias. Así fue ampliando su horizonte, fue conociendo los vericuetos de la técnica literaria, las exigencias de la buena poesía, las características de una buena obra de arte. “No puede hacerse una obra intelectual, sólo amparados en la sensibilidad o en la inteligencia, hay que buscar estos apoyos; así surgen cosas que interiormente lo han formado a uno y le han dado una identidad”[32]. Y como él a todo ha llegado con precocidad, su primer libro, Estudios Críticos, sobre crítica literaria, lo publicó a los 28 años. Y a los 31 años se ganó el concurso de Ensayo Histórico, con motivo del primer centenario de Manizales, con una obra sobre la fundación de la ciudad: Testimonio de un pueblo (Interpretación económico-social de la colonización de Antioquia en Caldas. La Fundación de Manizales).

Sus desvelos intelectuales los ha orientado a distintos campos de las humanidades y del conocimiento: la jurisprudencia, la sociología, la cultura, las artes, la política, el periodismo. Es un humanista integral, sin sectarismos, aunque sea contundente y categórico en la defensa de sus tesis y planteamientos. La profundidad de sus aportes le ha granjeado un gran reconocimiento no sólo en Colombia sino también en el continente pues sus investigaciones, especialmente relacionadas con el significado y el destino de Indoamérica son tan novedosas, que su presencia es solicitada, de manera permanente, en foros, congresos y certámenes intelectuales de diferentes regiones del continente. No hay país de Indoamérica donde no haya sido invitado, especialmente para temas relacionados con el derecho agrario, el mestizaje y la cultura.         

Décima Cuarta Noticia: El académico con reconocimiento internacional

Llegó muy temprano al mundo académico, no sólo a los claustros universitarios, como profesor, sino también aquellas instituciones que velan por la conservación de la memoria colectiva, como la Academia de la Lengua, Academia de Historia y de Jurisprudencia de Colombia. Su presencia en estas últimas, a las que ha llegado también de manera temprana, no sólo es un reconocimiento a su vida intelectual, sino que es necesaria para airearlas y proyectarlas con sus aportes y su pensamiento crítico. No ha ocupado la presidencia de estas Academias, porque no lo concita la vanidad de figurar y acumular nuevos honores, sino el deseo fervoroso de ser un  apóstol por la causa, básicamente, indoamericana.

Fue catedrático en las universidades: Externado de Colombia, Libre y de América en Bogotá; decano de la Facultad de Recursos Naturales de la Fundación Universitaria Jorge Tadeo Lozano, también en la capital.  

Pertenece, de igual manera, a veintiocho academias en el exterior: Miembro de la Societé Européenne de Culture, que preside el pensador Norberto Bobbio en Venecia; de la Association Internacionale des Critiques Litteraires de París;  Presidente Honorario de la Asociación de Profesores Norteamericanos especialistas en Colombia, Miembro del Instituto de Derecho Agrario Internacional y Comparado de Florencia, Italia, Socio Honorario de la Asociación Mexicana de Protección de la Naturaleza y Miembro de la Sociedad Bolivariana de Arquitectos, en Caracas.

Y nos haríamos muy extensos si reseñaremos los títulos honorarios que le han otorgado diferentes universidades, entre los que resaltamos: Catedrático Honorario de la Universidad Mayor de san Marcos, Lima; Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional del Centro del Perú, en Lima; Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional Autónoma de México; Doctor Honoris Causa en Humanidades y Letras de la Universidad Central de Bogotá; Doctor Honoris Causa en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas, en Manizales; Doctor Honoris Causa en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Nariño; ciudadano honorario del Estado de Florida; entre muchos otros títulos y distinciones, que ratifican su calidad intelectual y sus desvelos por la ciencia, el conocimiento, la cultura y el arte.

Décima Quinta Noticia: El mestizaje, su principal desvelo

Desde el inicio de sus inquietudes y desvelos por la cultura y la historia indoamericana salen a flote sus tesis sobre el mestizaje que, repito, es uno de sus mayores aportes en la historia de la cultura del continente americano. A la edad de 37 años (1957), da a conocer su tercer libro Revolución y caudillos (Aparición del mestizo y del barro en América) y que la Universidad de los Andes, en Mérida, Venezuela, publicó, en 1974, una segunda edición. En el primer capítulo de este libro clave en su vasta producción, al comentar la posición frente al mestizo, afirma: “En América sucede cuando aparece el mestizo con sus propias características. Cuando hay un hombre nuevo, que vuelve a sentir el paisaje como cosa propia. Que no está hipotecado a un gobierno real, ni sometido a una sola línea de sangre. Cuando ese individuo hace su experiencia sobre el suelo americano, tomando posesión de su tierra, comienzan a volar, de cordillera en cordillera, y de llano en llano, canciones populares que ya incorporan los elementos naturales a su júbilo y a su poesía. Y dejan de representar, en la plástica, sólo aquello que oficialmente se ha indicado. Muy al contrario, se van permitiendo toda clase de libertades para llevar elementos nuevos, símbolos y objetos que no pertenecen al mundo espiritual del conquistador: es la vasta presencia del mestizo. Y van levantándose voces para reclamar derechos políticos y reivindicaciones, que sólo ellos sienten, pues los otros o están sometidos o están comprometidos con la metrópoli que imparte órdenes”[33].

Luego, en 1984, publicó Memorias del mestizaje, que reunió diferentes ensayos sobre la identidad del hombre latinoamericano a través del mestizaje, sobre la nueva raza americana, fruto de la fusión de la sangre negra, indígena y blanca. Sin embargo, para Morales Benítez se es mestizo por el mero hecho de haber nacido en este continente, así su sangre no se haya mezclado. El mestizaje tiene que ver con temas más diversos: “Es además un problema de conducta, de manera de ser, de comportamiento, roza con la vivienda, el vestido, las danzas, el amor, el sincretismo religioso; nosotros tenemos formas diferentes de expresar la ternura, la solidaridad; manejamos las relaciones sexuales en forma totalmente diferente a los Estados Unidos y Europa. Además, tenemos un idioma, una manera de expresarnos que también difiere. Si usted estudia el castellano, el español nuestro, el de Iberoamérica, es muy rico, tanto que la Academia Española ha tenido que admitir que en el Nuevo Diccionario haya cincuenta mil (50.000) americanismos”[34]. Y cuenta Morales Benítez como Fray Pedro Simón, en sus Noticias Historiales “tuvo que agregar un libro de palabras de uso locales, cuando no habíamos tenido la evolución cultural de los quinientos años de contacto con España”[35]. Y recuerda acerca de la riqueza idiomática del español en Indoamérica que el Instituto Caro y Cuervo, con la colaboración de la Universidad de Ausburgo, se encuentre realizando varios diccionarios, de los cuales han aparecido: el de Colombianismo, de Uruguayismos y el de Argentinismos.

Es tan importante la riqueza cultural mestiza que también en la música, en el humor y en la comida se demuestra una identidad indoamericana también diversa y múltiple. Recordemos, por ejemplo, que la primera palabra americana que Cristóbal Colón escribió en su diario fue la palabra canoa.  

Pablo Neruda, uno de los poetas más leídos y estudiados por Morales Benítez, el segundo Premio Nobel de Literatura chileno en 1971, es muy elocuente al hablar de la riqueza del idioma que nos dejaron los españoles, a pesar de habérsenos llevado todo el oro: “Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos…Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca se ha visto en el mundo … Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro … Se lo llevaron todo y nos dejaron todo … Nos dejaron las palabras”[36], menos mal.

Décima Sexta Noticia: la magia de su palabra y el idioma español

En Memorias del mestizaje, incluyó el discurso que pronunció el 23 de abril de 1979, hace 30 años, en esta misma efeméride del día del idioma español, cuando ingresó como Miembro de Número a la Academia Colombiana de la Lengua, donde vuelve a recordar sus inicios con el conocimiento del idioma español: “Mi devoción por el lenguaje viene de las primeras enseñanzas, en unas bancas toscas, largas, de un guayacán al cual le dieron un ligero pulimento, en las cuales repasé la gramática de Bruño, de Emiliano Isaza, de don Andrés Bello. El primer maestro que en mi pueblo nos habló de la unción del castellano, fue don Daniel Montoya, quiera era todo un varón alto y delgado. Tenía delicadeza en el hablar, en los ademanes, en la manera de inducir a la pasión por las palabras. Aún lo veo con su frente amplia, escribiendo en el tablero lo que sigue siendo para mí un misterio: la división por sílabas de las palabras”[37]. De igual manera, elogió uno a uno a sus maestros, a: Antonio Álvarez, quien los entusiasmó con el mundo de la lectura y Manuel María Córdoba quien lo introdujo en los misterios de la sintaxis y otros más que lo adentraron en los vericuetos del alfabeto.

Así mismo, Morales Benítez sostuvo una tesis que suscita controversia. “El castellano no lo enriquecen los escritores, lo abastece, modifica e impulsa el pueblo; el idioma nace de las necesidades económicas, de la urgencia de comunicarse con la demás gente en los negocios, en el amor, en los sueños, en las esperanzas, en los dolores. El pueblo crea el idioma porque él es el que inventa la forma de nombrar las cosas”[38]. Si esto no fuera cierto, entonces, el idioma no cambiaría, las palabras no tendrían vida, pues, gracias al uso, unas nacen y otras mueren.

Si visión indoamericana, de nuestros valores culturales, del sincretismo con otras culturas, no le impide que, por ejemplo, haya sido un lector ferviente de El Quijote. “A Don Quijote hay que volverlo a revivir; hay que traerlo a esta época. Hoy tenemos que librar las mismas luchas que él adelantó, las que señaló en su libro; está viva la urgencia de orden social y moral en el mundo; y volver a combatir contra la piromanía intelectual, la persecución contra los periodistas, contra el derecho a leer lo que uno quiera… Don Quijote es el libro de lo igualitario, de la fraternidad, de la paz. Sus batallas son para que prevalezca ésta”[39].

Uno de los homenajes más merecidos que ha recibido Otto Morales Benítez, entre los múltiples que se le han tributado, se lo hizo el gran acuarelista y muralista Pedro Nel Gómez, en un fresco que engalana la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Allí el artista pintó, según él, a los hombres más importantes que ha tenido la cultura nacional, a los que mayores aportes le han hecho desde el punto de vista de las letras, y al lado de Otto Morales Benítez aparecen: José Eustasio Rivera, Fernando González, Gabriel García Márquez, Juan Zuleta Ferrer, Tomás Carrasquilla, Antonio José Restrepo y León de Greiff. ¡Qué honor tan merecido! Como tan merecido es que una universidad de origen pereirano, la Universidad del Área Andina, desde hace varios años, haya establecido la Cátedra Otto Morales Benítez que no busca otra cosa que estudiar su obra, mantener vigente su nombre, descubrir los caminos que nos ha señalado y sobre todo que las nuevas generaciones de colombianos sepan de su importancia y trascendencia.  

Noticia Final: el hombre auténtico

El recorrido vital de Otto Morales Benítez ha sido apoteósico. Él concita entusiasmos, admiraciones y fidelidades de muchos colombianos, pues es, sin lugar a dudas, uno de los intelectuales más respetados en Colombia y el continente. Su huella en la vida nacional es palpable, latente y presente. Su vasta y variada obra, superior al centenar de libros, es conocida en medios académicos e intelectuales aunque desafortunadamente no en el grueso público.

Su gran virtud, como Gabriela Mistral, es no haber menospreciado su origen, sus ancestros, sus primeros aprendizajes en Riosucio, la influencia de sus maestros, de los extranjeros que vivieron en su pueblo dedicados a la explotación minera, de sus padres, de los arrieros que le enseñaron a admirar las fuerzas telúricas de nuestra tierra, de la suerte de haber tenido una formación inicial en la escuela pública, del diablo del carnaval, de la cultura popular, del contacto, permanente y directo, con el pueblo. Otto Morales Benítez en un nombre que concita fascinación y respeto, pues él ha sabido ganárselo con su forma de ser, con la fe en nuestras potencialidades y con su vida ejemplar, en todos los campos de su vida política, profesional y familiar. Grabemos en nuestra memoria colectiva, para que nos sirva de ejemplo, de guía, de referencia, la síntesis de ese amor por su tierra que dejó plasmada en una oración que lleva por nombre Mi credo riosuceño:

Creo en las fuerzas ancestrales de mi tierra.
Creo en los símbolos de amor que congregaron y armonizaron el propósito de sus gentes para afincar su grandeza.
Creo en los desvelos patrióticos que unificaron los afanes nobilísimos de la Fundación.
Creo en el imperio de su inteligencia.
Creo en la fuerza tradicional de la alegría.
Creo en su continua lucha por lo colectivo.
Creo en su pasión por la solidaridad.
Creo en el destello de pagana luz en las horas carnavalescas.
Creo en el poder de la palabra, que nos alienta y empuja hacia el porvenir.
Creo en la fe con la cual educaron a sus hombres y mujeres.
Creo en el ejemplo de varones que dejaron rutas marcadas y dirigidas hacia la superación.
Creo en el cerro del Ingrumá que nos defiende contra las durezas de la existencia.
Creo en los hombres y mujeres que, con palabras de fe y de ternura, me hablaron de nuestro destino parroquial, de Dios y de Colombia.
Creo en el futuro creador de mi tierra.    



[1]   Secretaría de Cultura de Caldas, abril 28 de 2015.
[2]  Economista. Columnista del diario La Patria por 20 años, Miembro de Número de la Academia Caldense de Historia y Secretario de Cultura de Caldas por más de una década. Autor de cerca de 15 libros.
[3]  En Gabriela Mistral. Su prosa y poesía en Colombia, Tomo I, Compilación y prólogo de Otto Morales Benítez, Convenio Andrés Bello, Editorial Grupo OP Gráficas, Bogotá,  2002,
p. 18.
[4]  Escobar Mesa, Augusto. Interrogantes sobre la identidad cultural colombiana. Diálogo con Otto Morales Benítez”, Editorial Guadalupe Ltda., Bogotá, 2006, p. 34.
[5] Ibídem. P. 35.
[6] Ídem. P. 61.
[7] Ídem. P. 75.
[8]  Ídem. P. 43.
[9]  Ídem. P. 48.
[10] Ídem. P. 43.
[11] Ídem. P. 44-45.
[12]  Reportaje con el profesor Joseph F. en Otto Morales Benítez, Obras, Tomo IV, Coloquios sobre aspectos de la cultura, Instituto Caro y Cuervo, Colección Biblioteca Colombiana, Bogotá, 2003, p. 181.
[13] Hoyos, Bernardo. Los diferentes caminos que recorre un hombre, en Otto Morales Benítez, Obras, Tomo IV, Op. Cit. P. 259.
[14] Tomado de Edgar Bastidas Urresty, Meditaciones. En Otto Morales Benítez, Obras, Tomo IV, Op. Cit. P.277.
[15]  Hoyos, Bernardo. De Casals a la arriería y el Quijote, entrevista radial, 9 de enero de 1984, en Otto Morales Benítez, Obras, Tomo IV, Op. Cit. P. 218.
[16]  Ibídem. P. 219.
[17]  Mesa Escobar, Augusto. Op. Cit. 75-76.
[18] Hoyos, Bernardo. Los diferentes caminos que recorre el hombre, primera parte. En Otto Morales Benítez, Obras, tomo IV, Op. Cit. P. 248. 
[19]  Valencia de Castaño, Gloria. Entrevista en T.V., Correo especial, enero de 1992, en Otto Morales Benítez, Tomo IV, Op. Cit. P. 113.
[20]  Escobar Mesa, Augusto. Op. Cit. 79
[21]  Ibídem. P. 79.
[22]  Isócrates. Cfr. Mariano Gómez. Grandes discursos. Estudio preliminar. Tomo 19, Buenos Aires, Editorial Jackson, 1950, p. IX.

[23]  Escobar Mesa, Augusto. Op. Cit. P. 113.
[24]  Escobar Mesa, Augusto. Un ensayista en el torbellino de la vida, del poder y de la palabra escrita y oral”, en Otto Morales Benítez, Tomo IV, OP. Cit. P. 134.
[25]  Bastidas Urresty, Édgar. Op. Cit. P. 263.
[26]  Hoyos Bernardo. De Casals a la arriería y El Quijote. Op. Cit. 235.
[27]  Morales Benítez, Otto. Obras, Tomo IV, Op. Cit. 65.  
[28]  Ibídem. Op. Cit. 67.  
[29]  Ídem. P. 68.   
[30]  Ídem. P. 69.
[31]  Ídem. P. 69.
[32]  Bastidas Urresty, Édgar. Op. Cit. P. 278.
[33]   Morales Benítez, Otto. Revolución y Caudillos, 2ª. Edición, Mérida, Universidad de los Andes, 1974, P. 36-37.  
[34]  Escobar Mesa, Augusto. Un ensayista en el torbellino de la vida, del poder y de la palabra escrita y oral. Op. Cit. P. 132.
[35]   Ibídem. P. 133.
[36]   Neruda, Pablo. Confieso que he vivido, Barcelona, RBA Editores, 1994, p. 65-66.
[37]  Morales Benítez, Otto. Memoria del mestizaje. El lenguaje mestizo. El pueblo frente al idioma. Palabras para excusarme de no ser un buen académico, Bogotá, Plaza & Janés, 1984, p. 275.
[38]   Vergara, Andrés. Guardián de la palabra, en Otto Morales Benítez, Obras, Tomo IV, Op. Cit. p. 122.
[39]  Hoyos, Bernardo. Los diferentes caminos que recorre un hombre, en Otto Morales Benítez, Obras, Tomo IV, op. Cit. 260-261.

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