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CONFERENCIA




ADMINISTRACIÓN DE LA MUERTE EN MANIZALES DURANTE EL SIGLO XIX[1]
Luis Fernando Sánchez Jaramillo[2]
Docente
Universidad de Caldas

Prolegómenos
La historia es una búsqueda personal, un camino hacia la formación de la propia conciencia. Hoy, cuando Colombia se encamina por los diálogos de paz; proceso tan determinante y tan difícil, tan delicado y tan insospechadamente largo, nos cabe a todos la inmensa responsabilidad social de entender y explicar, en este caso desde la historia, los fenómenos que han conducido al país al estado en que nos encontramos.

Uno de los aspectos más complejos que ha vivido el país es el de su demencial violencia representada no sólo en la creciente diferenciación socioeconómica, sino en la degradación de sus valores uno de los cuales es la vida misma.

El mundo actual y más las naciones violentas como la nuestra se ha insensibilizado frente a la muerte. Los historiadores Michelle Vovelle (1974, 1985, 1993) y Philippe Ariès (1975, 1977, 1996) han llamado a este momento el de la muerte oculta y sociólogos como Norbert Elias (2009) han mostrado la forma como las sociedades reservan los sentimientos por la pérdida de los seres queridos a los espacios privados. En ciudades como Manizales es cada vez más frecuente asistir a las denominadas misas de cenizas o a desfiles fúnebres que toman el camino más inmediato a las afueras de la ciudad para que el luto no perturbe el agitado ritmo del mundo moderno.

La idea de la muerte ha sido relegada. Ahora se la ve con indiferencia, es como si fuera un asunto propio de quienes la padecen y no de la sociedad en general. Se olvida que a cada instante se arriesga la vida y que es más fácil morir que mantenerse vivo. Darle la espalda a la muerte es ignorar el arte de vivir o, dicho de otro modo, saber sobre la muerte es una de las formas para apreciar en toda su plenitud la vida.

Bajo este panorama en clave de historia, me pregunto por la administración de la muerte en Manizales durante el siglo XIX. Si lo que he ha dicho antes es cierto, ¿cuáles eran las costumbres fúnebres de la joven ciudad nacida y desarrollada en uno de los periodos más turbulentos de la vida nacional? ¿Cuáles eran los imaginarios culturales de la sociedad manizaleña con respecto a la muerte y el papel del estado colombiano y de la Iglesia católica frente a este fenómeno? ¿cuáles eran las circunstancias que llevaban a la pérdida de la vida de los habitantes de Manizales durante los primeros cincuenta años de vida civil y eclesiástica?

Aunque son muchos los interrogantes por resolver sobre la muerte como agente que, de todos modos, contribuyó a la formación de la ciudad, baste establecer un panorama general que nos muestra cómo se han transformado las prácticas fúnebres en Manizales. Para ello este trabajo se apoya en general en el método de la historia social y cultural, en la medida en que más que un asunto meramente escatológico, la muerte comporta un fenómeno sociocultural a decir de Louis Vincent Thomas (1975, 1983). Por otra parte, se basa en el método de la historia serial y de las mentalidades, dadas las fuentes a las que se ha recurrido y la forma como fueron examinadas. Por un lado, se ha accedido a más de catorce mil partidas de defunción que corresponden al 100% de las defunciones registradas en la parroquia de Nuestra Señora de Chiquinquirá de Manizales entre 1851 y 1901, y por el otro se ha extraído ese utillaje mental o se ha detectado ese espíritu de la época del que nos hablaba Lucien Fevbre, en este caso, con respecto a la idea de muerte.

La muerte como objeto de estudio
Y puesto que el objeto de estudio es la muerte, es bueno ahora hacer algún acercamiento para su definición. Es posible que no haya acuerdo con respecto a lo que es la muerte, pero conocemos sus aterradoras manifestaciones. Aunque algunos, como Ariès (1975, 1977, 1996) o Yankélévitch (2004), la consideran como el fenómeno que se hace manifiesto cuando un ser vivo pierde la vida, el momento en que se apagan los signos vitales, otros, como Norbert Elias (2009), la consideran como un proceso que arranca mucho antes y termina mucho después del momento de morir. Pero la complejidad del concepto, más que ser un fenómeno o un proceso, se acrecienta con otras miradas como las de la literatura que casi siempre la personifica.

En nuestro medio, algunos ejemplos de ese tipo se encuentran en Rafael Arango Villegas (1979, 279-284 y 383-402) y en Tomás Carrasquilla (2008, 39-62), en ambos la muerte está personificada del mismo modo que lo han hecho desde la antigüedad clásica las mitologías griega y romana. Un esqueleto humano cubierto con una gran capa negra y una hoz en sus manos es la típica representación. Las tres Parcas derivan sus características de ese personaje siniestro: la construcción del hilo de la vida, la medición del tiempo vital y el corte de la existencia. Pero nadie vence a la muerte, antes por el contrario, Hades reina en su territorio. La sabiduría popular heredó esa personificación. Cuando alguien muere se afirma que lo visitó la muerte: le llegó la muerte. En fin, sea fenómeno o proceso la literatura, la música y la poesía le ha cantado para quererla o renegarla, la filosofía para intentar explicarla y la teología para construir una esperanza de una mejor vida en otro mundo.

Dadas las múltiples maneras de comprender este concepto, se asume aquí la muerte como un proceso sociocultural. Descartando las razones teológicas y filosóficas que en general se enmarcan en las escatológicas y metafísicas, es decir, en las explicaciones de una promesa de vida en otro mundo o de un fenómeno incomprensible al mundo físico, habrá que reconocer, como lo dijo Lucien Fevbre (Burke, 2006, 77), y en tanto explicación historiográfica, que de la muerte sólo podrían hablar los difuntos, pero, puesto que nadie vuelve a esta vida después de haber muerto para explicarnos su experiencia, sólo nos queda a los vivos aproximarnos a ella por las circunstancias socioculturales que envuelven el fallecimiento de alguien.

No podemos explicar nuestra propia muerte, pero la intuimos. Con la defunción de otros tomamos conciencia de que algún día se acabará nuestra existencia. En este orden de ideas, retardamos el momento de morir cuidando nuestra vida de todo mal y peligro. Las prácticas de higienización y de salud pública son mecanismos mediante las cuales nos defendemos de la posibilidad de morir, incluso, a decir de Foucault (1997, 220), se confinan los cadáveres en defensa de la sociedad. El mito de la eterna juventud, representados actualmente en ajustes estéticos con ayuda de la cirugía plástica y, el embalsamiento o la criogenización, se constituyen en extrema esperanza de un regreso a la vida por medios científicos. (Blasco, 2010)


La muerte y lo fúnebre
Por un medio o por otro, ante la constatación de la posibilidad de morir, sobreviene la preparación para la buena muerte, es decir, morir de forma natural, por agotamiento espontáneo del cúmulo vital, con ayudas favorecedoras de la vida, (aunque hoy se discuta lo inhumano que pueda resultar y no al contrario). Se prepara el alma, de acuerdo con las creencias de cada quien, y se ponen en orden las cosas terrenales: pagar las deudas, amparar a los seres queridos y reconocer la dedicación que se tuvo de nuestros amigos y cercanos. Tal como hoy, en el siglo XIX la Iglesia apoyaba en la preparación del alma y, mediante un testamento, práctica que también ha disminuido en los últimos tiempos, se organizaban los asuntos terrenales.

Llegaba el momento de morir. Los moribundos por vejez o por enfermedad experimentaban el agotamiento de sus últimas fuerzas para luego entregar rendidos su vida. (Bon, 1940, 191-204) No siempre se les acompañó en este momento postrero, a muchos se los daba por muerto a pesar de no haber fallecido, otros no querían ser testigos de aquel momento final. Sólo un alma caritativa e incontaminada del temor del momento, un médico y un sacerdote los auxiliaba.

Tras la confirmación del deceso sobrevenían las manifestaciones de duelo, las expresiones de pérdida, la negación del hecho a pesar de la evidencia y de la sospecha que se tenía del desenlace. A los rituales familiares se sumaban los preparativos del cadáver. La noticia se extendía, la velación daba tiempo al encuentro con familiares y amigos que se encontraban lejos y las campanas de la Iglesia certificaban con su monótono replicar el hecho luctuoso.

El cortejo fúnebre recorría la distancia entre la casa y la iglesia. Otras ceremonias previstas en el ritual romano eran dirigidas por el sacerdote que vestía casulla negra. La concurrencia acompañaba curiosa el dolor de los familiares del difunto. Los caminantes repasaban de nuevo la distancia que había entre la iglesia y el cementerio, mientras se entonaban responsos y oraciones. En el campo santo el sacerdote dirigía las últimas plegarias y los sepultureros preparaban la fosa en la que quedaba depositado el cadáver. Nuevas manifestaciones de dolor eran el postrer ritual familiar con su ser querido. Los acompañantes se dispersaban y los familiares y amigos volvían al sombrío espacio que había dejado el fallecido. Durante nueve noches se mantenía el duelo acompasado por jaculatorias coreadas por familiares, amigos y curiosos. La persistencia en el novenario de esa compañía, alivianaba el sufrimiento de todos.

Vueltos a la inclemente realidad se descubría la defunción, en los términos de Thomas (1975) era el abandono de las funciones que en vida tenía el finado. Los roles como miembro de una familia, actor de una sociedad o agente de procesos económicos se afectaban por la desaparición definitiva de quien los llevaba a cabo. Si no había quien lo sustituyera, los efectos socioculturales y económicos no tardarían en presentarse: ¿la viuda tendría dificultades para continuar administrando la hacienda familiar? ¿Los hijos huérfanos tendrían que repartirse las labores que en vida cumplía el padre? ¿cómo se verían afectados los cargos sociales que desempeñaba el que hora estaba difunto?

Muerte en Manizales: entre el territorio político y el eclesiástico
Nuestra historiografía local y regional se ha ocupado en general de los asuntos políticos en atención a las corrientes teóricas en las que se formaron sus autores, y han respondido a ella los historiadores eclesiásticos destacando, en una especie de historia biográfica, el papel de sus miembros y, en una suerte de recuento descriptivo, el proceso de construcción de los templos y los cementerios de los poblados. Algunos se han ocupado de ahondar en las problemáticas relaciones entre la civitas dei y la civitas terrena y, en cambio, unos y otros se han agazapado en sus orillas para defender sus posiciones. (Cavelier, 1988), (Groot, 1956), (Ramírez, 1917), (Restrepo, 1885).

La muerte en tanto tiene relación con la sociedad y con la cultura, recibe atención del Estado y de la Iglesia. Mientras el primero se ocupa de la aplicación de las políticas de higienización y de salud pública en defensa de la sociedad, la institución eclesiástica, administra sus territorios y, por su misión pastoral, asiste las necesidades espirituales de su feligresía. Especialmente, durante el periodo republicano, las relaciones entre el Estado colombiano y la Iglesia católica pasaron por periodos de entendimiento y de grandes diferencias cuando no han coincidido en asuntos de interés común.

Antes que Manizales se fundara formalmente en 1849, el espacio que comprendía entonces la aldea estaba ocupado por colonos que provenían de pueblos del norte, entre ellos Sonsón y Salamina, pero especialmente de Neira. No obstante, la historia formal de la Parroquia eclesiástica comienza en 1851 cuando se da apertura a los libros parroquiales. (ACMZ, enterramientos, libro 1º, folio 1) Ese año es significativo además porque se está produciendo una guerra civil, y por el asesinato de Elías González, beligerante empresario de tierras a la vez industrioso y comerciante que vehemente y violento. (AHM, libro 10, folio 40, oficio del 7 de abril de 1851)

Cada nueva población y en especial las que fueron fundadas al sur del Estado de Antioquia construyó su iglesia y gestionó el nombramiento de un sacerdote. Entre 1851 y 1868 esas iglesias y la de Manizales dependían jerárquicamente de la Diócesis de Antioquia, la misma que fuera trasladada a Medellín en 1868 y restituida en 1872. Desde ese año las parroquias del sur de Antioquia quedaron dependiendo de la Diócesis de Medellín hasta 1900 cuando se crea la Diócesis de Manizales con territorios de la de Medellín y la de Popayán. (Bronx, Piedrahíta, 1966)

Debido a las dificultades de atención espiritual a territorios tan bastos, se dividieron las Diócesis en vicarias que agrupaban estratégicamente las parroquias para facilitar su inspección. Durante el tiempo en que la parroquia de Manizales perteneció a la Diócesis de Antioquia, la Vicaria de la que dependía era la de Sonsón. Después, con la organización territorial que supuso el traslado y posterior restitución de la Diócesis de Antioquia hasta y desde Medellín, se creó una vicaría en Salamina que llevó el nombre de San Bartolomé.

Desde la apertura de los libros parroquiales de Manizales en 1851 hasta 1901, los pastores diocesanos de los que dependió la parroquia fueron siete: Domingo Antonio Riaño Martínez (1855-1866) del Obispado de Antioquia, Valerio Antonio Jiménez, del Obispado de Medellín – Antioquia (1868-1873) y, José Joaquín Isaza Ruíz, José Ignacio Montoya Palacio, Bernardo Herrera Restrepo, Rafael María González y Joaquín Pardo Vergara, del Obispado de Medellín (1873-1901). De ellos visitaron la parroquia Domingo Antonio Riaño en 1858, José Joaquín Isaza Ruíz, dada su calidad de Obispo de Evaría y coadjutor de Monseñor Valerio Antonio Jiménez, en 1870, Bernardo Herrera Restrepo en 1887 y Joaquín Pardo Vergara en 1893. (Bronx, Piedrahita, 1966)

En calidad de vicarios foráneos rindieron informe de visita Francisco Antonio Isaza (1869), José María Cadavid (1870, 1871, 1872), Antonio Nereo Medina (1873, 1875), Baltasar Vélez V. (1878), Francisco J Rodríguez (1880) y José Joaquín Barco (1882, 1883, 1884). (APSL, serie providencias pastorales)

La administración de la Iglesia Parroquial de Manizales, que a partir de 1867 recibió el nombre de Nuestra Señora de Chiquinquirá de Manizales, (ACMZ, libro 2º, folio 14v) la compartieron como titulares del privilegio los presbíteros Bernardo José Ocampo Giraldo y Gregorio Nacianceno Hoyos Yarce. Durante los primeros años de la década de 1860 el Padre Ocampo fue obligado a salir de la ciudad y se le vio asistiendo los oficios de las parroquias de Nuestra Señora de las Victorias de Santa Rosa de Cabal, Nuestra Señora de las Mercedes de San Francisco, la iglesia de Nuestra Señora de la Pobreza del Distrito de María, (hoy iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Villamaría) y aún recorrer los campos y celebrar en la capilla de Nuestra Señora de la Cueva Santa, construida en un terreno de su propiedad, en la fracción de Morrogordo, cerca de la cabecera de Manizales. (Sánchez, 2013, 824-836)

Entre 1851 y 1878 fue titular del privilegio parroquial el padre Ocampo. Durante su obligada ausencia, entre 1862 y el año de su muerte en 1878, la parroquia fue administrada por un conjunto de por lo menos doce sacerdotes interinos, coadjutores o excusadores entre los que se encuentran: el Fraile Elias de Jesús Álvarez en 1862, el cura excusador Pedro Antonio Rojas en 1863, Juan C. Posada y José Joaquín Baena en 1864, José Agustín Aranda en 1865, el cura excusador Emigdio Marín en 1866 y José Joaquín Baena entre 1866 y 1878 cuando es reemplazado por el sacerdote José Dolores Córdoba, le sigue José Joaquín Baena hasta 1881 cuando asume en calidad de Cura propio el presbítero Gregorio Nacianceno Hoyos quien permanece en tal condición hasta 1901 cuando toma posesión como primer obispo de la diócesis de Manizales. Entre 1881 y 1901 el padre Hoyos fue reemplazado en sus funciones por el sacerdote Higinio de Jesús Correa en 1890 y por José Joaquín Barco en 1901. A partir de 1902 era cura propio del presbítero de Manizales el padre Nazario Restrepo Botero. (ACMZ, serie enterramientos, 1851-1901)

De acuerdo con los mandatos del concilio de Trento (DDC, 1854, 82 y 989), refrendados en las actas sinodales neogranadinas (CPNG, 1869) y ordenadas al cuerpo sacerdotal mediante diversos decretos diocesanos, se debía dar apertura formal a los libros parroquiales los cuales consistían fundamentalmente en libros de partidas de bautismos en los que se consignaban el nombre, el género, la relación de legitimidad con sus padres y el compromiso de los padrinos. Los libros de partidas de matrimonio en los que se registraban el nombre de los contrayentes, el de los padres y su relación de legitimidad y demás requisitos que alertaran  de la posibilidad de adulterio de alguno de los novios o notificaban de la salvedad otorgada a ellos por la cercanía familiar. Los libros de enterramiento, en los que se registraba el nombre del difunto, el género y la condición de adulto o de párvulo, el estado de legitimidad o de estado civil, el momento del fallecimiento, los sacramentos otorgados y algunas indicaciones que, a juicio del sacerdote que firmaba la partida o del mayordomo encargado del registro, estimaran necesario anotar.

En esencia estos libros eran registros de administración de sacramentos, por eso se conformaban otros en formas de listados como los que se hacían con los nombres de los confirmados por el Obispo cuando efectuaban las visitas pastorales, este sacramento era más restringido por la excepcional ocasión de las visitas, a esa ceremonia acudían personas desde las zonas rurales más distantes de la población. Los sacerdotes debían observar que se encuadernaran también el conjunto de las providencias pastorales como se les llamaba a las actas de visitas de los obispos o vicarios delegados. Complementaban el archivo parroquial los libros de fábrica que contenían los movimientos contables y otros tantos como el listado de parroquianos o padrón eclesiástico. En la práctica esos libros cumplían también la función notarial durante el siglo XIX, ya que las funciones del registro civil se definieron más tarde.

Por más que se aprecia el rigor con el que se construyeron estos registros, se encuentran algunos llamados de atención por el desorden, la perdida de las boletas para el registro, el traspapelamiento o el retardo del mayordomo para pasar los informes. Curiosamente las anotaciones que indican el anormal registro, se produjeron a partir de 1881 cuando estaba en posesión de la parroquia el presbítero Nacianceno Hoyos, lo cual refleja la escrupulosidad de su trabajo, aunque algunas veces la causa del descuido en el asentamiento de las partidas escapara a su control:

Nota: Las cinco partidas siguientes, no están en su respectivo lugar, porque a causa de la usurpación del cementerio por la autoridad civil hai muchos cadáveres que se sepultan sin que el párroco ni ninguno de sus agentes tengan conocimiento del hecho  y cuando lo averiguan está ya alterado el orden. Sirva esta nota para disculpar muchas alteraciones que hai en el orden cronológico. G Nacianceno Hoyos. Pbro. (ACMZ, entierros, libro 3, folio 83v)

El trabajo de registro funerario en los libros parroquiales, fue aprobado por los vicarios foráneos y por los mismos obispos. Se presume que la alternancia de sacerdotes excusadores y coadjutores en aquellos tiempos fue la causa por la que algunas partidas de 1869 fueron dejadas sin firmas.

 Visitado: Faltan las firmas en las tres hojas primeras de este libro, i se advierte que dichas faltas no pertenecen al señor Pbro. Baena actual Cura de esta parroquia. Francisco Antonio Isaza. Vicario Foráneo. (ACMZ, entierros, libro 2, folio 41)


Administración de la muerte en Manizales durante el siglo XIX
Durante el siglo XIX en Manizales fallecieron alrededor de trece mil novecientas personas. Muchos de los primeros pobladores y sus fundadores rindieron sus vidas en esa aldea fundada en 1849. El censo de población de 1851 registró 2.804 habitantes, en 1870 ya eran 10.562 y en 1883 la población ascendía a 14.603 personas que llegaron en su mayoría a la ciudad provenientes de Chinchiná, Pácora, Villa de la Purificación, Aguadas, Ambalema, Sonsón, Sopetrán, Cauca, Santander, Cartagena, Quito, Palestina, Rionegro, Medellín, Pereira, Soledad, Antioquia, Aldea de María, Guarne, Abejorral, Neira, Hato Viejo, Paraje de naranjal, Envigado, Bogotá, Manzanares, Palmira, Victoria (Tolima), Santa Rosa de Osos, Santa Rosa de Cabal, San Vicente, Marinilla, Honda, Salamina, Filandia, Boyacá, Cali, Andes, Cundinamarca, Buga, San francisco, Pasto.

Naturales de Manizales fueron casi diez mil los difuntos. El 60% eran párvulos y el 40% adultos. Según su género el 52% eran de sexo masculino en tanto que el 48% eran del femenino. De los adultos el 51% eran casados al momento de su muerte, el 31% eran solteros y el 18% viudos. Entre los párvulos y los solteros el 81% eran legítimos y el 19% ilegítimos. Del total de difuntos el 71% fueron sepultados un día después de su muerte, el 24% el mismo día y el 5% más de dos días después. El 96% recibieron algún tipo de asistencia espiritual mientras que el 4% no accedieron a ninguno de los sacramentos. A los moribundos se les administraron 16.281 sacramentos, el 40% fueron de la confesión, el 37% extremaunciones, 22% comuniones y 1% viáticos.

De acuerdo con lo anterior, la mayor mortalidad durante el periodo de 1851 a 1901 fue la de párvulos, lo que se explica por las deficientes condiciones de higiene con las que contaba la población. Los registros de la época dejan ver además las acciones de policía tendientes a mejorar los sistemas de conducción de aguas, eliminación de deshechos, la prohibición de la crianza, alimentación y mantenimiento de cerdos en las calles aldeanas. Los partos eran atendidos por parteras y comadronas, expertas en el arte de ayudar a traer niños al mundo. El acceso a la atención médica o clínica estaba limitado por la escasez de médicos, por las distancias que se recorrían en un mundo con topografía difícil y los regulares caminos que debían recorrer las personas de una sociedad primordialmente rural. Esta situación explicaría que en las partidas de defunción se informara acerca de enfermedades como gota, hidropesía, sífilis, úlceras, epilepsia, hígado, tifo, sarampión, disentería, etc., como causas de muerte y también como novedad, en 1886, sobre decesos ocurridos en el hospital de Manizales. Las condiciones higiénicas también explican el momento en que fueron sepultadas las personas, pues aunque lo normal fue que lo hicieran al día siguiente de su muerte (74%), de todos modos el alto porcentaje (24%) de los enterrados el mismo día de su muerte explicarían la urgencia de hacerlo en las razones de higiene y, el 4% restante, representan las dificultades en la localización de cadáveres perdidos en los ríos y en los campos de batalla y también en que durante los periodos de guerra y de las criticas relaciones entre la Iglesia católica y el Estado, los templos permanecieron cerrados y los registros se hicieron después.

Entre los adultos los hombres, especialmente los casados, fueron proclives a morir en mayor cantidad que las mujeres. Aunque hombres y mujeres, lejos de las muertes causadas por enfermedad, estuvieron expuestos a fallecer accidentalmente por ahogamientos al cruzar un río, la caída de un árbol o en un derrumbe, se piensa que los hombres estuvieron más expuestos a los peligros que implicaba salir de la casa a un mundo hostil. Además de las causas por enfermedad, accidentales o violentas, los hombres de todo estado civil fueron enviados, obligados o como voluntarios, a la guerra. Las partidas de defunción muestran significativos casos de soldados muertos en las guerras de 1860, 1876 y al fin del siglo XIX, en los que se agregó una lacónica nota que reza: “murió en la guerra”, “caído en el campo de batalla” o “murió en defensa de las autoridades legítimas”.

Manizales, provincia fronteriza de Antioquia que entonces lindaba con el Estado del Cauca, acogió todo tipo de personas que cruzaban en busca de fortuna, huían de las autoridades o de las guerras o buscaban refugio allí. Aunado a ese hecho la preocupación de la Iglesia por formar un pueblo católico, que se ocupó desde temprano por contar con un guía espiritual, que atendiera la capilla, el cementerio y asistiera espiritualmente a su feligresía, reflejó en sus registros de mortalidad un índice de 81% de legitimidad que explicaría de algún modo la fidelización con los principios doctrinales de la Iglesia católica. El 19% restante, sin embargo, muestra el número de personas que nacieron fuera del matrimonio eclesiástico, muestra quizás del ambiente caótico que algunas veces vivió la ciudad, pero también de las rígidas reglas que practicaba la Iglesia desde el Concilio de Trento por vía del Catecismo Romano o de sus versiones como la del Catecismo del Padre Astete e, incluso, de los acuerdos del Concilio Provincial Neogranadino celebrado en Bogotá en 1868. Como fuera se establecía que aunque las parejas vivieran en un matrimonio de hecho, sus hijos fueron considerados ilegítimos.

Administración de los sacramentos a los moribundos en Manizales del siglo XIX
Aunque como se dijo antes la inmensa mayoría de los moribundos (96%) recibieron algún tipo de sacramento (40% confesiones, el 37% extremaunciones, 22% comuniones y 1% viáticos), es interesante revisar las razones por las cuales el 4% de ellos no accedió a ninguno de ellos.

En general las razones son atribuibles al sacerdote, a los familiares y al propio moribundo. Entre las obligaciones del Cura se encontraban la de administrar los sacramentos a los moribundos, aunque esto supusiera poner en riesgo su propia vida. Este mandato los obligaba a ser muy diligentes para atender los llamados de sus feligreses y para consignar las razones que explicaran la falta de sacramentos al momento de la muerte. Así pues, cuando ellos mismos se encontraban enfermos, estaban fuera de la parroquia atendiendo a otros fieles o fuera de su territorio por mandato o con permiso del prelado, eran las principales razones que ellos tuvieron para no atender a las personas fallecidas en sus últimos momentos de vida.

Las faltas de los familiares se resumían en su demora para avisar al sacerdote o por no llamarlo. También una confluencia de circunstancias como las dificultades del camino que impedían que el Cura llegara a tiempo o que el moribundo muriera en el camino cuando se le trasladaban al pueblo. De cualquier forma, aquella sociedad manizaleña, profundamente creyente en los dogmas de la fe católica, intentaron lo posible para que sus seres queridos no abandonaran el mundo sin algún auxilio espiritual. Cuando las condiciones eran propicias, aún cupo la imposibilidad de la persona para recibir los sacramentos: no era posible la confesión si el enfermo había perdido el habla pero en esas circunstancias tampoco era posible la absolución; no se podía recibir la comunión si la persona no era capaz de deglutir el alimento y tampoco se le podía administrar la extremaunción si el moribundo había perdido la conciencia, condiciones todas señaladas en las actas de Trento y recogidas entre otros por el código canónico de 1858. Pero hubo también quienes se negaron a recibir sacramento alguno porque, según se consignó, eran fatuos.      

Epilegómenos
La información expuesta evidencia que en Manizales hubo más personas fallecidas que en cualquier otra población de la provincia del sur de Antioquia debido a tres factores: primero por haber sido una aldea y luego ciudad de frontera que atraía a todo tipo de personas, algunas en busca de fortuna y medios económicos y otros huyendo de la justicia y de las confrontaciones bélicas tan comunes en el siglo XIX. En segundo lugar porque, en tanto ciudad de frontera, Manizales fue lugar de batallas y por tal motivo contó con una población flotante que en ocasiones, como en la guerra de 1876, incrementó la población hasta doblar la que normalmente poseía. Y en tercer lugar, porque su desarrollo económico la llevó a ser una de las poblaciones de más rápido crecimiento en Antioquia y tal vez en el país. En tal sentido, un mayor número de habitantes reflejó también un mayor índice de mortalidad.

Aunque entre 1851 y 1901 las relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado colombiano fueron particularmente conflictivas, no fueron razón para que la mayoría de la población tuviera adscrita sus creencias religiosas a los dogmas de la fe católica. En tal sentido la Institución eclesiástica, que debatió con el Estado colombiano aspectos relacionados con el matrimonio, la educación y los cementerios entre otros muchos asuntos, mantuvo su poder en la mentalidad de la población en donde sembró el dogma católico y la ética cristiana que orientó el comportamiento de los creyentes en las escuelas y, sobre todo, en los pulpitos de las iglesias.

Puesto que la transformación del mundo europeo, con la irrupción de las nuevas ideas derivadas de la revolución francesa y de la revolución industrial, puso en posición crítica a la propia institución papal, y que el trabajo sin precedentes del Papa Pio IX para la protección de la Iglesia católica de la irrupción de las ideas liberales, como quedó consignado en el Syllabus, llevó incluso a que se convocara en 1868-1869 el concilio Vaticano I, de todos modos las gentes que vivieron durante la segunda mitad del siglo XIX siguieron practicando su vida espiritual bajo los designios del concilio de Trento del siglo XVI.

En lo que concierne a las prácticas rituales de la muerte, el concilio de Trento reguló el proceso de preparación del alma para asistir al tribunal divino y alcanzar las promesas de la vida en el otro mundo. Para garantizar que así fuera, el papel de los sacerdotes fue vital tanto para gestionar los sacramentos de última hora como para administrar la muerte, es decir, la Iglesia se preocupó por saber cuántos morían, quiénes, en qué condiciones de estado, de legitimidad, su condición espiritual y, eventualmente, las circunstancias que rodearon los decesos.

Sin embargo, esta información que quedó consignada en sus registros parroquiales, puede leerse en su sentido objetivo y también por los silencios que las propias partidas guardaron. En este sentido se destacan dos aspectos que podrían ser susceptibles de investigaciones posteriores, en primer lugar, la demostración que ofrecen los documentos consultados sobre la mayor mortalidad en hombres casados, más allá de examinar sus causas, revela el papel de las mujeres viudas en la conformación de la vida de la ciudad o, si se quiere, en la consolidación de la colonización antioqueña cuyo mito le da un papel protagónico a los hombres. En efecto, habrá que saber cómo las defunciones obligaron a las viudas y a los huérfanos a replantear sus vidas para hacer de la sociedad manizaleña lo que fue después.

De otra parte, las partidas de defunción de los primeros cincuenta años sólo dan cuenta de un suicidio, forma de muerte condenado por el concilio de Trento y que generaba exclusiones sociales a los dolientes y familiares, así fallecidos, por la sociedad de entonces, en este caso la averiguación del sacerdote concluyó en un suicidio involuntario que le evitó a los allegados de la difunta un sufrimiento mayor al de la trágica forma de muerte. De todas maneras, resulta curioso el significativo número de fallecidos que entraron en estado de locura antes de su muerte, sería acaso una forma de ocultar la perdida de la vida por suicidio y si así fuera ¿cuáles pudieron haber sido sus causas?

Fuentes documentales
ACMZ, Archivo Catedral de Manizales, serie libros de enterramiento, 1851-1901.
ACMZ, Archivo Catedral de Manizales, serie libros de enterramiento, libro 2º, folio 14v.
ACMZ, Archivo Catedral de Manizales, serie libros de enterramiento, libro 3º, folio 83v.
ACMZ, Archivo Catedral de Manizales, serie libros de enterramiento, libro 2º, folio 41.
AHM, Archivo Histórico de Manizales, libro 10, folio 40, oficio del 7 de abril de 1851 en la que se ordena la aprehensión de los sospechosos por el asesinato de Elías González.
APSL, Archivo Parroquia de la Inmaculada Concepción de Salamina, serie providencias pastorales.


Bibliografía
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·         ___________, “Muerte y peregrinaciones ultraterrenas del maestro Feliciano Ríos”, en: ARANGO Villegas, Rafael, Obras completas, Armenia, editorial Quingráficas, 1979, páginas 383-402.
·         ARIÈS, Philippe, Historia de la muerte en occidente. Desde la edad media hasta nuestros días, Barcelona, El Acantilado, 1975.
·         ___________, El hombre ante la muerte, Madrid, Taurus, 1977.
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[1] Este artículo se basa en la tesis doctoral denominada Territorialización de la muerte en una región de frontera. Antioquia – Cauca. 1851-1902, escrita por el autor para el Doctorado de Historia de la Universidad Nacional de Colombia sede Medellín.
[2] El autor es docente investigador del Grupo de Investigación Territorialidades y del Instituto de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Caldas.


(Publicada en: Revista de la Academia Colombiana de Historia Eclesiástica No. 52 , 2015)

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