miércoles, 21 de noviembre de 2018

SAN JOSÉ DE CALDAS, LA MONTAÑA ENCANTADA




Por Octavio Hernández Jiménez
Licenciado en Filosofía, Letras e Historia


RESUMEN

Texto monográfico del municipio de San José, ubicado en el Bajo Occidente de Caldas, en la Cuchilla de Belalcázar o de Todos los Santos. Igual que los departamentos de Risaralda y Quindío, el occidente de Caldas hizo parte del Estado del Cauca.

El poblamiento de esta cuchilla ocurrió en tiempos de las guerras civiles que azotaron a Colombia en el siglo XIX y comienzos del XX.

De la etapa de poblamiento con base en las migraciones del suroeste antioqueño, del norte y Alto Occidente Caldense, se avanza en la configuración del caserío, su tránsito a corregimiento y un recuento minucioso de la declaratoria como municipio número 26 del departamento de Caldas.

Palabras Clave: Municipio de San José, Occidente de Caldas, migraciones, fundación, corregimiento y municipio.









SAN JOSÉ DE CALDAS EN CIFRAS

Altitud: 1710 m.s.n.m.
Ubicación: 5º 6’ 9’ de longitud norte y
75º 47’ 39’ de longitud al oeste del meridiano de Greenwich.
Extensión: 536 km2
Temperatura promedio: 19ºC
Clima: Templado-húmedo.
Topografía: quebrada.
Proceso de colonización paisa entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX (1901)
Habitantes: 7.361 según el censo de 1993.
Distancia desde Manizales: 65 kms.
Distancia desde Pereira: 57 kms.
Gentilicio: sanjoseño.
Creado municipio entre 1997 y 1998.
El municipio inició actividades en mayo de 1998.
Alcaldes: 7, entre 1997 y 2018.
Número de concejales: 9
Presupuesto municipal para 2.010 fue de 2.933.238.379 y para el año 2016 era de 5.735.945.869.
Alumnos de grados uno al once en el Municipio: 1262.
Docentes: 52 y 5 administrativos.
Parroquias católicas: 1
Otras iglesias cristianas: 4
Entidad bancaria: Banco Agrario y servicios del Banco de Colombia.
Perífrasis: El Sol de los Venados.
Cabecera municipal y 18 veredas: La Ciénaga, Pueblo Rico, Buenavista, La Paz, La Estrella, La Morelia, El Contento, Los Caimos, Primavera, El Vaticano, Morroazul, El Bosque, Tamboral, Arrayanes, Guaimaral, El Pacífico, Altomira, Pinares.


CORREDOR DE TODOS LOS SANTOS

Para viajar desde Manizales a San José, en el Bajo Occidente de Caldas, se pasa por La Rochela y el corregimiento de Arauca. Se atraviesa el puente “Aquilino Villegas”, sobre el río Cauca y se ascienden hasta La Margarita o Cambía en donde se voltea a la izquierda. Hay condominios y casas de campo. Se observa una vega hermosa atravesada por la quebrada de la Libertad. En la cuchilla del fondo se divisa la entrada al túnel La Tesalia que tendrá 3,5 kilómetros y saldrá al valle del Risaralda. En los márgenes de la quebrada cabecean guaduales, pastan ganados y crecen extensos sembrados de cítricos y aguacate hass.

La carretera que empieza a ascender, suavemente, al comienzo, hace parte de un macroproyecto forjado en la ilusión de comunicarnos con el mar, propósito forjado desde la prehistoria e incrementado en la Colonia y la primera parte de la República. A mediados del siglo XX, la Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales encendió el entusiasmo sin lograr culminarlo. En la segunda parte del siglo pasado las comunicaciones de Caldas con el Chocó estuvieron aplazadas.

Al decaer el entusiasmo, en la capital caldense por obras de gran envergadura, el departamento de Risaralda y la Sociedad Arquímedes tomaron las riendas de ese sueño. La carretera entre La Virginia y Pueblo Rico es casi una autopista mientras que la vía entre Viterbo (Caldas) y Apía (Risaralda) es una carretera destapada sin dolientes. Demoraremos muchos años, todavía, para poder ir a bañarnos, un domingo, en las tibias aguas del océano y regresar a casa el mismo día.

Al empezar el siglo XXI, los gobiernos nacionales de turno se propusieron construir las llamadas Vías de 4° Generación, con puentes, viaductos, túneles, con el fin de recortar los trayectos entre varios centros de desarrollo. La llamada Pacífico 3 es la vía que comienza en Medellín, desciende a La Pintada, avanza hasta el Kilómetro 41, atraviesa el río Cauca, se mete por el túnel de La Tesalia, de 3,5 kilómetros, debajo de la carretera que une a Risaralda con San José, sale por la vereda El Cairo, cerca a Changuí, recorre el flanco oriental del valle del río Risaralda hasta la entrada a La Virginia y de allí se dirige al Valle del Cauca para concluir en Buenaventura.

Viajando de Manizales a San José, se observan cafetales tecnificados que caen en el regazo de lo que fue el caserío de La Libertad, luego asiento de una mítica hacienda, ya desaparecida. Más arriba, empiezan los minifundios. La Quiebra de Santa Bárbara alberga una comunidad que habita en casas solariegas, tupidas de jardines, platanales y una capilla al estilo de las antiguas posadas. Yendo de Manizales, ahí empieza el municipio que buscamos.

A este trayecto, entre La Margarita y San José y entre San José y Belalcázar se le dice, en semana santa, el Paseo de las Orquídeas.

Abajo, a la izquierda, se contempla el Cañón del Cauca, río que se estrecha entre rocas, después de pasar por La Virginia y corre, torrentoso, entre los municipios de Belalcázar, en la margen izquierda y Marsella (Rda.), en la margen derecha. Al fondo del paisaje, el Cauca recibe las aguas del río San Eugenio o Campoalegre. A un lado, en una plácida vega, se puede observar el complejo de la Chec, con los embalses de La Esmeralda y la tubería que desemboca en las turbinas de San Francisco antes de estrellarse contra las rocas del Cauca. Hasta el vallejuelo ubicado al occidente del río Cauca, cubierto de pastos y ganados, llega el territorio de San José.

En El Crucero se trifurca la carretera. De frente, el Valle del Risaralda se abre como un milagro exuberante; se baja hacia Viterbo y la vieja carretera central Cali-Medellín ahora renovada dentro del proyecto de Pacífico 3. Hacia la izquierda se va a Belalcázar y a la derecha se continúa para San José, a cinco minutos de recorrido. El terreno está cubierto de cafetales con hileras de matas de plátano o lotes sembrados de lulo a la espera de ser enviados a los mercados y supermercados de Cali, Medellín y Bogotá.

El viaje entre Manizales y San José, en buseta, desde el Terminal de Transportes, demora dos horas y, en carro particular, hora y media. La carretera, entre La Margarita y San José, por El Crucero, está bien pavimentada.

Si se inicia el viaje en la Pereira, se desciende a La Virginia y de allí, se llega a San José, de dos formas. A unos minutos de La Virginia se desvía a la derecha, en el paraje conocido como El Cairo; se mete la segunda al carro y se empieza a subir a Belalcázar en cuya entrada Cristo Rey espera con los brazos abiertos. De Belalcázar a San José, embelesado con el paisaje, se demora, únicamente, veinte minutos. Los jóvenes acostumbran hacer este trayecto, en tardes soleadas, en bicicletas.

Hay otra ruta. De Pereira y La Virginia se puede continuar, bordeando el río Risaralda y bebiéndose uno de los paisajes más bellos de la tierra, hasta donde estuvo funcionando la fonda Asia, al comienzo del Túnel de los Samanes, triunfal entrada a Viterbo. En 2018, construyeron ahí un complejo vial para repartir el tráfico. Los visitantes que van para San José, empiezan a trepar, a la derecha, en medio de ganaderías y cafetales. De Pereira a San José toda la carretera está bien pavimentada y el viaje dura hora y media.

Ya nos encontramos en la Cuchilla de Todos los Santos. Esta serranía es una montaña no muy extensa que corre en contravía pues, mientras que las cordilleras occidental, central y oriental, nacen en el sur de Colombia y van a morir al norte, la Cuchilla de Todos los Santos nace, en la cordillera occidental, al norte, y va a morir, a un lado de La Virginia, en el sur. Según estudios geológicos, esa serranía corresponde a una cordillera más antigua que el sistema orográfico actual tragada, hace 73 millones de años, por cataclismos inimaginables y el levantamiento de las cordilleras actuales.


PLANETARIO NATURAL

Si de algo se ufana San José de Caldas es de su paisaje. Al occidente, abajo, el lujurioso valle del río Risaralda se desliza entre sembrados de caña de azúcar, guaduales y potreros y nos incita a recitar el brioso encabezamiento de la novela Risaralda:
“Valle anchuroso de Risaralda, valle lindo y macho que se va regando entre dos cordilleras como una mancha de tinta verde. Llanura de dulce nombre que de tan serlo se deslíe en los labios como un confite de infancia” (Bernardo Arias Trujillo, Risaralda, 1960, pág. 1).

Al oriente, el cañón del Cauca que brama encañonado en las noches de invierno. Fray Pedro Simón, en sus Noticias Historiales, ya en el siglo XVI, refiere que el ámbito que se abre ante nuestros ojos se conocía con el nombre de “Provincia de los Ríos”.

Desde la cuchilla en la que están enclavados, a los cuatro vientos, Belalcázar, San José y Risaralda, hacia el oriente, se divisan las avenidas “12 de octubre” y “Centenario” de la ciudad de Manizales, como la proa de un arca varada a media falda de la cordillera central y, como telón de fondo, el Parque Nacional Natural que abarca, además del volcán-nevado de El Ruiz, el nevado Santa Isabel, el Cisne y el Paramillo de Santa Rosa. El poeta y novelista caldense que contempló este mismo escenario, en los años posteriores a 1930, escribió: “Se domina la cordillera central, con los esparadrapos del Ruiz, el Tolima, Herveo, Santa Isabel, el Cisne, Santa Rosa y, más acá, Manizales, desde cuya altura vigila el desarrollo de sus pueblos” (B. Arias Trujillo, Ibid, pág. 88).

Lástima que, por el ‘cambio climático’, esos “esparadrapos” se hayan reducido a su mínima extensión o reaparezcan, en una espléndida mañana, después de una noche de lluvia intensa.

En el lado occidental de la patria, el Nevado del Ruiz mantiene alelados a manizaleños, villamarianos, habitantes de Chinchiná, Palestina y muchos conglomerados más entre los que se cuenta los villorrios de la cuchilla de Todos los Santos. En mañanas despejadas lo divisan desde Pereira y también causa admiración. En tiempos de la Colonia española, El Ruiz se conocía como el Páramo de Cartago. San Jorge de Cartago estaba enclavado en la actual Pereira.

La cordillera occidental “emocionada de cerros hiperbólicos que tienen las cúspides heridas y calvas, con vendajes de nubes que blanquean en sus flancos”, ofrece a la contemplación, su altura máxima, en este trayecto, con el nombre de Cerro de Tatamá que, en lenguaje chamí, significa Abuela. En el centro de su silueta se abre La Ventana hacia el océano deslumbrante, más al norte, el cerro del Buey y finalizado el edificio del Tatamá, a la derecha, se perfila, aislada, la Teta de la India.

De mañana a tarde y aún en la noche, el Parque Nacional Natural del Tatamá es solaz para infinidad de habitantes de los municipios del occidente de Caldas y del Risaralda. Tiene un extraño magnetismo; nadie se cansa con su encanto. El Tatamá es el hábitat de muchas especies de aves provenientes de las selvas del Chocó.

Para innumerables habitantes del occidente de Caldas y el Risaralda, el Cerro de Tatamá es, a mucho honor, nuestro tótem máximo. En la casa, de los abuelos, en San José, mis tías abrían las ventanas, en las mañanas, cuando apenas rayaba el sol, para ver “cómo amaneció el Tatamá”, como si fuera un viejo miembro de la familia al que hay que consentir con arrumacos.

Otro tótem geográfico para los sanjoseños es el Alto de la Cruz que queda a diez minutos, a pie, desde la Plaza principal del pueblo. Frente al observador, San José parece una silla de montar sobre el lomo de una bestia. El pueblo sigue los vaivenes del abrupto contrafuerte en que quedó encaramado. Desde este promontorio, en donde estuvo ubicado el primer cementerio de San José, se puede seguir con la mirada los vericuetos del Camino Real de Occidente, en uso desde la prehistoria hasta mediados del siglo XX.

Las casas de San José Caldas construidas a la derecha reciben el sol de la mañana. Las casas levantadas a la izquierda, reciben el sol de los venados. Las horas de sol asignadas a cada domicilio tienen una distribución justa y milimétrica.

Las viviendas son, en su mayoría, de bahareque de guadua, material conocido como acero vegetal. Hasta hoy, ninguno de los huracanes prehistóricos que se apoderan sin contemplaciones de la Cuchilla de Todos los Santos ha logrado doblegar alguna de las viviendas de bahareque de guadua. Las casas, en su mayoría, están cubiertas con las mismas tejas de barro con que las techaron los pobladores a comienzos del siglo XX.

Las fachadas de las primeras viviendas, en el área urbana de San José de Caldas, edificadas al oriente, estuvieron forradas con láminas de zinc para favorecerlas de los huracanes que llegan galopando desde el Pacífico. En las casas del occidente, forraron la parte de atrás. A veces caen tantos rayos que parecería un polvorín en las fiestas patronales. Revientan como zurriagazos en los pararrayos de los campanarios. Es una zona de muchos metales dentro de las entrañas de la cuchilla. Santa Bárbara, la santa que invocan contra los rayos es, desde la Colonia, la patrona de Anserma.
El llamado sector histórico de San José llega, desde la entrada de Belalcázar, hasta la actual Alcaldía, en la parte de arriba, vía a Risaralda. A partir de la década de los ochenta del siglo XX, el pueblo se ha extendido sobre todo hacia el norte siguiendo las fluctuaciones del Camino Real de Occidente, en su tramo oriental. Hacia el sector norte quedan los edificios de la Alcaldía, la Cooperativa de Caficultores y Comité de Cafeteros, el Colegio Santa Teresita en ampliación en el año 2018, los barrios El Carmen, La Unión y El Portal, los tanques del acueducto, el Hogar del Anciano, el Cementerio y la Unidad Deportiva Centenario.

Al occidente de la plaza principal, al lado del valle del Risaralda, queda la Calle de La Ronda, el barrio de la U y, un poco más alejado, el barrio San Jorge. Al lado oriental, partiendo del Banco Agrario, encontramos el barrio La Esperanza, que va en hilera al lado del que se llamó, antaño, Camino de La Primavera.

El llamado Bajo Occidente de Caldas es un territorio que gira alrededor del Valle del Risaralda. “Este valle se llamaba al tiempo de la Conquista Amiseca; los conquistadores lo llamaron de Santa María y, más tarde, desde la Colonia, se le llamó de Rizaralda, porque allí tuvo una hacienda el español Emilio de Rizaralde” (Rufino Gutiérrez, 2008, pág. 274). Por el centro, a todo lo largo, serpentea una boa de plata.

En el centro del Valle del río Risaralda dormita Viterbo, urbanísticamente la población más bien trazada de Caldas. Se distingue perfectamente el ‘túnel’ vegetal de los Samanes, el paraje conocido, en la segunda mitad del siglo XX, como fonda de Asia, echada a pique, y el cerro de Palatino. Se observa la carretera central con sus perspectivas soñolientas que comunican a Pereira, Cartago y La Virginia con Anserma, Riosucio y Medellín.

La industria pesquera está muy desarrollada en este valle. Desde lo alto de la cuchilla y, a simple vista, se distingue innumerables estanques por los lados de La Isla (Belén de Umbría), Remolino, Cabo Verde (Risaralda), Changüí, Pinares (San José) y Acapulco (Belalcázar).

Desde La Cruz se puede contemplar varios villorrios nuevos de techos iguales. Son los condominios que grupos familiares de Pereira, Cartago, Manizales, localidades vecinas y aún del exterior, han escogido para disfrutar plácidamente de este edén, en sus temporadas de ocio. Para 2010, San José contaba, en el territorio que tiende sus pastizales hasta la carretera central, con dos condominios: “Valles de Acapulco” con 52 cabañas y “Río Bravo” con 17 cabañas. Después, han programado otros condominios.

El resto es caña de azúcar que alimenta los hornos y chimeneas del Ingenio Risaralda ubicado en la salida de La Virginia hacia Balboa (Rda.). Se ven las chimeneas echando humo y pavesas sobre el valle en que reverdece la caña. Cuadrícula verde de todos los colores, como diría Aurelio Arturo o Bernardo Arias Trujillo cuando describió, en Risaralda la hacienda Portobelo, junto a La Virginia: “Tierra de promisión y, en el llano infinito, hay todos los verdes imaginables: el verde vegetal de tono suave, el verde niño del mar, el verde anecdótico de cielo vespertino, y el verde añil de gafas de turista que alivia de tanta luz, como un colirio…” (Ibid. pág. 89).

En el norte, al fondo, queda Risaralda, detrás del cerro en donde bostezaba la fonda de Santa Ana y, un poco a la izquierda, se extiende la ciudad de Anserma Viejo, como el caparazón de una tortuga.

Al occidente, entre Viterbo, la tierra del dulce nombre, y Anserma, llamada La Abuela de Caldas, en mañanas y noches, se ve brillar el caserío de Taparcal, perteneciente a Belén que queda detrás de un contrafuerte de la cordillera occidental. Este fue el globo de tierra, de más de cinco mil hectáreas que don Francisco Jaramillo Ochoa compró al riosuceño Jorge Gartner, “en bosque, en 1893, denominado Umbría, situado en donde años después fundarían a Belén de Umbría”. (AlbeiroValencia Ll., 1994, págs. 183-214).

Atrás de Taparcal, el Alto de Serna guarda secretos de comunidades indígenas ya desaparecidas. En territorio perteneciente a los municipios de San José y Risaralda ha sobrevivido a las calamidades de la naturaleza y al aniquilamiento humano, una comunidad embera-chamí que habita el resguardo de Albania-La Morelia, al lado izquierdo y al pie de la montaña en que estamos parados.

Si de Viterbo se sube por la cuchilla occidental y se baja, en un corto trayecto, se encuentra Apía a donde viajaron muchos sanjoseños, cuando carecían de colegio, a estudiar en los magníficos establecimientos educativos de aquella ciudad. Por esos mismos lados, más al sur se divisa territorio de Santuario y Balboa (Risaralda) con sus cultivos tecnificados de tomate. Balboa se divisa como una vieja máquina de escribir.

El norte de los colonos quedaba al sur. Al llegar al Alto de la Cruz, los colonos, entre el siglo XIX y XX, divisaban en lontananza, la tierra de promisión. Al sur de la serranía en que estamos divisando, se alza Belalcázar (Caldas) y su símbolo sobresaliente, el monumento a Cristo Rey, de 45 metros de altura. Se divisa, allá, esperando visitantes que quieran recorrer una obra más ambiciosa que el Cristo de Río de Janeiro: más alta y en la que se puede ascender por sus escalas interiores.

Al pie de Belalcázar, hacia la derecha, “sobre una pequeña altura, en el vértice de Cauca y Risaralda se mira el puerto mulato de La Virginia” (B. Arias Trujillo, Ibid., pág. 88). Más al fondo, Cartago se mimetiza en el azul caliginoso de las tardes. En la noche, las ciudades del Valle del Cauca titilan como barcos anclados en quietas ensenadas.

Como en casi todo Caldas, los atardeceres se tiñen, sobre el Tatamá, con la sinfonía del arco iris. El sol que muere en América nace en el Lejano Oriente que, en realidad, para nosotros que no somos europeos, es el Lejano Occidente. Sus rayos oblicuos chocan con la superficie del océano y sus reflejos llegan hasta los que habitamos en el occidente colombiano, en forma de arreboles suntuosos.

Cuando no había aún televisión en el país, a la hora del ángelus, frente a las ventanas de las casas o en los corredores de las fincas, se sentaban los abuelos a narrar a los nietos viajes de parsimoniosos reyes magos, princesas y monstruos, basándose en el desplazamiento de esas nubes barrocas que se yerguen sobre la montaña que tutela la tarde en donde el firmamento se convierte, por obra y gracia de la fantasía, en el más gigantesco telón de fondo, móvil y a todo color. A los pies de ese pesebre, serpentea, inmóvil, la corriente plateada del río Risaralda.

En las noches despejadas, la vista desde el Alto de la Cruz ofrece un espectáculo tan sorprendente como en un planetario. Se aprecia “ese maravilloso techo sembrado de luces doradas” ante el que se abismaba Hamlet. Cielo incontaminado y estrellas titilantes, como al otro día de la Creación. Fogatas que cabecean variando la intensidad de su luz y la distancia infinita. Desde este lugar se pueden observar algunos mapas celestes seguidos por los viajeros del mar y del desierto (ver O.H.J. Cartas a Celina, 1994).

Estudiando el cielo, los antiguos dedujeron el tiempo, la forma y la dimensión de la tierra. Los griegos y los viajeros del desierto, siglos antes que Colón, supieron que la tierra era redonda mirando el cielo. Las estrellas guiaron a los polinesios en sus viajes por el mar. Y nosotros desconocemos el camino de las estrellas.

Vendrán otras generaciones que, desde un lugar como éste, explorarán nuevos mundos. De pronto, desde la Cruz alguien, alguna noche, presencie el estallido de una supernova; una explosión que ocurrió hace decenas de miles de años luz y, apenas, sus efectos visuales han llegado a morir en nuestros ojos.

En noches despejadas, ese firmamento se prolonga en la tierra. La tierra cafetera, en la noche, es una de las más pobladas de luces artificiales. Por eso, titilan Anserma, Viterbo, Belalcázar, La Virginia, Cartago, el Camellón de Cerritos, en la entrada a Pereira y otros navíos nocturnos en el Valle del Cauca. Se contemplan los cielorrasos de las nubes iluminadas por la luz artificial de Santa Rosa, Marsella, Chinchiná y Neira; la luz de Palestina espera agrandarse con los reflectores nocturnos de un aeropuerto aplazado y, atrás, la procesión detenida de lámparas, en las avenidas manizaleñas. Estamos sumergidos en el interior de una burbuja de luz.


Casa Juvenal Jiménez

POBLAMIENTO DE LA CUCHILLA

La llamada ‘colonización paisa’ es más amplia que la llamada ‘colonización antioqueña’. La colonización paisa se caracterizó por la emigración no solo de antioqueños del sur sino de familias del norte y del centro del territorio que, a partir de 1905, constituiría el departamento de Caldas.

En el occidente de los actuales departamentos de Caldas y Risaralda existía una amplia población indígena embera-chamí mimetizada en los pliegues de las quebradas y vallejuelos y una población negra que trabajaba en las minas de oro y en los cultivos de caña de azúcar. Hubo varios palenques.

En cuanto a nuevos habitantes, fuera de antioqueños, hay que mencionar un número significativo de hacendados y muchedumbres explotadas en cultivos de caña, tabaco, minas, oficios domésticos y otros menesteres, fuera de funcionarios, docentes y sacerdotes nombrados directamente por la administración civil y eclesiástica del Estado Soberano del Cauca u otras instancias, en ciudades intermedias de ese Estado, con destino a las poblaciones del actual occidente y sur de Caldas y de los departamentos del Risaralda, Quindío y Chocó.

En el año de 1865, las autoridades del Estado del Cauca autorizaron las ventas de baldíos que escaseaban en el Estado de Antioquia. Cuando en Antioquia adjudicaban 12 hectáreas a cada colono, en el Cauca daban 38. Esto causó resentimiento en los caucanos raizales a quienes no les cayeron bien las mayores ventajas para los recién llegados. A partir de entonces, las divisiones entre los dos estados se hicieron menos cordiales.

Al finalizar el siglo XIX, Riosucio era la capital de la provincia de Marmato a la que pertenecía el occidente de los que, en el siglo XX, serían los departamentos de Caldas y Risaralda. Durante la Guerra de los Mil Días, Riosucio fue centro del gobierno de orientación conservadora. Desde Riosucio, con el apoyo de Jericó, Caramanta y Anserma, se neutralizaron las guerrillas liberales que transitaban por las márgenes del río Cauca y del río Risaralda, los campos de Salamina, Filadelfia, Neira, Manizales, Apía y sur del Chocó. Supía, Quinchía, Guática y San Clemente eran liberales mientras que Riosucio (a excepción de Bonafont), como otros caseríos de ese sector, eran conservadores y gobiernistas. Venció el gobierno porque las guerrillas carecían de unidad de mando.

Otto Morales Benítez consideraba que las divisiones entre caucanos y antioqueños no eran solo políticas pues tenían que ver con dos visiones distintas de la vida y sus problemas. Las respuestas a esa problemática social, económica, religiosa, legal y cultural no eran las mismas. Observó Morales Benítez que “En el antioqueño se percibía un ansia de tierra. Los caucanos, poco se preocupaban de ella”, pues la tenían en abundancia. A esto se añade, como dice el historiador Álvaro Gärtner, la falta de ambición territorial de la raza negra en un estado como el del Cauca que era el más extenso pues abarcaba desde Amazonas, pasando por Putumayo y Nariño, hasta el golfo de Urabá.

Hubo otros motivos que facilitaron la colonización antioqueña:

“Varios eran los motivos que impulsaban a los dirigentes de Popayán a permitir la entrada de colonos paisas: la enorme extensión de su territorio, gran parte baldío, con tierras fértiles cuya venta generaría ingresos al erario provincial; la necesidad de establecer un muro humano que impidiera una invasión militar antioqueña pues se suponía que los antioqueños no atacarían poblaciones de sus propios coterráneos y volver esas tierras productivas creando una vocación de trabajo de por sí escasa, sobre todo en el valle geográfico del río Cauca” (Álvaro Gärtner, 25 de noviembre de 2012, p.2).

LOS OROZCO EN LA LOMA

Corría la segunda parte del siglo XIX cuando el señor Pedro Orozco Ocampo, oriundo de Támesis, (1817-1896), terminó de parcelar grandes extensiones en su municipio y se dirigió a Ansermaviejo que no tomaba aún un fuerte impulso en la nueva fundación paisa. Según Alfredo Cardona, “Pedro Orozco y su hermano Jorge fueron los artífices del repoblamiento ansermeño; con otros seis hermanos, con parientes y amigos acapararon las fértiles tierras de Ansermaviejo y las lotearon y convirtieron un moridero de indios pobres en un municipio importante” (22 de mayo de 2016, pág. 7).

El gobierno nacional adjudicó al señor Pedro Orozco Ocampo, parte de la Loma de Anserma (actual cuchilla de Belalcázar o de Todos los Santos), a cambio de mantener bien organizado el Camino Anserma-Cartago. José María Mejía tuvo la pretensión de adueñarse de un enorme latifundio en la vertiente del río Cauca (1882) pero no logró coronar sus ambiciones. Orozco amplió la trocha en la temporada en que se restablecía como concurrida variante del Camino Real, cobró peajes y el pontazgo sobre el río Cauca y fundó La Soledad, llamada luego Belalcázar.

Por los lados de Anserma, el territorio que el señor Pedro Orozco Ocampo reservó para sí correspondía, en líneas generales, al Horro, La Tusa, Paloblanco, Chápata, La Soledad (Belalcázar), Soria y Varillas (Risaralda). Su hermano Sandalio Orozco montó dehesas en el Alto de Morrón (por Samaria, al otro lado del Cauca) y en el sitio Guaymaral, al lado izquierda del mismo río. Luis Orozco, adquirió lotes y ranchos en Anserma, Jorge Orozco en Sarsirí y derechos en la parcialidad de Tabuyo. Leopoldo Orozco abrió la enorme propiedad de “La India”, una hacienda legendaria con muchos episodios que darían para una novela y que se extendía desde el río Cauca hasta muy arriba subiendo a la Cuchilla de Belalcázar, en donde quedaron situados Belalcázar, San José y Risaralda (Ibid.).

A los asalariados que arreglaban algún sector de los caminos principales (reales), les adjudicaron globos de tierra, les recompensaron con parcelas para que cultivaran y, así, no se alejaran del camino en el que invertían su fuerza de trabajo. Ellos trabajaban en sus parcelas varios días de la semana y reservaban dos días para la obra del camino.

Con estos colonos de hacha y machete, se fueron consolidando los primeros núcleos poblacionales de este sector que servían de término a la jornada que, de sur a norte, se emprendía en Sopinga, Pueblo e’lata, Puerto Chávez o La Virginia, se subía por la pendiente del Alto del Madroño y se descansaba en donde se fundó La Soledad o Belalcázar, Miravalle (San José) o San Joaquín. Otra jornada procedía del Quindío, pasaba por Pereira, avanzaba por Segovia (Marsella), atravesaba el río Cauca y ascendía a la Cuchilla, ya fuera en La Soledad, Charco Verde o a la actual vereda de La Habana. De norte a sur, la jornada que se iniciaba en Supía o Marmato demoraba, para unos en Anserma y para otros en los alrededores de Miravalle (San José), para hacer al otro día la jornada a Marsella, rumbo a Pereira.

“Funcionarios caucanos y empresarios que habían llegado antes, revendieron la tierra a colonos paisas que llegaban en tropel motivados por las facilidades de pago y las gabelas que ofrecía Pedro Orozco Ocampo quien suministraba semillas, daba ganado en compañía y cedía lotes a cambio de trabajo” (Ibid.).

La gente viajaba de Bogotá o Manizales, rumbo a Apía, Santuario y sur del Chocó, en donde estuvo ubicada la penitenciaría de Jamarraya, por el llamado Camino Nacional que, de oriente a occidente, atravesaba el río Cauca por el actual Kilómetro 41 y luego por Arauca; ascendía a La Margarita; ahí podía continuar a San Joaquín y Anserma o, a la izquierda, trepaba a la Quiebra de Santa Bárbara en donde se respira aire tibio; de ahí se subía al Camino Real, en la cuchilla; se recorría una legua por lo alto para detenerse a descansar en El Guamo. De El Guamo, el camino se iba de bruces sobre el valle del río Risaralda siguiendo el lomo del pequeño contrafuerte que va por El Bosque, Morroazul y el Vaticano.

O al contrario. Los de Apía, Santuario o Chocó que iban para Manizales o el río Magdalena subían la cuesta de Asia a El Guamo o, después de que feneció este conjunto de fondas, ascendían por el camino de Asia y La Siberia, torcían por el ramal de Altomira, hasta llegar a la cuchilla por detrás del Alto de la Cruz, en las goteras de San José; continuaban por la cresta, pasaban por la calle real del caserío para descender a la Quiebra de Santa Bárbara; de allí a La Margarita y el río Cauca para trepar al llamado Alto del Tamarindo (Manizales), con las cumbres cubiertas de nieve, al fondo.

“En 1893, Juan de la Cruz Grajales compró unas mejoras cerca del Alto del Guamo donde organizó una modesta fonda con pesebrera y alojamiento para los arrieros. Este fue el embrión de otra aldea en cuyos alrededores se instalaron, hacia 1906, Juvenal Jiménez y sus hijos Marcos, Jesús y Teófilo; Rafael Marín, José María Valencia, Eustasio Bedoya y Juan Quirama y familias” (Alfredo Cardona T., 21 de diciembre de 1997, pág. 5ª).

Luego, como producto de una misión católica impulsada desde la parroquia de Belalcázar, El Guamo fue rebautizado con el nombre de San Gerardo. A un kilómetro queda hoy El Crucero, confluencia de las carreteras que van de Manizales a Belalcázar, Viterbo y San José.

El ramal de Altomira, entre Asia y San José, cobró mucha importancia después del traslado del Viejo Guamo a San José. Partía de San José, por el Alto de la Cruz (antes Alto de la Virgen) y de ahí, entre canalones se descendía, por la vereda Altomira, al paraje El Vaticano; pasaba por Asia a Viterbo y de este pueblo ascendía por las vegas de El Socorro y La Máquina a lo alto de la Cuchilla de Apía; de allí, se descolgaba un pequeño trecho y se entraba a ese pueblo, próspero en esos tiempos, por el actual barrio Santa Inés y la calle de Matecaña. Por San José, los canalones del camino de Altomira todavía asustan por su profundidad y sus curvas cerradas.

La tierra, cubierta de yarumos blancos, caimos, arrayanes, cedros negros, nogales, sietecueros, rapabarbas y animales silvestres, se fue llenando de travesías y atajos como si se tratara de las arterias y venas de un animal. No solo el Camino Real (norte-sur) y el Camino Nacional del Chocó (oriente-occidente) sino otros que, en un comienzo fueron atajos y luego se fueron poniendo de uso constante.

Así, hubo un camino amplio que venía del Chocó y pasaba por Mistrató y Belén de Umbría, atravesaba el río Risaralda por el sitio de La Isla y se empinaba por las veredas Los Caimos y El Contento hasta salir al actual cementerio de San José; se recorría unas tres cuadras hacia el sur, por el Camino Real y se descendía por la Quiebra de Santa Bárbara y Cambía (La Margarita) al Kilómetro 41 o a Arauca, paraje ya mencionado en las crónicas de las Guerras Civiles. Muchos viajeros, al atravesar el río Risaralda, en La Isla, ascendían el camino secundario de La Torre, Pueblo Rico, Tulcán, La Estrella, Buenavista, La Libertad y Cambía.

Si las adjudicaciones de tierras por parte del Gobierno Nacional mitigaron, en parte, el problema de los colonos ubicados sobre caminos principales, fue una resolución del Gobierno Nacional, expedida en abril de 1912, la que buscó solucionar el problema con los colonos ubicados sobre los caminos secundarios. Se trataba de los llamados “colonos camineros”. Mediante un contrato hecho por el administrador de un camino y aprobado por el Ministerio, se daba una faja de terreno a cada colono, con la condición de que lo cultivara y atendiera a la conservación del camino. El administrador ofrecía herramientas para cultivos y vías.

Esa misma situación se presentó en el camino entre Filadelfia y La Felisa; entre Salamina, La Merced y ese mismo paso sobre el río Cauca; entre Anserma, Quinchía y Riosucio con Irra; entre Anserma y Guática.

En la segunda parte del siglo XIX y comienzos del XX, en toda fonda que se respetara como el fonderío de El Guamo existían distintos juguetes para los viajeros y arrieros: cartas, dados, tapetusa, chicha y unas mujeres, al estilo Canchelo, una protagonista de Risaralda, que hacían olvidar las penas y que con sus encantos reconfortaban los cansados cuerpos de los viandantes. No podía faltar el “tiple bonachón y montañero, tiple sentimental y macho, camarada fidelísimo de nuestro pueblo humilde” (B. Arias. T. Op.cit. pág. 134). En fondas como las de El Guamo se ofrecía la tentación de endulzar la vida, hasta la próxima parada. Por eso se repetían coplas por el estilo de esta: “Cuando yo arriaba mis mulas/ eran mis negociaciones:/ alzar naguas de pa’rriba/ y de pa’bajo calzones”.

La imagen de El Guamo que los misioneros y los abuelos sembraron en los nietos fue la de una de esas ciudades bíblicas destruidas por la lujuria, el licor, los juegos de azar, peleas de gallos y duelos de seres humanos con sus correspondientes víctimas.

Pasados los años, varios campesinos del contorno ofrecieron la versión más veraz que explica el final del caserío que terminó bautizado, como en un conjuro, como San Gerardo, patrono de las mujeres parturientas. Las leyendas refieren que, sobre El Guamo, cayeron infinidad de maldiciones. Este podría ser un indicio de la situación que se padecía en ese villorrio debido al desenfreno de los sentidos y falta de recursos médicos. No se trató de un castigo divino en forma de lenguas de fuego.

Pero, la situación de este fonderío se complicó: “los baldíos del Guamo se salvaron de la ambición de Rudecindo Ospina y de Pedro Orozco. Los colonos pobres que venían de Antioquia pudieron ocuparlos sin oposición pues los latifundistas notaron la falta de agua y lo abrupto del terreno” (A. Cardona T. ibid.). En este trayecto del Camino Real no hay torrentes de agua que lo crucen. El agua nace más abajo.

En los alrededores de El Guamo o San Gerardo, sus habitantes talaron en forma inmisericorde los árboles que protegían el nacimiento de agua. Ante la imposibilidad de surtirse de ella, la población inició su diáspora. Muchos desanduvieron el camino hacia el norte, en la vía a Anserma, buscando desesperadamente una solución vital. “La venganza de la tierra” (Lovelock). El dueño de estas lomas había muerto hacía poco, en 1896, lo que facilitaba para un asentamiento definitivo o una fundación espontánea.

El proceso de despoblamiento del llamado, desde entonces, Guamo Viejo no fue apacible. En cierto momento entraron en agrias discusiones Gregorio Ocampo y Ángel María Valencia con un caballero de apellido Valencia, otro de apellido Giraldo y un tendero de apellido Grajales, entre otros. Los primeros insistían en emigrar todos por la falta de agua y los segundos persistían en su afán de quedarse. Vencieron los que presionaban por el éxodo.

“Existe la fundación espontánea que realizan los colonos cuando llegan a una región y colonizan, tumban monte, organizan fincas, caminos y, por último van levantando casas alrededor de una fonda, de una casa grande o de una plaza. Años más tarde vendrá el acto administrativo, la legalización de la tierra colonizada y de los lotes urbanos; la fundación oficial” (Albeiro Valencia Ll. Raíces en el tiempo, 2010, pág. 237).

El sitio Miravalle, aún sin muchos habitantes, fue bautizado como San José, por el misionero que también bautizó a Charco Verde como San Isidro. Su poblamiento constituye un caso curioso entre los poblamientos propios de la colonización paisa. La motivación principal para darle vida, a pesar de haber escogido como enclave un punto sobre una de las vías arterias de la patria, no fue ubicarlo “alrededor de una fonda, de una casa grande o una plaza”. Fue, un móvil más primario, más práctico y a la vez más poético: la búsqueda angustiosa de un manantial de agua.

Los que regresaban al norte, pasaron por la casa de Isaías Martínez, el patriarca mayor de la comarca. Isaías fue el colono más antiguo afincado en las goteras del actual San José. Unos peones comentaban que Isaías era español y que tenía vínculos familiares con el propietario del terreno en que se fundó Pereira. Otros aparecieron con la versión de que era de Valparaíso (Antioquia). Vivió en “El Rastrillo”, en una casona, en forma de L, en lo alto del camino real, detrás del Alto de la Cruz, en donde sale el atajo que cae a la Laguna, en la entrada suroccidental a San José, por la vía de El Crucero. El Camino Real lamía los patios y corrales de esa casona; ahí mismo, el Camino Real se descolgaba, hacia el sur, por unos escabrosos zanjones que aún subsisten.

El lado oriental de la cuchilla, en el sector correspondiente a San José, fue de Isaías Martínez y luego de sus descendientes. El viejo Isaías vendió a Félix Zuleta y este a Manuel Montes. La casona de El Rastrillo fue destruida en su totalidad, en la década de los 70 del siglo XX, sin que los posteriores dueños construyeran otra casa en ese estratégico lugar. Todavía, en 2018, se detenía uno en ese espacio plano como una mesa, rodeado de paisaje por todas partes, en donde estuvo anclada la casona y se percibía la algarabía de voces del camino fantasma y el paso de sombras inquietantes de quienes transitaron por esas trochas.

Isaías Martínez se casó con Felipa Hernández, llegada de Neira. Ambos fueron padres de Emiliano, Marceliano, Crispiniano, Graciliano, Isaías, Pedro, Antonio, Etelvina, María, Rosa, Angelina e Isaura.

Hasta mediados del siglo 20, la mayor parte del flanco oriental de la Cuchilla de Belalcázar, entre el camino que parte de San José hacia la Finca La Primavera, y El Crucero, pertenecía a alguno de los hijos de Isaías Martínez y sus ramificaciones. Etelvina se casó con Jesús María Ceballos (“Tocayo Ceballos”) y sus herederos ocupaban, en 2018, el mismo espacio que el ocupado por sus bisabuelos, cien años antes. Isaura se casó con Jesús María Jiménez, hijo de Juvenal y dueño de una tienda en San José (mis abuelos maternos). Evangelina se casó con Luciano Ríos y fueron dueños de una finca grande, por Guaimaral o Arrayanes, adquirida mucho después por Ariel Correa. Fueron hijos de Luciano y Evangelina: Juan de Dios, Eva, Carlina, Luciano (“Tocayo”), Roberto, Rosalba, Venancia y Alejandro.

Ya adultos, varios de ellos se mudaron al Valle del Cauca y Pereira. Isaías se casó con María Jesús López y fueron padres de Haydée, Arquimedes, Ancízar, Amanda y Yolanda. Pedro fue el propietario de la hermosa finca El Pino, por los lados de la Quiebra de Santa Bárbara; se casó con Ofelia Pineda y emigraron al Valle y luego pasaron a Pereira. Junto a las fincas de Isaías, los Ceballos y Evangelina tuvo su propiedad el compadre Sebastián Martínez, llamado “Compita”, papá de Aurentino y Tancler.

A Isaías Martínez lo llamaban “Don Cavilo” porque, cuando en uno de tantos debates pedían su opinión, decía antes de responder: “Cavilo, cavilo”. Cavilar: Pensar con precaución. De honorabilidad sin tacha. Fue la persona a la que el Juez y el Personero de Belalcázar citaron para que, bajo juramento, atestiguara que las firmas para la solicitud de nueva anexión de San José a esa cabecera fueron hechas en el área urbana de San José, el día indicado.

“Soy mayor de cincuenta años, vecino de Anserma y sin generales de la ley con la que me interroga. Me consta que ayer tarde, en el poblado del Corregimiento de San José del Municipio de Anserma, en el corto término de dos horas, los vecinos de este Corregimiento presentes allí, con gran entusiasmo y de espontánea voluntad, firmaron todos el Memorial dirigido a la H. Asamblea Deptal., sobre segregación de ese Corregimiento para agregarlo a este Municipio” (Archivo personal O.H.J.).

Como muchos otros colonos repletos de esperanzas, Isaías Martínez, con su esposa y la familia, montaron una propiedad rural autosuficiente. En forma intermitente cosechaban, en la zona alta de la montaña, maíz, fríjol, yuca, plátano y se dedicaban también al engorde de gallinas y cerdos que sacrificaban, como decían, en los mercados semanales; tuvo cuatro marranas cuyas crían vendía a los que pasaban por el Camino. En su propiedad, hubo sembrados de caña de azúcar para alimentar el trapiche en donde elaboraban panela, guarapo y miel para el ganado; la caña picada era alimento para las bestias. Fue de los primeros cultivadores de café, en la falda de la cuchilla. Las familias acomodadas, de acuerdo con los parámetros de esta tierra en la que la mayor parte de la población era pobre, tenían varias vacas para surtir de leche, queso y mantequilla, la cocina propia y las de los vecinos. Con el producido mercaban y compraban herramientas.

Juvenal Jiménez fue vecino de Isaías Martínez. Tuvo su propiedad enseguida de la del profeta mayor; la casa quedaba, por el Camino Real, una cuadra al sur del Alto de la Cruz. Se trataba de una finca conocida con el nombre de “El Jordán”. Esa propiedad se extendía, Laguna abajo, y pasaba la carretera que sirvió para comunicarse, cincuenta años después, con Manizales. Luego, Juvenal se mudó para una casa que construyó para su familia a una cuadra de la actual entrada de Belalcázar, a mano derecha. Aún subsiste. Allí vivió con su esposa María Francisca Agudelo. Ambos fueron padres de Manuel Antonio, Jesús María, Teófilo, Marcos, Julia Rosa, Laura, María y Rosalía Jiménez Agudelo. Varios hijos se casaron y emigraron a Viterbo, Anserma y otras ciudades. Después de que enviudó, en San José, Teófilo se casó con Marta Rosa Díaz Estrada y se trasteó para Viterbo; Jesús María (“don Jesús”) se casó con Isaura Martínez, su primera esposa, y tuvieron como hijos a José, Jesús María, Roberto, Francisco y Rosa María (1918-2000, mi madre); con Pastorita, su segunda esposa, tuvo a Leticia, bella morena dotada de mucha entereza que se casó con Bernardo Ramírez.

En sus viajes por la cuchilla, Gregorio Ocampo le hizo ver que a Juvenal que, con tal de darle forma a un nuevo poblado, se mudara de El Jordán al nuevo emplazamiento en donde podía disfrutar del nacimiento de agua de Las Travesías ante la falta de agua, arriba, junto al Alto de la Cruz.

Por el lado del valle del río Risaralda, al occidente, sucedían otros acontecimientos. En el siglo XIX, negros fugitivos dieron vida al palenque de Sopinga en donde el río Risaralda tributa sus aguas al Cauca. En 1904, año de una hipotética fundación de La Virginia, los blancos se afianzaban como dueños del Valle del Risaralda por lo que, al asentamiento le arrebataron el nombre de fonética negroide. “Que no Sopinga, nombre inmoral, de notoria salvajía, sabor negroide y ninguna significación castellana” (Bernardo Arias T.). ¡Adelante con La Pacha Durán y La Canchelo! Llegaron la Compañía Caucana de Navegación, la Compañía Antioqueña, Hood Compañía, Estrada Hermanos y Carlos Pinzón, con sus empresas transportadoras de café y cacao, por el río Cauca.

Entre 1876 y 1882, don Pedro José Ocampo legalizó para sí un globo de tierra baldía, gran parte de la cual hacía parte del resguardo indígena embera-chamí, entre Anserma y la actual Virginia, entre el camino que reptaba por la cima hasta las márgenes del río Risaralda y que en su mayor parte, él adjudicó a otros recién llegados.

Esto correspondía a una política oficial que venía de antes. Por la ley del 28 de marzo de 1849, sancionada por Tomás Cipriano de Mosquera, el poder ejecutivo quedaba facultado para adjudicar hasta 10 fanegadas de tierras baldías, en las orillas de los caminos nacionales, a cada familia que allí se estableciera, bajo la condición de que habitara y cultivara el terreno adquirido.

Hubo emigrantes que escogían los lotes, ponían los cultivos a producir y, luego, se dirigían a Anserma en búsqueda de la titulación. José María Marín y Julián Ortiz, de quienes se afirma que fueron los primeros colonizadores de tierras en donde se encuentra el casco urbano de Apía, en 1870, viajaron a Anserma detrás de la titulación de esos terrenos y ahora, ante la historia oficial, posan de fundadores.

Muchos vendieron lo escriturado para irse a asentar en otras tierras, por el Valle del Cauca o el Quindío. En general, los lotes fueron dados como trueque por jornales en la conservación del Camino Real y, en otros casos, entregados por Gregorio y Pedro José Ocampo, a cambio de trabajo material. Pedro Orozco, adjudicatario en la zona centro-sur de la Loma de Anserma fueron los principales promotores de la legalización de solares en este territorio.

TRAS UNA FUNDACIÓN

Contaban los que eran niños en la primera década del siglo XX que Gregorio Ocampo organizó una reunión de colonos en el naciente caserío. Se difundió, entre los que pasaban por el camino, el motivo de la reunión y la fecha. Para que constara que allí vivían muchas familias que clamaban por la distribución de los lotes ordenó a un grupo de solicitantes que, en el marco del espacio ocupado hoy en día por la plaza de San José, levantaran ranchos con tablas y varas amarradas con bejuco tripeperro y palmicho encima. Lo hicieron con entusiasmo y, a un lado de cada rancho, organizaron tres piedras grandes que dieran la idea de un fogón. No puede haber hogar sin fuego; hogar viene de hoguera. Se esperaba que, por haber asistido a la reunión, cada grupo familiar fuera considerado como de colonos arraigados, con la promesa de su parte, de pertenecer, desde ese momento, como integrante de la nueva área urbana.

Fuera de Juvenal Jiménez, su compadre José de los Santos Hernández, sus pequeños hijos y otros vecinos del contorno, pocos se hicieron presentes en el acto de la fundación simbólica. Como explicaciones de ese fracaso inicial, se comentó la falta de divulgación necesaria entre personas y familias dispersas; otros hablaron de que la información fue tergiversada involuntariamente o por allegados al terrateniente José María Mejía, voraz propietario de grandes extensiones por las tierras que, desde el sector de Montecristo caían al cañón del Cauca. Como contrapeso decían que, a cambio de las tierras, don Pedro José entregaba semillas y herramientas a altísimos intereses. Varios ranchos permanecieron vacíos, a la vista de los invitados y de los peones que, por no tener familia estable, no tenían las condiciones mínimas impuestas por don Pedro para poblar un área urbana.

De esta manera, Fabriciano Rincón, el juez poblador enviado de Anserma, no pudo otorgar muchas escrituras de adjudicación de esos terrenos a los colonos que los parroquianos catalogarían como “fundadores” de San José.

Se había prometido entregar seis fanegadas a los casados y cuatro a los solteros Así transcurrió la fundación de un pueblo fantasma. Según el punto de vista de Juvenal Alzate Jiménez, con chozas improvisadas para una población entre real y ficticia, “se fundó” San José.

Esa treta no se puede tomar como el “acto de fundación” pues en realidad este sector, entre finales del siglo XIX y principios del XX, iba siendo poblado por colonos dispersos, de carne y hueso, con una dinámica real, constante en ese período, pero sin apresuramientos. Llegaban del suroeste antioqueño y noroeste de lo que conformaría al departamento de Caldas, además de muchos que se habían demorado en Riosucio y Anserma y habían decidido trasladarse más abajo, por la Loma de Anserma y los que se trastearon de San Gerardo para ubicarse al bajar del Alto de la Cruz, hacia el norte, en lo que son, ahora, la primera y segunda cuadra de San José al llegar de Belalcázar.

Juvenal Jiménez fue el primero que se asentó en ese punto del Camino Real, junto al atajo que conducía al nacimiento de agua de Las Travesías, en donde en la actualidad existe San José.

Tantearon el terreno en búsqueda de agua. Sin embargo, pasados los años, como en los demás pueblos del Gran Caldas, se empezó a hablar impropiamente de una épica ‘fundación’. El rapsoda del pueblo, durante los veinte últimos años del siglo XX y diez primeros del siglo XXI, el campesino don José Jesús Amelines Alcalde, vio ese momento de la siguiente forma: “Camino de los abuelos, donde pusieron el pie y fundaron este pueblo que se llama San José”.

María de los Ángeles L. y Santos Hernández

ASUNTO DE CARPINTERÍA

Las casas de un piso, en bahareque, la mayoría de las cuales sobrevivían, en la segunda década del siglo XXI, entre la entrada de El Crucero y la curva de la segunda cuadra hacia la actual plaza, constituyeron el núcleo primigenio de este poblado al que impusieron el topónimo religioso San José sobre el descriptivo Miravalle.

El primer carpintero que tomó parte activa en la construcción de las viviendas del naciente caserío fue el mismo Juvenal Jiménez, esposo de María Francisca Agudelo. Se encargó con sus ayudantes de edificar la mayor parte de las casas de un piso que empiezan en la entrada de Belalcázar. Ya se le decía “pueblo”, a una y media cuadra desde la entrada sur hasta la curva, camino a donde se delimitaría la plaza.

Con la colaboración de los vecinos, Juvenal Jiménez dirigió la construcción de la primera capilla católica con madera donada por los creyentes; era de dos aguas y techo, primero, de hojas de palmicho y luego de astillas de cascarillo. Su orientación era del noroccidente (el altar) al suroriente con una puerta que daba verticalmente sobre el Camino Real. Quedó tan aceptable que, al ocurrir la fundación de Viterbo, el 19 de abril de 1911, llamaron a Juvenal para que construyera la primera capilla del nuevo poblado asentado en el exuberante Valle del Risaralda (ver Ómar Montoya M., pág. 122).

La casa de Juvenal, sobre el Camino Real, de un piso y patio interior, en forma de L, hace esquina frente a la inspección de policía, más de cien años después de construida. Esa casa ya existía cuando construyeron la primera inspección que luego de 60 años trasladaron para una edificación de dos pisos frente al puesto de salud, luego hospital, de donde la volvieron a trastear a una construcción en cemento que sustituyó la bella casa de bahareque de dos pisos que hubo al principio en el mismo espacio en donde nacía la bocacalle de Las Travesías. Con la nueva inspección, inaugurada en 2010, ocultaron el paisaje sobre el Valle de Risaralda y el Tatamá.
Al empezar el siglo XX, por esa bocacalle que divide la primera cuadra y la segunda, en San José, los colonos que habían emigrado a este lugar bajaron, en sesgo, y, a unas cinco cuadras encontraron, el nacimiento de agua de Las Travesías.

José de los Santos Hernández Londoño (nacido en Neira, sur de Antioquia y luego norte de Caldas, el 1 Nov.1873 y muerto en San José Cds., el 4 Nov.1924), contrajo matrimonio con María de los Ángeles Londoño Duque (también nacida en Neira, el 11 Julio 1879 y muerta, en Pereira Cds., el 24 de mayo 1954). La ceremonia matrimonial tuvo lugar en el templo de San Juan Bautista de Neira, el primero de mayo de 1899. José de los Santos y María de los Ángeles tuvieron los siguientes hijos, los mayores en Neira y los menores en San José: Ignacio, Emilia (religiosa vicentina), Ana Matilde, María de los Ángeles, Daniel (19 de diciembre de 1909-15 de julio de 1972, que fue mi padre, bautizado en Belalcázar); Clara Rosa, Emilio, Samuel, Teresa de Jesús y Octavio (1917-1980), doctorado en teología en la Universidad Gregoriana de Roma.

Al nacer el siglo XX, entre cantos de sirena, José de los Santos y su esposa escucharon las leyendas de ríos de oro, en donde se oculta el sol. Tomaron la decisión de partir de Neira y de esta manera también huirían de las guerras civiles cuyas huestes pasaban por el camino que atravesaba a Neira arrastrando, en su vorágine, mujeres y varones jóvenes. Benjamín Herrera prefería llamar guerrillas, en vez de ejércitos, a los grupos de combatientes liberales que se movían en el Cauca, estado que iba desde la frontera con el Ecuador hasta el Urabá.

En el éxodo, el joven matrimonio se detuvo un tiempo en la finca “La Carmela” del hermano de Santos, Emilio Hernández y Clarita, su esposa. Una guerrilla que merodeaba por el sector de La Margarita, en la Guerra de los Mil Días, puso los ojos en varias mujeres jóvenes de la familia con el propósito de llevárselas al estilo de “las juanas” por lo que Emilio y Santos tuvieron que entrar a tranzar con los jefes guerrilleros cambiando las mujeres que habían mandado a alistar para emprender el camino por unas reses que Emilio tenían en un potrero.

Hastiados por los avatares de la guerra e ilusionados con los espejismos de una riqueza dorada, José de los Santos y su joven esposa reemprendieron el viaje por el Camino Nacional, que los llevaría al Chocó o quizá a Panamá aunque el istmo estaba envuelto en llamas con la Guerra de los Mil Días. Corrían los años 1901 y 1902. Colombia era una guachafita. En la batalla del Puente de Caledonia (Panamá) murieron 600 hombres del ejército liberal a manos de las defensas del gobierno conservador. La próxima separación de Panamá de la nación colombiana no se debe exclusivamente a intereses económicos y políticos de los gringos. La Constitución centralista de 1886 y las interminables trifulcas de los colombianos tuvieron muchas velas en ese entierro.

El matrimonio Hernández Londoño escuchó que los liberales del Cauca se aprestaban a invadir a Panamá desde Tumaco y siguiendo las trochas del Chocó. Santos y María de los Ángeles no avanzaron más. Se encontraban en el Camino Real. Santos adquirió un terreno que da el frente al viejo camino, hacia el lado occidental, en la salida del actual caserío de San José, por la ruta a Anserma. A esa finca la bautizó con el nombre de “La Alhambra” que, desde entonces y por más de cien años, ha pertenecido a los descendientes. En el alto de la finca, cincuenta años después, por permiso del dueño, las autoridades ubicaron el tanque del acueducto de San José posterior al de Las Travesías. El lote de las instalaciones del acueducto, frente al barrio El Portal, lo compró Empocaldas, en 2016.

Frente a La Alhambra repuntaba el Camino Nacional que venía de Bogotá, pasaba por Manizales-Arauca-La Margarita- La Quiebra de Santa Bárbara e iba hacia el Chocó y Panamá; en la cuchilla, continuaba por un lado del cementerio actual y se iba de bruces hacia el valle del río Risaralda, por El Contento y los Caimos. Era uno de los ramales del camino que de Bogotá y Manizales conducía al Pacífico (horizontal). Por la misma temporada, el Camino Real de Occidente empezaba a conocerse como Camino de los Pueblos (vertical).

Una historia con visos de leyenda que escucharon los primeros colonos fue la de que, en el trayecto entre el actual San José y el caserío del Guamo, una tropa del ejército caucano se enfrentó con otra de los antioqueños, en el transcurso de la guerra civil de 1878, que fue una lucha en gran parte religiosa pues, como explicaba el maestro Jorge Orlando Melo, “los liberales trajeron educadores alemanes protestantes para que formaran a los maestros y esto no se lo aguantó la Iglesia”. El enfrentamiento ocurrió en el potrero de la actual hacienda cafetera de Agualinda. Los escasos niños del contorno, encaramados en los árboles, presenciaron la batalla. Las huestes conservadoras de Antioquia bajaron lideradas por un individuo disfrazado de Jesucristo, de faldón blanco, barba y cabello largos, con una cruz que cargaba en momentos en que se congregaba mayor número de personas, al que los liberales bautizaron “el mesías de los godos”. Pasados los años, el riosuceño Rómulo Cuesta, en su novela Tomás, publicada en 1923, se ocupó de ese folclórico personaje.

En ese ir y venir de tropas, “Mientras las guerrillas (liberales) merodeaban por las riberas del río Cauca, el general Rafael Díaz y el coronel Pedro A. González entraban por el Chocó y se apoderaban de la población de Apía en donde saquearon las casas conservadoras. Siguieron para Ansermaviejo y ocuparon posiciones ventajosas en inmediaciones de la población. El 7 de enero de 1900, a las seis de la mañana, el prefecto Cruz (gobiernista) se abrió paso en medio de los revolucionarios emboscados y les causó 46 muertos, muchos heridos y numerosos prisioneros” (A. Cardona Tobón, 2006, pág. 293).

José de los Santos y Juvenal Jiménez se hicieron compadres y este sugirió a José de los Santos que se fuera a vivir cerca a su casa. José de los Santos mandó construir la casona que sobrevive diagonal al templo (1906). En 1907, Santos adquirió un terreno de Matías Ospina llamado La Hermosa, por La Siberia, en las estribaciones de la cuchilla hacia el valle del Risaralda. No solo había selva y animales feroces sino que, en los años anteriores a la fundación de Viterbo, el valle de Risaralda y sus contornos también eran azotados por grupos guerrilleros comandado por Buenaventura Pineda.

“Desde finales de marzo de 1900 hasta finales de julio de ese año, los efectivos combinados de paisas del suroeste antiqueño y riosuceños emprendieron una cruenta campaña, plagada de asesinatos y atropellos sin fin, donde las principales víctimas fueron los campesinos inermes acusados de auxiliar a las guerrillas liberales” (Alfredo Cardona T., 1 de febrero de 2015, pág. 7).

Potentados de Manizales, Pereira, Santa Rosa y Cartago fijaron sus codiciosos ojos en el valle del Risaralda en donde organizaron dehesas de ganado vacuno y mular, una incipiente agricultura que respetaba los guaduales como oasis e incorporaron las laderas oriental y occidental al frenético cultivo del café.

Los esposos Hernández Londoño con sus hijos bajaban a La Hermosa pero, en algunas temporadas, los hijos aún pequeños enfermaron de malaria y paludismo propios de climas inhóspitos como era el Valle del Risaralda, a comienzos del siglo XX. Por este motivo tenían que regresar a la casa a orillas del Camino Real.

La decisión de José de los Santos y otros colonos de dejar sus familias arriba sobre el camino real mientras ellos trabajaban en parte baja de la montaña contribuyó con el poblamiento definitivo de ese sector y con una conexión semanal entre la cumbre y la base de esa montaña.

Los patrones y peones casados subían al pueblo los fines de semana. Otros se quedaban tumbando selva y sembrando tabaco; al grupo de trabajo se incorporaron más que todo, en asuntos domésticos, varias negras llegadas de Sopinga y Chocó que difundieron costumbres de gastronomía, medicina, vestuario, gustos, supersticiones, música, literatura oral y poesía, en la cuenca del valle del Risaralda.

No cesaba el trajín militar en esa zona. Las tropas del Batallón Catorce, leales al gobierno, al comando de Lorenzo Palomino, recorrían el camino entre Anserma y Belalcázar, 25 años después. La vigilancia hizo que este trayecto pareciera menos azaroso que las trochas que comunicaban Anserma con Sopinga (La Virginia), por el valle inhóspito. En el Valle del Risaralda se la tenían que ver con el guerrillero Buenaventura Pineda. Este individuo complicaba el desplazamiento por el camino hacia Apía, Pueblo Rico, Chocó y Panamá. En un ataque guerrillero, cerca a Anserma, las tropas gobiernistas mataron tres guerrilleros y junto a La Virginia dieron de baja, cinco más.


POBLAMIENTO ESPONTÁNEO

Las fundaciones de Anserma (15 de agosto de 1539) y de Viterbo (19 de abril de 1911) correspondieron a situaciones clásicas en el aspecto legal y ritual.

En los casos de Belalcázar, San Joaquín y San José, el poblamiento fue espontáneo, no como fruto de una decisión de un poder superior que pusiera condiciones y escogiera una fecha y otros requisitos sino por la oportunidad de ciertos núcleos familiares que se fueron agrupando casi sin darse cuenta que estaban dándole vida a un conglomerado útil para ellos y sus familias. Belalcázar y San Joaquín amparados por la previa instalación de unas fondas, en sitios estratégicos. San José, por un urgente trasegar detrás de un nacimiento del agua.

Estas “fundaciones” irregulares se diferenciaron de las estipuladas en las Ordenanzas de Felipe II (1573). Por seguir el ritmo de la montaña, sus calles no pudieron ser “rectas” como decía la ordenanza. Por seguir el mandato de la geografía no se pudo cumplir la Ordenanza 40 con relación a vientos y asoleación que debían provenir del norte. En el caso de San José tampoco se cumplió la orden según la cual: “La plaza principal, o única en casi todas las poblaciones que no tuvieron un crecimiento importante, es el punto de partida de la traza de toda ciudad” (Jorge Rueda, 1976, págs. 718-720). San José se empezó a poblar en la entrada al pueblo actual cuando se llega de Belalcázar, al sur, y la plaza se organizó, al ir avanzando la construcción de las viviendas, a más de dos cuadras del sitio escogido por los primeros colonos para levantar sus viviendas.

Para los habitantes del San José de la primera década del siglo XX, lo primordial fue poder ubicarse y permanecer a la vera del Camino Real de Occidente, con un manantial cerca rodeado de montes para la leña aunque algunos de ellos se propusieran hacer de esos montes tierra labrantía; además de que al juntarse, trataban de encontrar apoyo ante los ataques guerrilleros que azotaban, en una temporada de guerras civiles, ese sector, fuera de que podían entablar negocios con gente que trasegaba por esa vía. En esto, sin saberlo, estuvieron de acuerdo con el adusto rey: “…Se ha de mirar que sean en sitios sanos y no anegadizos…y que sean de buenas aguas, de buenos aires y cerca de montes y de buena tierra de labranza” (Ibid.).

Sí, abajo, en el valle del Risaralda y el cañón del Cauca, las pestes y las guerrillas dificultaban el paso y el asentamiento permanente, arriba, el resto de las familias daban tregua a esa pesadilla contemplando al oriente el nacimiento del sol y al occidente la agonía de las tardes sobre el Tatamá. Los que se embelesaban con el paisaje observaban que la selva era aniquilada, desde Apía y Belén de Umbría hacia el valle y, en el terreno descuajado, a la mitad de las faldas, tomaban fuerza los sembrados de café y, abajo, los pastizales para enormes dehesas de ganado vacuno y mular.

Dominio geográfico de un territorio nuevo para conformar unidades poblacionales distintas a aquellas en las que habían nacido. Y todo lo hicieron sin el más mínimo subsidio oficial. No contaban con cupos, ni créditos, ni tasas de crédito hipotecario, viviendas subsidiadas o prioritarias, ni cajas de compensación familiar, ni auxilios parlamentarios, ni regalías, ni cesantías, ni fondos de pensiones, ni viviendas para ahorradores. Para poner a marchar ese listado de prerrogativas que no tuvieron los viejos colonos, se requirió que pasaran cien años (1900-2000).

Fue como si los desplazados que se empecinaron en quedarse en la loma en esa cuchilla hubieran intuido o leído, con 60 años de anticipación, una frase del presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy: “La dificultad es una excusa que la historia nunca acepta”.

Es bueno recurrir al parecer de la tía Ana Matilde Hernández L.: “Estos pueblos son fruto de las necesidades inmediatas de colonos desamparados. No de vanidades de conquistadores. Por eso es un error poner fecha exacta a las ‘fundaciones’ de unos caseríos que fueron apareciendo y creciendo espontáneamente. No coincide la ‘fundación’ con la fecha del primer bautismo, del primer difunto o del santo patrono, como en otras localidades. Era una pobre gente que luchaba por lo más elemental de la vida y que por tanto jamás pensó que estaba realizando algo espectacular aunque con el tiempo otros admiraran su obra. Nadie de los que levantaron estos pueblos sabía que estaba construyendo un pueblo”, remató una de las hijas de Santos y María de los Ángeles, en una de las páginas finales de un cuaderno de fiao del Almacén Roma que sustituyó al Almacén Ley, en San José, de don Luis Eduardo Yepes.

Es más apropiado referirnos a una temporada de ‘poblamiento’ que de fundación. Tampoco se puede decir, con propiedad, que Pedro Orozco, Gregorio y Juan José Ocampo fueran ‘fundadores’ de San José. Fueron promotores de un proceso de asentamiento tardío. El que estuvo más cerca del proceso de legalización de tierras fue Gregorio con la parodia de la fundación que resultó un fiasco. Sin embargo, dado el proceder de esos caballeros, aumentó en corto tiempo el número de colonos.

Isaías Martínez, patriarca mayor, Juvenal Jiménez, José de los Santos Hernández, Jesús Pérez, Teodosio Alzate, Félix Orozco, Rafael Marín, Federico Ospina, Benito Henao, Agapito Clavijo, Jesús María Ceballos, Elías Rendón, Cantalicio y Doroteo Bedoya, Marco Londoño, Ángel María Valencia, Nacianceno Vásquez, se asentaron en la cuchilla y, con esposas y familias, dieron vida a San José de Caldas, entre el atardecer del siglo XIX y la alborada del siglo XX. Gregorio y Juan José Ocampo promovieron la legalización de los lotes. Fabriciano Rincón fue el juez poblador.

Llegaron a la cuchilla cargados de incertidumbres, ilusiones y esperanzas. Su riqueza fueron las relaciones que entablaron, el apoyo mutuo y las posibilidades de intercambio. La articulación de un grupo humano trajo como resultado el nacimiento de un pueblo.

Hubo un largo tiempo, antes de los años cincuenta del siglo XX, en que en las escuelas del caserío, la mayoría de alumnos eran hijos de padres que tenían pequeñas o medianas parcelas y las administraban desde el pueblo o por medio de visitas semanales. Se trataba de grupos familiares que fueron poblando la orilla del camino y organizándose socialmente, aunque no hayan tenido, en su presupuesto mental, hacer una fundación. No es del todo cierto lo escrito por Sergio Ramírez: “En los relatos percibimos cómo los mecanismos económicos mueven las vidas de los personajes y determinan su riqueza o su ruina”. Cien años después, en el siglo XXI, percibimos que la desigualdad social y aún la economía dependen de otras formas más complejas de supervivencia y de capital.

En los listados de fundadores de pueblos, pocos mencionan mujeres a pesar de contar con todos los derechos para aparecer en esos recuentos. En el caso de San José, María de los Ángeles Londoño, esposa y madre, asaba pandequeso, para la venta, en un horno de cúpula de barro que mandó construir en el patio y, en el segundo piso de la casa, vendía almuerzos a viajeros que iban por el Camino Real o por el Camino Nacional y, subían la escala de la casa en búsqueda de alimento; como si fuera poco, practicó obras de misericordia, a diario, como distribuir claro de maíz, limonada o aguapanela a los caminantes sedientos y, en el amplio vestíbulo de su casa, albergaba familias que iban de paso o salían al pueblo durante las fiestas religiosas de semana santa y fiestas patronales. Las cinco hijas no estaban solo para lucir su belleza: en su niñez y adolescencia, les tocó enroscar, con sus dedos, los cigarros fabricados con el tabaco que José de los Santos cultivaba en La Hermosa.

En el vestíbulo de la casa, ofrecían en venta esos tabacos a los comensales que los encendían en el yesquero, rodeados de tiples, guitarras y contadores de cuentos. Los huéspedes se sorprendían por la calidad del tabaco, su finura y su fragancia.

Las niguas eran plaga en los subterráneos y espacios abandonados. Cuando las mamás sacaban las niguas con las bolsas de huevos de ese animal, utilizando una aguja larga o una aguda espina de un árbol de limón, a los niguateros de la familia les espolvoreaban, en la herida recién abierta, ceniza de tabaco para evitar que se infectara y para acelerar la cicatrización. El tabaco servía de medicina doméstica.

AQUÍ NOS QUEDAMOS

Antes de que se asomara el sol por el nevado de El Ruiz, los varones de los hogares de San José subían el agua desde el nacimiento de Las Travesías. Cada uno cargaba al hombro, en los extremos de una vara, dos vasijas metálicas llenas, a paso rítmico para que no se regara. Más abajo del nacimiento de agua, construyeron el primer matadero de reses que tuvo el pueblo. Pasados los años, la Junta de Fomento adquirió una motobomba para subir el agua mecánicamente al centro del poblado. En la mitad de la plaza construyeron un tanque de cemento, de dos metros de altura, con un tubo por cada cara del tanque. Los vecinos madrugaban a llenar las vasijas de agua, transportarlas a las casas y tasarla para todo el día. Lavaban la ropa y se bañaban en los chorros que había en las fincas de familiares o amigos. Con el paso del tiempo mandaron fabricar tinas de lata y tanques de ladrillo y cemento.

Por los materiales de construcción utilizados, San José de Caldas se puede describir como una selva trasladada a rastras, a lomo de mulas y bueyes sudorosos, arriados por hombres de fortaleza casi sobrehumana. Los aserradores arrastraron, primero, las vigas y los cuartones de comino, drago, abarco, aguacatillo, guacamayo, laurel, azuceno, roble, nogal, cedro negro y arrayán. Con la madera de zurrumbo hacían los caballetes de las casas. Eh Ave María, el que quemara churito. Como que a esa madera le echaran grasa. Una candelada que se convertía en fiesta. Los árboles fueron desmontados, pieza a pieza, por los aserradores venidos del suroeste antioqueño y el norte de Caldas; luego de jornadas sudorosas, los arrieros se detenían frente a los lotes previstos por los vecinos a la orilla del Camino Real. Allí estaban los carpinteros a la espera de las yuntas cargadas de madera para alzar de nuevo los árboles en forma de casas.

Se podía hablar, ya, de una aldea. Una aldea no la forma un arrume de casas sino, ante todo, un proyecto comunitario que los habitantes se comprometen a impulsar. Luego, aparece un conjunto ordenado de viviendas, con algunos edificios comunitarios, calles, plaza y los servicios públicos de acuerdo a la época. Los varones inundaban los abismos que se abrían a lado y lado del camino convertido en Calle Real, con el golpeteo de los martillos y el sonsonete de los serruchos.

Después de haber remontado la segunda mitad del siglo XX, en la esquina de la Calle Real en donde arrancaba el Camino de la Estrella, hoy esquina de la Alcaldía, sobrevivía la casa de Ángel María Valencia caracterizada por su techo de trozos de tabla ya podridas y cubiertas de musgo verde. Por sus rendijas se filtraba el humo azul del fogón de leña.

ACERO VEGETAL

Aún en las formas de construcción, los caldenses se diferenciaron de los antioqueños. En el Gran Caldas no prosperó el sistema de la tapia pisada. Se implantó el del bahareque de guadua, llamado estilo temblorero, que en los movimientos sísmicos permitía que las construcciones se bambolearan sin caerse. Fue el sistema que predominó en las construcciones de la cuchilla de Todos los Santos. A la guadua se le dio el apelativo de Acero Vegetal por lo resistente y dúctil. Es endémica en el Gran Caldas. En los pueblos sobre la cuchilla se observan incólumes rascacielos de guadua de tres y cuatro pisos, por la parte de atrás y uno o dos por el frente.

En la construcción de la catedral de Manizales (1928-1940), se utilizaron miles de guaduas para armar otro edificio, por fuera, a modo de andamios, hasta una altura de 105 metros. No existían, todavía, los andamios metálicos.

La diócesis de Manizales estaba constituida por todas las parroquias del Gran Caldas (Caldas, Risaralda y Quindío). En las parroquias, los curas nombraron comisiones para recoger dinero, con variada programación, durante las semanas de la catedral, a la vez que de varias parroquias, con la colaboración de propietarios piadosos, enviaban muladas cargadas de guadua para los andamios de la mole que deja atónitos a los que la divisan por primera vez. Aunque parezca increíble, a falta de una, los grancaldenses construyeron a la vez dos catedrales: la de cemento que estaba planeada y la de guadua que iba por fuera y era indispensable levantarla para poder avanzar en la catedral de cemento armado. Como si fuera poco, la catedral basílica de Manizales es la exaltación de la fe, de la fraternidad, de la solidaridad, de la guadua y el cemento, a mucho honor, para el Gran Caldas.

Hay guaduales que embelesan. En el municipio de San José, tanto al lado del valle del Risaralda como en el cañón del Cauca y en ese idílico regazo que es el vallejuelo de La Libertad, en los remansos de las quebradas que tributan sus aguas a los ríos, como la estruendosa Quebrada La Habana y en la finca La Cascabel, se contemplan guaduales que no se cansan de cabecear. También sobreviven guaduales en las veredas Altomira, Pueblo Rico, Buenavista y La Ciénaga.

El sol es una motobomba que hace que la planta absorba el agua de la tierra húmeda y la suba, palma arriba, hasta alturas de más de 30 metros. La mata de guadua es el mejor ariete. Se corta antes de que suba el agua. La savia tiene almidones o azúcares y eso es lo que persiguen las plagas de la madera. Al desjarretarla, ojalá, se deje parada para que, por gravedad, baje el agua. Al dejarla tirada en el suelo, esa savia se vinagra y ese sabor no le gusta a las plagas.

Con la guadua se puede hacer esterilla para forrar las paredes de las viviendas; se asegura con listones de guadua y puntillas. A la esterilla también la identifican con el regionalismo de china. Se habla, por ejemplo, del enchinado de una casa; las chuchas se suben por el enchinado. Encima, después, se empañeta con el cagajón de mulas y caballos. No sirve la boñiga del ganado vacuno. A falta de equinos en los potreros, ya sustituidos por los jeeps willys, se utiliza revoque de cemento.

Se dice que quien tiene sexo, la noche anterior, no debe cortar guadua a la mañana siguiente; de igual forma, si se va a coger frutas, luego de tener sexo, las plantas se enferman o secan. Entonces, mientras se trabaja a jornal, es mejor no alzar la pata, recomiendan los capataces de los guadueros.

En 2010, Gerardo Vargas, en San José, no daba abasto subiendo guadua por encargo para reparar casas de bahareque que, después de cien años, seguían en pie; para taquear las nuevas construcciones antes de vaciar las planchas de cemento o para levantar airosas casas en las que los arquitectos hacen alardes de formas con guaduas unidas con tornillos metálicos.

La Gobernación de Caldas, por medio del Decreto 1166 del 20 de octubre de 1983, declaró la guadua como planta emblemática del departamento por su papel protagónico e instrumental en las edificaciones de nuestro territorio y en el amoblamiento de nuestras viviendas.

Entre los considerandos de ese decreto aparece uno de los motivos de esa exaltación: “Que la flora nativa ha disminuido notoriamente y está amenazada de extinción. Que la guadua ha contribuido al desarrollo cultural y socioeconómico de la región. Que esta valiosa especie está a punto de desaparecer, por la incontrolada e irracional destrucción”.
Primer ariete, actualmente en la plaza.


CONSTRUCCIONES DOMÉSTICAS

En los primeros años del siglo XX, José de los Santos Hernández, en uno de los viajes a Neira, propuso a Cantalicio Bedoya que se trasladara a San José a levantar su casa, dos cuadras más al norte de la casa de Juvenal, diagonal a la primera capilla. En 1912, motivados por el párroco de Belalcázar que llegaba a celebrar misa cada domingo a las 4 p.m., los católicos se empeñaron en levantar la actual construcción gótica, la hicieron de madera, pues esta era el recurso más abundante de la región. Cantalicio convidó a sus hermanos Doroteo y Julio para que le siguieran en la aventura laboral que le dio la fisonomía definitiva a la Calle Real con sus casas de balcón, en el sector central. En San José apreciaban tanto a los carpinteros, en esa temporada, como lo fueron en tiempos del ciego Homero. En la Odisea, la carpintería se emparenta con la sabiduría.

Luego de la primitiva capilla se construyó el templo (1914) que, originalmente tuvo paredes de tapia. Debido a los temblores, se tarjaron por lo que, a partir de 1945, se cambiaron las tapias por paredones de ladrillo y la arquitectura del frontis. También tuvieron tapia, en el primer piso, la primera casa cural, en propiedad de la parroquia, abajo en La Ronda, mirando a la plaza y dos o tres casas más, entre ellas la llamada El Vaticano, un caserón de corredor en la fachada, frente a la plaza y al frontis del templo. En el resto del pueblo, se utilizó la técnica del bahareque de guadua forrado en láminas de zinc gruesa, para favorecer las paredes de madera de la lluvia venteada que llegaba del Chocó.

Al interior del país no había hecho su ingreso el cemento que llegó desde Europa, por Buenaventura y por el cable aéreo a Manizales. El cemento se utilizó en cantidades industriales cuando la reconstrucción de la capital caldense, después de los incendios, en 1925 y 1926 y la construcción de la Catedral.

A San José subieron la teja de barro, durante los primeros cincuenta años de vida del caserío, más o menos hasta 1955, a lomo de mula, desde el valle del Risaralda. Pedro Marín, “Perucho Marín”, tuvo una fábrica enorme de teja de barro y ladrillo. El ladrillo utilizado en el frontis del templo, paredes laterales, sacristía y el primer piso que da a la calle de la Ronda en el colegio anexo al templo fue subido a lomo de mula de la ladrillera de Perucho Marín, por los lados de Changuí, aunque al mismo tiempo, funcionaba, a todo vapor, la ladrillera de Tano Cortés, en La América, por los lados del cañón del Cauca. Imaginemos las muladas que utilizaron para subir la teja con destino al techo del templo y, a un lado, la casa cural fuera de la teja que requería el resto de viviendas del pueblo. Hasta 1953 no existía más que la teja de barro y, a partir de ese año, por primera vez, el Padre Jesús María Peláez decidió utilizar el moderno Eternit, en el Colegio femenino entregado, para su dirección, a las religiosas Vicentinas, en 1954.

A cuadra y media de la entrada de Belalcázar, en la primera curva, empezaban las casas de dos pisos que seguían hasta la esquina de arriba junto a la actual Alcaldía. En cada casa vivió una familia, ya fuera de un piso o de dos. Las viviendas tenían generosos aleros que cubrían los andenes. Fuera de la casa cural solo dos o tres edificaciones más tenían patio interior. Por el pronunciado declive del terreno a lado y lado del camino real más el viento huracanado, escaseaban los jardines domésticos en el área urbana.

En las casas de bahareque utilizan pocos materos pesados para evitar que se pudran las tablas del piso. En casas de dos pisos, el primero se dedicaba al comercio y el segundo a la vivienda del propietario compuesta, casi siempre de una alcoba para el matrimonio y los hijos menores, una alcoba para las mujeres y otra para los muchachos, una sala, un comedor en el vestíbulo y la cocina. Todos los cuartos tenían puertas de madera. En las primeras casas el sanitario quedaba en el primer piso, en el subterráneo o el patio. En las casas de un piso, los negocios se ubicaron adelante y la vivienda, atrás.

Colonos pudientes contrataron con Cantalicio y Doroteo la construcción de la mayor parte de las casas de dos pisos situadas en el centro histórico. Estos maestros eran duchos en levantar viviendas que, por detrás, eran de tres o cuatro pisos y por delante de dos. Viviendas que han sobrepasado los cien años encaramadas en los mismos parapetos de guadua, sin haberse caído en terremotos tan violentos en otras partes, como los de julio de 1962 que tumbó una torre lateral de la catedral de Manizales, el de noviembre de 1979 que dejó más de 45 víctimas en Pereira y el de enero de 1999 con más de 860 muertos sobre todo en el Quindío y Pereira.

Marco Londoño (El Viejo) participó como combatiente en la Guerra de los Mil Días y, cuando volvió a Neira, optó por emigrar a San José en donde se presentó como carpintero. Era primo de María de los Ángeles. Como Juvenal Jiménez, se dedicó a la construcción de casas de un solo piso, en las dos primeras cuadras partiendo de la entrada de Belalcázar y en la Calle de la Ronda. Estas casas exigían menos pericia que las construcciones de los rascacielos de guadua.

Al empezar la década de los treinta, entre Cantalicio, Doroteo y Tulio Bedoya, además de Ramón Pérez, habían levantado alrededor de cien casas y otras cien entre Juvenal Jiménez y Marco Londoño. Ramón Pérez construyó el segundo piso de la casa de mis abuelos. Fue uno de los primeros maestros que expresó su preocupación al ver que los muchachos de San José no se interesaban por aprender un oficio; si mucho, iban a jornalear o montaban una cantina en la vereda o el pueblo.

Las muladas cargadas de arena para el nuevo frontis del templo y la construcción del colegio de religiosas, para hacer tanques, levantar pequeñas columnas de ladrillo con el fin de impedir que se pudriera la madera en contacto con la tierra húmeda, eran arriadas por Bernardo Bohórquez (“Chinche”) y otro señor de sobrenombre Chichambriado, desde las márgenes del río Cauca.

Familia tras familia fueron llegando a lo alto de la Cuchilla, con la intención de echar pa’lante. Se asentaron allí, pues encontraron oficio, Cantalicio, Doroteo y Julio Bedoya, Antonio y Ramón Pérez (carpinteros), Leocadio Parra (ebanista), Pablo Guevara (fabricante de velas), Agapito Clavijo (tendero), Manuel Dávila (carpintero y ebanista), Nacianceno y Jesús María Vásquez (arrieros). En un lapso de quince años aparecieron, en el villorrio, los encargados de los oficios indispensables.

Hay autores que, basados en otras fuentes informativas, varían nombres, mencionan otras fechas y ofrecen explicaciones alternativas. “En el año de 1906, algunos paisas fundaron el caserío de San José que llegó a ser corregimiento de Risaralda, en terrenos donados por Gregorio y Juan José Ocampo. Ellos fueron Eustasio Bedoya, Federico Ospina, José de los Santos Hernández, Nacianceno y su hermano Jesús María Vásquez, Benito Henao, Juan Quirama y sus hijos Misael y David (Quirama), Félix Orozco y Jesús Orozco” (Jairo Antonio Franco, 2009, pág. 443).

Como si se hubieran trasteado pocos neiranos, de este pueblo apareció, además, Ana Joaquina Londoño, “la madre Joaquina”, mamá de José de los Santos Hernández, esposa de otro José Hernández y abuela de Daniel, mi padre. Fue la mamá grande.

Proveniente también de Neira, apareció Manuel Dávila con su esposa Teresita Valencia. Manuelito se desempeñaba como carpintero y ebanista. Construyó su casa, en la esquina de La Ronda, bajando por la Calle de las Monjas. Sembró, en el patio, un manzano que trajo de su tierra y que no dejaba de tentar a la gente con las manzanas. El Padre Peláez lo nombró sacristán. Teresita fue partera de mucho reconocimiento entre señoras acomodadas a la par que Pipe Duque, dueño de una farmacia. Darío, hijo de Manuelito y Teresita, entro al seminario y fue ordenado sacerdote, en San José, en 1958, antes que el Padre Bernardo Valencia. Ligia, la hija de Manuelito, se hizo religiosa teresita y luego carmelita. Alicia, la hija mayor, fue costurera de renombre regional.

Leocadio Parra fue un ebanista que llegó de Neira. Se encargó de embellecer las casas principales con puertas adustas y artísticos cielorrasos. Lo conocían como “Leocadio Cañas”, por sus constantes e ingeniosas mentiras. Elaboró las puertas y artesonados de la sala y de los cuartos en la casa de José de los Santos y María de los Ángeles, en el marco de la plaza. Con finas maderas, hizo calados y formas geométricas, en los artesonados. No había forma para excederse en lujos.

El camino, en esa época, volvió a ser transitado como en la época más activa de la Colonia. Sólo por ser cruce de caminos, San José se convirtió en paso muy trajinado entre el norte y centro de Caldas con el occidente del mismo departamento, el Chocó, el Quindío y el Valle del Cauca.

El apellido Zamora se trasladó de Riosucio (Caldas) a San José. Estanislao Zamora Hernández fue un muchacho que se enroló en uno de los ejércitos que combatieron en la Guerra de los Mil Días. Cuando regresó a casa, en Riosucio, sus padres lo despidieron. Partió para la Cuchilla de Belalcázar porque le llegó la noticia de que estaban escriturando lotes junto al camino real. De esta forma se hizo a un tajo de tierra a un lado de la finca de Santos Hernández, en la parte alta de la vereda de El Contento.

Bien entrado el siglo XX, llegaron, de Támesis (Antioquia) a San José, Emilio y Reinaldo Restrepo; de Bolombolo, otra rama de los Ocampo; de Andes (Antioquia), apareció Ricardo Jaramillo que se casó con L. Zamora, procedente de Riosucio. Domingo Betancur era de Santa Bárbara (Antioquia. Un colono de apellido Martínez, que no era de la rama de Isaías Martínez, el profeta mayor, arribó a San José, proveniente de Andes (Antioquia); según Óscar Martínez, maestro de obra, a los niños los trajeron en canastos, de igual forma como los indígenas cargan a sus críos.

Manuel, el padre de José Luis Serna Bedoya, llegó a San José Caldas proveniente de Jericó (Antioquia). Manuel se casó, en 1916, con María Bedoya que vivía en la vereda La Paz. José Luis, en 2015, a la edad de 92 años, seguía viviendo en la casa en que nació y en donde vivió su mamá desde antes de contraer matrimonio con Manuel pero, en 2016, un derrumbe se llevó la casa y él, desplazado por la naturaleza, tuvo que ir a vivir en San José. En 2016, asistió con el sombrero blanco en la mano y la amargura estampada en el rostro, al entierro de su hermano Manuel, de 90 años. En 2018, José Luis cumplió 94 años bien vividos; el atrio del templo es su balcón para divisar el pueblo.

Los Foronda, de Altomira, también llegaron de Jericó (Antioquia). De San Pablo (Ant.) aparecieron Manuel y Luis Ángel Montes. Repetían que, a los hijos pequeños, Alfonso, Rodrigo y Alfredo los transportaron, como era costumbre, en canastos. Los padres de Héctor Orozco Carvajal llegaron de Sonsón. Los Toro emigraron del Alto de Hojas Anchas, entre Caramanta y Supía, patria chica del temible Espanto. Julio Betancur, el peluquero mayor, hábil con las tijeras, la barbera y las palabras que prendían fácilmente la conversación con quien se sentara en la silla de motilar, llegó de Tarso (Antioquia). Fue padre, entre otros hijos, de Ofelia y abuelo de Carlos Julio. Rogelio Clavijo Grajales era de Anserma (C.); se casó con María Londoño Pérez y los dos fueron padres de Fabiola.

Lorenzo Enrique Castaño Agudelo llegó a la vereda Los Caimos en compañía de su esposa María Belarmina Bermúdez González, desde Jardín (Antioquia). Padres de Gonzalo Castaño que fue fontanero en el acueducto de San José.

Los antepasados paternos de Alcides Arenas, el pintor ingenuo cuyas obras decoran corredores de casas campesinas, en el Bajo Occidente, eran de Jardín (Antioquia). El bisabuelo llegó a vivir en Las Partidas, junto a El Pensil, en la parte alta de Anserma. Su hijo Gabriel se mudó a San José en donde contrajo matrimonio con una hija de Ezequiel Vallejo, llegado de Santuario (actual Depto. de Risaralda), en la tercera década del siglo XX.

Familias de apellidos Marín (“mucho Marín”), Cardona, Castaño, Palacio, Flórez, Echeverri, Naranjo, Quiceno y Correa, llegaron de Neira, Filadelfia, Salamina, La Merced (llamada antes La Trampa del Tigre) y Aguadas (La Aguada), no solo a San José sino a la Cuchilla de Todos los Santos, incluso al naciente Viterbo (Octavio Hernández J., 2012, págs. 63-82).

Pérez y Valencia, de Neira, otros Ocampo de Aranzazu y Orozco de Pácora. Los ancestros de Julio, Martín y Alberto Escobar Marín eran de Ciudad Bolívar, en el suroeste antioqueño. Julio con su esposa Mariela Salazar demoraron en el Kilómetro 41 y después en el latifundio de La Tesalia, antes de radicarse en San José.

De Salamina, Filadelfia y La Merced, los Gutiérrez, Toro, Herrera, Patiño, Ríos, Agudelo, Soto, Cifuentes, González, Escobar. Recuérdese a Gregorio Marín Ocampo, primer Juez Poblador de Viterbo, en 1911

Jorge Henao, próspero carnicero, con su prole, llegó del Valle del Cauca a La Habana (Belalcázar) y luego a la Calle Real de San José. Itinerarios semejantes han realizado varias familias nariñenses y caucanas (Paredes, Preciado, Cerón, Tascón, Tangarife, Campiño) que llegaron a Belalcázar, Viterbo o San José como jornaleros, luego, dada su responsabilidad fueron ascendidos a agregados cargo en el que consiguieron con qué hacerse a una chagrita. Como los Cerón, respetados y apreciados paisanos.

De Manizales a San José fueron llegando, en una caravana ininterrumpida y parsimoniosa, Alzate, Cárdenas, Ceballos, Espinosa, Giraldo, Gómez, González, Mejía y hasta el apellido Ibarra en la persona de don Federico. Llegaban como empleados, comerciantes, maestros o propietarios de tierras recién adquiridas.

Los arrieros pasaban, de Antioquia para Pereira, Quindío o el Valle, o viceversa, con muladas agobiadas por las mercancías. Los arrieros más populares fueron Rafael, Felipe y Luis Marín; el papá de David Torres que por sobrenombre lo llamaban “Macuenco” y luego Jesús “Chucho”, Nacianceno y Jorge Vásquez.

La profesión de arriero arrancaba con jóvenes que asumían las funciones de sangreros. El sangrero iba adelante de las mulas sirviendo de guía. Fuera del sangrero, la mula delantera portaba un cencerro para que, mientras avanzaba, las demás lo oyeran. Si la mula del cencerro se detenía ante la inminencia de un peligro, paraba la mulada. No se atropellaban. De vez en cuando se oía la corneta que tocaba el sangrero para alertar o para seguir.


–SAN JOSÉ DE BELALCÁZAR

Por medio de la resolución N° 9 de la sesión del 7 de agosto de 1911, el Concejo de Belalcázar nombra al señor Manuel Vásquez como perito para que definiera, por Belalcázar, los límites entre este municipio y Anserma de donde se segregó (C. A. Cataño, 1988, pág. 138). Esto demuestra que la creación del municipio de Belalcázar tuvo enredos que se prolongaron mucho después del acto administrativo de la Asamblea de Caldas. Luego, el presidente del Concejo de Belalcázar, en 1914, Enrique Estail, el Personero Municipal, Lisandro Osorio, el Vicepresidente del Concejo, José Gómez y 22 firmantes más inician su carta a los Honorables Diputados de la Asamblea Departamental de Caldas con esta emotiva evocación:

“Teniendo conocimiento de que nuestros hermanos de ayer, aquellos que con nosotros formaban hasta hace apenas dos años nuestro antiguo Belalcázar, aquellos que por una ley u ordenanza dada por ese H. Cuerpo para la creación de este municipio vinieron a quedar del vecindario de Anserma, aquellos, repetimos, se dirigen a esa H. Asamblea solicitando la segregación del Corregimiento de San José, del distrito de Anserma y que se les agregue al de Belalcázar a donde siempre han pertenecido y en donde aún conservan sus relaciones personales y comerciales, ya por vínculos de familia, ya por jurisdicción eclesiástica que no ha perdido sus antiguos límites…” (Archivo personal O.H.J.).

Anserma ganó la batalla en el pleito en el que el señor Manual Vásquez actuó como perito. El encabalgamiento anterior manifiesta que, si administrativamente San José pertenecía a Anserma, los habitantes tenían vínculos familiares, religiosos, comerciales, educativos con Belalcázar. El San José de Anserma, se había vuelto San José de Belalcázar, “hasta hace apenas dos años”. La solicitud de los concejales aparece firmada el 3 de marzo de 1914; San José hizo parte de Belalcázar hasta 1912.

En 1915, Belalcázar luchaba para que le restituyeran los límites. “1915. Sesión del 26 de febrero bajo la presidencia de Juan Antonio Restrepo, se acuerda: Exigir a la Honorable Asamblea la definición de los límites entre Anserma con este municipio” (Cataño, ibid, pág. 139). Era una pelea entre familiares y compadres que habitaban la Loma de Anserma, luego conocida como Cuchilla de Belalcázar.

La inspección de Policía, en San José fue creada en 1910, aunque para finales de 1912, San José seguía haciendo parte del municipio de Anserma. En asuntos de policía, era jurisdicción del corregimiento de San Joaquín. En el Archivos del Municipio de Risaralda se encuentra el dato de que “Simeón Díaz fue nombrado Inspector de Policía del Caserío de San José, en 1912, por renuncia aceptada al señor Ramón Giraldo” (Fabio Vélez Correa, 2009, pág. 80).

En el Archivo del Municipio de San José, la primera querella que pusieron ante la Inspección de Policía local data del 13 de octubre de 1913, y fue puesta por el señor Francisco González, propietario de la Hacienda Monte Cristo, en las vegas que mueren en el cañón del Cauca, contra el señor Jesús María García a quien acusó González de apropiarse de un monte que existía entre los predios de los dos caballeros y avanzar en la tala del mismo, fuera de causar otros problemas (Archivo Municipio de San José).

Ya, en 1911, el Padre Francisco A. Restrepo, cura párroco de Belalcázar, empezó a hablar, en las misas dominicales de cuatro de la tarde, de la construcción de un templo, del trazado y ampliación del Camino Real con miras a convertirlo, en el caserío de San José, en calle principal. Intervino ante las autoridades civiles de Belalcázar y, en el año 1914, la junta pro-templo con el sacerdote a la cabeza encargó los planos al arquitecto Álvaro Carvajal.

Las autoridades de Belalcázar comisionaron a los señores Eusebio Jaramillo y José Jesús Castaño para que levantaran los planos de la Calle Real, la Calle de la Ronda y los espacios llamados bocacalles. La dirigencia de San José expresó su deseo de que la calle real de San José fuera más amplia que la calle real de Belalcázar. Cuando un parroquiano de San José preguntó, a la comisión que medía la amplitud de la Calle Real, que por qué tan ancha, el promotor de la obra, el cura Restrepo, con clarividencia, le respondió: –“Es que por aquí pasarán unos aparatos que, con seguridad, no van a caber por la Calle Real de Belalcázar que es tan estrecha”.

San José se iba conformando como pueblo: tenía una comunidad que vibraba con las mismas ansias de progreso, contaba con un grupo de líderes (comerciantes y/o finqueros), procedían de distintos lugares pero coincidían en una cultura básica en cuanto a principios, valores, educación, lengua, religión, alimentación, economía, arquitectura con plaza, calle real y varias bocacalles para librar al naciente caserío de los incendios que consumían pueblos enteros por no haber tenido la precaución de hacer calles y bocacalles como cortafuegos. Avanzaba la construcción del templo en nobles maderas de la región. Urbanísticamente, San José era, grosso modo, un nuevo Belalcázar.

Por medio de la Ordenanza Nº 18 del 8 de abril de 1916 de la Asamblea de Caldas, varios caminos de arrieros se empezaron a llamar ‘carreteras departamentales’, entre ellos el que partiendo de Marsella y pasando por Beltrán subía a Belalcázar y el que partiendo del puente de La Cana, en el municipio de Marmato, pasando por Supía, Riosucio, San Clemente y Belalcázar iba a La Virginia.

Corregiduría


–SAN JOSÉ DE ANSERMA

Desde su fundación, el 15 de agosto de 1539, Anserma fue la cabecera municipal y eje del Bajo Occidente de Caldas. En 1915, San José dejó de ser inspección de policía al ser elevado a la categoría de corregimiento de Anserma.

El 1 de enero de 1915, Jesús María López, habitante de San José, hizo la solicitud por escrito de unas estampillas de timbre nacional para un documento celebrado en “San José, Corregimiento de Anserma”. El valor de las estampillas fue de cuarenta centavos.

Ser elevado a la categoría de corregimiento no bastó para que en San José echaran al olvido la batalla por la municipalización que codo a codo libró con Risaralda y los repetidos intentos por anexarse a Belalcázar. En la sesión del 20 de junio de 1921, del Concejo Municipal de Belalcázar, “El Pbro. Francisco A. Restrepo ofrece su colaboración para lograr que el Corregimiento de San José sea anexado a este municipio. Para intentar esta anexión nombran al Sr. Ricardo Atehortúa”. En la sesión del 15 de julio del mismo año, “El Presidente del Concejo se dirige al Gobernador del Departamento poniendo de presente que han llegado a esta Corporación sendos memoriales de los vecinos del Corregimiento de San José, jurisdicción del municipio de San Joaquín, pidiendo su anexión al municipio de Belalcázar” (Carlos Arturo Cataño, 1988, pág. 143).

Las oficinas del Corregimiento ocuparon las mismas instalaciones de la inspección, a una cuadra de la entrada a San José desde Belalcázar, mano izquierda, frente a la primera vivienda que Juvenal Jiménez levantó, cuando los habitantes de El Guamo emigraron por falta de agua, al paraje que se conocía con el descriptivo nombre de Miravalle. En 1928, con un auxilio del Gobierno departamental, se terminó de construir la casona de bahareque, de sobria arquitectura y de dos pisos sobre la que se iba organizando como Calle Real.

El inspector era el encargado de impartir justicia, en casos de la vida cotidiana que se pudieran solucionar en la oficina. Los nombres vienen de inspeccionar y de corregir. Unos tenían la admirable sabiduría de Sancho Panza cuando gobernó la Ínsula Barataria pero otros no ocupaban ese cargo más que por compasión de los caciques políticos con cualquier copartidario que estuviera aguantando hambre junto con su familia o que ellos requirieran en ese cargo mientras les firmara cuanto papel le pasaran. Dada esa distorsión de funciones, varios curas y sobre todo el padre Jesús María Peláez Gómez (1942-1962), omitieron la figura del corregidor como líder en las obras de progreso y ellos desde el púlpito impulsaron las obras cívicas y sociales que ninguna otra autoridad daba señales de realizar. Por el largo tiempo de malos gobiernos se escuchó esta copla que retrata al personaje de marras:

“Para ser inspector/ no se requiere talento,/ sirve cualquier elemento/ si es montañero mejor,/ lo sacan a la ciudad,/ lo motilan sin dolor,/ le ponen cuello y corbata,/ un botín en cada pata/ y lo nombran inspector”.

La Junta de Fomento era el órgano consultivo y decisorio del corregimiento. Distribuía y aprobaba el plan de obras y el presupuesto, con la supervisión de la Contraloría departamental. Estaba integrada por miembros de una dirigencia a la que no pagaban por reunirse a proyectar las obras básicas para el desarrollo del poblado y sus contornos. Debemos destacar ese grupo de personas dotadas de visión altruista, relevado periódicamente y que, como paradoja, se esfumó cuando San José fue elevado a la categoría de municipio. Al crearse el municipio, en San José, se sustituyó el fogoso civismo por administraciones sucesivas integradas, a veces, por una burocracia lánguida. A finales del siglo XX, las leyes determinaron que los concejales contaran con un reconocimiento económico por cada sesión a la que asistieran.


–SAN JOSÉ DE RISARALDA

Por la ordenanza Nº 1 del 17 de abril de 1916, la Asamblea de Caldas dio vida administrativa a San Joaquín; 14 años después ese topónimo religioso fue cambiado por el de Risaralda. Debido a la creación del municipio de San Joaquín, se presentaron protestas de ansermeños y sanjoseños, por motivos distintos. Anserma veía, de nuevo, recortado su territorio pues antes le habían cercenado Apía, Belén, Santuario, Belalcázar y ahora San Joaquín. San José pretendió ser municipio y fue vencido en las sesiones de la Asamblea de Caldas. Desde 1916, pasó a ser San José de San Joaquín y luego San José de Risaralda. El primer inspector fue don Abel Castillo.

La carretera Pereira-Manizales fue una obra de 1924 y la de La Virginia-Apía, de 1930, más de 20 años después de que el cura Restrepo hubiera expresado su visión futurista. Lástima que, muchos años después, a finales del siglo XX, cuando en el área urbana de San José trazaron nuevas vías las hiciesen más estrechas que cien años antes, robando terreno público a las calles. Algunos de los últimos corregidores y primeros alcaldes tuvieron el cinismo de responder en forma grosera los reclamos que los ciudadanos les hicieron cuando vieron los errores que algunos maestros de obra cometían al estrechar las nuevas vías, en la esquina de la carrera 1 a una cuadra del Banco Agrario y, casi 20 años después, cuando construyeron la nueva inspección de policía.

 El camino urbanizado que llamaron Calle Real se dividió en cuadras aunque de extensión distinta dictada por la topografía agreste del terreno. Se pueden observar cuadras completas (70 metros de largo), cuadras incompletas, cuadras demasiado largas (Calle Larga), de acuerdo con los abismos que hubiera que sortear para prolongarla. La calle real, entre la Alcaldía y la partida de la carretera hacia Risaralda no tiene ni una bocacalle. Qué peligro. Y ningún alcalde ni secretario de planeación se ha preocupado por trazarlas. A comienzos de la década de 1950, el Padre Peláez completó la manzana del templo y la Casa cural con el Colegio femenino y en 1957 animó a la población con el proyecto de tumbar el barranco en donde se construyó, pasados los años, la “Escuela de Niñas San José”, la Alcaldía y un conjunto de viviendas.

De acuerdo con Clara Rosa Hernández, nacida en 1904, para el año de 1918, San José tenía, en general, la estructura actual entre la entrada de Belalcázar y la Alcaldía. Y remató su afirmación con este comentario: “en 1930 no quedaban huecos entre las casas actuales”.

Por las bocacalles se divisaba un exuberante paisaje y por allí se escapaban los novillos, los viernes, y los hombres perseguidos por sus enemigos. Esas bocacalles, en el municipio de San José, han contado, en general, con los nombres de quienes habitan en el contorno. Bocacalle de los Jiménez, Bocacalle de las Londoño, Bocacalle de las Hernández, Bocacalle de Venancio (clausurada).

Hay una carrera primera, al oriente del poblado que, aunque estuvo diseñada desde la década de 1950, solo se construyó en 2006 como vía peatonal. La Calle Real, desde finales del siglo XX, con la nomenclatura moderna que asignaron a calles y casas, empezó a conocerse como carrera segunda. San José cuenta con la Calle de la Ronda o carrera tercera. Calle de Las Travesías, inicialmente era la que partía de la Corregiduría antigua y casa de las Londoño hacia el nacimiento del agua en el sector occidental del poblado. Esta calle fue destruida y reducida a su mínima amplitud, en 2011, por acuerdo entre el alcalde y los ingenieros que desconocían el patrimonio histórico y vial de San José. En esa ocasión, destruyeron la Corregiduría original. El descenso entre la calle real y el llamado Anillo Vial era de travesía. Menos que calle era un atajo. Atajo que los constructores taparon para que nadie pudiera divisar, como de ninguna otra bocacalle, el valle del Risaralda y el Parque Natural Nacional de Tatamá.

La parte de arriba, desde el Hospital hasta el Cementerio, se conoció con el bello nombre de Calle de la Estrella porque conducía a esa vereda; luego, desde la década de 1970, se conoció como Calle de Mi Viejo, debido al Grill (discoteca y luego Café) que funcionó con mucho éxito, en ese sector, entre las décadas de 1970 y 1980. Calle de la Primavera, desde el Banco Agrario hacia Guaimaral, debido a que la finca cafetera más conocida en esa vereda se llama La Primavera. Calle de la Cruz es la que sube hacia el Alto de la Cruz; para muchos, era la misma Calle de Altomira, pues La Cruz pertenece a esa vereda. Calle del Motor es la que va de La Ronda hacia el Barrio San Jorge pues, en donde empieza a descolgar la falta hacia San Jorge, estuvo ubicada la planta de energía eléctrica de la Parroquia que encendían a las seis de la tarde y la apagaban a las nueve de la noche. Calle de Las Monjas, entre la Calle Real y la Calle de la Ronda, detrás de la iglesia. La Calle del Embudo era la prolongación de la Calle de las Monjas, hacia abajo. Eso porque ese callejón era más amplio en la entrada que en la salida hacia el lote en donde hubo una fábrica de jabón y velas.

Entre 1925 y 1962, los párrocos recurrieron a los convites para mejorar los servicios y la fisonomía del pueblo. Eran líderes sociales. Le tocó al Padre Julio César Berrío (llamado Berrido) motivar a los sanjoseños para acudir a explanar y hacer rellenos en el terreno de la Calle Real. Con convites, los habitantes de San José subieron la piedra necesaria para empedrar la calle real, de principio a fin. Tocaban las campanas y todos, con cajones, emprendían el camino para subir las piedras desde las cañadas del viejo motobomba, de Las Travesías, de las quebradas La Habana (Tamboral y Guaimaral abajo) y del mismo río Cauca. Los novios, los amigos, los compañeros de escuela o de trabajo mandaban fabricar un cajoncito con agarraderas para cargarlo lleno de piedras. Las señoras se distribuían en el camino para repartir limonada o claro de maíz para calmar la sed.

Marco Londoño (El Viejo), con hilos y plomadas, empedró la Calle Real, en compañía sus hijos Tulio y Marco. A través de los años, su hijo Marco, “Marco-Roto”, se dedicó a desyerbar esa misma calle. Se sentaba en un banco pequeñito de madera y, con un cuchillo en cada mano y a una velocidad pasmosa, arrancaba la maleza entre las piedras. Cuando se construyó el parque (1967), en forma de estrella de cinco picos, con bancas de cemento, dos araucarias y dos arrayanes de sombra cordial, Marco se instaló como parquero. Lo mantenía aseado y florecido. Peleaba con los muchachos para que no lo destruyeran ni se treparan a la estatua de Bolívar adquirida en 1971 Cuando había muchos niños jugando en los prados los filaba, los ponía a marchar y, ante Bolívar, a cantar el himno nacional. Hablaba entusiasmado de que “llegaron turistas de otra parte”. Recibía las visitas con su labia fluida. Al morir, desapareció el recepcionista del pueblo.


Hay una foto preciosa en la que, según Ana Matilde Hernández L., aparece la plana mayor de San José, entre los años de 1920 y 1925. Sentados, de izquierda a derecha: Horacio Vélez (comerciante); Gonzalo Jaramillo (estanquero y esposo de Laura Jiménez); José Luis Ramírez Hoyos (primer telegrafista de San José); de pies: Jesús González (corregidor, con su bastón de mando); Gerardo Betancur (tesorero y hasta tinterillo; esposo de Elisa Arroyave); “Mi don” (el dueño de un almacén que tenía ese nombre y así llamaban al dueño) y Juan E. Londoño (negociante y charlatán). Posan “tiesos y majos”, de corbata, botines y Gonzalo Jaramillo de elegante sombrero. Los tiempos cambiaron las fisonomías, los comportamientos y las apariencias en forma drástica.

CORREGIMIENTO ESPECIAL

Uno de los momentos estelares, en la vida civil de San José, ocurrió a la mitad de la década de 1950, cuando el Gobernador de Caldas era el Coronel Gustavo Sierra Ochoa. El gobierno nacional tuvo que nombrar militares como gobernadores debido a la delicada situación de orden público pues la violencia política estaba diezmando, en forma despiadada, la población civil en lo que constituía el Gran Caldas (Caldas, Risaralda y Quindío) y el resto del país. Sierra Ochoa estrechó lazos de amistad con la dirigencia conservadora de San José, lo más seguro que por razones políticas. Los caciques locales se mantenían en línea directa con el Gobernador. Debido a esa estrecha relación, Sierra Ochoa decretó a San José, Corregimiento Especial y, a partir de esta designación, la tesorería de San José dejó de ser una sucursal de la de Risaralda. Era autónoma y, sin ser municipio, rendía cuentas en las oficinas de la Gobernación. En vez de concejo municipal en San José sesionaba la Honorable Junta de Fomento, con funciones parecidas a las de un concejo. Debatía y aprobaba presupuesto propio.

Durante la administración de Sierra Ochoa, adquirieron un enorme motor para subir el agua desde la quebrada de finca La Alhambra hasta un tanque del tamaño de una piscina corriente a un lado de la vía al cementerio; el fontanero abría la llave del agua a las 6 de la mañana pero una hora después se había agotado pues en ese lapso se vaciaba el tanque que, desde mediados del siglo XX, por permiso de los propietarios del predio, ocupa el alto de la finca La Alhambra. En el segundo decenio del siglo XXI, Empocaldas compró el lote en ese alto y edificó magníficas instalaciones. Para poder distribuir el agua construyeron y luego sustituyeron las redes del acueducto.

En muchas ocasiones, el Gobernador llegaba por la noche a la casa de Julio Escobar en donde armaban los más estruendosos festines con músicos del poblado o llevados de Manizales, cargaban cajas de aguardiente y ron en las bodegas de los autos, bailaban por la amplia sala, bajaban las gallinas del gallinero rumbo a la olla y, cuando despuntaba la aurora del día siguiente, partían en caravana, rumbo a la capital.

Estaba yo en la escuela cuando nos llevaron filados a la plaza para que aplaudiéramos los discursos que la comitiva gubernamental pronunció desde la ventana de la casa de mis abuelos. Eso ocurrió en la primera semana de marzo de 1955. Se inauguraba el magnífico muro de piedra perimetral que rodea la plaza central de San José mandado a construir por el gobierno departamental y que ya hace parte del patrimonio cultural del pueblo. Cuando regresó a la capital, el Gobernador dirigió este mensaje a los caciques del pueblo:

“Manizales, 12 de marzo de 1955
Julio Escobar, Jorge Muñoz, demás amigos San José:
Agradezco gentiles atenciones fuimos objeto durante nuestra visita esa ciudad. Es segura demostración adhesión actual gobierno. Espero continuarán colaborando en misma forma tesonera por caros intereses de tan importante región. Atentamente,
Coronel Gustavo Sierra Ochoa, Gobernador Departamento”.
 
PATRIMONIO DE TODOS

El patrimonio material e inmaterial de San José y demás conglomerados del Occidente de Caldas no contó con defensores empecinados y visionarios, a través del siglo XX. Sitios y objetos arqueológicos, edificaciones, incluidos los templos de cada pueblo, el paisaje, los documentos, las obras de arte, los centros históricos, los parques tradicionales han sido arrasados y deformados, aún por las autoridades civiles y eclesiásticas, cuando han tenido presupuesto con qué echarlos por tierra.

Para las generaciones que no escucharon hablar de ‘patrimonio cultural’, destrucción era sinónimo de progreso. Las cosas han variado poco. Ya se oye hablar, en concejos municipales, de bienes de interés cultural, se busca declara rbienes locales como de importancia histórica y de incentivar a los propietarios para ayudarles en la conservación y mantenimiento de aquellos inmuebles de los que cada comunidad se siente orgullosa.

“El concepto de Bien Cultural que reemplazó el de Monumento Nacional es considerado un avance significativo en el marco normativo y social, ya que se articuló con el desarrollo urbano, en la Ley de Ordenamiento Territorial; se vincula a la sociedad civil a la conservación y activación del patrimonio y lo liga no sólo a lo monumental y perteneciente al pasado sino a la dinámica social” (Destino Caldas, “Centros Históricos, guardianes de la historia y ejes del desarrollo”, pág. 2, junio de 2010).

De acuerdo con la legislación colombiana, en San José Caldas se puede hablar con propiedad de un centro histórico como aquel núcleo urbano que conserva rasgos del devenir del conglomerado, en sus construcciones y en sus formas y dinámicas sociales y económicas. Esa legislación no pretende conservar los cascarones decrépitos, en varias cuadras, sino mejorar la calidad de vida de los habitantes de esos sectores, conservando el patrimonio, pero avanzando en temas como el espacio público, la movilidad, la señalización turística y la articulación con los planes de ordenamiento (Ibid.).

La primera alusión a San José de Caldas, en una obra escrita de carácter nacional, fue hecha por Rufino Gutiérrez, hijo de Gregorio Gutiérrez González, el poeta de Memoria del Maíz en Antioquia. Rufino emprendió un viaje por el camino que comunicaba a Medellín con el Valle del Cauca, a mediados de 1917 y, como fruto de ese periplo, redactó un texto publicado por la Imprenta Nacional, en 1921, bajo el título de Monografías, Tomo I. Partió de Valparaíso, siguió a Caramanta, pasó por Supía, Riosucio, Quinchía y se detuvo en Anserma en donde hizo una minuciosa relación de su devenir y de las obras civiles. Hablando del mercado escribe:

“El mercado del poblado es dos veces por semana, con buena concurrencia y abastecimiento, y hay cada seis meses feria de ganados. En los corregimientos de San José y San Joaquín hay mercados semanales. Según datos recogidos en las oficinas públicas, hay en el Distrito 12.400 reses vacunas, 1608 caballares, 680 mulares y 2.000 cerdos, y se recogen cada año 100.000 arrobas de café, 10.000 cargas de maíz, 5.000 de panela y 1000 de arroz” (Rufino Gutiérrez, 2008, pág. 277).

En 1917, San José era un pueblo adolescente; rondaba los 15 años de haberse conformado y empezaba a cabalgar por el camino de la historia.

En la segunda década del siglo XX, otorgarle a San José la categoría de corregimiento sirvió para solicitarle al obispo de Manizales la creación de una parroquia que se llamó de Nuestra Señora del Carmen. Como en muchas localidades que buscaban ese ascenso en el escalafón eclesiástico, ya se había adelantado en la construcción del templo bajo la guía del cura de Belalcázar.

La clase dirigente dio esta batalla buscando el progreso del pueblo y logró coronarse de éxitos. El documento de creación de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen corresponde al mes de noviembre de 1924. La parroquia entró en funcionamiento en 1925 y su primer párroco fue el sacerdote José Domingo Osorio, conocido como “Chocolito”. Entre 1925 y 2018, San José ha tenido 28 párrocos de los que el que más ha durado es el Pbro. Jesús María Peláez Gómez, entre 1942 y 1962. Es el que más ha trabajó en beneficio del pueblo, en el campo religioso y cívico, desde la fundación y primera construcción del colegio Santa Teresita (1954), envío de un nutrido contingente de muchachas bonitas a conventos de ciudades y muchachos al seminario a educarse hasta la reconstrucción del del templo (1945-1950), la restauración de la casa cural e impulsor de muchas obras civiles.

A comienzos de 2010, la Alcaldía Municipal de San José firmó un contrato de prestación de servicios con “Gestión-Ar”, una asociación que organiza archivos documentales, elabora tablas de retención documental, programas de gestión documental y asesorías en administración de archivos. Desde entonces, San José cuenta con Archivo Municipal, con todas las de la ley.

(Tomado de la Exposición de Motivos para la Creación del Corregimiento de San José de Risaralda en Nuevo Municipio, presentada a la Asamblea del Departamento de Caldas, por parte del despacho del Señor Gobernador, Ricardo Zapata Arias, Manizales, diciembre de 1997).



MUNICIPALIZACIÓN DE SAN JOSÉ

Municipio es una palabra castellana que procede de la latina ‘municipium’ que significaba ‘ciudad libre’. San José lo quiso ser, en forma explícita, desde 1914. Ese anhelo pasó de generación en generación sin poderlo concretar, hasta finales del siglo XX. Primero se desprendió de Anserma, luego de Belalcázar y después de Risaralda hasta que lo propuesto, se hizo realidad. Esta es la historia.

El jueves veinticuatro de abril de 1997, en medio de una tarde apacible, por los parlantes de templo parroquial, una persona no identificada puso a sonar el Himno Nacional y, entre el estruendo de sus notas, gritó a los cuatro vientos: “¡San José es Municipio! ¡Ya somos municipio!” Los que desconocían el tortuoso camino que había que recorrer para lograr esa denominación empezaron a marcar teléfonos para contarles la buena nueva a familiares y amigos que vivían en otras partes. Pero, no era verdad. Fue una inocentada a destiempo. Tal vez un error. Sin embargo, empezábamos a hablar otro lenguaje distinto al remoto lenguaje del anhelo.

ANTECEDENTES INMEDIATOS

Si el ser humano nace con ideas preconcebidas, los sanjoseños nacimos, en el transcurso del siglo XX, con el sueño de ver y vivir en un San José autónomo. Se cuentan varias tentativas para lograrlo, a través de su devenir que, por desdicha, no pelecharon. La primera de ellas de 1914, luego otra escaramuza de 1916 y otras más hasta llegar a 1955 cuando el Gobernador de Caldas, Gustavo Sierra Ochoa, se congració con los amigos de San José elevándolo a la categoría de Corregimiento Especial por la cual empezaría a recibir directamente ingresos por licores y tabaco, cobro de caminos, predial que se recaudaba en su jurisdicción, así como los impuestos por degüello de ganado mayor y menor, industria y comercio.

Antes que límites civiles consolidados, San José contó con unos límites eclesiásticos que abarcaban las veredas que salían a participar en las fiestas de la Virgen del Carmen, desde 1927, y que visitaba el párroco en temporada de romerías. Los alféreces organizaban las fiestas patronales, en cada julio, casi cuarenta años antes de que se pusieran en funcionamiento, a nivel nacional, las juntas de Acción Comunal.

ETAPA VIOLENTA

En la segunda mitad de la década de 1970 estalló un inesperado brote de violencia política, en la cabecera del municipio de Risaralda, crisis que, al poco tiempo, involucró personas del partido contrario al del alcalde, en el corregimiento de San José. ‘El florero de Llorente’ se quebró cuando el corregimiento compró una volqueta, en 1976. El alcalde de Risaralda al verla, tal vez por celos, envidia o como pretexto, no se alegró sino que exclamó en forma sarcástica: –“Se ve que tienen mucha plata”.

Cualquier día de esos y, acompañado de la tesorera municipal y de los guardaespaldas que lo rodeaban, el alcalde llegó a San José a sacar de los archivos de la tesorería del corregimiento las fichas catastrales de los más valiosos predios, sobre todo los correspondientes a la tierra caliente que da sobre el valle del río Risaralda y se las llevó para la tesorería de la cabecera municipal. La substracción de tarjetas por parte del alcalde se repitió en varias ocasiones hasta el punto de que cuando muchos dueños de valiosos propiedades subían a San José a pagar los impuestos de predial, como lo habían hecho siempre, tenían que continuar el viaje para ir a pagarlos en Risaralda.

San José quedó bloqueado, desamparado, en ruinas. Después, el alcalde suspendió la cuenta del corregimiento de San José, en la oficina local de la Caja Agraria. El pago de sueldos a empleados y maestros dejó de hacerse en la tesorería del corregimiento y se trasladó a la tesorería de la cabecera municipal. El alcalde, fungiendo de jefe político de su partido, decidió sobre candidatos al concejo y distribuyó las veredas en esas listas.

Tito Fabio Hernández J. fue nombrado por la Junta de Fomento de San José como tesorero del corregimiento especial. Conservando gran mesura, inició las diligencias para que el Concejo de Risaralda, en el que había varios miembros que pertenecían a los partidos conservador y liberal, con residencias en el área de San José, aprobara un proyecto de acuerdo mediante el cual los límites civiles del corregimiento especial de San José serían los mismos que tenía históricamente la parroquia. Tito tuvo que tragarse varios sapos con tal de sacar adelante un asunto que no beneficiaba a la cabecera municipal. El tesorero de la Junta de Fomento, en su trajinar de San José a Risaralda, logró cierta cercanía con el señor alcalde quien aceptó que Tito presentara el proyecto, en el concejo, en donde fue debatido y aprobado.

La violencia política que renació en el municipio cuando en el resto del país se había sustituido por la violencia guerrillera, se agudizó en forma alarmante. Los jefes del partido liberal y del conservador, a nivel de la cabecera municipal, cayeron asesinados en esa guerra a destiempo. Ricardo Sánchez fue nombrado alcalde y de esta forma se creyó asegurar un tiempo de calma pues, por su modo de ser accesible, se prestaba al diálogo y no era muy acelerado. Tito Fabio Hernández también supo irla bien con él. Aprovechó el acercamiento para emprender una cruzada con el propósito de que se aprobara en el Concejo una serie de propuestas que sirvieran de marco institucional y legal para el funcionamiento de San José.

"Manizales, 3 de marzo de 1989
Señor
Ricardo Sánchez
Risaralda Caldas.
Estimado Ricardo: Apelando a tu sabio juicio de gobernante, como también a tu magnanimidad y comprensión, me permito poner a tu disposición algunos criterios administrativos sobre nuestro San José.
(…)
Espero que no tomes el Proyecto mencionado como una conducta de mi parte, sino más bien como un estudio que gustoso he realizado buscando el engrandecimiento del Municipio de Risaralda y un aporte de sanas ideas a tu gran gestión.
Te agradezco la atención que estoy seguro merecerá de tu parte para lo cual, y como mecanismo lo puedes acoger mediante decreto una vez el Concejo te conceda las facultades para tal fin.
Cordial saludo,
"Tito Fabio Hernández Jiménez

En el mismo 1989, en la casa de la finca Agualinda, entre El Crucero y San José, Tito Fabio Hernández se reunió con el senador Ómar Yepes Alzate, jefe de un grupo distinto a aquel en que militaba Tito. Esa reunión disgustó a los conservadores comandados por el senador Rodrigo Marín Bernal. Tito invitó a H. García a que lo acompañara en la reunión y García le dijo: –“No voy porque quiero a mi partido conservador”. Tito le respondió: –“Yo quiero mucho al partido conservador pero quiero más a San José”.

A Tito lo acompañaron varios líderes de Belalcázar que concretaron la cita con Yepes. Allí, Tito le expuso al senador el sueño de ver a San José municipio. Ómar le comentó a calzón quitado: –"Esto no lo podemos lograr los conservadores solos, ni a nivel de concejo municipal ni de asamblea departamental. Hay que hacerse a la buena voluntad del senador liberal Víctor Renán Barco, líder de los liberales del concejo y la asamblea".

Tito Fabio le envió una comunicación al Directorio Liberal de San José buscando que sus integrantes intercedieran ante el Alcalde, que era liberal como ellos, con el fin de que le diera vía libre al Proyecto presentado en el Concejo de Risaralda. Eso causó disgusto en varios conservadores de la caverna, en Risaralda y San José. Manuel Bermúdez, líder en Morroazul, conoció el proyecto cívico de Tito y decidió intervenir ante varios conservadores recalcitrantes para que el asunto no se agravara.

"Señores
Directorio Liberal
San José (Caldas)
Estimados Amigos:
Me permito poner a su disposición un estudio político-administrativo, tendiente a otorgarle a nuestro querido San José una mejor estructuración orgánica en diferentes órdenes.
He creído que todo lo que se encuentra allí incluido es susceptible de realización si se da, como creo que la hay, una buena voluntad política, tanto en el Legislativo como del Ejecutivo Municipal.
  (…)
Está en manos de todos nosotros procurar la grandeza de nuestro Pueblo sin escatimar tiempo, esfuerzo, mesura y paciencia.
Reciban un cordial saludo de
Tito Fabio Hernández Jiménez".

Tito Fabio había redactado el proyecto del que sería Acuerdo 09 pero, antes de entrar a considerarlo en el Concejo, asesinaron al señor Alcalde.

En medio del desconcierto, Tito distribuyó entre la ciudadanía de San José y sus veredas el “Comunicado 01” consistente en una página, escrita en máquina, con tres párrafos y en el primero de ellos planteó un espinoso asunto para el amargo trance que padecía el municipio:

“Como un homenaje a la paz, como un extender sincero de manos amigas, como un llamamiento a la mesura, a la reconciliación, al sano entendimiento entre los ciudadanos que hemos nacido o que habitamos esta rica región, creemos conveniente participar a todos nuestros amigos y simpatizantes, del pensamiento de no concurrir a las urnas el próximo 16 de junio de 1989, fecha en la cual ha de realizarse la elección de la persona que, como Alcalde, ha de completar el período constitucional y legal al frente de los designios de Risaralda”.

Los conservadores, temerosos por la aciaga violencia que padecía el municipio, murmuraron sus reservas pero, a la larga, acordaron no presentar candidato conservador a disputarle el cargo al candidato liberal pues, como lo hizo ver Tito, la Alcaldía pertenecía al liberalismo ya que el alcalde anterior no había renunciado sino que había sido asesinado.

Sin contendor, ganó la alcaldía Doña Edilma, la viuda de Ricardo Sánchez.

Tito Fabio Hernández dialogó, en Manizales, con el senador conservador Rodrigo Marín Bernal y con el diputado Ferney Tapasco, presidente del directorio liberal del departamento. Ellos le consiguieron una entrevista, en Bogotá, con el senador Víctor Renán Barco López. Tito se desplazó a la capital del país y convenció al senador liberal de la bondad de aprobar, en el Concejo Municipal de Risaralda, el Acuerdo por medio del cual, a San José, se le reconocía autonomía geográfica, autonomía poblacional y autonomía administrativa.

El senador se quedó con el proyecto para estudiarlo en fines de semana y parece que se le estaba olvidando entre las montañas de papeles que manejó en su cotidianidad. El Proyecto había sido presentado y discutido el 1 de noviembre, en la Sala de Concejo de Risaralda, pero su futuro se veía incierto. Pocos entendían su oportunidad. Como recorderis y salvavidas para que no naufragara si alguien echaba para atrás, Tito Fabio envió el siguiente telegrama al senador. Curiosamente, la comunicación no fue iniciativa de los liberales que lo seguían.

"Manizales, 11 noviembre 1989
Doctor Víctor Renán Barco
Concejo Municipal
La Dorada Caldas.
Cuánto agradecería mi pueblo pronta mediación suya Concejo Alcaldesa Risaralda fin cristalizara esta legislatura Proyecto Acuerdo continúa reconociendo identidad rasgos especiales ha tenido San José y mejora distribución recursos Estado, forma equitativa e indiscriminada. Reitérole nombre mío y paisanos agradecimiento Tito Fabio Hernández Jiménez".

De inmediato, Barco se comunicó con la alcaldesa de Risaralda que era de su mismo partido y le impartió órdenes; ella reunió a los liberales del Concejo. El proyecto fue presentado por los concejales Rodrigo Antonio Cano, José Albeiro Ramírez y Fenelón Gallego. Se debatió los días 1, 25 y 26 de noviembre de 1989. Las bancadas liberal y conservadora, puestas de acuerdo, en forma expedita, aprobaron el importantísimo Acuerdo 09 de 1989, sin el cual no hubiera sido posible presentar, ocho años después, el proyecto de San José Municipio.

El texto aprobado, con 45 artículos, era de este tenor:

Acuerdo 09
Noviembre 1 de 1989
Por medio del cual se reorganiza una entidad territorial de carácter municipal y se le reconoce su calidad especial jurídica, territorial, presupuestal, fiscal y estatutaria.
(…)
Considerando (…)
Acuerda:
Artículo Primero: Como Corregimiento Especial de San José de Risaralda Caldas denomínase tanto al poblado reconocido como tal, como también a los sectores rurales constituidos o denominados como veredas enmarcadas dentro de los límites geográficos, naturales o artificiales que le son comunes y que a continuación se numeran y mencionan: La Estrella, Pueblo Rico, La Morelia, Buenavista, El Contento, Los Caimos, La Paz, Tamboral, El Pacífico, Guaymaral, Arrayanes, El Bosque, Altomira, Morroazul, Pinares, El Vaticano, La Ciénaga y La Primavera, como también aquellos núcleos sociales y comunitarios comprendidos dentro de las mismas o que con posteridad surjan o sean creadas.

Artículo Segundo: Como jurisdicción urbana, la comprendida dentro de los 1200 metros norte, 1200 metros sur y 150 metros (líneas rectas) desprendidos en cualquier punto y sentido de estas líneas imaginarias cuyo punto de origen será el Edificio de la Corregiduría, en el denominado sector de La Plazuela.

(...) Artículo Cuarto: Para ser Corregidor de San José se requerirá haber cursado al menos enseñanza secundaria o alguna equivalente o el desempeño anterior administrativo o similar, como también haber nacido o encontrarse domiciliado con al menos un año de anterioridad.

(...) Artículo Sexto: Cuando sobrevenga grave alteración del orden público lo mismo que en caso de siniestro o grave conmoción social podrá el Alcalde a su criterio, asumir las funciones que para estos casos le competen al Corregidor.

(...) Artículo Trece: Serán empleados del Corregimiento Especial de San José de Risaralda Cds. el Tesorero especial, el conductor del vehículo del Corregimiento, la Jardinera y aseadora de la Corregiduría y demás edificios del Corregimiento, el celador de la Corregiduría y Escuela de Niñas, el celador de la Escuela Urbana de Niños, el aseador de las calles y calzadas, el parquero, el oficial de bomberos, el administrador y oficial del matadero local.

(...). Bernardino Galeano (Presidente Concejo).

Fue radicado en la Secretaría de la Oficina Jurídica de la Gobernación de Caldas, el 15 de enero de 1990, a las 11:10 am. (Archivo personal de Tito F. Hernández J.). El presidente del Concejo, señor Bernardino Galeano vivía en la vereda La Esmeralda y se distinguía como excelente ciudadano, con gran sentido de solidaridad y servicio.

Como consecuencia, se ratificó, a nivel de Concejo Municipal, a San José como Corregimiento Especial, se le devolvió la autonomía, regresaron a la Tesorería de San José las fichas que habían sacado y se reconocieron los límites históricos que, en general, coincidían con los límites eclesiásticos. En cambio, a partir de este acuerdo, el Corregidor de San José ya no sería nombrado por la Gobernación sino por la Alcaldía, como lo ordenaba la Ley 1333 de 1986.

El Acuerdo 09, de 1989, redactado por Tito Fabio Hernández J. y debatido y aprobado por el Concejo Municipal de Risaralda Caldas, determinó la jurisdicción administrativa del Corregimiento de San José. A Tito Fabio, en ese juego paciente e impaciente, le asistía un altruismo que iba más allá del simple recaudo de unos impuestos indispensables para el funcionamiento de su patria chica.

El Acuerdo 09, de 1989 sirvió como documento legal clave sobre el que se fijaron los requisitos territoriales, poblacionales y presupuestales que sacaron adelante el anhelado municipio, en la Asamblea departamental, luego de algunos diálogos convincentes llevados a cabo con la dirigencia política y administrativa del departamento. ¡El Acuerdo 09 fue el padre de San José Municipio!

La Administración municipal y el Concejo municipal cayeron en la celada. Tito Fabio no estaba jugando parqués sino ajedrez. Si se lee a Bertrand Russell se le concede razón cuando, con su visión intuitiva, trataba de aclarar situaciones y efectos parecidos a los que, en nuestra tierra, se vinieron encima: “Una historia escrita después de los acontecimientos difícilmente pueden hacernos sentir que los actores ignoraban el futuro”.

Ya abogado titulado de la Universidad de Manizales y con su respectivo posgrado, Tito Fabio Hernández se empecinó en seguir adelante con el propósito libertario que venía de tiempos de los abuelos. Hizo parte de las mesas de trabajo organizadas, en 1990, con motivo de la convocatoria para la redacción de una Nueva Constitución Política de Colombia. Entre las propuestas que presentó para debatir estaba la siguiente, entregada a consideración el 15 de noviembre de 1990:

Texto de la propuesta: “Incluir dentro de los textos constitucionales a los corregimientos como entidades territoriales de la República y como organismos autónomos vinculados al municipio sólo en aspectos de circunscripción electoral, ministerio público y censo poblacional…”.

Justificación de la propuesta: “Existe una centralización municipal lo cual hace que los corregimientos vivan en un claro estancamiento estando sujetos casi siempre a la buena o mala voluntad política de los poderes municipales o de su dirigencia. Los recursos y transferencias bien de la nación o del departamento raras veces cumplen un cometido de políticas serias, planificadas y continuadas”. Estaba pensando y soñando con una mejor situación para esos conglomerados que tenían la misma estirpe de su pueblo natal. (La propuesta tiene sus anexos sobre modificaciones en otros apartes de la redacción definitiva de la Constitución).

RECTA FINAL

En 1997, y desde hacía dos años, Holmes García ocupaba el puesto de corregidor de San José. Reavivó la propuesta, siempre aplazada, de San José-Municipio. Nadie ni nada estorbaba ese proyecto pues muchos creían que no era viable.

Esta vez las cosas iban por buen camino. La Administración del Corregimiento consiguió la asesoría de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Caldas, por intermedio del señor rector Guido Echeverri Piedrahita y el decano doctor Iván Escobar.
Los profesores encargados por el rector y el decano, sacaron a relucir leyes, decretos y letra menuda. Trazaron un plan de trabajo realista y un cronograma.

Gente de otros municipios trató de espantar a los sanjoseños con la amenaza de que esas gestiones costarían un infierno de plata. ¿De dónde se iba a sacar ese dinero, en medio de la tremenda crisis económica que padecía el país? Para empezar, en San José salieron a vender unos bonos a diez mil pesos (seis dólares). En abril de 1977, la junta de San José Municipio ya había invertido en papeleos, ochocientos mil pesos. La colonia de sanjoseños en Manizales organizó el II Banquete de pan y vino, pro obras parroquiales, en el templo, el 12 de julio de 1997, de cuyo producido ($ 2.970.800.oo) se entregó a los miembros de la Junta, para el proyecto San José Municipio, el 30% y el 70% al cura párroco para obras en el templo y la casa cural. El Acuerdo 09 esperaba en bandeja de plata.

En abril de 1997, el Instituto Agustín Codazzi aprobó, por resolución, una población, para el municipio de Risaralda, de veintidós mil almas. De esas veintidós mil, cuatro mil y pico correspondían al área urbana. Diecisiete mil correspondían al área rural. Los procedimientos se adelantaron en Bogotá, sin la intervención de ningún personaje de esos que hacen lobby a precios astronómicos. Lo que hicieron, allá, hacía parte de las funciones legales de ese Instituto.

Los sanjoseños hacíamos fuerza. Un delegado del Instituto Agustín Codazzi presentó el informe, el miércoles veintitrés de abril: ¡Contamos con el número indispensable para poder emprender las jornadas legales y así alcanzar el vehemente deseo! No éramos municipio, como lo anunciaron prematuramente por los parlantes del templo, pero estábamos más cerca de lograrlo. ¡Gloria al empeño de nuestros mayores que seguía siendo el empeño nuestro!

"San José Risaralda, Caldas, 26 de abril de 1997
Señor
Octavio Hernández Jiménez
Decano Facultad de Artes y Humanidades
Universidad de Caldas
Manizales.
Muy cordialmente, nos dirigimos a Usted para invitarlo a participar en la programación que se llevará a cabo el próximo sábado tres de mayo, con motivo de dar a conocer los requisitos con que cuenta nuestro Corregimiento para erigirse municipio, y a la vez programar planes de trabajo con la comunidad para la continuidad del proyecto.
Programación:
5:30 a.m. Alborada y rosario de aurora.
8:00 a.m. Izada de la Bandera Nacional y del Corregimiento.
10:30 a.m. Retreta con la banda de música.
12:00 m. Recibimiento de la Comisión Asesora - Secretario de Hacienda Departamental.
Desfile por las calles de San José.
Celebración eucarística.
1:00 p.m. Encuentro de Asesores y Comunidad.
De su apoyo depende la culminación exitosa de este proyecto.
Cortésmente,
Holmes García Flórez, Luis Alberto Bohórquez Q. Isaura Vargas Holguín, Elsy López Jaramillo, Fernando Grajales Osorio (Firmado).

¿Quiénes eran, hasta ese momento, los integrantes del llamado “Grupo de los Cinco”?

Holmes García F. era el corregidor del pueblo y estudiante del Programa de Tecnología Agropecuaria que adelantaba, en San José, la Universidad de Caldas. Luis Alberto Bohórquez Q., profesor temporal del Colegio Santa Teresita, empleado temporal en la Alcaldía de Risaralda y con una tecnología en Administración Pública Municipal, en la ESAP. Isaura Vargas H., tecnóloga en Sistemas y Secretariado Comercial y Elsy López J., eficiente empleada del Corregimiento. Unido a este proyecto estaba el señor Fernando Grajales O., administrador del Supermercado Mercaldas, hombre de empresa, serio, lúcido, aplomado y echado pa’lante.

Los firmantes de la carta anterior eran motores visibles de la empresa San José Municipio, en la etapa final. Pero había otros que estaban presentes en las reuniones, integraban las comisiones, se desplazaban a la capital del departamento de Caldas, a cuanta oficina se necesitaba visitar: Fenelón Gallego C., luego de hacerse presente en las gestiones de la nueva etapa, viajó a los llanos orientales y por eso no aparece entre los cinco mencionados; era un líder cívico, servicial y político; Heber Jaime Hernández J., concejal entre 1995 y 1997, en representación del Corregimiento de San José, en el Concejo Municipal de Risaralda; empleado bancario, dueño de gran lucidez y un espíritu conciliador y metelón; hizo el empalme entre Corregimiento y Concejo, en la etapa previa a San José Municipio; el señor Rodrigo Montes no viajaba a otras localidades pero discutía y animaba las reuniones de café; tenía ascendencia entre la ciudadanía.

Brilló por su ausencia el personal de las instituciones con asiento en San José, incluyendo el magisterio. Ni una lucecita de su inteligencia para el pueblo que los había acogido. Gente del pueblo y el campo esperaba meterse la mano al dril, asistía a reuniones y hacía fuerza porque el propósito se viera coronado por el éxito.

Heber Jaime Hernández, director de la Caja Agraria, en Arauca (Caldas), llamó a Manizales a solicitarme que invitara periodistas a la reunión del sábado pues ya se necesitaba hacer bulla; airear la noticia fuera de la parroquia.

Visité al subdirector del periódico La Patria, exalumno en Filosofía y Letras de la Universidad de Caldas y gran amigo, Orlando Sierra Hernández, a quien le expuse el asunto. De inmediato designó a la periodista María Mercedes Vallejo para que se desplazara a San José a cubrir el acontecimiento. Me solicitó que yo tomara las fotografías de los eventos pues la sección correspondiente ya había asignado a los fotógrafos de planta para otras misiones. Me dijo, además, que le redactara rapidito unos párrafos sobre la noticia para sacarla al otro día. Salió con un recuadro, en la tercera página del periódico.

El sábado 3 de mayo de 1997 nos encontramos en San José, además, con los camarógrafos de Telecafé, canal regional de televisión, y los periodistas de la Gobernación dispuestos a informar sobre el acontecimiento.

Las bancas del templo parroquial se llenaron de público. El párroco entonó un Tedeum en acción de gracias por las buenas noticias. Habló el Corregidor antes de que tomara la palabra Carlos Alberto Orrego, empleado del DANE y viterbeño que viajó desde Bogotá a presentar el documento de ese instituto en el que se informaba oficialmente que San José llenaba los requisitos para poder solicitar ser elevado a la categoría de municipio, por cumplir con los requisitos en el orden geográfico, poblacional y presupuestal.

Según el documento, San José contaba con 7.361 habitantes; 361 más de lo requerido. El área del futuro municipio sería de 51 kilómetros con 612 metros, exactamente la tercera parte del área total del actual municipio. Risaralda quedaría con102 kilómetros, como lo demandaba la ley. En cuanto a presupuesto para que San José pudiera ser municipio necesitaría un presupuesto de 86 millones de pesos, sin contar las transferencias. Según el documento del Dane, San José tenía 106 millones, 20 más de lo requerido.

El funcionario leyó en forma pausada el documento esperado. Durante setenta años, bajo estos arcos góticos de madera, nuestros mayores expresaron sus esperanzas, alegrías y tristezas más recónditas. El aire de este templo, muchas veces, se impregnó con la humedad de las lágrimas. Este día, ante el atronador aplauso, las sombras de los antepasados, como palomas huidizas, revolotearon por los rincones de las naves.

Hablé para recordar que, en 1914, San José inició un movimiento para segregarse como corregimiento de Anserma y anexarse a Belalcázar, pero tecnicismos jurídicos dieron al traste con su anhelo. Llevé y mostré, como un tesoro, la copia del legajo que consigna los Memoriales a la Asamblea de Caldas escritas con una letra preciosa, en solemnes hojas de papel sellado, las firmas de los vecinos, las réplicas y contrarréplicas hasta que al fin, aparecen las causas por las que se desecha el proyecto. Había que evitar, a toda costa, que por algún tecnicismo de esos o de otra laya, fuera rechazado el proyecto. Pies en la tierra y alma en el cielo. “Olvidar la historia es verse obligado a repetirla”.

Entre los asistentes estaban: el Señor Gobernador de Caldas, encargado; el Secretario Departamental de Agricultura y el Secretario de Hacienda Departamental, Javier Salazar T. nacido en San José; el Señor Alcalde de Risaralda, homónimo del anterior Javier Salazar quien se dirigió a la concurrencia declarando que “con la creación de San José como municipio ganaban Risaralda y San José pues cada uno podía dedicarse al progreso del área correspondiente”. También estaban, el exalcalde anterior del municipio de Risaralda y los tres candidatos a la próxima alcaldía; dos diputados a la Asamblea Departamental por el Occidente de Caldas y cinco concejales (dos de San José y tres de Risaralda).

Una comisión del Corregimiento de Barcelona (Quindío) que, a pesar de llenar los requisitos, no consiguió, en esa ocasión, que la Asamblea de ese departamento aprobara el nuevo municipio; estas personas hicieron el largo desplazamiento para contarnos en dónde estuvo el error político y que nosotros no lo repitiéramos. Muchos sanjoseños arribaron de Manizales, Pereira, Viterbo y otros pueblos a compartir emociones.


Tomé un rollo de fotografías que entregué a María Mercedes. Ella viajó, esa tarde, a Manizales. Con sus colegas, escogería las fotos que le sirvieran para la edición del día siguiente de La Patria. Acompañé a los camarógrafos de Telecafé, en la filmación de varios sitios y personajes del pueblo para ambientar la noticia: El Monumento al Agua, la Placa a la Luna, el Monumento al Duende Ecológico, el cuadro al óleo de San Isidro Labrador, por Ángel María Palomino. Teniendo como escenario el atrio del templo expresé, en forma didáctica, ante las cámaras de televisión, por qué San José debería ser municipio. Subimos al Alto de la Cruz para filmar la soberbia panorámica.

El martes 6 de mayo de 1997, tuvimos la gratísima sorpresa de ver la noticia “Decisión en manos de la Asamblea: San José sería el municipio 26”, en primera página de La Patria, parte superior, a más de media página, con fotografía a color del pueblo visto desde el Puesto de Salud y una multitud que caminaba hacia el templo a escuchar el informe del DANE. El despliegue periodístico continuaba en la tercera página ilustrado con dos fotografías de los toldos de la plaza de mercado y del funcionario del DANE en la lectura del documento.

Por la tarde, llamé al subdirector de La Patria con el fin de agradecer su interés por mi pueblo y me prometió que entrevistaría a los diputados y dirigentes políticos para que opinaran sobre la idea. Dicho y hecho: el miércoles 7, con un recuadro azul, en primera página salió el titular: “Bien acogida la independencia de San José” y más de media página interior (la 6ª), con fotos y opiniones de los señores de la política.

Desde el principio, el senador Ómar Yepes estuvo de acuerdo con el proyecto pues San José tenía mayoría de votos conservadores, mientras que el senador Víctor Renán Barco había expresado cierta reticencia pues le iban a mermar extensión, población y presupuesto a un municipio de mayoría liberal. Los dos ‘barones’ de la política caldense tenían una trinca muy bien montada, a nivel departamental desde hacía muchos años.

En la página cuarta, la de los articulistas, salió un comentario en la sección “El Correr de las Horas” que titulaba en forma escueta “San José”, y que decía lo siguiente:

“El Corregimiento de San José, que pertenece a Risaralda, quiere tener autonomía administrativa como nuevo municipio. Es una justa aspiración en desarrollo del legítimo derecho a la independencia para manejar sus asuntos de administración y de gobierno en el camino de la categoría de los pueblos cuando la madurez económica y el número de habitantes los hacen aptos frente a la ley para adquirir este rango. El Corregimiento de San José es una rica región agrícola del occidente de Caldas y sus gentes, emprendedores ciudadanos que conservan en el agro la herencia y en el empeño sus aspiraciones. Hoy cumple con las condiciones de ley para ser municipio por lo que la Asamblea de Caldas debe hacer realidad el querer ciudadano”.

Al punto de vista anterior se añade el Editorial central de La Patria, del viernes nueve de mayo de 1997, firmado por el Director Luis Felipe Gómez Restrepo y titulado: “San José de Risaralda, Municipio 26 de Caldas”:

“La autonomía administrativa de San José de Risaralda va en la misma dirección de la descentralización a nivel nacional. Es la posibilidad de entregarles a las comunidades, cuando están maduras, la oportunidad de asumir el reto de tomar las riendas de su destino. En el caso de San José de Risaralda, el anhelo es de vieja data, ya hace muchos años plantearon la viabilidad de elevar de categoría al corregimiento, pero artimañas jurídicas dieron al traste con esa aspiración. Confiamos que en esta ocasión la Asamblea de Caldas analice el caso con los intereses del departamento y sus gentes por encima de todo, y no con un impulso electorero de corto plazo... De otro lado, ser municipio exigirá, por parte de los líderes de la comunidad, mucha responsabilidad para que la estructura municipal se convierta en un dinamizador del desarrollo de la región y que permita la elevación de la calidad de vida de todos los pobladores y pobladoras del territorio segregado”.

En los meses siguientes, la oficina de Planeación Departamental y un grupo de profesores de los programas de Trabajo Social y Educación Ambiental de la Universidad de Caldas, asignados por el rector Guido Echeverry, en cuya administración yo era decano, se dedicaron a elaborar los análisis y documentos indispensables para presentar el proyecto de creación del nuevo municipio, en la Asamblea Departamental.

Llegó el día. El viernes cinco de diciembre de 1997, al llegar de su viaje a Bogotá, ante la insistencia de líderes políticos y de la Colonia de San José en Manizales, el Gobernador de Caldas, ingeniero Ricardo Zapata Arias, firmó la carta remisoria para la Asamblea y, con los documentos anexados, radicaron el proyecto. Cuando llegué, en la noche, al apartamento de mi madre, Tito Fabio, demás familiares y amigos, estaban felices pero nerviosos. La colonia sanjoseña en Manizales tomó este acto administrativo como un triunfo, no de un grupúsculo aislado, sino de todos los que, viviendo en el pueblo o fuera de él, pero con los sentimientos de pertenencia intactos, seguíamos considerando a San José como refugio de nuestras querencias.

La carta remisoria del Señor Gobernador reza así:

“Honorables Diputados:
La comunidad del Corregimiento de San José, del Municipio de Risaralda Caldas, desde hace varios años viene impulsando un proceso para elevar el Corregimiento de San José a categoría de Municipio, realizando todas las acciones apoyadas en las facultades otorgadas por la propia Constitución Nacional quien (sic) contempla lo referente a “Descentralización y Autonomía Territorial (Art.287)”, en asocio con las leyes 134 “Mecanismos de Participación Ciudadana”, 136 y 177 de 1994 “Sobre Organización y Funcionamiento de los Municipios”.
“De la misma manera han concertado con las comunidades del Municipio de Risaralda, quienes avalan la importancia de la creación del nuevo municipio, ya que ambas entidades territoriales presentarán hacia el futuro ventajas comparativas que permitirán un desarrollo equilibrado y armónico. Presentados los documentos anexos.... Por lo anterior, me permito poner a consideración de la Honorable Asamblea de Caldas, el presente Proyecto de Ordenanza “Por medio del cual se crea el Municipio de San José y se dictan disposiciones para su organización y funcionamiento”, de vital importancia para el desarrollo local de las comunidades de Risaralda y San José, que desde tiempo atrás vienen impulsando la creación del Corregimiento de San José como el municipio veintiséis del Departamento de Caldas. En espera que nuestro proyecto tenga eco en el seno de dicha Corporación, con la mejor acogida, al ser aprobado por la buena voluntad política aplicada al mismo, me hace expresarles una gratitud perenne, como desearles éxitos en sus actividades personales y administrativas. Ricardo Zapata Arias, Gobernador de Caldas".

El martes 9 de diciembre de 1997, recibí, en la decanatura de la Facultad de Artes y Humanidades de la Universidad de Caldas, una llamada del gobernador del departamento, doctor Ricardo Zapata Arias, para comunicarme que, fuera de radicar la solicitud de creación del municipio de San José, en la Asamblea, había citado a sesiones extraordinarias los días 11,12,13 y 14 de diciembre, con el objetivo de evacuar dos proyectos: el de San José y el proyecto de ordenanza “por el cual se adopta el plan departamental de desarrollo cultural de Caldas 1998-2003”.

Se suponía que las reuniones serían, para esos dos cometidos, los días jueves, viernes, sábado y domingo. Con la documentación en poder de la Asamblea, los diputados dieron el primer debate.

La Patria tituló el 10 de diciembre, en primera página: “San José da primer paso a municipio”:

“La Asamblea Departamental de Caldas aprobó en primer debate el proyecto de ordenanza número 136 “por medio del cual se crea el municipio de San José y se dictan disposiciones para su organización y funcionamiento” También fue creada una comisión para el estudio de la propuesta integrada por los diputados Gilberto Posada, Carlos Vallejo y Octavio Jiménez quien, además, fue el ponente de la iniciativa presentada por el Gobernador Ricardo Zapata Arias”.

El jueves 11 de diciembre de 1997, a las cinco de la tarde, entró el gobernador a instalar las sesiones extraordinarias de la Asamblea. De San José llegó un bus escalera repleto de personas que ansiaban ser testigos de ese acontecimiento. La colonia de sanjoseños en Manizales repartió banderas entre los asistentes. Nos reunimos 70 paisanos con las banderas de la patria chica en la mano y una estruendosa chirimía.

Habló el gobernador, el presidente de la Asamblea y, de San José, el corregidor Holmes García, Álvaro Clavijo y yo que expresé una breve alegoría:

‘Construir un pueblo es como construir una casa. La casa de todos los que lo habitamos, lo habitaron y lo habitarán. A San José lo poblaron en los primeros años del siglo XX y, en 1914, hay documentos que muestran que, el pueblo buscaba una independencia benéfica para su desarrollo. No fue posible que la recién conformada Asamblea de Caldas aprobara la ordenanza debido a una demanda de inconstitucionalidad. La casa se siguió construyendo, ampliando y mejorando: se demarcaron calles, se amplió el viejo Camino Real, se empedró por medio de convites, se instalaron el correo y el telégrafo, se edificó el amplio templo sobre la primitiva capilla, el comercio se acrecentó, tomó auge la siembra de café hasta que, en 1955, el Gobernador Sierra Ochoa se congració con el pueblo decretándolo Corregimiento Especial, antesala de lo que creíamos sería el próximo municipio pero que, por las difíciles condiciones impuestas por las leyes de entonces, no fue posible conseguir.
A pesar de los golpes de la Violencia, seguimos construyendo la casa: amplio Colegio de secundaria, escuelas en el campo, Caja Agraria, Cooperativa de Caficultores, mejores servicios de luz, agua, teléfonos, hospital, vías rurales. Todas las generaciones anteriores, por espacio de 97 años vivieron, sin descanso y en mucho silencio, como albañiles, edificando la casa grande para todos y, a finales del siglo XX, nos ha tocado ponerle la luz para que, a propios y extraños, dada su privilegiada ubicación geográfica, en el día y en la noche, sirva de referencia. ¡Qué bello que este anhelo tome forma, en temporada decembrina, cuando se busca que se haga realidad todo lo soñado! La Asamblea nos dará, a finales de esta semana, el más formidable aguinaldo. No hemos acabado. Tenemos que seguir construyendo el pueblo al que estamos indisolublemente atados por la sangre y por la historia’.

A las 6 p.m., al final de la sesión inaugural, la barra, mientras movía las banderas, acompasadamente, entonó "Pueblito Viejo", esa melodía del folclor andino que cada colombiano piensa que fue escrita para su propio pueblo.

El viernes 12 de diciembre, a las once de la mañana, fui al periódico La Patria con el doble propósito de atender una invitación para una entrevista sobre el Premio Investigación Científica Universidad de Caldas y, además, a entregar datos y fotos de San José para las ediciones de estos días. A las cuatro de la tarde, en el teatro Ocho de Junio de la Universidad de Caldas, con el Consejo Superior y el Consejo Académico en pleno, recibí el honroso premio.

A las seis de la tarde, empezó la segunda de las sesiones extraordinarias de la Asamblea departamental. Llegaron 40 personas de San José a hacer barra. Mi mamá, Rosa María Jiménez, a pesar de los achaques de una ineluctable vejez, solicitó que la llevaran a la sesión. Allá estuvo acompañada de mis hermanos. Su comentario al regresar a casa fue el de “esos diputados se tiran duro; se insultan y alegan sólo para que vean que no se ganan la plata de balde. Mijito: ¿cuánto gana un señor de esos por gritarle al otro?”.

El proyecto de San José Municipio no fue objetado por alguno de los diputados. El diputado independiente Gilberto Posada dijo que por fin, en la Asamblea, en todo el período 1996-1998, hubo un proyecto ante el que todos ellos llegaron con un criterio sólido y unificado para aprobarlo. De los dos proyectos a tratar, en esa sesión, dejaron el de San José Municipio para lo último “con el fin de que las barras los acompañaran pues si echan lo de San José al principio, se hubieran tenido que quedar solos en la garrotera del proyecto sobre el desarrollo cultural de Caldas”.

Dr. Ricardo Zapata Arias, firma la Ordenanza de Creación Municipal de San José,.

En esa sesión se leyeron los documentos anexos a la carta petitoria del Señor Gobernador:

1. Características naturales del nuevo municipio, ya consignadas en el célebre Acuerdo 09 de    1989, del Concejo de Risaralda: Cabecera municipal, 18 veredas (La Ciénaga, Pueblo Rico, Buenavista, La Paz, La Estrella, La Morelia, El Contento, Los Caimos, Primavera, El Vaticano, Morroazul, El Bosque, Tamboral, Arrayanes, Guaimaral, El Pacífico, Altomira, Pinares). “La actividad económica del Corregimiento es propiamente la caficultura; unas pocas zonas dedicadas a pasto”.

2.  Extensión total del Municipio de Risaralda: ciento sesenta y dos (162) kilómetros,     expedido por el IGAC.

3.  Población y área geográfica del Corregimiento de San José, así: Población total: 7.361          habitantes. Cabecera: 1503 habitantes. Resto: 5.858 habitantes.

La población que le corresponde al municipio de Risaralda Caldas, del cual se segregó es de 15.033 habitantes.

El área geográfica, con base a estimativos que le quedarían a los municipios después de la segregación territorial, sería la siguiente: Risaralda: 108.40 kilómetros cuadrados. San José: 53.60 kilómetros cuadrados, certificado por el DANE.

4.  Estudio socio-económico. Educación: se cuenta con la siguiente infraestructura:
            –Zona urbana: Escuela San José. Escuela Marco Fidel Suárez. Colegio Santa Teresita (Diurno y Nocturno); nuevas instalaciones.

–Zona rural: Escuela Buenavista, La Paz, Guaimaral, Arrayanes, Tamboral, Altomira, El Bosque, Morroazul, La Primavera (2), El Vaticano, Los Caimos, El Contento, La Morelia, La Estrella.

–Se encuentra vinculada la Universidad de Caldas con la modalidad Semipresencial con los programas de Administración de Proyectos Empresariales Agropecuarios, Tecnología en Administración y Finanzas, Licenciatura en Educación Ambiental.

–El SENA vinculado con los programas de Trabajador Calificado en Explotaciones Diversificadas, Alta Costura (vereda El Bosque).

–CONFAMILIARES, con cursos de Cosmetología y Belleza y Culinaria.

5.  Salud
            –Nivel Urbano: Cuenta con un Centro de Salud que presta los servicios de: Medicina General, Odontología, Farmacia, Bacteriología, Promotora de Saneamiento, Sala de Parto. Se presta servicio de Electrocardiograma, Sala de Urgencias, moderna ambulancia y una adecuada infraestructura.

–Nivel rural: Cuenta con infraestructura en la vereda La Primavera de un Puesto de Salud. También se tiene el servicio de Promotoras Rurales.

6.  Social. Organizaciones comunitarias:
            –Junta Administradora Local: Acuerdo Nº 064 de junio 8 de 1985, conformada por siete (7) ediles. –18 juntas de Acción Comunal. –9 hogares de Bienestar Familiar. –Junta del Hogar del Anciano. –Comité de Participación Comunitaria. –Comité de Deportes.

7.  Infraestructura
            –En la zona urbana se cuenta con 378 viviendas. –Un matadero en buen estado. –Un cementerio local. –Una morgue. –Una cancha de fútbol. –Un polifuncional (de deportes). –Acueducto por bombeo. –Centro de Bienestar del Anciano “Hogar La Sagrada Familia”. –Plan de vivienda con 24 unidades “Barrio La Unión 1ª y 2ª etapa.

–Instalaciones de la Cooperativa de Caficultores (Almacén, Compra de Café, Venta de Insumos). –Un moderno edificio en donde funcionan las dependencias de la administración pública (Tesorería, Corregiduría, Recaudación de Impuestos, Oficina del Medio Ambiente, Oficina de Educación, Oficinas de la Chec S.A., Empocaldas Ltda., Sala de Sistemas, Aula Múltiple).

–Moderno edificio y planta de Telecom con cerca de 500 abonados. –Se cuenta con un Subcomité de Cafeteros. –Estación de Policía. –Entidad Creditaria (Caja Agraria) que funciona en un edificio de propiedad del corregimiento. –Templo, casa cural y salón parroquial. –Tres capillas protestantes. –Se cuenta con el parque de Bolívar ubicado en todo el marco de la plaza. –Sede del Cuerpo de Bomberos Voluntarios.

8.  Vías
            Todas las veredas tienen vías carreteables y a la vez se tiene un fácil acceso al Corregimiento y otros municipios, como la capital. El total del kilometraje en vías veredales es, aproximadamente, de 60 kilómetros.

Al corregimiento lo cruza la vía al mar Pacífico con un kilometraje de 20 kilómetros.

9.  Servicios públicos
            Modernas instalaciones de redes eléctricas y servicios de energía a todas las veredas del corregimiento; redes telefónicas a nivel urbano y rural, buen servicio de acueducto y alcantarillado, servicio de transporte hacia la cabecera municipal, Viterbo, las ciudades de Pereira y Manizales como al resto de veredas del Corregimiento.


AGUINALDO INOLVIDABLE

El domingo 14 de diciembre de 1997, a las once de la mañana, se inició la última reunión extraordinaria de la Asamblea de Caldas correspondiente a ese año. Había quórum de diputados pero escasa barra pues era día de mercado en San José y sus habitantes buscaban la forma de vender o comprar el sustento. Del pueblo no llegaron más de diez personas y el resto eran sanjoseños pertenecientes a la colonia de Manizales, fuera de cuatro o cinco de Pereira y Cali. Fraternidad que, semánticamente, es algo más estrecho que Solidaridad. Banderas y preparativos para el momento de la aprobación.

Mientras los empleados de la Asamblea organizaban lo necesario para sesionar y los amigos del proyecto entraban y salían del recinto y de las graderías, leímos el periódico La Patria que desplegó los mejores de sus periodistas y de sus titulares para cubrir la noticia de San José. El Editorial de ese domingo 14 de diciembre de 1997, se titulaba: “San José, el Nuevo Municipio”, y dice así:

“La aprobación por parte de la Asamblea de Caldas de la Ordenanza que crea el Municipio de San José, debe ser mirada con beneplácito. Así se reconoce la autonomía por la que vienen luchando desde hace más de 80 años los habitantes de esta localidad que hasta ahora era corregimiento de Risaralda. Fue la oportunidad para que se concretara el anhelo de la mayoría de sanjoseños quienes ahora tendrán mayores oportunidades para continuar en ese proceso de reconocimiento y de hacer que su terruño sea cada día más importante.
Todo aquello que signifique descentralización, autonomía de las localidades e independencia para las decisiones, lo apoyamos desde todo punto de vista, pues es el querer de la Constitución Política de 1991 En ella los constituyentes facilitaron las cosas para que aquellos poblados que se crean con derecho a ser reconocidos como municipios lo logren, como es el caso de San José.
Aplaudimos, pues, estos procesos cuando surgen como en este caso, de una comunidad que se impuso a las diferencias políticas o de cualquier otra índole que pudieran haber existido, para lograr el beneficio común. Es el ejemplo para que otros se aventuren a dar este paso” (Luis Felipe Gómez Restrepo, Director La Patria, pág. 4ª).

La reunión de la Asamblea se inició a las once de la mañana. No hubo discusión pero sí muchos elogios de los diputados que se inscribieron para hablar. Tito Fabio Hernández sacó de su chaqueta un texto, escrito por él pero que pasó al Presbítero Bernardo Valencia Ramírez, nacido en San José y párroco del templo de la Santa Cruz en Manizales, para que lo leyera, a modo de oración, en el momento culminante del acto:

“Dios, Padre Nuestro,
Que con admirable providencia
Gobiernas el mundo entero,
Los corazones de los hombres
Y los derechos de los pueblos,
Mira con piedad a quienes gobiernan
Para que les concedas espíritu de sabiduría y honestidad
Y que sus decisiones vayan encaminadas
A la Paz y el Bien común...
Te rogamos, Señor misericordioso,
Que escuches estos deseos
Convertidos en oración
Para que la comunidad de San José
declarada Municipio de Caldas
Y reunida en una sola familia,
Alcance bienestar y progreso constante”.

Luego, llegó la aprobación por unanimidad. Los diputados dieron un golpe con una mano en la mesa mientras levantaban la otra, como bandera triunfal. Habló el Gobernador Ricardo Zapata Arias para quien el futuro de San José estaba en el turismo regional pues era una tierra que se llenaba de condominios y, por debajo de esta Serranía, el Ministerio del Transporte planeaba un túnel, entre La Libertad y Changüí, para comunicar, en tiempo reducido, las arterias principales del país con el Océano Pacífico. En este diciembre continuaron con la obra de pavimento que estaba detenida en las curvas antes de llegar a Tamboral y, afirmó que, en los primeros meses de 1998, llegaría la pavimentación a El Crucero y había el ánimo de continuarla hasta Viterbo.

La barra de sanjoseños descendió de las graderías e inundó el recinto de la Asamblea. Besos, abrazos y lágrimas de felicidad. Copa de vino organizada, con anticipación, por la colonia de sanjoseños en Manizales. Lo más significativo siempre lo hizo el pueblo, en pleno.

Dialogando con los diputados independientes Gilberto Posada, Pedro Nel García y Vicente Fernán Estrada, comentaron: ‘No votamos a favor de San José simplemente porque llenara los requisitos pues, hay proyectos que llenan los requisitos pero por otros factores se pueden hundir. Nosotros votamos a favor, y ante todo, por la calidad de la gente con que cuenta San José, tierra que tiene entre sus hijos gente muy preparada para gobernarla y por la larga historia de esa espera en pos de este propósito’.

Exactamente, a las once y cincuenta y nueve minutos del día 14 de diciembre de 1997, San José fue aprobado como nuevo municipio, por parte de la Asamblea del Departamento de Caldas.

En el país todavía faltaban unos años para que se masificara el uso de los teléfonos celulares. A esa hora, desde el teléfono de la Asamblea, se llamó a San José en donde la gente, corrió a la sacristía del templo y, sin permiso, prendió el equipo de sonido y echó a volar las campanas. El pueblo brotó de las casas y negocios, se abrazó, tiró voladores y organizó espontáneamente un desfile con la banda juvenil de música.

A las dos de la tarde partimos de Manizales y, antes de las cuatro, en una caravana de vehículos atestados de gente, hicimos el ingreso a la patria chica. Empezó a caer un aguacero, tomado como una bendición celestial pues se cumplían treinta días sin llover, debido al fenómeno meteorológico de El Niño. La gente se lanzó a la calle a saludarnos, a tirar serpentinas y confeti. Adelante, banderas y música. Se hablaba de la municipalización y de la lluvia como una bella coincidencia enviada por Dios para alegrar la vida de los sanjoseños. Empezaron a llegar carros llenos de amistades, conocidos y noveleros de Belalcázar, Viterbo, Anserma, La Virginia y más allá, para unirse a la celebración. Fiesta del corazón.

BELLA NAVIDAD

La Ordenanza Nº 233 del 17 de diciembre de 1997, por medio de la cual se erigía a San José como municipio, no la firmó el Gobernador en su despacho del Palacio Departamental, sino en el atrio del templo de Nuestra Señora del Carmen de San José Caldas, el sábado 20 de diciembre de 1997, a las doce del día. Un motivo más para echar la casa por la ventana era político: el 31 de diciembre, a escasos 11 días, las instancias del poder ejecutivo tanto de las Asambleas como de los Concejos, quedarían vacantes y, por tanto, era hora de acelerar las despedidas.

San José lucía feliz y engalanado. Banderas, arcos de guadua y papel de seda que atravesaban la Calle Real y todos los portones de las casas y negocios con moños elaborados con los colores de la bandera del nuevo municipio: verde, azul y blanco. Las ventanas lucían las bellas cortinas. La estética costumbrista era un homenaje consciente y cariñoso a los abuelos y bisabuelos que, cuando estaban de fiesta, engalanaban el pueblo con estas arandelas. Concurrencia total del casco urbano, del campo y, por supuesto, del vecindario. La gente risueña, con el baúl y la tapa.

Entraron las colonias de Manizales, Anserma, Medellín, Pereira, Viterbo, Belalcázar, acompañadas de chirimías y, detrás, el gobernador Ricardo Zapata Arias, con todo su combo. Vuelta al pueblo. Los paisanos se lanzaban a abrazar al gobernador Zapata o él les salía adelante. Gobernador saliente, Gobernador entrante (Dr. Tony Jozame Amar), Consejo de Gobierno Departamental, nueve diputados de la Asamblea, jefes y subjefes de varias dependencias de la Gobernación, alcaldes entrantes y salientes de Anserma, Belalcázar, Viterbo y, un gesto digno de resaltar, los alcaldes entrante y saliente del municipio de Risaralda, fuera de varios concejales, para quienes hubo abrazos, aplausos y elogios.

Dado que la Universidad de Caldas tuvo mucho que ver con la organización de documentos, también se hicieron presentes el Rector de la U. de Caldas, Dr. Guido Echeverri, varios profesores del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales que tuvieron a cargo la redacción del estudio que se presentó a la Asamblea; los estudiantes en Administración de Empresas Agropecuarias de la Universidad de Caldas que tenía en ese mismo tiempo asiento en San José. funcionarios del Comité Departamental de Cafeteros y de la Central Hidroeléctrica de Caldas. Periodistas de La Patria, El Tiempo y Telecafé, canal regional de televisión.

En la memoria de este pueblo, pocas veces había hecho tanto sol y tanto calor, a medio día. Era un infierno tal que la multitud se refugió bajo los aleros de las casas en el marco de la plaza y el gobernador firmó de corbata y mangas de camisa. Dejó el saco a un lado. En descampado, soportando semejante resisterio, quedaron las bandas de música que, por disciplina, no podían huir pues de hacerlo, ¿quién tocaba los himnos?, ah, y los invitados de honor que, por darse pantalla, o por cumplimiento del deber, se aguantaron ese sol canicular. Muchos asistentes, a modo de sombrilla, echaron mano a los periódicos del día con los comentarios pertinentes. El Tiempo, por ejemplo, tituló: “San José celebra su mejor Navidad” debajo del cual se expresó así:

“Luego de 83 años de espera, al fin se materializó el sueño de más de 13.000 (sic.) habitantes del antiguo Corregimiento de San José, en el suroccidente de Caldas. Esta semana la Asamblea aprobó un proyecto de ordenanza del gobernador Ricardo Zapata Arias mediante el cual se convierte en el vigésimo sexto municipio del departamento.
El año de los primeros asentamientos en San José no es conocido con exactitud, pero se calcula que fue entre los últimos años del siglo pasado y los primeros del presente, como fruto de la colonización antioqueña que se extendió por todo el Viejo Caldas y llegó hasta los límites del Estado Soberano del Cauca, en la región donde se encuentra Cartago.
Según el último censo, San José reúne todas las condiciones para convertirse en municipio: 7.361 habitantes, una extensión de 53.600 kilómetros cuadrados y sus ingresos superan los 100 millones de pesos”.
De este modo, el ahora municipio de San José, Caldas, celebra junto con su patriarca, la Navidad más grande que jamás haya tenido” (El Tiempo, Edición Eje Cafetero, 20 de diciembre de 1997, pág.4).

Los organizadores, para no restarle elegancia y visibilidad al acto, decidieron acertadamente no poner a estorbar esos toldos que prestan las empresas de cerveza, gaseosas y aguardiente. El atrio, cuan ancho es, contaba con cien sillas blancas para los invitados, arreglos florales enviados por entidades y empresas y excelente equipo de sonido.

En el estrado principal, los presentadores del acto solemne fueron Daniel Alberto Hernández Jiménez y Luz Dary Bedoya Serna quienes lo hicieron con entusiasmo y profesionalismo pues eran egresados de un programa académico de Locución y Periodismo. El gobernador estampó su firma, ante el pueblo que aplaudía. Siguieron repicando las campanas. Prensa y varios canales de televisión. Se ingresó al templo para asistir a un Te Deum glorioso, no misa, presidido por Monseñor Gonzalo Guevara y el Pbro. Luis Fernando Clavijo, estos dos sacerdotes nacidos en San José; otros ya habían fallecido. Luego, en el atrio, brindis de champaña a cargo del Pbro. Luis Fernando Clavijo, párroco de Santa Bárbara, en Anserma.

Esa mañana, Diego Alejandro, bisnieto de uno de los primeros pobladores, vio el retrato de José de los Santos Hernández y María de los Ángeles Londoño, en la sala de la casa, y dijo: –“Asómenlos a la ventana para que se pateen la fiesta” y colgó, de esa tribuna, el retrato. Se advertía la necesidad de vincular a los jóvenes no sólo con el futuro que espera a la vuelta de la esquina, sino con ese pasado que teníamos que desenterrar para concientizarnos de lo que se ha hecho para no ser, jamás, inferiores a ese destino. Perder el pasado es perder la cédula de ciudadanía; es extraviar, para nuestro desconcierto, la brújula del futuro.

El gobernador, Ricardo Zapata Arias, aprovechó la oportunidad para presentar en sociedad, con bombos y platillos, el proyecto del Acueducto del Occidente de Caldas, obra redentora que se había iniciado, en firme, más arriba de Anserma, por San Clemente, en el nacimiento del río Oro. La primera vez que escuchamos hablar de este sueño fue en 1960, cuando, el Pbro. Doctor Octavio Hernández Londoño, en ese entonces recién nombrado párroco de Apía, en una carta que envió al director de La Patria, refutaba que el Acueducto de Occidente, como decía un senador de Caldas, fuera una obra irrealizable, por lo costosa.

El argumento central que esgrimió el Padre Hernández Londoño, primer hijo de este pueblo que logró profesionalizarse en Universidad extranjera, fue el de que se trataba de una obra para la región de Colombia que, en ese momento, más divisas en dólares estaba aportando al país. En cambio, el gobierno de la época gastaba cantidades enormes en proyectos menos vitales y en zonas menos dinámicas y de menores aportes. Según Hernández Londoño, se justificaba cualquier cantidad de dinero invertido dado el beneficio, el retorno que producía y el progreso que iría a representar.

Treinta y siete años después de aquella carta, Ricardo Zapata, antes de marcharse de la gobernación, anunció, en San José que el Acueducto de Occidente ya había salido de la bocatoma, por San Clemente (Risaralda), y avanzaba hacia Anserma; después, llegaría a los hogares de Risaralda, San José y Belalcázar con los correspondientes caseríos al borde de la carretera que iba por la cuchilla. Viterbo tiene fuentes para alimentar su acueducto por el sector occidental. Los dineros para la construcción del Acueducto de Occidente eran de orden nacional, departamental y municipal. Claves las gestiones de Empocaldas y el Fondo Nacional de Regalías. Los municipios involucrados organizaron una cooperativa, COACRO, para ejecutar este proyecto. El eslogan tenía su gracia: “Acueducto de Occidente, como por entre un tubo”.

Música a cargo de las bandas de San José, Risaralda y las chirimías de Anserma y la policía de Manizales, traídas por las colonias respectivas. Sancocho de gallina y marrano para los notables, en la nueva alcaldía y ternera a la llanera, para el grueso público, en la Escuela San José, anexa a la Alcaldía. Luego, otro desfile organizado por las colonias y el pueblo raso ponía la cara, con banderas, confeti y chirimías, a la tarde calurosa.

A los nueve días, cuando se creía que no restaba sino la preparación del referendo que confirmaría, a nivel popular, la ordenanza, apareció en la página 3C de La Patria, (Manizales, domingo 28 de diciembre de 1997), ilustrada con fotografía a color y a cuatro columnas, el siguiente titular que dejó fríos a todos los lectores desprevenidos: “Municipalización de San José se echaría para atrás (anuncia el nuevo gobernador)”. El texto, de cuatro párrafos rezaba así:

“Aunque el gobernador Ricardo Zapata Arias firmó en presencia de los pobladores de San José la ordenanza que le da categoría de municipio al antiguo corregimiento de Risaralda, el entrante mandatario, Tony Jozame Amar, considera la posibilidad de echar para atrás el proceso. Según Jozame Amar, San José infló la cifra del censo de pobladores con cosecheros de café contratados por los más entusiastas promotores de la municipalización, quienes son a su vez los más importantes finqueros de la zona. De otra parte, se supo que el Decano de Humanidades de la Universidad de Caldas, el profesor Octavio Hernández J., quien es oriundo de San José, envió por esos días a un centenar de estudiantes a prácticas sociales, encareciéndoles permitir que se les censara como hijos de aquella tierra. Todas esas anomalías, hacen que la municipalización de San José carezca de toda validez y que se deba estudiar el revocarla y más bien estudiar la del corregimiento de Norcasia, quien tiene más cara de municipio’, sostuvo el mandatario”.

El susto fue terrible ante el fantasma de una demanda al pueblo, como en 1914. Desayuné asustado. Luego retomé el periódico dominical para releer despacio la noticia. Ahí estaba, junto a otros titulares que a la letra decían: “Fiscalía echa para atrás casos de la Licorera (los robos más escandalosos)”; “La Federación Nacional de Cafeteros rendirá homenaje póstumo a Fabio Trujillo (su acérrimo enemigo)”; “Rodrigo Garavito anuncia fiesta para sus amigos en el Club Manizales (el congresista estaba preso por el Proceso 8000)”; “El Once Caldas vendería la mayoría de jugadores”, “Firmada Creación del Área Metropolitana de Manizales”...

Por fin me di cuenta y se dieron cuenta los lectores que habíamos caído en la trampa por una deficiente memoria: ¡Con esta página super-explosiva, el periódico de la capital caldense celebraba el Día de los Santos Inocentes! Muchos lectores del periódico no habían leído el encabezamiento de la página, “¡Que la pasen por inocentes!”. Tomadura de pelo. A la hora de hacer chanzas, en el periódico regional, nos tuvieron muy presentes. Todo se debía a la presión que, durante esa temporada, ejercimos sobre los medios de comunicación más consultados en la comarca. Y que no vinieran algunos resentidos con el cuento según el cual el esfuerzo de las colonias no servía para nada. Todo el departamento estuvo pendiente de San José.

El miércoles 21 de enero de 1998 se posesionó Álvaro Clavijo C., como último corregidor de este pueblo y, en los primeros días, después de firmada el acta de constitución del municipio, como primer alcalde nombrado para organizar el referendo de febrero, en el que los sanjoseños confirmaron que querían habitar en un San José municipio independiente. ¡Ojalá que las cosas resultaran al derecho! Alguna trampa podía ocurrírsele a un enemigo solapado del proyecto.

REFERENDO APROBATORIO

“Para el 15 de marzo de 1998, una semana después de las elecciones del Congreso de la República, el Gobernador de Caldas, Tony Jozame Amar, convocó a un referendo aprobatorio para que la comunidad de San José Caldas, vote a favor o en contra del proceso de elevación de corregimiento a municipio. El referendo se realizará en zona urbana del corregimiento bajo el parámetro de un proceso electoral normal, es decir, con mesas de votación y horario ídem, de 8 a.m. hasta las 4.00 p.m. y coordinado por la Registraduría Nacional del Estado Civil. El acto administrativo con el cual el gobernador convoca al referendo y el texto de la Ordenanza (Nº 233 del 17 de diciembre de 1997), son revisados por el Tribunal de lo Contencioso Administrativo de Caldas” (La Patria, 27 de enero de 1998, pág.1ª).

Todo se llevó a cabo el quince de marzo de 1998, como estaba previsto. La votación fue masiva y, eso que solo aceptaban como votantes a las personas con cédula de ciudadanía de San José o que estuvieran inscritas en el censo electoral vigente en las elecciones pasadas.
No se pueden dejar pasar por alto varias circunstancias que muestran el fervor del pueblo: el Corregidor citó a los dueños de vehículos (sobre todo jeeps) para hacer la lista de los que quisieran trabajar ese domingo, gratis, trayendo y llevando votantes a las distintas veredas. El desplazamiento de estos carros fue masivo y con mayor entusiasmo que cuando les pagaban en otras elecciones. Todos para arriba y para abajo, ordenadamente, de acuerdo con la organización, exhibiendo, orgullosos banderitas de Colombia y San José.

En el parque principal, con forma de estrella, armaron fogones para tremendo sancocho de marrano y suculenta fritanga y así darles de comer a los votantes del campo que se mostraran reacios a subir por no tener dinero ni para un tinto por no ser época de cosecha cafetera. Invitados y periodistas también se acercaron a almorzar en la pantagruélica fiesta popular y eso que, para las vacas sagradas habían preparado almuerzo especial en la Corregiduría. Sacrificaron tres marranos rechonchos.

Entre los invitados estuvieron presentes el Gobernador de Caldas, doctor Tomy Jozame Amar, el exgobernador, Ricardo Zapata Arias y periodistas de varios medios impresos, radiales y televisivos. Al otro día narraron al país lo sucedido ese domingo.

La votación tuvo lugar en la Escuela San José, a un lado de la futura alcaldía. Afuera no cesaba la aglomeración. El optimismo era grande pero también había cierta incertidumbre pues en una localidad de Cundinamarca, en el referendo, el número de NO casi iguala al número de SI. Tremendo lío. Hicieron correr el rumor de que, de Risaralda se desplazaría un crecido número de inscritos para votar NO y que el alcalde de esa ciudad había ofrecido mercados a familias pobres de varias veredas de San José para que, al votar, dijeran NO. Al caer de la tarde se comprobó que se trató de falsas alarmas.

A las cuatro de la tarde se cerró la puerta de acceso y todo mundo comenzó a correr para esperar la nueva noticia. Clara Rosa Hernández Londoño, con sus noventa y cuatro años, representaba la primera generación de personas nacidas en este pueblo, en compañía de mi mamá Rosa María Jiménez Martínez, con sus ochenta abriles, estaban junto a la puerta; pasado, rodeado de presente, forjando el futuro. La foto de estas dos mujeres que habían vivido casi tanto como el pueblo, ilustró una página de La Patria, al día siguiente.

De acuerdo con la ley, se requería que votaran setecientos ciudadanos, mínimo, equivalente, a la cuarta parte de los inscritos ante la Registraduría del Estado Civil, para las votaciones oficiales. A la una de la tarde, el sondeo de mesa en mesa, arrojó la cifra de 1001 votantes y eso alegró a los que había depositado el voto cargado de esperanza y no querían marchar a casa sin conocer los resultados. De esos setecientos, mínimo, se requería que la mitad más uno optara por el Sí. En todo sentido superamos los límites legales.

A las cuatro y cuarto de la tarde, el Gobernador de Caldas, Tonny Jozame, testigo de excepción, salió a la puerta de la escuela, con la bandera de San José en alto, la puso a ondear y gritó tres veces: “¡Viva San José Municipio! ¡Viva San José Municipio! ¡Viva San José Municipio!”. Los asistentes nos abrazábamos y lloramos de felicidad. Tito Fabio Hernández, con el ánimo que le ha caracterizado en la vida, tenía listos los voladores para el momento de dar a conocer a las veredas la buena nueva: Mil setecientos cuarenta y nueve (1749) votos afirmativos y seis (6) negativos. Se ratificó a nivel popular la designación de San José como nuevo municipio. El pueblo es soberano.

Se armó el desfile esperado. Pueblo y más pueblo acompañado de la gente llegada de los municipios vecinos, por la Calle Real, gritando vivas, agarrados de banderas y al son de la música entonada por la banda juvenil de Belalcázar enviada por el alcalde de ese municipio con el que San José escribió tantas páginas de historia común. Con la bandera más grande que encontramos, adelante, iba yo llevando el palo del asta y Tito Fabio, la punta de la seda. El pueblo quedó pequeño para albergar tanta alegría. Lo recorrimos de punta a punta incluyendo los recovecos. El corazón no cabía en el pecho.

Volvió a llover y “Maravilla” se me acercó, como la vez pasada, y me dijo, muy contento: –“¡Doble milagro: San José Municipio y la lluvia, la lluvia!”. El fenómeno atmosférico de El Niño seguía, implacable, golpeando los campos. Esta era una lluvia providencial, entre los rayos de un sol rojizo. “Lloviendo y haciendo sol son las gracias del Señor. Lloviendo y haciendo frío son las gracias del judío”.

Por la noche se armó la parranda en el parque principal con una orquesta contratada en Pereira y que, entre su repertorio, interpretó canciones viejas recién adaptadas. ¡Nostalgias vestidas de fiesta!

Cuando descansábamos, a media noche, se escuchaba al rapsoda local, Héctor Cardona, improvisando trovas como estas:

“Todo el pueblo está de fiesta/ y en la fiesta quiero estar/ Porque hoy es una fecha/ fecha para recordar/. Estoy lleno de alegría/ como gozan de verdad/ Los que soñaron un día/ hoy vieron la realidad./ Cantemos todos con gusto/ todos saben, yo lo sé/ Que han creado municipio/ al pueblo de San José”.

La fiesta en grande se programó para ocho días después, los días sábado 21 y domingo 22 de marzo. La Junta de Festejos estaba integrada, de acuerdo con las comunicaciones que hicieron llegar a los invitados, por Álvaro Clavijo C. (Presidente), Jairo Franco (Vicepresidente), José Fenelón Gallego C. (Vocal) y Pbro. Francey Diaz Toro, (Fiscal).

Como preámbulo, el jueves 19 de marzo de 1998, se divulgó, en la Gaceta Departamental, de la Gobernación de Caldas, la Ordenanza Número 233 del 17 de diciembre de 1997, “Por medio de la cual se crea el Municipio de San José y se dictan disposiciones para su organización y funcionamiento”. Esta ordenanza obligaba desde su promulgación, el 19 de marzo de 1998, día de San José, patrono del pueblo que lleva su nombre. Y así arrancó la vida independiente el municipio número 26 del departamento de Caldas.

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