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EL DEPARTAMENTO DE CALDAS.
LA INDEPENDENCIA Y LA CONSTRUCCIÓN DE UNA RED DE MERCADOS

Por Jorge Enrique Esguerra
Magister en Historia y Teoría de la Arquitectura



RESUMEN

La pregunta que indaga por la relación entre la Independencia nacional, cuyo bicentenario su cumple este año, y el departamento de Caldas, que no existía durante aquella gesta, se puede responder indagando por el proceso que transcurre entre la obtención de la soberanía patria en 1819 y la creación del Antiguo Caldas en 1905. No es, por tanto, un proceso militar y político sino fundamentalmente económico: miles de familias de labriegos que ocuparon un territorio despoblado y baldío construyeron una red de mercados que garantizaron su seguridad alimentaria y posibilitaron el reemplazo de un producto extraíble –el oro– por el café como principal producto exportable. Así, el nuevo departamento, con Manizales como el centro comunicacional del centro occidente del país a principios del siglo XX, contribuyó a afianzar la soberanía que Colombia había logrado hacía un siglo en el campo militar.

Palabras Clave: Independencia nacional, departamento de Caldas, poblamiento, desplazamiento, colonos, colonia agraria, caminos, arriería, mercados, fundación urbana, minería, oro, agricultura, café.



INTRODUCCIÓN

Estamos conmemorando el bicentenario de la Independencia de Colombia del dominio español, porque 1819 fue el año en que se materializaron los anhelos nacionales por conseguir la soberanía política y económica, mediante la victoria militar de los ejércitos patrios. ¿Pero qué relación tuvo ese acontecimiento con el hoy departamento de Caldas, según el interés que ha propuesto la Academia Caldense de Historia sobre este tema?

La respuesta resulta en verdad muy difícil si continuamos aferrados a la concepción generalizada de que la liberación nacional estuvo limitada a los caudillos militares, a la correlación de fuerzas entre los ejércitos, a los dineros para financiar la guerra, a las derrotas y a las victorias, etc., todos hechos que finalizaron en 1819 cuando el departamento de Caldas no existía, porque su creación se remonta a casi un siglo después, en 1905. Y como en esa época libertaria la única región que estaba medianamente poblada en lo que hoy llamamos Antiguo Caldas (departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío), la del occidente donde se encuentran los municipios de Anserma, Riosucio, Supía, Marmato, Guática y Quinchía, además del corregimiento de Arma, tendemos a observar la relación entre el nuevo departamento y la Independencia exclusivamente con ese escenario y con su participación insurgente.

Lo que sería más conveniente, entonces, es preguntarnos cómo repercutió ese acontecimiento libertario en el nacimiento del departamento de Caldas, indagando por otros factores que están íntimamente relacionados con el triunfo independentista, pero que se desligan de lo estrictamente castrense, como sus repercusiones en el viraje económico ocurrido, en los movimientos poblacionales generados y en la creación de una red de nuevos caminos y mercados regionales traducidos en centros urbanos. En otras palabras, el fenómeno de la total independencia política, logrado por la vía de las armas con el apoyo de la mayoría de la población, produjo un cambio profundo en el devenir del territorio que hoy es Colombia y dio lugar a la construcción de las bases de la nacionalidad, entre las que se destaca el proceso de constitución de las nuevas entidades territoriales. Por eso podemos afirmar que casi cien años después de las batallas decisivas —Pantano de Vargas y Boyacá—, en los albores del siglo XX estaba ya consolidada en el centro occidente de Colombia la necesaria autonomía política, económica y cultural de un territorio que durante toda la Colonia estuvo casi totalmente despoblado, debido al exterminio de las tribus indígenas ocurrido cuando las huestes ibéricas en la Conquista ocuparon su territorio.

Precisamente, el inicio del repoblamiento de esa extensa región coincide con el fin del dominio español y con los albores de la independencia, porque al observar algunas fechas nos damos cuenta de que el efecto de las migraciones estaba ocasionando ya transformaciones importantes, en torno a 1819, en el norte y en el occidente de lo que hoy es Caldas. En efecto, si atendemos al convencimiento demostrable de que el origen de las ciudades tiene su fundamento en la ampliación de la frontera agrícola (Esguerra y Sierra, 2004), y constatamos que tanto al sur del río Arma (hoy límite entre los departamentos de Antioquia y Caldas) como en la provincia minera de Anserma nacían, por vez primera después de las fundaciones de conquista ibérica, nuevos poblados —Aguadas (1814) y Riosucio (1819) respectivamente—, advertimos que la movilidad social que estaba ocurriendo era motivada por las anacrónicas condiciones de la Colonia, las mismas que originaron el levantamiento insurgente que dio al traste con la dominación española.  

En consecuencia, en este escrito nos propusimos demostrar que la creación del departamento de Caldas tiene unos fundamentos que solo los podemos entender relacionados con las causas que antecedieron y propiciaron las transformaciones no solo políticas y militares, sino también económicas que se materializaron en un territorio casi inédito, en estrecha relación con el movimiento social generado y con las mejores condiciones para la producción agropecuaria, libres del monopolio español. El marco creado con las migraciones y la creación de un mercado interno basado en la agricultura y la ganadería, que comienza a romper con el exclusivo saqueo del oro colonial y con el precario autoconsumo, está respaldado por el cambio profundo ocurrido con la gesta emancipadora que propició las condiciones necesarias para lograrlo, incluso en estrecha relación con el aporte de las minas del occidente revitalizadas técnicamente por los ingleses después de la Independencia. Por eso hicimos especial énfasis en el papel que cumplieron los colonos —campesinos y empresarios—, en estrecha relación con la arriería, en la construcción de la red de caminos que propiciaron la conexión de los nuevos mercados. Sin la apertura con fines productivos de estas sendas por las cuchillas y laderas de la montaña, en la que puede ser considerada como una de las regiones más abruptas de los Andes colombianos, no es posible entender la proliferación de poblados pequeños, medianos y grandes, asiento de mercados y constitutivos de nacientes centros de vida urbana.

Abordamos el estudio contemplando las causas de la crisis de la Colonia en las regiones mineras, para entender el desplazamiento forzado de miles de colonos, y estudiamos en detalle la construcción del primer eje económico trazado por las vertientes del río Cauca, desde Sonsón hasta Manizales, que se constituyó en el primero y más importante sobre el territorio que será el departamento de Caldas. Y constatamos que después del triunfo militar alcanzado perduraron condiciones del viejo régimen de dominación y saqueo europeos, que se replicaron en este escenario cuando pretendieron entrabar las aspiraciones a la tenencia libre y productiva de la tierra de miles de familias emigrantes. Porque aquí se libró una batalla determinante en el campo económico: la que le permite a un país que ha alcanzado su independencia militar y política mantener su condición soberana basada en las potencialidades se sus recursos naturales y humanos; porque si esa batalla se pierde volverán a ser conculcados los presupuestos sobre los que se basa la auténtica emancipación. De ahí los profundos conflictos agrarios que surgieron y que fueron expresión de la pugna entre las concepciones coloniales de la gran propiedad latifundista y las de las nuevas aspiraciones productivas de miles de labriegos que podríamos calificar como propias del republicanismo.

Este estudio concluye con la constitución de Manizales como núcleo de las comunicaciones del centro occidente de Colombia, lo que la posicionó como la ciudad preeminente de este territorio en lo económico y en lo político, fundamentalmente como productora y exportadora de café; y la llevó a constituirse en la capital del departamento de Caldas iniciándose el siglo XX, aun comunicada por escabrosos caminos y bajo condiciones de atraso técnico que no se diferenciaban mucho de las imperantes en la Colonia. Porque la creación de esta entidad político-administrativa, que marcó el final de un proceso regional de desarrollo ligado a los caminos de herradura, la arriería y el oro, dio comienzo a otra forma de proyectarse en el ámbito nacional ligado a la producción y exportación cafetera y a los medios modernos de transporte. Son cien años de trasformación del territorio, pero también de creación de una identidad regional sustentada sobre las premisas de la independencia y la soberanía nacionales.

Esta es la modesta apreciación que tiene alguien que no es caldense, pero que vivió más de treinta años en Manizales indagando por esa particular manera como los oriundos de este Departamento se han relacionado históricamente con su complejo entorno geográfico. Por eso es una visión externa, que de todas formas deberá ser confrontada con los abundantes y rigurosos estudios que al interior se han producido.   
    
1. EL CENTRO OCCIDENTE DEL PAÍS AL FINAL DE LA COLONIA

Si observamos el mapa de la zona centro occidental andina del virreinato de la Nueva Granada, hacia finales del régimen colonial (ver figura 1), apreciamos el inmenso territorio que estaba despoblado y baldío, ubicado sobre la cordillera Central, que corresponde a la mayor parte de lo que cien años después fue el Antiguo Caldas. Y también vemos los dos ejes fluviales interandinos, los ríos Cauca y Magdalena, que habían servido de referencia en la Conquista para la penetración europea en busca de minas de oro: por el Cauca, desde el sur, procedente del Perú y Quito, el camino colonizador se fue consolidando con la fundación de Asunción de Popayán, en 1536, prosiguió por el valle alto del río (Santiago de Cali, Guadalajara de Buga y San Jorge de Cartago), continuó por la margen occidental del cauce medio encañonado con las de Santa Ana de los Caballeros (Anserma), en 1539, y por la oriental con la de Santiago de Arma, en 1542, hasta culminar en el norte con la de Santa Fe de Antioquia, también en 1542; y por el Magdalena, en sentido inverso, las tropas conquistadoras penetraron desde la costa caribeña en busca de El Dorado, hasta el altiplano de los muiscas, en la cordillera Oriental, donde fue fundada Santa Fe (Bacatá), en 1538.

La gran diferencia que existe entre estos dos ríos es la posibilidad de la navegación: el Cauca solo la posee en trechos cortos, por lo que la única comunicación posible entre las provincias de Antioquia, al norte, y Popayán, al sur, se realizaba por el camino de Popayán o Real de Occidente, que acompañaba el curso pocas veces navegable y la mayor parte encañonado del flujo hídrico; pero el río Grande de la Magdalena mantiene en casi la totalidad de su recorrido su cauce navegable entre el centro del país y la costa Caribe, hecho que lo convirtió en el eje comercial del virreinato y lo mantuvo en gran parte del periodo independiente. El puerto de la Villa de San Bartolomé de Honda se constituyó así en el más importante del Magdalena medio, por su conexión con Santa Fe de Bogotá, la capital del virreinato, y en él se concentró casi todo el monopolio comercial de la Corona española con la región andina de la Nueva Granada.


Figura 1. Mapa que muestra la región centro occidental andina del virreinato de la Nueva Granada al final de la era colonial.
Obsérvese cómo el territorio que será el departamento de Caldas permanecía casi despoblado y solo transitado por los caminos de Herveo y del Quindío.
Fuente: elaboración propia. Arq. Jorge Enrique Esguerra Leongómez con el apoyo de West (s.f.) y Jaramillo (1985) 

El núcleo poblacional más importante, incluida su capital Santa Fe de Bogotá, estaba ubicado en el altiplano de la cordillera Oriental, asiento ancestral de los muiscas; y el otro eje notorio de población lo constituía la región occidental del río Cauca, eminentemente minera, que obedecía a la orientación que la ocupación ibérica le había dado al poblamiento, fundamentada en la búsqueda de yacimientos de oro. Mientras el del oriente tenía una comunicación más directa con el río Magdalena, el del occidente lo debía hacer transmontando la imponente cordillera Central, que había permanecido casi totalmente despoblada desde la Conquista.

Las comunicaciones interandinas en la Colonia

En los casi tres siglos transcurridos desde las fundaciones de conquista hasta la Independencia aún se mantenía la abismal segregación regional y el mapa poco había cambiado (ver figura 1): unas pocas poblaciones habían nacido con posterioridad al norte, como la Villa de la Candelaria de Medellín y San Nicolás de Rionegro, que respondieron al poblamiento de las zonas templadas y frías del centro y el oriente de la provincia de Antioquia, y acercaron los difíciles intercambios de su capital con el río Magdalena, mediante la vía que conducía a Nare, abierta en 1790, que coadyuvó a que Rionegro adquiriera la preeminencia regional del oriente antioqueño y compitiera con Medellín.

Pero también se consolidaron las rudimentarias trochas —vestigios de caminos indígenas— que los españoles utilizaron, a través de la cordillera Central, para intercomunicar el occidente predominantemente minero con el oriente que tenía mayor diversidad productiva. Porque las políticas colonialistas del virreinato estaban concentradas principalmente en el saqueo de los minerales preciosos de las ricas provincias auríferas del occidente (Antioquia, Chocó y Popayán), que “aunque prácticamente autosuficientes en alimentos de consumo básico, […] dependían de distintas regiones para satisfacer otras necesidades” (West, s. f.). Principalmente las regiones agrícolas, ganaderas y con incipiente artesanía del oriente (Cundinamarca, Boyacá y los Santanderes) las abastecían de otros alimentos, especialmente carne, y de sal, hierro y telas, a cambio del oro de sus ricos yacimientos. Y por el río Magdalena hasta Honda, procedentes de los puertos de la Costa Atlántica, “…llegaban al interior esclavos y mercancías de importación, que penetraban hacia las regiones del centro y sur…” (Jaramillo, 1985, p. 9).

Así, el ‘mercado interno’ —si es lícito llamarlo así— de la Nueva Granada estaba circunscrito a ese intercambio entre sectores mineros y agrícolas separados por inmensas distancias y por difíciles caminos, que en últimas, apoyaba la intermediación comercial monopolizada por España, que  encarecía aún más la importación de lo que no era posible producir en nuestro medio; y con el agravante de que los ricos establecimientos mineros del occidente eran los más apartados en ese intercambio internacional, al que se oponía la cordillera Central, por la que era más fácil sacar el oro al río Magdalena que introducir las mercancías que no tuvieran favorable relación valor-peso.

El puerto de Honda en el Magdalena se posicionó así como el centro de los intercambios con el occidente minero, porque si el oro se había consolidado como la “única razón para la subsistencia de este vasto reino y de su comercio con España”, según la expresión de un funcionario de la época (West, s. f.), el comercio entre los valles del Cauca y Magdalena se constituyó como el determinante del interior del Virreinato de la Nueva Granada. Entonces, los tres caminos por los que se hacían los principales intercambios comerciales entre el occidente y el oriente debían escalar los pasos más accesibles de la cordillera Central, sobre los 3.000 metros sobre el nivel del mar: el del norte, llamado de Hervé (Herveo) por el páramo que atravesaba (hoy se llama Páramo, entre San Félix y Marulanda), era el que permitía la comunicación entre la apartada provincia de Antioquia, pasando por Arma y las minas de Marmato, la Vega de Zopía y Quiebralomo, al occidente, con las de San Sebastián de Mariquita, el puerto de Honda y la capital del virreinato, Santa Fe de Bogotá, al oriente; los otros dos caminos, el del centro o del Quindío (situado más al norte del paso de La Línea, por Salento, y el del sur —de Guanacas—, llamados así por sus pasos sobre la cordillera, permitían el intercambio entre Popayán y Santa Fe de Bogotá, el primero por Cartago, y el segundo directamente desde Popayán (WEST, s. f.). Los poblados intermedios que generaron esas rutas del lado del valle del Magdalena fueron San Bonifacio de Ibagué y Neiva respectivamente.

Y precisamente el único sector que estaba medianamente poblado al final de la Colonia, en lo que después será el Antiguo Caldas, correspondía a uno de esos núcleos mineros del occidente, acaso hoy el más importante yacimiento aurífero y argentífero del país: las minas de Marmato, Supía y Quiebralomo, que eran abastecidas desde lejanos lugares por comerciantes arrieros, utilizando los caminos ya descritos de Popayán o Real de Occidente hacia el norte y el sur, y el del Quindío y, principalmente el de Herveo hacia el oriente (ver figura 1).


El territorio germen del Antiguo Caldas

Como las regiones abastecedoras de las minas del occidente estaban muy apartadas de las zonas donde las tribus indígenas más numerosas y con organización agrícola más compleja había logrado mantenerse al servicio de los españoles, como es el caso de los muiscas en la cordillera Oriental y la frontera norte de los incas en el sur andino, el sector medio de la cordillera Central, que había perdido a sus tribus pobladoras que integraban sus vertientes y además carecía de la importancia en yacimientos auríferos que sí poseía la occidental, se mantuvo deshabitado y solo atravesado por los rudimentarios caminos referidos que eran la base del importante comercio interandino. Los caminos de Herveo y del Quindío se encumbraban por el territorio que un siglo después será el departamento de Caldas, pero nunca generaron, en más de dos siglos, algún tipo de poblamiento similar al que existió en esa región antes de que la llegada de las huestes castellanas prácticamente exterminara a sus tribus constitutivas, hecho que negó la consolidación de poblados intermedios, representantes de posibles mercados regionales. Eran, pues, solitarias y míseras sendas, trazadas por pendientes abruptas y desfiladeros entre la espesura de la selva, que ni siquiera podían considerarse como caminos de herradura, puesto que ni las seguras mulas ni los resistentes bueyes podían ser idóneos para transitarlos, razón por la cual se empleaba con frecuencia a los indígenas y mestizos cargueros que transportaban en sillas a sus espaldas lo que les permitiera el peso de cristianos o bagajes (ver figura 2). Pero además de las expediciones de mercaderes, también servían para la circulación de los correos, de funcionarios y hasta de científicos, pero también de las tropas contendoras en la guerra de Independencia.

Las descripciones de los viajeros que recorrían esos caminos eran desalentadoras: en 1781, el capitán Pedro Biturro, encargado de adecuar el de Hervé, dijo de él que “es tan dilatado, fragoso y peligroso que sólo traerlo a la memoria del que lo vio, le aflige y le impone un género de horror y de aprensión” (Cardona, 2014). También es célebre el patético relato que el ilustrado geógrafo y naturalista, Alexander Von Humboldt, hiciera del camino del Quindío, en 1801, cuando se dirigía desde Santa Fe de Bogotá a Popayán, al que consideraba “…el paso más penoso de la Cordillera de los Andes” y lo describía entre Cartago e Ibagué como “…un bosque tupido, completamente inhabitado que aun en la estación más propicia del año, no puede ser atravesado sino al cabo de diez o doce días” (Humboldt, 2000).


Figura 2. “Carguero de la Montaña de Sonsón” - Estado de Antioquia, de Ramón Torres Méndez

Y es factible que el prócer patriota, Francisco José de Caldas, hubiera recorrido el camino entre Honda y La Vega de Supía, en 1813, cuando tuvo la misión desde Antioquia, como ingeniero militar, de diseñar unas fortificaciones sobre el río Cauca, en los pasos de Bufú, Velázquez, La Cana y Arquía para contener a las tropas realistas que avanzaban desde Popayán (Suárez, 2013, p. 51). Porque en un mapa que dibujó describió dicha ruta como “camino de Herbé”, entre los ríos “del Pozo” y “Maibá”, en la que parece ser la única referencia cartográfica en la que aparece el nombre de esta senda. Y, además, escribió sobre la zona oriental de su bosquejo (en dirección a las vertientes de la cordillera Central donde hoy se encuentran Salamina y Aranzazu), esta frase descriptiva: “selvas desiertas y desconocidas” (Esguerra, 2017, p. 22-24). La presencia patriótica del “sabio” Caldas en esta zona que fue el germen de una nueva jurisdicción republicana, presagió el nombre que acertadamente se le dio a ese departamento casi un siglo después.

En esa época el oro y la plata eran extraídos de las vetas y aluviones de Quiebralomo, Supía y Marmato, a cargo de los reales de minas que las explotaban utilizando primero a indígenas y después a negros esclavos; y en sus inmediaciones se encontraban numerosos pueblos de indios (San Lorenzo, Cañamomo, Guática, Quinchía, Lomaprieta y Nuestra Señora de la Candelaria de La Montaña), conjunto todo que dependía de Ansermanuevo, centro político de la jurisdicción de Popayán, que hacía un siglo había nacido fruto del traslado hacia el sur, más cerca de Cartago, de la fundación de conquista de Santa Ana de los Caballeros (Anserma, llamada “la abuela de Caldas”), que había decaído hasta el punto de reducirse a ruinas habitadas por unas pocas familias con el nombre de Ansermaviejo. El despoblamiento, la destrucción y el traslado de este asentamiento, igual como aconteció con Cartago y Arma, fueron la consecuencia de las rebeliones indígenas (1557-1601) que “…infligieron graves daños a la estructura administrativa española en la frontera minera” (Gärtner, 2006, p. 34).

Toda esa región aurífera estaba postrada al final de la Colonia, situación que provenía de la exclusiva explotación de los minerales, en detrimento de las labores de labriegos, cazadores y comerciantes, tal como lo explica el historiador Álvaro Gartner, quien agrega que “…los recursos alimenticios, ya de por sí disminuidos por falta de manos, no llegaban a las familias de los cultivadores ni los excedentes a tribus vecinas, sino que iban a dar en su mayor parte a los reales de minas” (Gärtner, 2006, p. 31). Y apoyado en Germán Colmenares, explica que el alto decrecimiento de la población aborigen “es propia de las regiones mineras”, porque al desvertebrar el sistema agrícola que las provee de alimentos y al mismo tiempo someter a los indios a un ritmo brutal de trabajo, aumenta el índice de mortalidad (citado en Gärtner, 2006, p. 32).

Ese sector minero, ubicado en la margen izquierda del río Cauca, era un territorio de frontera entre las jurisdicciones de Antioquia, al norte, y Popayán, al sur, cuyo límite natural tendía a establecerse por el curso de ese cauce hídrico, donde existían los pasos que permitían vadear sus aguas -porque no había puentes-, de los cuales el de Bufú era el más importante porque servía al camino Real de Occidente que comunicaba a las dos provincias (ver figuras 1 y 3). Y en la margen derecha, donde el despoblamiento era casi total, apenas se encontraban los vestigios de lo que había sido Santiago de Arma, ahora un empobrecido e insalubre poblado llamado San José de Arma Viejo, que ya no vivía del oro sino del autoconsumo del maíz y del esporádico paso de los mercaderes que transitaban entre las dos provincias.


Figura 3. Mapa que muestra la relación entre el sector minero de occidente, perteneciente a la provincia de Popayán, y el sur de la de Antioquia, a finales del siglo XIX.
Fuente: elaboración propia. Arq. Jorge Enrique Esguerra Leongómez con el apoyo de Gärtner (2006) y Esguerra y Sierra (2004).


Durante gran parte de la Colonia, debido a sus estrechos vínculos económicos y culturales con el sector minero de occidente, Arma Viejo había dependido de Popayán, pero en el transcurso del siglo XVIII, la influencia creciente de Medellín y de Rionegro determinó que políticamente fuera controlada por la provincia de Antioquia; y como tenía el título de ciudad y, además, un área inmensa que abarcaba toda la región del sur y parte de la oriental de esta provincia, en 1786 los notables de Rionegro, localidad que apenas tenía la designación de real de minas, influyeron para que la cabecera de esa inmensa jurisdicción, junto con el título y sus blasones, y las imágenes sagradas y sus habitantes, fuera trasladada a esa población del oriente antioqueño con el nombre de Santiago de Arma de Rionegro, para ostentar así la jerarquía de ciudad y sobreponerse a la villa de Medellín. Sin embargo, muchas familias se negaron al traslado y continuaron vinculadas a ese camino de frontera, en gran parte dispersas en parcelas con cultivos de pancoger, y solo resistiendo las ambiciones de los comerciantes rionegreros que ahora controlaban las tierras del sur de Antioquia a su amaño.

En el período de la Independencia las regiones opuestas por el río se alinearon según las posturas que tomaron las dos gobernaciones provinciales de las que dependían: en febrero de 1811, las seis ciudades confederadas de Popayán, entre las cuales se encontraba Ansermanuevo con la jurisdicción de la Vega de Supía, declararon la Independencia del dominio español, a la que se adhirieron Ansermaviejo y los pueblos de indios. Mientras tanto, Arma Viejo también entraba en la corriente libertaria porque dependía de Antioquia, que la había logrado en junio de 1811. Pero en 1813, cuando ante la arremetida española cayó Popayán, la jurisdicción de Supía declaró su independencia anexándose a Antioquia (Zapata, 2013), adhesión que se mantuvo por poco tiempo.

Los habitantes de toda esta región de frontera entre las provincias de Antioquia y Caldas se vieron envueltos en las luchas emancipadoras desde que el eco de la sublevación comunera comenzara a despertar las ansias libertarias (Gärtner, 2006, p. 41). Y durante la contienda armada recibieron la agitación de las tropas opositoras que pasaban por su territorio y se enfrentaron entre sí siguiendo a los líderes patriotas o realistas. A propósito, es significativa la disputa local entre las comunidades próximas de La Montaña —patriota— y Quiebralomo —realista—, que posteriormente le dieron vida a Riosucio (ver figura 3).

Cuando se logró la soberanía absoluta del país, las dos zonas divididas por el río Cauca dependieron enteramente de las respectivas provincias, razón por la cual  esta única zona poblada del final de la Colonia en lo que será el futuro Caldas se encontraba en una posición estratégica, y como las enemistades entre Antioquia y Popayán (después Cauca) continuaron repercutiendo en esta zona de frontera durante casi cien años, Álvaro Gärtner afirma que el nacimiento del nuevo departamento, un siglo después, “…es la consecuencia más notoria y perdurable de las guerras civiles del siglo XIX, pues fue ideado para servir como una cuña que separase a caucanos y antioqueños poniendo de esa manera distancia para aminorar la belicosidad y animosidad de estos dos viejos enemigos que atizaron buena parte de estos conflictos…” (Gärtner, 2006, p. 12).

2. LA CRISIS DE LA COLONIA Y EL DESPLAZAMIENTO POBLACIONAL

Para entender el repoblamiento de la inmensa extensión territorial que había permanecido deshabitada y baldía en las vertientes de la cordillera Central en su sector medio, es importante observar que hacia la mitad del siglo XVIII se estaban sintiendo, en todo el virreinato de la Nueva Granada, los efectos de la crisis que se profundizaba a causa de la dominación que mantenía España, porque, tal como lo sintetiza el investigador Jorge Enrique Robledo, esa enorme expoliación de corte feudal era agenciada por una “nobleza parasitaria” cuyo gran negocio “…consistió en apropiarse de todo el oro y la plata que logró poner a su alcance, en cargar con tributos a unas comunidades indígenas y a unos campesinos miserables y en lucrarse intermediando productos manufacturados entre América y los países industrializados que sí avanzaban por la senda de la industrialización capitalista” (Robledo, 1998, p. 124-125). Por consiguiente, la solución partía de remover las ataduras a la dependencia y el atraso, para enrumbar a la nueva república hacia los cauces libertarios, por lo que era necesario, primero, derrotar a los agentes de la dominación por la vía de las armas, para conseguir así las bases de un desarrollo productivo acorde con los derroteros de los países avanzados.

Pero esa coyuntura económica y social estaba presagiando ya los derroteros que debía tomar el país una vez conseguida la victoria militar. Porque se estaba activando una fuerte movilidad poblacional, principalmente en las zonas mineras, agobiadas por las calamitosas condiciones en que eran obligados a trabajar indígenas, mestizos y negros. En efecto, ante el empeño virreinal para concentrar, en gran medida por medio de la esclavitud, a amplios sectores de población para que trabajaran en los socavones, la respuesta cada vez más manifiesta de los incautados era la de liberarse de esos lazos huyendo y apartándose en busca de yacimientos de aluvión, la forma más sencilla y barata de extraer el mineral a la vera de los ríos y en la profundidad de los montes, trashumancia que condicionó a la agricultura a ser un mero recurso de pancoger transitorio y no de sostén estable para el minero (Arbeláez, 2001). Eso explica la ocupación espontánea de tierras baldías más allá de los núcleos de yacimientos mineros tradicionales, en las que no siempre se encontraba oro, pero de todas formas estaba presente el recurso de la mera subsistencia de los productos de la tierra.

De ahí que podamos afirmar que la consiguiente expansión de la frontera agrícola, que será la base del repoblamiento del territorio sobre el que se constituirá el departamento de Caldas, es consecuencia de la situación creada por la anacrónica y exclusiva explotación de los recursos primarios, en este caso minerales, condición típica de la dominación colonialista. Y la reivindicación social para salir de ese marco de subyugación, según lo expone en 1936 Antonio García, uno de los primeros investigadores de Caldas, estaba representaba en la ocupación de tierras que les permitía a los errantes adquirir títulos de propiedad y ser cultivadores libres para no caer en la servidumbre y demás relaciones de dependencia (García, 1978, p. 184).

La movilidad social en Antioquia

Pero si la crisis era generalizada, la situación de Antioquia, que albergaba al sur gran parte de las tierras desoladas e incultas que serán el nuevo departamento, mostraba rasgos alarmantes que la hacían muy particular (ver figura 3). Para empezar, es relevante apreciar que esa provincia andina era una de las más aisladas y pobres de la Nueva Granada. Su capital, Santa Fe de Antioquia, ubicada sobre el cauce no navegable del río Cauca, se encontraba alejada del principal eje comercial, el río Magdalena, y separada de este por la extensa y accidentada cordillera Central (ver figura 1). Sus comunicaciones con la costa Caribe y con el océano Pacífico eran extremadamente difíciles o inexistentes por la presencia correspondiente de zonas anegadizas y tupidas selvas. Por eso, su nexo más expedito lo establecía por el fragoso camino Real de Occidente con el sur, hacia Popayán y Quito, y también, a partir de Arma Viejo por la margen derecha del río Cauca, entroncaba con el camino de Herveo hacia Mariquita, Honda y Santa Fe de Bogotá (ver figura 3). La provincia estaba encerrada —Bolívar la llamaba después de la Independencia “las soledades de Colombia”—, y con la minería del oro como único medio de producción. Terrible paradoja que el padre Joaquín de Finestrad, en 1783, describía de la siguiente manera: “Lejos de persuadirme de que las minas son el ramo más feliz de la corona soy de parecer que son la causa de los atrasos sensibles de las provincias. La de Antioquia que toda está lastrada en oro, es la más pobre y miserable de todas” (citado en Parsons, 1997, p. 97). En verdad, las condiciones económicas de Antioquia eran muy precarias debido a que era la región andina que más padecía el modelo extractivista impuesto por la Corona española, en el que, además, la exclusividad económica de la minería estaba reforzada por la infertilidad marcada de sus tierras y por los arcaicos métodos para cultivarlas (Uribe, 1885, p. 291). Y el geógrafo norteamericano James Parsons señala que “la mayor parte de los observadores manifiestan sorprendidos el atraso, la incultura y la pobreza de la provincia. La agricultura estaba casi que totalmente descuidada por las minas, y el comercio se hallaba estacionario. Por falta de hierro, la tierra continuaba siendo desbrozada con hachas indígenas de pedernal o macanas” (Parsons, 1997, p. 26).

Pero también el fenómeno de la trashumancia en Antioquia era el más notorio de toda la región andina. Por eso, es tan llamativo en los estudios del caso antioqueño el papel que cumplieron los buscadores de oro de aluvión o barequeros —llamados en Antioquia mazamorreros—, que dispersos en los montes escapaban del control de las autoridades y de las pautas morales de la congregación cristiana (ver figura 4). Para el historiador Jaime Jaramillo Uribe, apoyado en la tesis de Álvaro López Toro, “en contraste con la empresa minera esclavista predominante en el Cauca, los mazamorreros contribuyeron a la formación de una sociedad más abierta y dinámica en Antioquia”. Y da el dato de que los pequeños y medianos mineros independientes fueron muy numerosos y producían cerca del 80% del oro que se extraía en la provincia (Jaramillo, 1987, p. 52), lo que explica la preocupación de los gobernantes por el hecho de que la Corona no controlara allí la extracción del oro; porque, en la medida en que la población se dispersaba tras el valioso metal, los comerciantes arrieros o rescatantes iban tras ellos con mercancías para intercambiarlas por el producto extraído, constituyéndose así en intermediarios que sacaban el oro en polvo con relativa facilidad y en forma ilícita a los cauces comerciales principales, e introducían con enormes dificultades lo que no se producía en Antioquia. Así, según la tesis expuesta por López Toro, los comerciantes fueron adquiriendo la preeminencia económica debido a las relaciones de producción que imperaban en la región basadas en la movilidad social ocasionada por la búsqueda del oro, que eran diferentes a la cerrada estructura agraria imperante en el resto del país (López, 1979, p. 11-21).


Figura 4. “El baraqueo”, por Pedro Nel Gómez (1936).
Fuente: Wikipedia, 2018.

Pero al final del siglo XVIII aparece un fenómeno nuevo en Antioquia representado por la concentración de las tierras, aspecto que no había tenido allí prioridad como en otras regiones del virreinato, que se materializaba en la solicitud de concesiones o mercedes reales hechas por los españoles, cuya intención estaba dirigida a adecuar y controlar, por medio de peajes, los incipientes caminos que comunicaban a Antioquia con otras provincias, pero principalmente con la arteria comercial nacional, el río Magdalena. Claro que su ulterior finalidad era aprovecharlas, ya valorizadas, para la especulación rentista de la tierra y no para reproducir la gran hacienda ganadera o de plantíos, tan característica de otras provincias. Porque en verdad, como explica Beatriz Patiño, en Antioquia “…no existió una capa de hacendados en términos estrictos, pues los propietarios de grandes extensiones eran individuos para los que la inversión en tierras fue una actividad complementaria de sus vinculaciones al comercio o a la minería”. Y resalta que “el rasgo distintivo de la región fue ser una sociedad de pequeños propietarios mestizos y mulatos…” (Patiño, 1988, p. 74-77), y, por lo tanto, fue muy débil la sujeción de mano de obra servil, razón que posibilitó la movilidad social tan característica de Antioquia. Pero tal como veremos, serán los latifundios conseguidos por concesión real en Antioquia los que acabarán imponiendo condiciones de vasallaje similares a las de las haciendas de otras regiones.

Las mejores condiciones de vida originadas por esa movilidad y su correspondiente expansión de las fronteras productivas, que tendían hacia la agricultura de pequeños y medianos fundos, originó aumentos de población considerables sobre todo en las regiones del centro y el oriente de la provincia. Eran condiciones propicias para generar altas tasas de natalidad unidas a bajas tasas de mortalidad, fundamentalmente relacionadas con el desarrollo de las regiones con climas medios y fríos, más saludables, libres de paludismo (Ramos, 2000, p. 32-33). La demanda de parcelas resultante tropezó con la concentración de tierras, hecho que agudizó el cuadro de la crisis de Antioquia, que no tuvo otra esperanzadora solución que la del desplazamiento forzado en busca de baldíos. El cuadro de Francisco Antonio Cano, Horizontes, es una representación fehaciente del sentir de las familias antioqueñas en aquellas épocas (ver figura 5). Su ilusión era conseguir la titulación de parcelas al cabo de cuatro años de cultivadas, según las normas dictadas en 1786 y 1798 (Arango, 2002, p. 41).


Figura 5. “Horizontes”, por Francisco Antonio Cano. Museo de Antioquia.
Fuente: Wikipedia, 2017.

Entonces, una vez los labriegos ocuparon tierras baldías, el concesionario, amparado por un papel sellado, reclamaba esas tierras ya valorizadas, obligando a sus pioneros productores a someterse como agregados o a abandonarlas. La intención primordial del usurpador era poner esas tierras en compraventa, reeditando el permanente desplazamiento de las familias que buscaban fundos productivos. Este desalojo de miles de familias hacia las fronteras de la provincia es lo que se ha denominado “colonización antioqueña”. Así, en el tránsito entre la época colonial y la republicana en que Antioquia comenzó a orientarse hacia horizontes productivos diferentes a la minería, surgió allí una nueva contienda, ya no por la soberanía económica y política, sino por la tierra. La frase de Alejandro López, “lucha entre el hacha y el papel sellado” (citado en ARANGO, 2002, p. 42-43), sintetiza el conflicto que comenzó a finales del siglo XVIII y que estuvo presente en todo el siglo XIX en el territorio que consiguió su autonomía política y económica con el nombre de departamento de Caldas. La libre propiedad productiva agropecuaria, que se debía constituir en la base de la naciente economía republicana y que garantizaría la efectiva creación de un mercado interno para la seguridad alimentaria de amplios grupos poblacionales, se enfrentó a la gran propiedad rentista de unos pocos que pretendían mantener las relaciones serviles y atrasadas de la Colonia.

Las reformas borbónicas

La crisis en Antioquia del final de la Colonia antes planteada, fue identificada cabalmente por los gobernantes y visitadores borbónicos que fueron enviados por el virreinato a esa provincia, entre 1774 y 1788. En efecto, tanto Francisco Silvestre como Antonio Mon y Velarde diagnosticaron sus causas a las que encontraron centradas, además del desgreño administrativo, en la falta de sustento alimentario para los centros mineros debido a la concentración de la tierra y a los pobladores dispersos, así como en las deficientes comunicaciones de la provincia. La preocupación de los funcionarios derivaba incuestionablemente de la necesidad de que las riquezas de los yacimientos auríferos fueran explotadas convenientemente para ser enviadas a España y garantizar los recaudos al Real Tesoro; y como estaban influenciados por las ideas del llamado “despotismo ilustrado” que estaba en boga en Europa porque respondía a la expansión del mercantilismo, sus reformas económicas y sociales estaban dirigidas a preservar el dominio del absolutismo español en América, entre ellas las de controlar en particular los desajustes que se estaban presentando en Antioquia a causa del desequilibrio entra la minería y la agricultura. Por eso, para lograr concentrar a los pobladores “dispersos en los montes” —que llamaban zánganos—, lejos de Dios y de la Ley, y para tratar de evitar que los colonos desplazados obraran por su cuenta, dispusieron que se fomentaran colonias agrarias para abastecer a las minas, así como también la fundación de centros urbanos que garantizaran, mediante la disposición de una iglesia “en medio” del poblado, la “Administración espiritual y material” (Silvestre, 1988, p. 514).

Es importante aquí señalar que la relación entre “colonia agraria” y fundación urbana, que caracterizó a la transformación adelantada por los reformadores, estuvo determinada por la importancia que la primera adquirió como ‘fundamento’ para la sostenibilidad de la vida citadina, donde los funcionarios, los artesanos, los maestros, el cura párroco y demás pobladores que no eran campesinos, debían estar respaldados por un entorno agropecuario que la garantizara. Como afirma el historiador Roberto Luis Jaramillo, “una colonia agraria bien organizada era indispensable para lograr una colonia urbana” (Jaramillo, 1989, p. 55). En la época en que los reformadores borbónicos promovieron la fundación de colonias agrarias y de núcleos urbanos, ya había quedado atrás aquella en que la ciudad era signada por la plaza de armas, cuando en la conquista castellana eran los ejércitos quienes poblaban para someter a los indígenas. Ahora, y desde bien entrada la Colonia, como fue el caso de la fundación de la Villa de la Candelaria de Medellín, el título logrado (ciudad o villa) estaba sustentado en la plaza de mercado. Por eso, en concordancia con la ampliación de la frontera agrícola debida a la migración de cientos de familias, las fundaciones urbanas fueron encontrando su razón de ser para constituirse, además de sedes de mercado regional, en centros de poder político-religioso. En la investigación inédita Caminos y fundaciones, eje Sonsón-Manizales, demostramos esta hipótesis, y, además, comprobamos que los nuevos caminos abiertos por los colonos en busca de tierras de labor, se constituyeron a la postre también en las rutas de la arriería que fueron generando la red de mercados regionales (Esguerra y Sierra, 2004).  

Pero como también los gobernantes borbónicos impulsaron la apertura y la adecuación de caminos, las fundaciones de poblados debían localizarse sobre las rutas que permitieran el destaponamiento de la provincia. Al norte, por ejemplo, impulsaron la de Yarumal, en 1878, sobre el camino al río Cauca navegable (Puerto Valdivia); pero hacia el sur, en la dirección en que estaba mayormente orientado el flujo migratorio espontáneo, a pesar de que los reformadores trataron de intervenir para controlarlo, ese mismo año de 1787 fueron los colonos pioneros quienes definieron el protagonismo del poblamiento. Porque en ese momento la crisis antioqueña reflejaba el ánimo de los “pobres vasallos” del oriente antioqueño (Rionegro y Marinilla) que en un memorial al gobernador exponían las razones por las cuales eran llevados a un “movimiento” motivado por su “ex­trema pobreza en bienes materiales y por la escasez de tierra”; y agregaban que en las “montañas de Sonsón” existían buenas condiciones para cultivar, criar ganado y explotar salinas y minas de oro, así mismo para “hacer nuestras casas y erigir una nueva población”; pero también señalaban la importancia de “la apertura de comunica­ciones entre el nuevo plantío y Mariquita”. (Parsons, 1997, p. 115).

Es importante resaltar de esta petición la estratégica ubicación que apreciaban de las “montañas de Sonsón” por la “apertura de comunicaciones” que posibilitaba una ruta más directa y rápida desde Medellín y Rionegro hacia Mariquita, Honda y Santa Fe de Bogotá, proyecto que había impulsado Francisco Silvestre cuando asumió el primero de sus dos mandatos en Antioquia, en 1775. En verdad, desde que la capital de la provincia, Santa Fe de Antioquia, localizada al occidente, había venido perdiendo jerarquía con respecto a las poblaciones del centro (valle de Aburrá) y del oriente y del norte (altiplanos de Rionegro y los Osos), la antigua vía del camino de Popayán que conectaba en el sector minero de occidente con la ruta por el páramo de Herveo, ya no era la más expedita para activar los nuevos requerimientos mercantiles de Antioquia inspirados por los reformadores ilustrados (ver figuras 1 y 3). Y la fundación de una colonia agraria que le diera vida a una colonia urbana sobre esa nueva vía por las montañas de Sonsón era la conclusión lógica del proceso iniciado por aquellos “pobres vasallos” mestizos.

Vías de comunicación, concesiones reales y fundaciones urbanas

Pero la posibilidad de ‘abrir’ ese camino (léase adecuar para el comercio una senda ya existente) por las montañas de Sonsón había sido también la razón que había motivado al Alférez Real Felipe de Villegas y Córdoba –llegado a Rionegro desde Burgos, España- para solicitar como “privilegio”, en 1763, una gran extensión de tierras por la que transitaba esa senda, comprendida entre los ríos Buey, al norte, Arma, al sur, y la cumbre de la Cordillera Central (ver figura 3), para lo cual cobraría peaje al intercambio comercial que se beneficiara con la nueva ruta (Villegas, 2014). En verdad, Villegas era sin duda uno de los más influyentes españoles establecidos en Rionegro, y fue quien más instigó para el traslado de Armaviejo a su ciudad con el ánimo de controlar las tierras del sur de Antioquia que habían pertenecido a esa decaída ciudad desde la conquista, acción que fue aprobada en el gobierno de Francisco Silvestre mediante cédula real de 1786.        

Por eso, aquel “movimiento” pionero de súbditos desposeídos tropezó con la enorme concesión de tierras adjudicada a Villegas, porque las “montañas de Sonsón” se encontraban dentro de ella. Pero como la Corona española recusó el título al concesionario por cuanto las tierras “no habían sido desmontadas y mejoradas como lo exigía la real cédula de agosto 2 de 1780” (Parsons, 1997, p. 116), ante la presión de los colonos mestizos Mon y Velarde decretó la fundación que solicitaron. Pero una vez avanzado el proceso, se desvío cuando fue designado José Joaquín Ruiz y Zapata juez poblador para que interpretara los intereses de los ‘privilegiados’ blancos en la repartición. Así, con un repartimiento de tierras amañado se concretó la fundación de Sonsón, en 1800, en el borde suroriental del altiplano de Rionegro, en dirección a Mariquita y Honda, por lo que comenzó a establecerse una competencia entre la vía por el occidente (el camino de Popayán) y esta nueva ruta oriental que terminará de adecuarse en 1816 (ver figuras 1 y 3). La tensión creada con la fundación de Sonsón motivó también la apertura de un camino a partir de ella, que se concretó en 1805 hacia el camino de Popayán, sobre la cual nació Abejorral, entre los ríos Buey y Aures, con una nueva comunicación con Rionegro. En ese cruce de caminos donde seguramente prosperaba una colonia agraria, en 1811, también se impusieron los intereses del hijo del concesionario Villegas, José Antonio, quien actuó como “donante” y “benefactor”, porque se decía propietario de esos terrenos.

Debido a su estratégica ubicación, Sonsón adquirió un doble cometido: por una parte, con la apertura del camino para animales cargueros hacia el río Magdalena se constituyó en la plaza que sirvió de alternativa a la ruta por Nare para el comercio internacional, pero fue definitiva en la comunicación con Honda y la capital del virreinato; y por otra, fue el principal núcleo generador de la colonización al sur del río Arma, por lo que pronto se convirtió en el eslabón inicial de la cadena de mercados regionales que se sustentaron en el poblamiento y la ampliación de la frontera agrícola que le dieron vida económica, un siglo después, al Antiguo Caldas. 

Pero como comenzó también una competencia entre el nuevo camino al río Magdalena por Sonsón y el antiguo de Herveo para comunicar a Antioquia con el río Magdalena y la capital del virreinato, era previsible que otro español también acogido en Rionegro, el comerciante José María Aranzazu (traficaba entre su ciudad con Honda, las islas del Caribe y Cádiz), solicitara en 1800 a la Corona una gran extensión de tierras en concesión para controlar el camino de Herveo, que era el que utilizaba para ejercer el comercio ilícito (Jaramillo, 1989, p. 52). Según la transcripción de la Cédula Real de 1801, que aporta el presbítero historiador Guillermo Duque Botero, el área solicitada estaba comprendida entre la quebrada Pácora, al norte, y el Río Pozo, al sur, y entre el río Cauca, al occidente y la cumbre de la cordillera Central, al oriente (Duque, 1974, p. 16). Aunque no incluía la casi totalidad del antiguo camino que conectaba las minas del occidente con Mariquita, sí acogía los dos puntos fronterizos de la ruta que comunicaba a la provincia de Antioquia con sus vecinas: el paso de Bufú con la de Popayán, al occidente, y el páramo de Herveo con la de Mariquita, al oriente (ver figura 3). Esta evidencia nos induce a plantear la hipótesis de que lo que le interesaba a Aranzazu, igual que a su coetáneo y pariente Villegas (estaba casado con una nieta del alférez real), era el control, mediante peajes, de las entradas y salidas de las rutas del comercio del sur de Antioquia en beneficio de su monopolio mercantil, en momentos en que esas tierras apenas contaban con unos pocos campesinos dispersos en la desembocadura de la quebrada Pácora y aun no estaban siendo ocupadas masivamente por colonos procedentes del norte, por lo que  no inducían todavía a la especulación de la tierra. Pero, tal como lo veremos, este fue unos años más tarde, ya en período independiente, el escenario del profundo conflicto entre los intereses productivos de miles de colonos y la talanquera que les impusieron los acaparadores de baldíos cuando avizoraron la valorización de las tierras por la apertura de caminos y la proliferación de colonias agrarias.



Figura 6. Mapa que detalla la penetración de colonos más importante hacia el sur del río Arma, que generó la fundación de Aguadas. Y prosiguió más al sur donde nacieron Salamina y Pácora sobre la concesión Aranzazu.
Fuente: elaboración propia. Jorge Enrique Esguerra Leongómez.

3. LA CONSTRUCCIÓN DE LA RED DE MERCADOS AL SUR DEL RÍO ARMA

Nos detendremos a observar en detalle el proceso de construcción del primer eje de mercados regionales al sur del río Arma, que abarca medio siglo hasta Manizales, y que se constituye en el inicio del poblamiento republicano de la región que será el departamento de Caldas. Este escenario no fue protagonista de las confrontaciones por la emancipación patria, pero significó, a nuestro juicio, la conquista económica más importante de la Independencia. 

Podemos afirmar que en el suroriente de la provincia hacia el cambio del siglo XVIII al XIX, el flujo migratorio ya había ampliado la frontera agrícola hasta el río Arma, que hoy es el límite que separa a los departamentos de Antioquia y Caldas. Pero este cañón hídrico que describió el más importante historiador de Antioquia del siglo XIX, Manuel Uribe Ángel, como “la terrible hondonada del Arma […] porque esta hoya es acaso lo más doblado y cerril del territorio antioqueño” (Uribe, 1885, p. 326), se constituía en el nuevo obstáculo que se atravesaba a los colonos en el empeño de proseguir en busca de tierras baldías; y después debía proseguir hacia el sur en pos de esas “selvas desiertas y desconocidas” que describiera el sabio Caldas en 1813 (ver figura 6).

El encuentro de dos culturas funda a Aguadas y a Riosucio

La primera penetración importante de nuevos pobladores después de la que protagonizaron los conquistadores castellanos en el territorio de lo que hoy es el departamento de Caldas, fue la realizada por antioqueños mestizos hacia las vertientes caucanas de la cordillera Central que habían permanecido deshabitadas por casi tres siglos (ver figuras 3 y 6). Y observemos que, a diferencia de la ocurrida entonces, no estaba orientada por el cauce de un río importante ni circulaba por los valles cálidos ni tenía como ambición principal la búsqueda de yacimientos auríferos. Por el contrario, después de haber atravesado el profundo e insalubre cañón del río Arma, la meta de las familias colonizadoras era encontrar unos climas similares a los de sus lugares de origen en el altiplano antioqueño, hacia los 2000 metros sobre el nivel del mar, con el propósito de hacerse de parcelas para autoabastecerse de la producción agropecuaria; y aunque también tuvieran la intención de encontrar minas como era la tradición en Antioquia, lo que en realidad hallaron fueron tierras fértiles abonadas por la actividad volcánica del macizo del Cumanday (hoy nevado del Ruiz), que posibilitaron que los productos de pancoger comenzaran a tener excedentes para el mercadeo. Y ocurrió en un período acaecido entre las reformas borbónicas de fines del siglo XVIII y la total independencia de España, es decir, en un momento de tránsito entre la exclusiva producción minera de la Colonia y el despertar de un nuevo empeño remunerador: el agropecuario de la República.

Recordemos que en ese inmenso territorio del sur del río Arma, que solo sentía la presencia de los comerciantes y viajeros que transitaban por los caminos de Herveo y del Quindío, la única población que sobrevivía eran los vestigios de la antigua ciudad de Arma (Arma Viejo), ubicada en las montañas de San José sobre el camino de Popayán, que además de su decadencia física y poblacional ya había perdido también su título honorífico de ciudad y sus tierras (ver figura 3). Sin embargo, sus pobladores, los armeños, en gran medida dispersos en las zonas cálidas e insalubres de la confluencia de la quebrada Páucura con el río Cauca, continuaban relacionados por el camino de Popayán con las minas del occidente y con los pueblos de indios y los esclavos negros. Sin respaldo oficial, defendían la posesión del inmenso territorio que, alegaban, les correspondía desde la Conquista hasta el río Chinchiná, y por eso habían impugnado los intentos de algunos acaparadores de tierras que habían solicitado concesiones al Rey (Valencia, 2000, p. 23-25). Pero no se conocen testimonios de que se hubieran opuesto a la penetración de los colonos procedentes del norte, porque, al contrario, los animaba el mismo interés de hacerse a un fundo productivo individual para lograr el sustento familiar en climas más sanos, pero con el aliciente de asociarse para emprender labores comunitarias, ante la ausencia de un Estado que estaba siendo disputado por fuerzas antagónicas.

Así, en los primeros años del siglo XIX se produjo por vez primera, al sur del río Arma, el encuentro de los dos tipos de pobladores que tenían similares intereses productivos pero disímiles entronques culturales. Mientras en el campo militar y en otras latitudes patrias se libraban los combates por la emancipación, en el productivo ocurría allí una revolución silenciosa solo interrumpida por los golpes del hacha que descuajaban el bosque para sembrar maíz, fríjol, plátano, caña, cacao y otras plantas alimenticias, para organizar una huerta, un trapiche panelero y para criar cerdos y aves de corral en la llamada finca autárquica (Valencia, 2018 p. 69-96). Revolución iletrada por la mera subsistencia, pero integradora del recurso productivo del campesino con el medio arbóreo, sin la pretensión depredadora de la gran hacienda con fines ganaderos y de grandes plantíos. Aunque las batallas con fusiles posibilitaron un porvenir autónomo sin la sujeción militar y avasalladora externa, en el ámbito social de este territorio las acciones productivas en el medio natural y resistiendo a los acaparadores de baldíos que pretendían perpetuar la estructura colonial de la tierra, escribieron una de las páginas más preclaras de ese tránsito hacia la Independencia.

La primera colonia que se estableció al sur del río Cauca marcó la pauta que será repetida en la mayoría de fundaciones urbanas del antiguo Caldas y que hoy nos parece tan insólita: su ubicación en las eminencias orográficas, cuya explicación debe estar circunscrita tanto a las condiciones climáticas del sitio, como a las precarias circunstancias de salubridad de la época. Según el escritor y médico Emilio Robledo, quien se preocupó por estudiar la colonización relacionada con las montañas, “a causa de la menor resistencia en que colocan al organismo, las enfermedades pueden hacer y en verdad hacen más estragos en los climas de temperatura alta. El paludismo, la anemia, las diarreas disentéricas y otras adquieren caracteres alarmantes” (Robledo, 1916, p. 90). Y explicó la razón que motivó a los colonos a establecerse en tierras altas, por el hecho de que “emprenden los éxodos con sus familias y penates”, para así resguardarlos de esas enfermedades, “al paso que los valles se convierten en abundantes dehesas” (Robledo, 1916, p. 171).

Porque en este territorio es muy difícil encontrar valles amplios o altiplanos propicios para albergar asentamientos urbanos o rururbanos, y lo que encontraron los flujos migratorios en su desplazamiento de norte a sur fue una sucesión alternada de cañones y serranías, en donde los primeros siempre rechazaron a los pobladores y las segundas se constituyeron en acogedores lugares de permanencia. Y como en los recorridos entre cima y cima generalmente transcurría una jornada al ritmo de las mulas, el alcance del destino opuesto, que ocurría al anochecer, siempre servía para la pausa necesaria de viandantes y animales. Ese era el sitio apropiado para que apareciera la fonda caminera, que además de servir de albergue, también se instauró como centro de los intercambios comerciales que surgían del mercadeo de los sobrantes agropecuarios y el abastecimiento de la arriería, y fue el preludio del asiento del mercado regional, fundamento del núcleo urbano.

Al final del penoso ascenso después de atravesar el cañón del río Arma, los colonos pioneros, ávidos de independencia, encontraron en la cumbre un lugar apropiado en donde existían manaderos de agua para resguardar a sus familias mientras buscaban la forma de hacer un abierto en las vertientes para sembrar y cosechar. Por eso es famosa la fonda de Manuela, que sirvió de intermediara mientras se lograba el definitivo establecimiento del mercado abierto en el sitio que llamaban Las Aguadas.

Como en la investigación de Albeiro Valencia sobre las fundaciones de poblados en el antiguo Caldas, el historiador muestra cómo existía un proceso de poblamiento ligado al trabajo de la tierra, que antecedía a la fecha que siempre se ha asignado a una fundación (Valencia, 2000), en este caso dicho proceso, según los cronistas, comenzó en 1808 coincidiendo con el encuentro de los procedentes del norte con los del occidente. El armeño –nieto de español-, José Narciso Estrada, comenzó a liderar a los labriegos para lograr el cometido de fundar en ese lugar un núcleo urbano, y cuando en 1812 estuvo a punto de conseguirlo, fue interrumpido por el rionegrero Salvador Isaza, que se decía dueño de esas tierras ya valorizadas, pretendiendo la expulsión de más de 200 familias de colonos que ya estaban asentadas allí. El recién instaurado gobierno independiente de Antioquia, en 1813, falló a favor de Estrada a quien nombró juez poblador y protegió a los labriegos (Jaramillo, 1989, p. 51). Finalmente, después de que apareció también por allá el ‘benefactor’ de Abejorral, José Antonio Villegas, quien casó a su hija con el derrotado Isaza (Mesa, 1964, p. 120), los lazos de supuesta hidalguía española acabaron uniendo a los tres personajes quienes, pese a que los dividía su inclinación a favor y en contra de la independencia (Estrada era realista, y Villegas e Isaza, patriotas), acabaron configurando la fundación en 1814 con criterio acomodado a sus intereses particulares. Volvió a reproducirse el cuadro social discriminatorio de Sonsón y Abejorral, en el que la apertura de sendas y el establecimiento de parcelas productivas fueron capitalizados por los acaparadores de baldíos que se aprovecharon de la valorización conseguida. Así, Aguadas fue erigida distrito parroquial, y sobre el estrecho lomo cordillerano, a una altura sobre el nivel del mar de 2210 m, se trazó la plaza cuadrada rodeada de iglesia, calles y casas, el primero que fue producto de la nueva era próxima a ser soberana, sobre territorio que será caldense menos de cien años después (ver figura 7).  


Figura 7. Fotografía que muestra la ubicación de Aguadas sobre el lomo de la serranía.
Fuente: elaboración propia. Miguel Ángel Aguilar Gómez.

Pero mientras los colonos comenzaban a trazar la nueva ruta agrícola al sur del río Arma por las montañas, el cauce poblacional también utilizó los caminos de Caramanta y de Popayán en dirección de los centros mineros del occidente, porque los yacimientos auríferos eran sin duda un aliciente remunerativo para los antioqueños acostumbrados por generaciones al contacto con las minas (ver figura 6). Por eso, mientras se afianzaba la fundación de la “ciudad de las brumas” al oriente del río Cauca, en el occidente la incidencia de los colonos antioqueños contribuyó a consolidar una importante población en toda la región minera, que a pesar de su postración era la que más se destacaba en el virreinato por su producción aurífera. De hecho, tal como apunta Otto Morales, el oro de esta zona fue el que logró hacer la independencia de Colombia: “Cuando se fueron a conseguir los empréstitos por Francisco Antonio Zea, las garantías que exigieron los prestamistas europeos fueron las minas de Supía y Marmato” (Morales, 1995, p. 41-42).

Anserma y Supía, lo mismo que los núcleos mineros de Quiebralomo y Marmato comenzaron a repoblarse y a ser controlados por los procedentes del norte, pero en muchos casos ampliaron sus dominios hacia los pueblos de indios. Es particular el caso del de La Montaña que, según las denuncias de su cura párroco, presbítero José Bonifacio Bonafont, desde que arribó allí como párroco, en 1814, advirtió la usurpación de sus tierras por los vecinos del colindante real de minas de Quiebralomo, hecho que originó profundas discordias entre las dos comunidades y también su traslación conjunta y consensuada a un “lugar más cómodo” que fue el que le dio vida a Riosucio. El acuerdo logrado contempló “…que se reunieran las dos parroquias en este sitio; que cada vecindario reconociere su cura, y que todas las tierras quedaran comunes para los dos vecindarios, lo mismo que las minas…” (Gärtner, 1994). Sin embargo, las desavenencias se prolongaron hasta tal punto que, en pleno enfrentamiento emancipador, los habitantes de La Montaña se alinearon a la causa patriota seguidos por el cura Bonafont, mientras en Quiebralomo “las simpatías tenían tintes clasistas y raciales: los pocos blancos que conformaban la clase dominante se inclinaron a favor del gobierno virreinal…” siguiendo a su párroco José Ramón Bueno (Gärtner, 2006, p. 43-44). Por eso quedó plasmada en la estructura física urbana de la ciudad de Riosucio, el mismo año de las batallas que sellaron la Independencia (1819), la segregación social y política imperante en las postrimerías de la Colonia, circunstancia que la hace tan particular. Tal como lo expresa Álvaro Gärtner, esa polarización está hoy representada por sus dos plazas principales con sus respectivas iglesias: las de “Quiebralomo y la Montaña están separadas por una sola calle, la del Comercio” (Gärtner, 2006, p. 44).

Desde esa época que coincide con el período independentista, el abastecimiento alimentario de las minas de Marmato, Supía y Quiebralomo, que había venido dependiendo de lejanas regiones, comenzó a contar paulatinamente con el aporte agropecuario del nuevo territorio que comenzaba a construirse al otro lado del río Cauca, con el paso de Bufú y Armaviejo de por medio (Valencia, 2018, p. 23). Esta relación, sustentada en el comercio de la arriería, que intercambiaba el oro de los mineros independientes del occidente –desligados tanto del monopolio español como del que después intentaron los ingleses- con los productos agropecuarios de los campesinos y pequeños empresarios del nuevo eje económico republicano del oriente, explicará en gran medida la importancia económica que adquirió el mercado interno que se generó y que condujo a que Manizales se convirtiera cien años más tarde, ya sobre la base del café, en el centro económico y político de una nueva jurisdicción territorial.


Las primeras fundaciones en época republicana:
Salamina y Pácora nacen sobre la concesión Aranzazu

El acaparamiento de tierras en torno de la fundación de Aguadas y la frustración de los pobladores de Armaviejo por no haber podido consolidar su población sobre la nueva senda trazada por suelos más saludables, los obligó a continuar hacia el sur, en compañía de los también desalojados procedentes de Antioquia, en busca de tierras baldías en el período de transición entre la Colonia y la República. Este continuo desplazamiento masivo, comprobado por los resultados sociales iletrados del persistente hollar, desbrozar y sembrar, se verá de todas formas entreverado con la documentación escrita que expone las acciones individuales de los privilegiados, sustentadas precisamente en el posible o real valor agregado de la marejada colonizadora. Así, el protagonismo de dos personajes del altiplano oriental antioqueño está testificado por los documentos escritos que describieron los hechos ocurridos entonces en torno del camino de Herveo (ver figuras 3 y 6):

En primer lugar, el intento de colonización de esa región, en 1817, a cargo de José Antonio Jaramillo Ruiz, un sobrino del juez poblador de Sonsón, quien pretendía concretarlo con muchas familias de esta población, fue rechazado por las autoridades de Antioquia atendiendo a la oposición que entablaron el tío del peticionario, junto con el cura párroco de Sonsón, alegando que el traslado de las familias obraría en detrimento de esa plaza porque le sustraería tributarios y feligreses (Duque, 1974, p. 17-22). Sin duda la intención del sobrino se basaba en la competencia que podía representar el antiguo camino de Herveo al recién abierto por las montañas de Sonsón, y en que este estaba respaldado por una fundación urbana que estaba prosperando. Y así pretendía hacerle también competencia personal a su tío, seguramente intentando actuar como juez poblador en “Savana larga o Poso” (Sabanalarga), región que estaba atravesada por el camino de Herveo y que fue escogida para adelantar su proyecto (ver figura 6). Pero a pesar de su fracaso personal por dirigir el poblamiento de ese paraje, “…los colonos, sin pedir permiso a nadie, fueron penetrando la región de las futuras colonias de Pácora y Salamina, lo que hizo más apetecibles esas tierras” (Valencia, 2000, p. 30); y fueron compartiendo parcelas, que consideraban baldías, con los dispersos armeños en torno a la quebrada Pácora y en dirección al río Pozo, sin saber que entre esos dos afluentes del río Cauca existía dormida la antigua merced de tierras que había concedido el rey de España en 1801 al comerciante Jesús María Aranzazu.

He aquí el segundo acontecimiento abundantemente documentado, que fue protagonizado por el hijo del difunto concesionario, Juan de Dios, quien se hizo legalizar esa supuesta heredad en 1824 durante el gobierno del general Francisco de Paula Santander. Inadmisible proceder de las autoridades republicanas al darle vida a una prerrogativa de la Colonia que se suponía ya había cesado, además de aceptar los acomodados testimonios del heredero de que esas tierras estaban siendo sembradas por él, para demostrar que había cumplido el contrato que le otorgó la concesión real a su padre en 1801. Como lo afirma Roberto Luis Jaramillo “era la República prolongando los privilegios coloniales” (Jaramillo, 1989, p. 53-54). Y Albeiro Valencia anota: “…lo que hizo recordar a Aranzazu que las tierras le pertenecían, fue la violenta irrupción de miles de colonos...” (Valencia, 2000, p. 32). Porque en realidad, el padre del usurpador no tomó posesión ni cultivó esas tierras que quedaron abandonadas durante la confrontación independentista, y después viajó a Venezuela donde murió. Y el hijo era un parlamentario santanderista que residía en Bogotá, y que con seguridad no tenían sus manos callosidades de agricultor. Por esa misma razón, el encargado de tomar posesión de esa concesión validada en la República fue su tío político y apoderado, José Ignacio Gutiérrez Arango, quien a la manera de un conquistador peninsular —imitando a Jiménez de Quesada— “reconvino” en el paraje La Cana (dentro de los terrenos de la Concesión) “…a los que se hayan posesionado i tienen sus labranzas en estos lugares para que si quieren se queden en calidad de agregados con condición de observar buena conducta o que de lo contrario desocupen” (Duque, 1974, p, 25).

La sujeción servil o el desalojo eran las alternativas, porque la capacidad monetaria de los amenazados con seguridad no les permitía comprar las parcelas ya valorizadas por ellos mismos. Se originó así un doble conflicto de tierras: por un lado, los notables de Arma Viejo, en una clara reedición de su hostilidad hacia Rionegro, le entablaron un pleito en los estrados judiciales al nuevo terrateniente, pues alegaban que esas tierras legalizadas usurpaban la posesión ancestral que esa decaída población había adquirido junto con el título de ciudad a mediados del siglo XVI; y por otro, los antiguos y los nuevos labriegos “reconvenidos” le reclamaban los títulos de propiedad de las parcelas que estaban cultivando. Según denuncias de los armeños, trescientas familias de cultivadores que hacía décadas estaban asentadas en esa región fueron afectadas (AHR, 1826-27, folio 337), sin contar con los nuevos colonos que recientemente estaban llegando en grandes cantidades procedentes principalmente de Sonsón.

Pero la toma de posesión de Aranzazu continuó inmediatamente con la intensión de fundar una población en el mismo paraje en el que siete años antes Jaramillo Ruiz pretendiera colonizar. El político, que había actuado como criollo patriota, pretendía ahora sin duda lograr el mismo efecto que los ‘adelantados’ ibéricos conseguían cuando se posesionaban de los territorios conquistados: poder concentrado en un centro urbano para avasallar y controlar la región circundante, además de sustento jurídico para su posesión al “donar” los terrenos para la fundación. De nuevo pretendía darle al camino de Herveo el respaldo de una fundación urbana para competir con Sonsón en las comunicaciones con Honda, en un momento en que las minas del occidente prometían nuevas riquezas porque fueron adquiridas, en 1825, por la casa bancaria inglesa Goldschmidt con técnicas más modernas, para reemplazar a los españoles que en el proceso de la Independencia ya habían perdido su control basado en métodos obsoletos.

Por eso logró Aranzazu conseguir en Bogotá (la provincia de Antioquia dependía del departamento de Cundinamarca), en junio de 1825, firmado por el mismo intendente que le legalizó la supuesta heredad y por el presidente Santander, el decreto que le daría vida a una población “…en el sitio denominado Sabanalarga en el Cantón de Rionegro provincia de Antioquia…”, y con unos linderos que eran exactamente los mismos de la concesión concedida a su padre (Duque, 1974, p. 27). Y en la parte resolutiva del decreto, el intendente le expide “…el título de Parroquia con la denominación de Salamina bajo los límites que quedan espresados [sic]…” (DUQUE, 1974, p. 28). Pero con una gran inconsistencia, porque Sabanalarga, sobre el camino de Herveo, no estaba dentro de esos límites (ver figura 6), hecho que al parlamentario lo debía tener sin cuidado puesto que, además de la ventaja que le daba estar ubicado en terrenos libres del conflicto de tierras con los colonos, su intención fundamental radicaba en controlar todas las tierras del sur de Antioquia hasta el río Chinchiná, tal como efectivamente lo consiguió después con marrullerías corruptas.

Pero como lo demostramos específicamente en el caso de Salamina, en 1825 sobre el camino de Herveo aún no existía un conglomerado de colonos que pudiera siquiera garantizar la congrua sustentación del cura párroco (que debía provenir de los diezmos de los fieles), en un momento en que las instituciones civiles aun compartían con las religiosas el mismo poder jurisdiccional instituido para sustentar un distrito parroquial (Esguerra, 2017, p. 69-82). Además, precisemos que el camino donde intentó fundar Aranzazu era todavía una ruta colonial –aunque ya se estuviera iniciando el período republicano-, porque continuaba sirviendo al comercio minero entre los dos valles interandinos (el Cauca y el Magdalena) y aun no existían allí posibilidades de construir un mercado interno, porque el flujo migratorio, procedente del norte, aun no hacía presencia masiva en esa zona. En Sabanalarga solo debían estar cultivando la tierra unas pocas familias campesinas recién llegadas de Sonsón, atraídas por la gran fertilidad y el clima saludable sobre los 2000 msnm, como es el caso de la del colono que tendrá tanto protagonismo en la fundación de poblados de ahí en adelante, Fermín López Buitrago, quien había arribado a ese paraje en 1823 (Duque, 1974, p. 54). Y estaban apenas construyendo una colonia agraria que les garantizara en el futuro —así lo intuían (López, 1944, p. 83-84)— concretar la fundación de un poblado cuando las realidades del poblamiento maduraran. Pero como en 1825 el apoderado de Aranzazu, Gutiérrez Arango, contactara a Fermín con el objeto de adelantar el plan fundacional de inmediato porque ya existía el decreto procedente de Bogotá que lo ordenaba, ese proyecto improvisado estaba condenado al fracaso, pese a que, con el propósito de incentivar el poblamiento, Aranzazu hubiera ofrecido allí parcelas en “donación” a quienes le reclamaban títulos al norte del mismo río, con el consiguiente rechazo de los afectados (Esguerra, 2017, p. 79-81). Así, no obstante que a partir de su Historia de Salamina el padre Duque le ha querido dar el protagonismo de la fundación al político y nuevo terrateniente, junto con sus familiares (Duque, 1974, p. 68-72), la verdad es que Aranzazu fracasó en el intento de fundar una población sobre el antiguo camino colonial.

Porque donde de verdad estaba prosperando una colonia agraria era más al norte, en Encimadas, sobre el nuevo camino republicano, en la ruta de la colonización trazada al sur de Aguadas por el alto de Las Coles, que descendía al profundo cañón del río San Lorenzo para trepar después a donde hoy se ubica Salamina (ver figura 6). La razón del topónimo Encimadas (puestas encima), puede deberse a la percepción que los colonos, procedentes del norte y del occidente, tenían del lugar que les depararía refugio seguro y aireado sobre el lomo montañoso (ver figura 8). Ese era el lugar apropiado para organizar el mercado local, en los 1812 msnm, donde muchos campesinos estaban garantizando la sustentación alimentaria de los posibles citadinos, incluido el cura párroco. Esa fue la razón por la que los asociados José Ignacio Gutiérrez, Fermín López y demás labriegos de Sabanalarga decidieran trasladar el decreto de fundación de Salamina a ese sitio, ya dentro de los límites consignados en el mismo, que demostraba tener, a una distancia conveniente de Aguadas, la autonomía económica y administrativa necesarias para constituirse en distrito parroquial. Porque el testimonio de la “traslación”, recogida por la tradición oral y consignada por Manuel Uribe Ángel (1885, p. 379) y Juan Bautista López (1944, p. 13), está respaldada por un mapa de 1832 que demuestra que Sabanalarga y Encimadas eran dos localidades diferentes (ver figura 9), y, además, por los mismos documentos escritos que utiliza el padre Duque para demostrar erróneamente que no existió traslación (Esguerra, 2017, p. 38-47).



Figura 8. Encimadas (puestas encima), lugar donde se asienta Salamina. Fotografía captada desde un sitio de la carretera que baja desde el alto de Las Coles (procedente de Aguadas), aproximadamente desde donde los colonos divisaban su meta sobre la montaña después de atravesar el profundo cañón del río Pozo-San Lorenzo.
Fuente: elaboración propia. Jorge Enrique Esguerra Leongómez

Por eso, a mediados de 1827 se organizó en Encimadas la roza en comunidad, es decir, el sembrado que permitiera a los colonos aprovisionarse de alimentos mientras adelantaban las labores de trazado de plaza y calles y primeras construcciones urbanas. Pero el ‘propietario’ ausentista Aranzazu, representado por sus parientes, entronizó allí su poder omnímodo, donde comenzó a capitalizar los frutos de la fundación sin atender los reclamos de los cientos de familias a las que se les negaba el derecho a poseer en propiedad parcelas productivas, y a las que pretendía apaciguar ofreciéndoles parcelas en “donación” en zonas baldías, es decir, por fuera de sus posesiones (Esguerra, 2017, p. 79-82). Con el agravante de que el cabildo distrital, esa insti institución democrática típicamente urbana, no comenzó a operar en Salamina sino quince años después de su fundación, en 1842, año en que solo algunos salamineños pudieron por fin defender sus derechos sobre la tierra, debido a que podían tener representación (elegir y ser elegidos) únicamente los propietarios (varones, mayores de 21 años y casados).     



Pero en 1828, cuando el poblado comenzaba a prosperar, el más jerárquico tribunal de justicia de la nueva república, la Alta Corte, les dio la razón a los dirigentes de Arma Viejo en el pleito que entablaron contra Aranzazu y, por tanto, este debía salir de sus dominios para que los antiguos pobladores, los armeños, pasaran a ocuparlos. Porque en las altas esferas judiciales se enfrentaban ahora los seguidores de Santander y de Bolívar, por lo que el resultado de ese litigio se puede entender en el marco de esa pugna que presagiaba a la de los dos partidos centenarios: Aranzazu González era santanderista y el apoderado de los armeños, Luis Gómez de Salazar, era sobrino de quien ejercía influencia en la Alta Corte de mayoría bolivariana (Jaramillo, 1989, p. 193). Sin embargo, el desenlace fue inesperado, porque los dos contrincantes, ambos de Rionegro, en una alianza que nos recuerda la del Frente Nacional del siglo XX, olvidaron sus diferencias políticas para urdir un magnífico y espurio negocio mediante una “transacción” para cederles a los armeños solo una parte de la antigua Concesión —entre la quebrada Pácora y el río Pozo-San Lorenzo—, mientras ellos se apoderaban de todo el territorio al sur de este río hasta el Chinchiná, que era el límite entre las provincias de Antioquia y Cauca, aprovechándose de que los armeños le habían prometido pagarle con tierras a su apoderado –posiblemente hasta ese río límite- si ganaban el pleito (ver figura 10). Esta transacción amañada entre Aranzazu González y Gómez de Salazar, cuya “…estructura jurídica parece una Sociedad más de hecho que de derecho” (Duque, 1974, p. 125), acabó cambiándole los límites a Salamina y también los nombres de los ríos que la delimitaban. En verdad, como lo muestra el mapa de 1832, el caudal hídrico que hoy aparece en los mapas naciendo con el nombre de Pocito, para proseguir con el de Chamberí y finalmente desembocar en el Cauca con el de Pozo, en aquella época mantenía en toda su extensión el de Pozo desde su nacimiento en el Páramo de Ervé (ver figura 9). Así lo demostramos basados en otros documentos cartográficos y escritos que también apoyan esta afirmación (Esguerra, 2017, p. 23-47). La trampa estaba perfectamente maquinada: como el fallo de la Alta Corte conminaba a Juan de Dios Aranzazu a entregar toda su propiedad a los armeños, la astucia corrupta del político consistió en correr el límite sur de su heredad (la antigua Concesión) desde el original río Pozo hasta el norte en donde se encuentra la continuidad hídrica Pozo-San Lorenzo, para asegurarse la posesión del área donde se asentaba la cabecera del distrito parroquial de Salamina en Encimadas. Y al original río Pozo le cambió el nombre: Pocito-Chamberí-Pozo (ver figuras 6 y 10).

Así se configuró una de las más grandes usurpaciones de tierras baldías de la nueva república de Colombia: un área más de tres veces mayor que la concesión Aranzazu, ahora con el nombre de González, Salazar y Compañía, que abarcaba 177 000 hectáreas correspondientes a lo que hoy son las extensiones sumadas de los municipios de Salamina, La Merced, Filadelfia, Aranzazu, Neira y Manizales, territorio en el que estaba vedada la titulación basada en la libre producción agropecuaria, en beneficio de la gran propiedad privada rentista que se cimentaba en la compraventa de tierras. El poblamiento y la ampliación de la frontera agrícola que de la mano de miles de colonos habían avanzado con dificultades no solo por la complejidad del medio geográfico, sino también por el enfrentamiento con los acaparadores de tierras, ahora enfrentaban una enorme barrera que contaba con el apoyo del gobierno de Antioquia, que siempre contemporizó con los procederes espurios de la Compañía (el propio Aranzazu fue gobernador de la provincia entre 1832 y 1836). Así, como asegura Roberto Luis Jaramillo, “Aranzazu y sus parientes se habían establecido como poseedores de las tierras frías, medias y calientes, destinando las medias a la agricultura y las altas y calientes para la ganadería. Además, había iniciado una especulación fundiaria, vendiendo montañas a los colonos que los habían apoyado en el pleito” (Jaramillo, 1989, p. 55). Y como bien lo dice Otto Morales Benítez, “…compañías como la de González, Salazar y Compañía, sucesora de la Concesión Aranzazu, se organizaron no para acelerar la colonización, sino para detenerla” (Morales, 1989, s. p.). Sin embargo, el resultado fue el contrario, porque obligó al continuo desplazamiento masivo de los colonos en busca de tierras sin propietarios. Y quienes permanecieron allí, a partir de esa componenda maquinada en Rionegro para apoderarse de toda la región del sur de Antioquia, se enfrentaron a los terratenientes generando un conflicto agrario de dimensiones mayúsculas que involucró no solo a miles de familias durante 24 años, sino a los nacientes distritos parroquiales que también pretendieron ser manejados como entidades privadas.



Figura 10. Muestra la extensión territorial de González, Salazar y Compañía, así como las rutas de Fermín López y Manuel María Grisales en busca de tierras baldías. Fuente: elaboración propia. Jorge Enrique Esguerra Leongómez.

Mientras se configuraba semejante tropelía al sur del río Pozo-San Lorenzo, al norte del mismo cauce los armeños, que aceptaron la “transacción” que hizo su apoderado, se contentaron con la mediana porción de tierras que les “cedió” Aranzazu hasta la quebrada Pácora. Por eso adelantaron las gestiones para realizar el último traslado de Arma Viejo a las cabeceras de esta quebrada, para conseguir el viejo anhelo de situarse en clima saludable a una altura de 1820 msnm, y sobre el nuevo camino que ya estaba trazado al sur de Aguadas hasta Salamina (ver figura 6). En 1832 la Cámara Provincial de Antioquia aprobó el traslado con el nombre de San José de Arma Nuevo (Hernández y Toro, s. f., p. 91-92), y con el tiempo se fue imponiendo el topónimo San José de Pácora, hasta que se generalizó y se hizo oficial la denominación sencilla de Pácora. Se trazaron la plaza, las calles y principales construcciones urbanas, y se distribuyeron las parcelas individuales para la producción agropecuaria “partiendo de la tierra desbrozada” por cada colono, por lo cual se considera este reparto “…como uno de los más democráticos en las tierras del sur de Antioquia” (Valencia, 2000, p. 71-74).

Debido a que el arreglo mañoso de las familias rionegreras en 1829 se hizo en la oscuridad de la vida civil, los habitantes de Salamina no se enteraron de las consecuencias que esa “transacción” les infringió. Porque cuando los armeños comenzaron a hacer el traslado de Arma Viejo en terrenos que habían pertenecido a Salamina y notaron que se erigía allí una nueva parroquia que le restaba feligreses, se originó una nueva pugna que nubló aún más el ambiente social enrarecido, porque hasta el cura párroco en propiedad, el padre Ramón Marín, que había llegado hacía tres años cuando se le aseguró su congrua sustentación, unió a todos los salamineños en defesa de sus intereses, desviando la mirada hacia esa nueva contradicción que había generado Aranzazu, para atenuar así por un tiempo el pleito por las tierras que le reclamaban los colonos al terrateniente (Esguerra, 2017, p. 143-148).

Pero cuando los desposeídos volvieron a hacer sus justos reclamos, el ahora gobernador de Antioquia, señor Juan de Dios Aranzazu, procedió, en 1833, a concretar las “donaciones” que había prometido, pero favoreciendo a sus parientes y testaferros con tierras en la privilegiada región de Sabanalarga, donde además propició la titulación de parcelas a sus antiguos colonos, entre ellos a la familia de Fermín López. A partir de esta época Salamina se constituyó en la “matriz de la colonización” (García, 197 p. 185-186), cuando los pobladores comenzaron a buscar nuevas tierras, en todas direcciones, alejadas de la influencia del tío materno de Aranzazu, Elías González Villegas, quien recibía instrucciones de su sobrino para vender pedazos de tierra a censo redimible” (Valencia, 2000, p. 54), mientras ejercía su accionar despótico contra los campesinos y emprendía el liderazgo de una colonización afecta a los intereses de la Compañía. Se consolidó así una tendencia que había debido ser erradicada con la Independencia, porque la concentración de tierras basada en la sujeción servil impuesta en la Colonia, así se vistiera en esos momentos con el ropaje mercantilista del beneficio individual de la renta del suelo, mantenía los lastres institucionales feudales que se oponían al exitoso avance colonizador fundamentado en la producción libre, que ya había comenzado a estructurar la nueva red de mercados locales y regionales.  

Con las fundaciones de Salamina y Pácora quedó consolidada la ruta colonizadora por la vertiente caucana de la cordillera Central hasta el empalme con el antiguo camino de Herveo, que procedente de las revitalizadas minas inglesas de Marmato y Supía, se desvió hacia el norte para buscar a Salamina, dejando a Sabanalarga definitivamente aislada y olvidada; y por La Palma contribuyó a generar, después de la mitad del siglo XIX, el poblamiento del oriente con San Félix y Marulanda a lado y lado del páramo, para conectarse, en la vertiente del Magdalena, con la otra ruta colonizadora procedente de Sonsón con rumbo a Mariquita y Honda (ver figura 10).


La nueva ruta colonizadora integra a Antioquia y Cauca:
Las fundaciones de Neira y Santa Rosa de Cabal 

Dentro del gran número de colonos que se dirigieron en busca de tierras libres de propietarios amenazantes se encontraba Fermín López, quien se propuso dejar el inmenso territorio de González, Salazar y Compañía. No está suficientemente documentada su decisión, que implicaba una posible ruptura con los terratenientes con los que antaño se había aliado, pero es fácil entender que existieron contradicciones por el reparto amañado de parcelas en Sabanalarga, en el que posiblemente salió perjudicado (Restrepo, 2006, p. 151). Y aun considerando la hipótesis de que obró en acuerdo con los representantes de la Compañía, e incluso que fue financiado por ellos para trazar la ruta que conectara a las provincias de Antioquia y del Cauca (Valencia, 2000, p. 77-78), en la mente de Fermín López estaba presente sin duda el aliciente de asentarse en tierras baldías, por lo que buscó cruzar la frontera sur de la Sociedad, el río Chinchiná. Entonces, emprendió con su familia el éxodo hacia 1837 y, creyendo haberlo conseguido, estableció una colonia agraria en San Cancio (hoy Manizales) para así sentar las bases para la fundación, unos años después, de la que será capital del departamento de Caldas (ver figura 10).

Como se ha señalado que Fermín López fue quien trazó la ruta colonizadora al sur de Salamina, si somos estrictos apreciamos que, después de salir de esta población, en 1837, no prosiguió por el trayecto montañoso que después será el habitual de los colonos y de la arriería, sino que tuvo que buscar el sendero del suroccidente —que después generó la población de Filadelfia— con rumbo al primer paso que utilizaron los conquistadores españoles sobre el río Cauca, el de Irra, para proseguir al sur hasta la desembocadura del río Chinchiná (Duque, 1974, p. 56-59); y creyendo continuar su cauce —en realidad siguió por el de su afluente el Guacaica— se encumbró para vadearlo y asentarse en climas sanos, a 2150 msnm, y supuestamente libres de propietarios. Pero cuando se enteró de su error de ubicación, partió de nuevo con sus parientes, vadeó el Chinchiná y se situó al norte de la provincia del Cauca con el propósito de fundar una población que sería la primera de origen antioqueño en esa jurisdicción del sur. 

Porque en realidad la senda colonizadora por las serranías al sur de Salamina fue trazada en los años siguientes, si apreciamos el primer testimonio de la existencia de esa nueva vía, proporcionado por el colono Manuel María Grisales en 1842, quien lo describió de su puño y letra años más tarde (ver figura 10). Venía procedente de Sonsón, y aunque no narró su recorrido hasta Salamina, debió salir de esta población hacia El Sargento (lugar donde será fundada la población de Aranzazu una década después), prosiguió siempre con la intención de buscar las cumbres para orientarse en su desplazamiento por entre la cerrada selva –la misma que motivaba a los colonos pioneros-, y al llegar al alto de El Cardal —aquí comienza la descripción detallada—, situado entre Aranzazu y Neira, divisó en la lejanía su posible meta al sur, un promontorio en forma de “morro gacho” (Morrogacho, cuchilla sobre la que se asentó Manizales), a la que se dirigió para continuar construyendo la colonia agraria que habían iniciado allí cerca Fermín López y su cuñado José Hurtado, en San Cancio. Y en ese recorrido encontró colonos en el sitio que después se conocería con el nombre de Neiraviejo, “…que pensaban en fundar población y que a la sazón se ocupaban de socolar y derribar el monte para la comunidad…” (Grisales, 1918, p. 7-8). Es decir, que la colonia agraria que estaban cimentando sobre el camino ya estaba propiciando el nacimiento de una plaza de mercado, connatural con un posible núcleo urbano. Simultáneamente, en ese mismo año (1842) Fermín López también estaba fundando una colonia agraria cerca a la quebrada San Eugenio, en territorio caucano, posiblemente en asocio con labriegos de esa región, que será el germen de Cabal (Santa Rosa).  

La presencia apresurada de Elías González en el paraje de Neira, a finales de 1842 (Duque, 1974, p. 141), fue motivada por el propósito de la Compañía de controlar las tierras del sur y de “…legitimarlas ante el temor de una invasión generalizada que condujese a la fundación de un pueblo por iniciativa de los colonos” (Valencia, 2000, p. 78). Y se entiende dentro de la intención manifiesta de Juan de Dios Aranzazu —presidente encargado de la República (1841–1842)— de unir las dos provincias para que esta fundación, como la de Cabal, contribuyera en la consecución de esa meta. El propósito era controlar el camino interregional ante la evidencia de que los colonos ya lo habían abierto. Dos documentos importantes testifican, apoyando la descripción de Grisales de 1842, que cuando se estaban formalizando las dos fundaciones, en 1843, esa “vereda” entre Antioquia y Cauca ya era una realidad: uno es un informe del Gobernador del Cauca, Jorge Juan Hoyos, en el que señala que “se ha descubierto ya por personas que desean establecerse en aquel desierto, una vereda por la cual se transita de Cartago a Salamina sin pasar el río Cauca”, y que “se ha podido introducir marranos por ella a Medellín” (López, J. F., 1960, p. 87-88); y el otro es un documento cartográfico, un mapa de G. De La Roche, también de 1843, que describe la ruta completa desde la Parte de la Provincia de Antioquia, con Salamina, al norte, hasta Caly, al sur, en la Parte de la provincia de Popayán, ruta donde ya aparecen Neyra y Sta. Rosa ó Cabal (ver figura 11).



La decisión de Elías González, aprovechándose de su papel de supuesto propietario e intentando fundar a su amaño con colonos testaferros, fue la de elegir el lugar para la nueva población en un paraje aledaño a unas minas de oro en El Guineo, también supuestamente suyas, pero desligadas de la cuchilla que proseguía a Morrogacho, que era el cauce natural para circular que la práctica les había enseñado a los colonos, por lo que el desarrollo de esa ‘fundación’ estuvo desde sus inicios debilitado por su localización y, además, escenificado por las pendencias entre los colonos pioneros y la Sociedad acaparadora de baldíos. El principal opositor de Elías González, el colono empresario Marcelino Palacio, apoyado por los labriegos, “empezó a plantear públicamente que Elías González no tenía poderes para repartir tierras y que estas eran del Gobierno, ‘que coja cada uno los solares que quiera’” (Valencia, 2000, p. 84). Así, el conflicto se agudizó en este nuevo escenario, porque en Salamina aún persistía desde 1824, y no se veían posibilidades de solución. Como Palacio apreciaba que esa ‘fundación’ tenía limitantes por su constitución espuria al servicio de intereses particulares, indagó en pos de concretar una nueva fundación en donde se estaba construyendo una colonia agraria desde que Fermín López la inició en San Cancio y Manuel María Grisales y otros la continuaron en Morrogacho y otras zonas aledañas. En verdad, desde 1846 los moradores de esta zona productiva estaban pensando en fundar una población que les sirviera de centro para proveerse de los artículos necesarios para la vida, pues Neira y Salamina, de donde provenían, les quedaban muy lejos, dadas las malas trochas que les servían de caminos” (Pinzón, 1924, p. 6).


Figura 12. Mapa que ilustra la consolidación del eje que partía de Sonsón (1800) y concluía con la fundación de Manizales 50 años después. Fuente: elaboración propia. Jorge Enrique Esguerra Leongómez.

Por eso Marcelino, seguramente guiado por su espíritu visionario subió al nevado del Ruiz acompañado del técnico de minas de Marmato, el alemán Guillermo Deghenharh, para darse cuenta de que la ubicación de esa colonia agraria, al suroriente de la de Neira, traspasando el río Guacaica, comunicaba no solo con las provincias de Antioquia y Cauca, sino también con la de Mariquita. Por eso varios colonos orientados por Palacio y dirigidos por Joaquín Arango se propusieron abrir la senda que los pusiera en comunicación con el valle del Magdalena y, finalmente establecida la comunicación, se organizó la famosa “expedición de los veinte”, en 1848, que partió de Neira para dirigirse hacia esa región donde la “comunidad” consolidaba un posible mercado, situado en el lomo de la serranía, en la incipiente encrucijada caminera más importante del centro occidente de Colombia, y que tomará el nombre de Manizales (ver figuras 10 y 12).

4.    MANIZALES, NÚCLEO DE LAS COMUNICACIONES DEL CENTRO OCCIDENTE DEL PAÍS

Un mercado amenazado en el cruce de caminos     

Ninguna de las acciones previas que se adelantaron con el propósito de fundar la colonia urbana en Morrogacho tuvo la acción directa o el apoyo de la sociedad de González y Salazar ni mucho menos del gobierno de Antioquia que la auspiciaba. Solo cuando los representantes de la Compañía se dieron cuenta de esa realidad procedieron a actuar solícitos, cuando fue sancionada la ordenanza de la fundación del distrito de Manizales, en 1849, por el gobernador, Jorge Gutiérrez de Lara, que era además uno de los socios de González y Salazar. Y es notable que el gobierno nacional, a cargo de Tomás Cipriano de Mosquera (1845-1849), desconociera dicha Sociedad porque expidió disposiciones mediante las cuales se adjudicaban tierras baldías a nuevas fundaciones y a pobladores que se establecieran sobre el camino de Bogotá a Medellín por el nevado del Ruiz (Santa, 1993, p. 83-85). Específicamente, un decreto de 1848 destinaba “doce mil fanegadas de tierras baldías” para el establecimiento de una población en “la inmediación de Montaño” (Morales, 1989), es decir, por donde comenzaba a subir el camino que habían abierto los colonos al páramo del Ruiz. Y otro decreto, de 1849, complementó la anterior para favorecer a la población que posteriormente se llamó El Líbano, en la provincia de Mariquita (Santa, 1993, p. 85). Sin duda Mosquera apreciaba que esa ruta que abrían los colonos integraría al centro occidente de Colombia con el resto del país en su perspectiva integradora al comercio internacional, y en armonía con los reformadores de medio siglo que pretendían remediar el problema de las tierras no resuelto desde la Colonia.

El mercado previsto por los campesinos que laboraban en el eje Morrogacho-San Cancio-Minitas-La Enea se organizó efectivamente, a principios de 1849, lo más cerca posible del cruce de caminos (Esguerra y Sierra, 2004, p. 152-153), donde ya se había trazado la plaza cuadrada y se habían tirado a cordel a partir de ella las calles y se habían repartido los solares para la iglesia, la cárcel y para los protagonistas principales de la fundación. José María Restrepo Maya, uno de los cronistas pioneros de Manizales, afirma que cuando fueron convocados los agricultores por Marcelino Palacio para exponer en la plaza los sobrantes de la producción parcelaria, “se vendió todo” (Restrepo, 1990, p. 109-110).

La prosperidad del poblado fue creciendo sin obstáculos, porque la influencia perniciosa de González y Salazar, que había estado concentrada en fortalecer su poder en Neira, apenas estaba tratando de manipular la situación en la naciente fundación para usufructuar los logros productivos y civilistas que le habían sido ajenos. Y poco a poco lo fue logrando, incluso cooptando para sus intereses a algunos miembros fundadores, mediante la astucia de proclamarse “donantes” de los terrenos donde fue erigido el poblado, pero también amenazando con incendiarlo, en 1851, si no le aceptaban sus pretensiones (Valencia, 1999, p. 31). El conflicto de tierras se desbordó cuando los cabildos de Salamina, Neira y Manizales, que antes se habían opuesto a la Compañía, reconocieron sus posesiones, ante lo cual los colonos rechazaron los acuerdos que los obligaba a comprar las tierras. Y como se negaron a salir de sus parcelas, la Sociedad procedió al desalojo violento de los campesinos, incluso prendiendo fuego a ranchos con familias dentro, acciones que ocasionaron ese año el asesinato de Elías González cerca de Manizales. Finalmente, con la intervención del gobierno nacional, en 1853 se logró poner fin a las querellas con los distritos parroquiales, mediante la aceptación que hicieron de “donar” los terrenos donde estaban asentadas las poblaciones, pero a cambio de lograr la Compañía el reconocimiento de sus inmensas posesiones, con el consiguiente perjuicio para miles de familias de labriegos. La distribución y titulación de las tierras se continuó guiando, por consiguiente, según el poder adquisitivo de los compradores y no por el trabajo libre y productivo de los colonos. Así, los mejores y más grandes fundos generalmente fueron destinados a la ganadería extensiva, y los más apartados de las laderas acogieron a los medios y pobres labriegos aferrados a los cultivos de pancoger.

El Gibraltar antioqueño”   

Un testimonio importante en la reciente vida de Manizales menos de dos años después de su constitución como distrito parroquial, en 1852, el del jurista y escritor payanés Manuel Pombo, es significativo: procedente de Medellín con destino a la capital de la República, en una pausa de tres días en la aldea, observaba que “los antioqueños han escogido bien este punto y pueden hacer de él una plaza formidable en la guerra o floreciente en el comercio con sus vecinos los caucanos y marquetanos: militar y comercialmente se presta a ser posesión de primer orden y a seguir un incremento más rápido que el de las demás poblaciones de Antioquia” (Pombo, 1914, p. 114). Aguda observación premonitoria, en tiempos de confrontaciones civiles, que advierte condiciones favorables del caserío en su localización para la estrategia castrense, pero sin duda relacionadas con una plaza “floreciente en el comercio” con las provincias vecinas. Porque es claro que allí no había existido ninguna motivación de orden militar para localizar la población, tal como lo hemos narrado, sino al contrario, motivos eminentemente económicos fueron los que movieron a los colonos para lograrlo con éxito. Por eso el viajero calificó a Manizales, en 1852, como el “Gibraltar antioqueño”, sin duda al compararla con aquel estrecho famoso que históricamente ha posibilitado las comunicaciones entre dos mares y dos continentes, y que gracias a eso al despuntar la era moderna lo convirtió en baluarte militar de los ingleses en el Peñón del mismo nombre del estrecho. Así, Pombo vislumbró las posibilidades estratégicas de la nueva plaza encumbrada, porque ocho años después Manizales fue el baluarte militar del sur de Antioquia en la guerra civil que la enfrentó al estado del Cauca, e igualmente, en 1876, repitió su papel en otro conflicto bélico con su vecino. Y a pesar de que las guerras traen desastres, se ha señalado que aquel villorrio recibió grandes beneficios al concentrar el gobierno de Antioquia en esa población grandes recursos para sostener a cientos de soldados a los que había que mantener durante la contienda.  

El hecho de que Manuel Pombo hubiera escogido la ruta por Manizales en su viaje entre Medellín y Bogotá, y no la que se había abierto hacía más de treinta años por Sonsón directo a Mariquita y la Capital de la República, indica que el camino que le había dado vida a la nueva fundación era ya el más importante que comunicaba a Antioquia con el río Magdalena y con Cundinamarca. Esto lo ratifica también la decisión que tomaron los integrantes de la Comisión Corográfica dirigida por Agustín Codazzi ese mismo año, que transitaron en sentido inverso por este camino, seguramente porque era el que les proporcionaba mejor información para el levantamiento del mapa nacional, que les había sido encomendado por el gobierno republicano de Mosquera. La razón de la preeminencia regional de esta vía se la puede explicar por su papel de enlace de los incipientes mercados que a partir del propio Sonsón hacia el sur, después de superar el cañón del río Arma, se habían consolidado en el lapso de medio siglo: Aguadas, Pácora y Salamina comenzaban a ser centros importantes de producción agropecuaria que, gracias al comercio de la arriería, intercambiaban sus productos con los revitalizados yacimientos mineros del occidente.

El autoconsumo, que en la Colonia había sido la norma en la agricultura, estaba cediendo ante las posibilidades de comerciar con los sobrantes de pancoger y, en la medida en que el volumen de las cosechas de maíz permitía el engorde de cerdos para ser vendidos, esta actividad se convirtió en el principal renglón comercial en las zonas de frontera, porque introdujo al pequeño propietario en una economía de mercados (Brew, p. 191-192). La descripción que hace Pombo de Salamina deja ver que allí el comercio era importante, porque, aunque anota que la mayor parte de sus habitantes se dedicaban a la agricultura, existían “tiendas muy abastecidas de telas, granos, licores, etc.” (Pombo, 1914, p. 74-75). Precisamente en esta población el escritor viajero se encuentra con los miembros de la Comisión que le previenen sobre el estado deplorable del camino que le restaba por recorrer, y uno de ellos, Enrique Price, dibuja una acuarela que testimonia el aspecto rústico del caserío (ver figura 13). Es decir, dentro de los rasgos de ruralidad y atraso civilizatorio, sustentados en la arriería subyacían los fundamentos de unas nuevas relaciones económicas basadas en la consolidación de un mercado interno y en la demanda de bienes que antes eran impensables en Antioquia.

Por el contrario, la ruta de Sonsón hacia el suroriente buscando al río Magdalena, si bien había desplazado en su papel al antiguo camino de Herveo, no contaba con una red de mercados regionales similares a los de la vertiente caucana (ver figuras 12 y 14). Esa vía, igual que la de Nare, no se diferenciaba aún de las anacrónicas condiciones del comercio que imperaron en la Colonia, las que habían estado circunscritas exclusivamente al intercambio internacional entre el oro antioqueño y lo que no producía la provincia. Por eso, el afianzamiento de las circunstancias que posibilitaron la construcción de un mercado regional, inexistente antes de la Independencia sobre la ruta que ampliaba la frontera agrícola por la vertiente caucana, tiene su colofón con el nacimiento de Manizales sobre el camino que podemos definir sin ambages como el primero y, acaso el más importante, de la era republicana. Porque esta población comenzaba a constituirse en el tensor sur de la vía, el núcleo que fortaleció definitivamente las relaciones del centro occidente del país con el río Magdalena y con Bogotá.


Figura 13. Salamina. Acuarela de Enrique Price (1852).
Fuente: Colección de Arte. Banco de la República

Manizales se inicia como ciudad importadora

Se han señalado como factores del rápido progreso de Manizales dos hechos económicos importantes: uno, el que en 1851 una enfermedad en el cacao de Antioquia obligara a importarlo desde el Cauca, convirtió al naciente distrito parroquial en intermediario de ese mercado agenciado en sus inicios por los comerciantes de Medellín, pero que, poco a poco, mediante el contrabando, los manizaleños lo fueron controlando; y dos, su fundación coincide con la introducción de la navegación a vapor por el río Magdalena y el auge de las plantaciones de tabaco para la exportación en Ambalema, por lo que la primera comunicación de Manizales con los mercados internacionales se hizo por el nevado del Ruiz hacia el también recién fundado Líbano, para confluir en aquel puerto exportador de la hoja. Esta fue la vía inicial que comenzó a convertir a Manizales en ciudad importadora para abastecer al centro occidente del país, y la posicionó como núcleo de las comunicaciones regionales del Tolima, el Cauca, Antioquia y la región minera de Marmato y Supía. Por eso, la competencia que comenzaba entre Sonsón y Manizales para darle a la aislada provincia de Antioquia una salida al país y al mundo, se fue inclinando a favor de la recién fundada al constituirse en el núcleo del nuevo mercado regional generado en la confluencia de las tres provincias, basado en recursos del agro, pero también en una plaza comercial importadora y distribuidora de primer orden para el centro occidente del país.

La consolidación de esta ruta por la vertiente caucana, a partir de la fundación de Manizales, generó dos hechos significativos: por una parte, ante el hecho de que Neira no despegaba debido a que “el camino que del norte conducía por la cuchilla al sur, dejaba al poblado muy a la vera occidental” (Morales, 1992, p. 32), los residentes que estaban asentados en el apartado lugar, a partir de 1849 comenzaron a trasladarse en forma dispersa al sitio de Criaderos, situado en la ruta por la cuchilla que conduce a Manizales por Pueblo Rico, traslado que concluyó hacia 1856, año en que se trazó a Neira Nuevo, para así lograr al fin conseguir su papel de mercado regional importante sobre el principal camino del sur de Antioquia (ver figuras 12 y 14); por otra parte, los campesinos que constituían una colonia agraria en torno al sitio de El Sargento, entre Salamina y Neira, con el propósito de crear un mercado “a una distancia media de todos los vecinos”, votaron para escoger el lugar fundacional, en 1853, al que se le asignó inicialmente el nombre del sitio (distrito de El Sargento) y más tarde el de Aranzazu (López, 1960, p. 96-128).


Figura 14. Mapa que explica el papel de Manizales como centro de las comunicaciones de la región centro occidental del país, que la llevó a ser capital del departamento de Caldas en 1905.
Fuente: elaboración propia. Jorge Enrique Esguerra Leongómez.

En ninguno de estos dos hechos la compañía de González y Salazar intervino ni hizo “donaciones”, debido a que las zonas donde se erigieron eran propiedad de otros particulares que las cedieron para concretar las fundaciones. Por lo cual es infundada la falsedad, en el caso de Aranzazu, de que el donante y benefactor había sido el terrateniente —que había muerto en 1845— para inducir el nombre que se le asignó a la nueva población (López, 1960, p. 79-80). Así, con la consolidación de este camino, toda la provincia de Antioquia encontró el vínculo más expedito con la nueva era republicana: la del mercado regional que presagiaba su entronque con los mercados internacionales, cuando el café sea el que reemplace al oro en esas transacciones.

Solo con la apertura de las comunicaciones de Manizales con el río Magdalena, en torno a su fundación, la región del oriente, perteneciente al estado del Tolima, comenzó a tener una activación importante, porque su desarrollo había sido lento y débil a partir de Sonsón y Salamina por los páramos, si lo comparamos con el ocurrido por la vertiente caucana que hemos descrito. Así, las fundaciones de colonias agrarias que le dieron vida a futuros municipios del oriente de Caldas como Pensilvania (1866), Manzanares (1867), Marulanda (1877), y Marquetalia (1885), para no citar sino a los que se asimilan a las condiciones de altitud y de clima de las del lado opuesto de la cordillera Central, comenzaron a organizarse en la segunda mitad del siglo XIX cuando Manizales ya estaba despuntando en su vida urbana. A ello contribuyó también la construcción del segundo camino de esta población al río Magdalena, por el páramo de Aguacatal hasta el puerto de Honda, concluido en 1872 (ver figura 14).

Y también Manizales pasó a ser el epicentro de la continuación de la colonización hacia el sur, aquella que había iniciado Fermín López en territorio caucano, para ocupar las regiones montañosas que hoy corresponden a los departamentos de Risaralda, Quindío y norte del Valle. Ese flujo poblacional entró en contacto con el valle del río Cauca por Cartago, y con el río Magdalena por el camino del Quindío, entronques que le comenzaron a dar enorme importancia a las fundaciones de Pereira (1863) y de Armenia (1889). Otra vinculación importante de Manizales fue con la región del occidente, directamente al valle del Risaralda por la vía de Neira hacia el paso de Irra, a la que contribuyó con el comercio de importación, a cambio fundamentalmente del oro de las minas de Marmato y Supía.

Observemos el mapa de la figura 14 en el que se evidencia cómo las regiones dispuestas en los cuatro puntos cardinales de Manizales habían tenido, unas más y otras menos, algún tipo de desarrollo en la Colonia, pero nunca habían logrado una integración efectiva porque las separaba el otrora inmenso territorio desierto y baldío de la vertiente caucana de la cordillera Central, que ahora era ocupado por la telaraña de mercados regionales que tenía como núcleo a Manizales. Y su importancia en lo económico la lleva a posicionarse rápidamente como preeminente en los campos político y demográfico. Aupada por ser baluarte militar antioqueño en su confrontación con el Cauca, en la guerra de 1860 alcanzó provisionalmente la categoría de prefectura, pero después de la de 1876, gracias a la importancia que adquirió durante ella, consiguió de manera definitiva constituirse como capital de la provincia del Sur de Antioquia. Ya desde 1970 el factor poblacional comenzaba a ser un indicador determinante de la jerarquía que adquirió en los primeros años de su constitución, porque ese año, con 10.362 habitantes, Manizales sobrepasó a las más antiguas: Salamina, con 7.792, y Aguadas, con 8.837. Y según los datos que aporta Manuel Uribe Ángel, en 1885, con 14.603 habitantes, también sobrepasaba en población a Sonsón que contaba con 13.935, y así se imponía como la segunda ciudad en población de Antioquia después de Medellín. Su erección como sede de la Diócesis en 1900, que le dio su independencia en lo eclesiástico, presagió su autonomía en el campo civil en 1905, cuando alcanzó el rango de capital del nuevo departamento de Caldas.

Manizales se afianza como productora: del oro al café.

Contrario a lo que se cree sin fundamento, el cultivo del café para la exportación no desempeñó papel importante en Manizales y la región antes de finales del siglo XIX. Aunque existieron esfuerzos de algunos empresarios para cultivarlo con fines de exportación desde las décadas del sesenta y setenta, los datos de los viajeros alemanes Alfred Hettner y Friedrich von Schenck, que visitaron la región de colonización del sur de la provincia en los inicios de la década de los ochenta, no muestran índices significativos de su cultivo en esos años (Esguerra y Sierra, 2004, p. 207-209). También Manuel Uribe Ángel, en 1885, ratifica esa apreciación cuando se refiere a Manizales: su “valioso tráfico comercial” estaba constituido por la producción agrícola regional de “maíz, frísoles, plátano, arroz, trigo, cacao, caña de azúcar, etc.”, y no menciona el café ni siquiera como “tráfico menor”; y sobre las transacciones internacionales agrega que “muchas casas de comercio introducen sus géneros a la plaza directamente de Europa” (Uribe, 1885, p. 361).

En verdad, los primeros treinta y cinco años de la vida económica de Manizales se caracterizaron por el comercio de importación tanto de bienes agropecuarios nacionales (cacao, tabaco, azúcar, panela, ganado), como de herramientas y telas principalmente del exterior destinados para su consumo y para ser distribuidos en la región. Entonces, si no era una ciudad productora para la exportación, ¿cómo compensaba la balanza comercial? Todos los indicios apuntan al oro como medio de cambio que le permitía introducir, principalmente desde el río Magdalena, los bienes básicos que requería según su favorable relación valor-peso. En este aspecto, las condiciones de Antioquia no habían variado en lo fundamental desde la Colonia, puesto que la minería aurífera continuaba siendo su sostén económico, ahora revitalizada por la introducción de técnicas inglesas. El investigador económico Roger Brew anota al respecto que el oro, y en menor cantidad la plata, fueron las únicas exportaciones permanentes antes de que los cafeteros pudieran superar la competencia y las bajas en los precios (Brew, 1977, p. 100-101). Y aunque las más ricas minas de filón eran monopolizadas por los empresarios ingleses, los mineros independientes, los mazamorreros y los guaqueros contribuían en la construcción del mercado interno y externo del sur de Antioquia.

Si es cierto que antes de 1880 tuvo alguna significación la exportación de café desde Manizales, después, en los primeros años de esa década, debido a la baja en los precios internacionales, el cultivo se vio desestimulado y bajaron las ventas al exterior. Fue la primera crisis de la caficultura que soportó la región, presagiando la dependencia que ha tenido siempre Manizales (lo mismo que Colombia) de este monocultivo, que a pesar de que no es ni esencial ni estratégico para las economías industrializadas, bien les sirve como producto intercambiable para asegurar la exportación de bienes esenciales y procesados dentro de la nueva “división internacional del trabajo”, que destina a los países de la zona tropical a ser productores exclusivos de lo que no se puede producir en las naciones industrializadas (Robledo, 1998, p. 48-67). Solo después de 1887, cuando se reactivaron los precios del café, los hacendados manizaleños organizaron la producción para la exportación sobre la base de las ganancias que habían obtenido en los cultivos de caña, la ganadería, la arriería o los remates de licores (Valencia, 1999, p. 184).

Ese despegue económico, que logró que la exportación equilibrara el costo de las importaciones, hizo que el centro de gravedad de la producción cafetalera para la exportación comenzara a pasar del oriente (los Santanderes y Cundinamarca) al centro occidente del país, con una característica inédita que respondía a las apropiadas características climáticas y de topografía de la región, en conjunción con las particularidades de la propiedad de la tierra: el cultivo del grano se propagó no solo en las posesiones de los comerciantes empresarios que la habían impulsado, sino también en las tradicionales fincas maiceras de medianos y pequeños propietarios, precisamente en aquellos recónditos lugares de ladera a los que muchas familias campesinas habían tenido que apartarse ante la especulación rentista impuesta por las sociedades que habían continuado con las prácticas excluyentes de la compañía de González y Salazar. Así, miles de familias que se aferraban a la seguridad alimentaria de su finca autárquica, se vincularon a la producción de café para la exportación, cuyo ingreso era casi que “puro excedente” de su base cultivable de pancoger (Robledo, 1998, p. 85). Pero como el crédito era indispensable para la inversión de estos productores y los bancos solo estaban ubicados en Manizales (en 1875 se creó el primero), en Salamina (en 1897) y en Pereira (en 1898), la fonda se consolidó como intermediaria usurera de las regiones más apartadas. 

El café reactivó la red de mercados regionales que se había venido afirmando desde la Independencia, y la arriería, en consecuencia, adquirió un papel determinante en su consolidación, que ahora se relacionaba directamente con el internacional, porque los medios de comunicación modernos aún no habían entrado en estas abruptas regiones. Esta fue la base que le dio definitivamente la autonomía económica a la región que tenía a Manizales como su pivote comunicacional, porque cuando fue reconocida como capital del nuevo departamento, en 1905, el café ya había sobrepasado a los metales preciosos como principal producto de exportación, alcance económico que solo lo logró la de Medellín después, en 1913 (Brew, p. 101).  Es decir, que un renglón agrícola, por primera vez desde la Independencia, se había impuesto sobre la extracción de oro en un territorio que había comenzado a ser ocupado cien años antes. Así, después de casi cuatro siglos de vasallaje y expoliación extranjera, una conquista económica sostenía y fortalecía lo logrado por la independencia militar y política en 1819, y no es exagerado afirmar que el nuevo departamento era el escenario principal de ese cambio significativo ocurrido en Colombia en los inicios del siglo XX.

Del atraso a la modernización preindustrial

Sin embargo, esa conquista económica, que llevó a crear el departamento de Caldas, se logró dentro de condiciones de enorme atraso en todos los órdenes. El café y los artículos importados se transportaban por los mismos caminos de herradura que se habían abierto después de la fundación de Manizales, acaso con algunas mejoras en puentes y empedrados, y las mulas y los bueyes continuaban siendo los medios de carga imperantes. No existía prácticamente ningún rasgo de modernización y las actividades productivas estaban circunscritas a la ruralidad agropecuaria. En ciudades como Manizales no había asomos de industrialización y apenas prosperaban pequeñas factorías artesanales. Las nuevas actividades relacionadas con el cultivo del café, que se realizaban dentro de la finca (cultivo, recolección y beneficio), a pesar de que se sustentaban sobre la perspectiva de una nueva época, al establecerse sobre presupuestos educativos y técnicos muy precarios, comenzaron a constituirse como oficios artesanales aprendidos de padres a hijos, los mismos que hoy aún se mantienen. Y los procesos que se debían hacer externos a la parcela, como la trilla, eran muy rudimentarios y se hacían bajo condiciones de trabajo extenuantes muy mal pagos, y, especialmente, muchas mujeres vinculadas a ellas eran sobreexplotadas. En términos generales, mientras en los países consumidores de café los avances en el desarrollo eran ostensibles, en Colombia, que ya se posicionaba como segundo país productor y exportador de la rubiácea después del Brasil, la situación de la técnica en la producción y en los servicios públicos prácticamente no se diferenciaba en casi nada de la que imperaba cuando el país era dependiente de España.

Por consiguiente, el futuro que le esperaba al nuevo departamento era el de lograr la modernización en todos los órdenes, especialmente en la que tuviera que ver con la producción y el transporte del café a los destinos internacionales. Por eso, solo con el incremento de la exportación cafetera en la década del veinte del nuevo siglo, cuando el departamento iniciaba su derrotero autónomo, se comenzaron a transformar rápidamente las condiciones prevalecientes. A los recursos conseguidos con las primeras bonanzas cafeteras se agregaron además cuantiosos caudales procedentes de parte de los 25 millones de dólares que llegaron al país como “indemnización” por el robo de Panamá y también de empréstitos (a Caldas llegaron 10 millones) que fueron destinados a obras públicas del departamento. Principalmente, el transporte fue el renglón que empezó a marcar el cambio en la percepción de los caldenses entre lo que era el atraso y la modernidad. Y arrancó con el cable aéreo que comunicó a Manizales con Mariquita, en 1922, y prosiguió con la entrada triunfal del ferrocarril a la capital caldense, en 1927, medios modernos que agilizaron la exportación del café a Europa y Estados Unidos, el primero hacia Honda y Barranquilla, y el segundo hacia Buenaventura.

Gracias a los beneficios de la exportación del café, las transformaciones no solo abarcaron las infraestructuras del transporte, sino que lograron mejoras en los servicios públicos, entró la energía eléctrica y se perfeccionaron algunas técnicas manufactureras con la importación de maquinarias. Como lo afirma Jorge Enrique Robledo, “…con el auge del café se produjo, entre finales del siglo XIX y 1930, el más rápido y prolongado período de crecimiento económico que se diera en el país desde la llegada de los españoles” (Robledo, 1998, p. 127). Esa época que antecedió la crisis mundial de 1929 era de una abundancia nunca antes vista (se la llamaba “danza de los millones”) en que la oferta de bienes importados se incrementó notablemente sin la correspondiente capacidad de compra de las mayorías que tenían que endeudarse para conseguirlos y aparentar subir un escalón en la escala social. El contacto de muchos manizaleños con Europa los llevó a tratar de plasmar en su ciudad una imagen urbana semejante a la de París, y cuando ocurrieron dos catastróficos incendios, en 1825 y 1826, que destruyeron todo el centro comercial junto con los edificios públicos y la catedral, esa fue la ocasión propicia para lograrlo cuando lo reedificaron, integrando por primera vez nuevas técnicas constructivas y profesionales graduados en ingeniería y arquitectura (Esguerra, 1992) (ver figura 15).
     


Figura 15. El centro de Manizales con arquitectura “de estilo”, debía proyectar una imagen urbana aproximada a la de París. Hotel Europa (hoy edificio Sanz) y Palacio Nacional (ya desaparecido).
Fuente: archivo fotográfico de Manizales (propiedad pública) Proceso técnico de imagen: diseñador visual Diego Bustamante Giraldo.

Pero es un período de modernización dentro de condiciones todavía preindustriales, porque todo el empeño productivo se desarrolló de ahí en adelante en torno al cultivo y exportación del grano, y es muy poco lo que se avanzó en proporcionarle valor agregado, actividad que con el tiempo ha sido asumida directamente por los grandes monopolios extranjeros de alimentos. Y es precisamente en torno de esos años de “prosperidad a debe”, seguidos de la gran crisis del 29 con sus graves repercusiones en el país, que se pueden detectar los cambios en la orientación que tomaron las decisiones de los gobiernos, porque sus efectos mostraron la evidencia de la nueva dependencia económica que se entronizaba, porque las decisiones con respecto a la producción del monoproducto exportador comenzaron a ser regidas por los países consumidores.   

Pero ese cambio no se dio solo en los derroteros productivos y en su correspondiente creación de riqueza, sino que también el paso de los caminos de herradura a los medios de transporte modernos transformó radicalmente las formas del poblamiento y de distribución regional. Porque si hemos constatado a lo largo de este escrito que el progreso o la decadencia de los asentamientos urbanos dependían estrechamente de la actividad de las rutas de la arriería, y los efímeros cables aéreos y el ferrocarril, pero después las permanentes carreteras, transitan con otras lógicas que favorecen su efectividad, entonces se transmutan radicalmente las jerarquías viales y urbanas. Porque los caminos se ajustaban estrechamente a las condiciones topográficas de la región, a los ritmos de las jornadas entre las montañas, a los caprichosos vericuetos de los cañones y las cuchillas y a los riesgos de los abismos y los barriales. Por el contrario, los medios modernos evaden esas particularidades y dejan a la vera de sus recorridos al entretejido de sendas, fundos y mercados que construyeron el territorio caldense durante un siglo, hasta tal punto que Pereira y Armenia comenzaron a disputarle a Manizales la supremacía regional, circunstancia que sin duda incidió en la segregación de los departamentos de Risaralda y del Quindío, en 1966. Se ha argumentado que la capital de Caldas está ubicada en el centro del triángulo de oro de Colombia –Bogotá, Medellín y Cali-, pero hoy constatamos que las comunicaciones directas entre sus vértices ya no pasan por Manizales.  

Por eso, es preocupante la situación de las poblaciones que crecieron sobre el camino inicial que le dio vida al departamento de Caldas, que hacían parte del eje económico más importante del país hace cien años: el que describe el historiador urbano Fabio Botero como eje Yarumal-Medellín-Manizales, basado en los estudios que realizara en esa época J. F. Vergara y Velasco (Botero, 1991, p. 209). Y Manizales, localizada en el extremo sur de ese eje, era la tercera ciudad en importancia económica, después de Bogotá y Medellín, y la cuarta en población, superada estrechamente por Cali (Esguerra y Sierra, 2004, p. 211-212). Pero cuando las troncales nacionales comenzaron a separarse radicalmente del sistema que configuró el mercado interno —volvieron al cauce del río Cauca—, el eje Sonsón-Manizales quedó encerrado en sus encumbradas montañas solo viviendo del monocultivo cafetero que aún le da aliento, porque ni el maíz es ya factor importante de mercado, ante las grandes importaciones con bajos aranceles que se imponen cada vez con más impacto en la desvertebración del mercado interno. Y con el preocupante panorama de que el grano ya no sale de la crisis que se ha tornado permanente, porque desde hace treinta años, con el rompimiento del Pacto Internacional del Café (1989), las decisiones sobre los precios ya no solo están determinadas por los cambios en la oferta —heladas del Brasil, por ejemplo— y la demanda crisis internacionales—, sino que se rigen por la especulación de la intermediación comercial y financiera de los países consumidores que son los que imponen los precios. Y hoy advertimos con verdadera desazón, que desde 1995 el café ha sido desplazado por los productos extractivos para la exportación —el petróleo, el carbón y el gas— que nos recuerda a la dependencia colonial de hace doscientos años.

En otras palabras, si en condiciones preindustriales el auge relativo de las poblaciones dependía de la importancia de las rutas de la arriería en estrecha relación con el mercado interno, cuando se transforman los medios de transporte en beneficio del externo, pero principalmente en el de las importaciones, los núcleos urbanos, que se mantienen bajo parámetros de baja productividad industrial, quedan sometidos al designio de rutas que ya ni siquiera son las principales. Ante estos índices tan preocupantes, solo nos queda por aprender la lección histórica de cómo un empeño social por la consecución de condiciones dignas de vida solo es posible dentro de condiciones de independencia. Porque si esta se pierde, quedan a la deriva todas las conquistas conseguidas durante años de obstinada lucha y duro trabajo. La indagación por las causas de estos desajustes actuales, que no era el objeto de esta exposición, tendrá necesariamente que contar con el análisis y discusión de lo que aquí se ha expuesto en clave de historia.

EPÍLOGO

El departamento de Caldas, nueva jurisdicción nacional basada en su autonomía

Nos hemos propuesto demostrar que la Independencia lograda por la vía militar repercutió decididamente en la creación del departamento de Caldas cien años después, y que el cultivo del café para la exportación, escenificado en este territorio, fue el bastión que le permitió al país consolidar la soberanía económica. Hemos sostenido que las mismas causas que originaron el levantamiento armado en contra de la dominación española en la Nueva Granada son las que propiciaron los grandes desplazamientos poblacionales que ocuparon el territorio que cien años después fue catalogado como el “departamento modelo de Colombia”.

Las sociedades coloniales adolecen de todos los males que provienen de su estado dependiente, al sustentarse en la expoliación y el saqueo mediante el sometimiento externo impuesto por la fuerza o por medio de argucias económicas e ideológicas más sutiles que inducen a la sumisión servil. Y en el proceso que hemos descrito, sobre el territorio que hace doscientos años estaba casi despoblado y baldío sobre la cordillera Central, encontramos que las fuerzas despojadas e inconformes, pero ávidas de libertad y autonomía, y decididas a conseguir un sustento digno, procedentes de las regiones circundantes que lo ocuparon, contribuyeron innegablemente a consolidar el triunfo anticolonialista logrado con las armas en otros territorios patrios. Allá se venció a las tropas invasoras, pero aquí se construyó prácticamente desde cero el germen de una economía agraria independiente que contribuyó a sacar al país de la sujeción colonial extractivista, enfrentando a quienes trataron por todos los medios de impedirlo para mantener las condiciones de sujeción e indignidad y, por tanto, para prolongar los privilegios coloniales sobre la tierra en plena era independiente.

Y se fue más allá, porque uno de los soportes de las naciones emancipadas, además de su soberanía política y militar, es la construcción de las bases materiales que permiten que los invaluables recursos naturales y humanos puedan potenciarse precisamente para garantizar esa independencia. Porque uno de los rasgos definitorios de esta gesta, que podríamos definir como caldense, fue la consolidación, mediante la producción cafetera para la exportación, de un mercado interno agropecuario que garantizó la seguridad alimentaria de miles de familias del campo y la ciudad desde finales del siglo XIX.

Esto nos lleva a plantear que las intenciones que en su momento llevaron al gobierno nacional a crear el departamento de Caldas, que fueron manifiestas en el sentido de que serviría de “cuña” territorial para separar a las jurisdicciones de Antioquia y Cauca, opuestas en las guerras civiles que desangraron al país, en realidad obedecieron a la autonomía económica y política que ya ostentaba Manizales y su región en los inicios del siglo XX. Porque como lo hemos narrado hasta aquí, la dependencia de la capital del cantón sur de Antioquia con respecto a Medellín ya no existía, porque los campesinos, los comerciantes y los empresarios manizaleños habían construido el inicio de la prosperidad cafetera en forma independiente y con los recursos que les daba el medio.

Y ¿cómo se podría afirmar que el sector minero del occidente, que casi siempre perteneció al Cauca con una idiosincrasia ajena al antioqueño, no responde a los fundamentos de autonomía, pero también de integración regional, del Antiguo Caldas? Lo mismo se podría decir de todo el territorio que fue segregado del Cauca, al sur del río Chinchiná, que tuvo la influencia directa no de Medellín ni de Popayán o Cali sino de Manizales. Es innegable que la construcción económica y cultural del territorio que se constituyó en nuevo departamento en los albores del siglo XX estuvo signada por la integración entre el occidente minero —caucano y chocoano—, con el resto del territorio predominantemente agrícola del norte y el oriente —antioqueño y tolimense— y el sur caucano. Por eso, mediante la ley 17 del 11 de abril de 1905 fue creado el departamento de Caldas con capital en Manizales, cuyo territorio constitutivo fue siendo segregado —entre 1905 y 1912— de los departamentos del Cauca, de Antioquia, del Tolima y del Chocó.

Y también se podría resaltar la emancipación de los rasgos culturales del nuevo departamento, si apreciamos cómo las expresiones creativas en todos los órdenes  fueron tomando un rumbo propio. Es importante el papel de la literatura en la creación de la identidad regional, pero también el de otras manifestaciones artísticas relacionadas con el medio. Al respecto, es significativo destacar el aporte que hizo Caldas a la arquitectura del período republicano —que la diferencia del colonial y del moderno—, por ser erigida con altísima calidad en bahareque, y que erróneamente se la ha catalogado como “arquitectura de la colonización antioqueña” (Tobón, 2017). La investigación del arquitecto Jorge Enrique Robledo ha demostrado que esos aportes constructivos y artísticos tuvieron su origen en Manizales, y sus manifestaciones de calidad se expandieron desde finales del siglo XIX, pero principalmente desde principios del XX en estrecha relación con el auge cafetero, en sentido inverso a los movimientos colonizadores procedentes de Antioquia, incluso hasta poblaciones del sur de este departamento como Sonsón y Abejorral (Robledo, 1993, p. 42) (Ver figura 15).


Figura 15. Un conjunto de arquitectura republicana en Salamina. Construido a principios del siglo XX, es un aporte típicamente caldense. Fuente: elaboración propia. Jorge Enrique Esguerra Leongómez.  

El departamento de Caldas, que no existía hace doscientos años, logró constituirse en los albores del siglo XX en el centro de las actividades económicas del país, las que le dieron a Colombia la posibilidad de salir definitivamente de la dependencia colonial de la extracción de minerales. Y toda la vida cultural que encarnó durante ese proceso que se desarrolló en el siglo XIX, así hubiera tenido la influencia predominante de Antioquia, pero también la del Cauca, del Tolima y hasta del Chocó y de Boyacá, contribuyó en forma propia y apropiada para crear su propia identidad, con la riqueza que obtienen las sociedades que poseen rasgos multiculturales.


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